Capítulo 23
Cash
Somatropina.
La calculadora del móvil es la única fuente de luz en la cocina a oscuras. Clavo la mirada en los números. El coste de las inyecciones diarias, las visitas al endocrinólogo y los análisis de sangre.
Consulto el saldo de mi cuenta personal.
4.122,00 dólares.
Miro la cuenta de la empresa.
En números rojos.
Me recuesto en la silla y suelto un suspiro cansado. El hombro, que no ha dejado de latir, sigue recordándome lo frágil que soy. Pero por primera vez en semanas, el dolor me da igual.
Descubro que la indiferencia se ha vuelto mi estado natural. Me da igual la línea de ropa western. El legado de la marca. Incluso los inversores, la percepción pública o el orgullo que llevo diez años puliendo como un trofeo ya no significan nada.
El orgullo no paga la hormona del crecimiento. Tampoco compra la medicina que mi hija necesita para que su cuerpo no deje de desarrollarse.
Estoy en bancarrota. No solo moralmente, como me sentí ayer al salir del hospital, sino literalmente. Y ahora tengo una hija. Una que necesita que sea algo más que un payaso de rodeo arruinado con el hombro destrozado.
Cierro el portátil. La decisión está tomada. No necesito una empresa; necesito dinero en efectivo. Líquido, inmediato. Y sé exactamente quién lo tiene.
Pero antes, tengo que enfrentarme a un fantasma.
Conduzco hasta la clínica. Sé que Hadley no está —se ha atrincherado en su casa, huyendo de la orden de cierre—, pero necesito ver el edificio.
Cuando llego, el edificio parece la escena de un crimen. Cinta amarilla de precaución rodea los pilares, y una gruesa cadena con candado atraviesa las manijas de la puerta principal. Un aviso de clausura está pegado al cristal, bien visible bajo el sol de la tarde.
Bajo de la camioneta y enseguida descubro que no estoy solo. De pie en la acera, con las manos entrelazadas a la espalda, está Thomas Monroe, contemplando la fachada de piedra del edificio que acaba de destruir. Parece tranquilo. Casi en paz. Una expresión que no recuerdo haberle visto nunca.
Me acerco a él. No grito ni arremeto. Ya no me quedan fuerzas. No de la misma manera. La rabia de ayer se ha enfriado hasta convertirse en algo más duro, más afilado.
Nos plantamos hombro con hombro, dos hombres contemplando un sueño muerto.
—Siempre me caíste bien, muchacho —dice Thomas.
No me mira. Su voz suena despreocupada, como si habláramos del tiempo.
Suelto un resoplido seco.
—Pues vaya forma de demostrarlo.
Thomas ladea la cabeza y me observa por encima de sus gafas de montura metálica.
—No miento. Es la verdad. Me gustaba tu determinación. Me gustaban tus manos. Eras un currante.
—Me odiabas —lo corrijo con voz plana—. Me llamabas basura. Me echaste del pueblo.
—No te odiaba —responde Thomas—. Odiaba a tu padre. Y odiaba lo que representabas.
—¿Qué? ¿Que era pobre?
—No. —Thomas suspira y vuelve a mirar el edificio—. Que eras suyo.
Me quedo helado. El viento agita la cinta de precaución con un crujido seco; es lo único que perturba el silencio.
—¿De qué hablas?
—Annabelle —dice Thomas.
El nombre queda suspendido en el aire, pesado y antiguo.
—Tu madre.
Se me cae el alma a los pies. Hace veinte años que no oigo ese nombre en este pueblo. Desde que hizo la maleta y se largó, dejándonos a mi padre y a mí pudriéndonos.
—¿La conocías?
—La amaba —dice Thomas con sencillez—. Antes de que conociera a tu padre. Estábamos… liados.
No puedo evitarlo: se me disparan las cejas.
—¿Liados? ¿Eso es todo? ¿Por eso me hiciste la vida imposible?
Si no fuera él quien lo dice, lo tomaría por cotilleos.
Thomas frunce el ceño.
—Iba a casarme con ella. Tenía el anillo. Tenía la casa elegida. —Se ríe con amargura—. Pero ella no quería un abogado. A alguien que quería lo mejor para ella. ¡No! Quería un vaquero. Quería algo salvaje. Eligió a tu padre. Un hombre incapaz de poner comida en la mesa, pero que la hacía reír.
Se vuelve del todo hacia mí.
—Tienes los ojos de Annabelle —dice Thomas.
Su voz rezuma un dolor que se ha agriado hasta convertirse en veneno.
—Y Becky… también los tiene.
Noto el suelo inestable bajo mis botas.
Lo miro fijamente. Todos estos años, pensé que no daba la talla. Pensé que si ganaba más dinero, si ganaba más hebillas, si construía un imperio más grande, podría exigirle respeto.
Pero nunca tuve la menor oportunidad.
Soy un recordatorio andante de la mujer que le rompió el corazón.
—Te destrozó —susurro.
—Nos destrozó a todos —corrige Thomas—. A mí. A tu padre, mira cómo acabó cuando se fue. Y a ti, abandonándote en esa casucha.
Me mira con una extraña lástima retorcida.
—No te odio, Cash. Pero mirarte… duele. Es como ver un fantasma cada día. Y cuando tocaste a Hadley… cuando intentaste arrebatarme a mi hija igual que tu padre me arrebató a mi… no podía permitirlo.
Se me hunde el estómago.
Lo entiendo. Que Dios me ayude, pero lo entiendo.
Pienso en Hadley. Pienso en los últimos diez años. Si se hubiera casado con otro… si hubiera tenido que verla construir una vida con otro hombre, tener hijos con él…
¿Habría sido magnánimo? ¿O habría quemado el mundo entero?
Estoy enfadado con Hadley por las mentiras. Estoy furioso porque ocultó a Becky. Pero aquí, escuchando a Thomas, me doy cuenta de que la amargura es una elección. Puedes beberte el veneno o puedes derramarlo. Thomas se lo bebió. Lleva treinta años borracho de amargura.
—Se ha ido, Thomas —digo en voz baja—. Mi madre. Probablemente esté muerta. Y tú has pasado treinta años castigándome por una decisión que yo no tomé.
—Puede ser —dice Thomas—. Pero yo gané.
Señala el edificio condenado.
—Ella se ha ido. Tú estás arruinado. Y Hadley está de nuevo bajo mi control.
—No —digo—. No lo está.
Me doy la vuelta y me alejo antes de hacer algo que me mande a la cárcel. No puedo salvar el edificio. Pero tengo que salvar a la chica.
Regreso a la casa, pero no entro. Sentado en la camioneta, llamo a Petunia.
—¿Dónde está? —pregunto.
—¿Quién?
—Wes. Sé que viene. No se perdería la oportunidad de bailar sobre mi tumba.
Oigo teclear. Unos minutos después, tengo una respuesta.
—Su plan de vuelo se registró esta mañana. Cessna privado. Aterriza en la pista del condado en cuarenta minutos.
—Gracias.
—Cash, ¿qué vas a hacer? No le pegues. Eso es agresión.
—No voy a pegarle —digo, poniendo la camioneta en marcha—. Voy a rendirme.
Conduzco hasta la pista de aterrizaje. Es una franja desolada de asfalto rodeada de campos de maíz. Veo el avión carreteando. Es elegante, blanco y lo suficientemente caro como para sobornar a Dios. El tipo de juguete que se compra con el sudor de hombres como yo.
Aparco la camioneta y miro el móvil.
Abro la aplicación de grabadora de voz. Luego abro un enlace de almacenamiento en la nube que Petunia configuró para mí. Subida en directo. Me meto el teléfono en el bolsillo delantero de la camisa, con la lente hacia fuera, el micrófono despejado.
Cuando eres fuerte, muestra debilidad. Sun Tzu.
Encorvo los hombros y ajusto el cabestrillo para parecer más patético.
Creo que ya es bastante patético así, pero puede parecer peor.
Así que lo hago. Dejo que el agotamiento de las últimas cuarenta y ocho horas se refleje en mi cara.
Necesito parecer derrotado. Como un hombre que ha perdido su batalla.
Wes baja del avión. Lleva un traje de lino y gafas de sol, como si acabara de bajarse de un yate en Mónaco, no de un campo de maíz en Marigold Valley.
Parece solo un poco mayor de lo que recuerdo, pero sigue siendo tan encantador como siempre.
Y su presencia es igual de magnética. Las azafatas parecen pendientes de cada una de sus palabras mientras desciende, inclinándose hacia él como si tuviera su propia gravedad.
Me ve y sonríe. Es la sonrisa de un depredador que ve una gacela herida. Una sonrisa de político.
—¡Cash! —exclama, cruzando el asfalto—. Tienes un aspecto terrible, chico.
—Me siento terrible, Wes —digo, con voz monótona—. Todo se ha ido al garete últimamente.
Se detiene frente a mí, mirando el cabestrillo.
—Eso me han dicho. Feo asunto lo del toro. Me han contado que el vídeo ni siquiera tuvo buena acogida en las pruebas. Una lástima.
—Sí. Una lástima.
Suspiro.
—¿Qué te trae por aquí, Wes?
—Negocios. Me imagino que sabes por qué estoy aquí.
Mira su reloj.
—Muy amable por tu parte venir a recibirme aquí, Cash. Quedemos más tarde.
—No. Hablemos ahora —digo—. He terminado, Wes. Tú ganas.
Wes levanta una ceja.
—¿Ah, sí?
—No puedo pagar la nómina. Los proveedores se han ido. El trato con Western Outfitters… eso nos mató.
No sonríe, pero su alegría es palpable.
—Los negocios son despiadados, Cash. Lo sabes.
—Lo sé.
Miro al suelo.
—Quiero vender. La marca, el inventario, los derechos. Todo. Solo quiero salir. Necesito… necesito dinero para pagar las deudas y largarme.
Wes se ríe. Se acerca más, dándome una palmada en el hombro bueno.
—Sabía que entrarías en razón. Nunca tuviste estómago para las grandes ligas. Y eso no es malo, en realidad. No todo el mundo tiene ese instinto asesino, y para ser honesto, sería un mundo muy terrible si todos fuéramos así.
—Sí, bueno. Tú te encargaste de eso.
Lo miro con ojos suplicantes.
—¿Por qué lo hiciste, Wes? ¿Por qué sabotear la cadena de suministro? ¿Por qué llamar a los proveedores? Ya tenías una participación considerable. ¿Por qué quemarlo todo?
Wes sonríe, inclinándose hacia mí. Cree que estoy derrotado. Cree que estoy mendigando migajas. Su ego se hincha visiblemente; puedo ver cómo anula el sentido común, cegando su cautela.
—Porque olvidaste tu lugar, Cash —dice en voz baja—. Empezaste a pensar que tú construiste esto. Empezaste a actuar como si fueras el genio.
—Yo diseñé la ropa. Yo monté los toros.
—¡Tú eras el maniquí! —escupe Wes, su fachada resquebrajándose—. Yo te hice. Te recogí del polvo, te limpié el estiércol y te di una vida. Y fuiste un desagradecido. ¿Intentaste echarme? ¿Intentaste quitarme mi empresa?
—¿Así que hundiste las acciones para darme una lección?
—Hundí las acciones para enterrarte —se burla Wes—. Y funcionó. Le dije a todo el mundo que eras incompetente. Les dije a los proveedores que estabas bebiendo otra vez. Les dije que la empresa era un barco que se hundía, para poder comprar los restos por cuatro duros.
Se ríe. —Y ahora, mírate. Suplicando.
—Supongo que tienes razón —digo—. Me convertiste en lo que soy.
—Joder, claro que sí. Estarías quitando mierda a paladas en un establo si no fuera por mí.
Me yergo.
—Me hiciste rico —digo con cansancio—. Me hiciste famoso. Pero no me convertiste en un hombre, Wes. Que saques a alguien de las cenizas —digo con claridad— no te convierte en dueño de su alma.
Subo a la camioneta y doy un portazo.
Vuelvo a mirar la cuenta bancaria. Sigo con 4.122 dólares. Pero ahora tengo con qué negociar. Y eso vale más que el oro.