Capítulo 20 — LA MAREA DEVUELVE
El amanecer de primavera despuntó sobre los acantilados de Getaria con una luz limpia y transparente que teñía de oro viejo las crestas de las olas del mar Cantábrico.
La marea baja de las siete de la mañana dejaba al descubierto una extensa franja de arena oscura y húmeda en la playa de Malkorbe, salpicada de conchas pulidas, algas verdes y charcos de agua salobre donde se reflejaba la silueta imponente del monte San Antón.
Irati Sarasola y Julian Whitfield caminaban descalzos por la orilla del agua, con los pantalones remangados y abrigados con jerséis gruesos de lana marina contra la brisa fresca del nordeste.
Sus manos permanecían entrelazadas, con el anillo de zafiro de la abuela Miren brillando en el dedo anular de Irati bajo los primeros rayos de sol.
Jules se detuvo junto a una rompiente donde la espuma blanca retrocedía despacio hacia el mar abierto.
Introdujo la mano derecha en el bolsillo de su chaquetón, extrajo el viejo mechero de latón de la marina mercante que había pertenecido al padre de Irati y lo sostuvo en la palma abierta frente a ella.
El metal dorado, pulido por los años de servicio y con las iniciales familiares grabadas a mano en la base, resplandecía con la calidez de un talismán que había cumplido su misión a través de tres mil millas de océano.
Jules tomó la mano de Irati y depositó el encendedor sobre sus dedos, cerrando con suavidad su palma:
—Te prometí en el pantalán militar de Cascais que este mechero regresaría a la costa de Getaria, Irati —dijo Jules con una voz grave y serena, cargada de una devoción pura—. Aquí está. De vuelta en su tierra.
Irati apretó el mechero de su padre contra su pecho, sintiendo una corriente de calor profundo que le llenó los ojos de lágrimas serenas. Miró el horizonte infinito del mar Cantábrico y luego los ojos nobles de Jules:
—Mi padre siempre decía que el mar nunca se queda con nada que haya sido entregado con honor —susurró ella con una sonrisa emocionada—. Lo que le das a la marea con verdad, la marea te lo devuelve multiplicado en vida.
A las nueve de la mañana, la cocina del caserío de los acantilados olía a café recién molido, a pan de hogaza tostado en la plancha de hierro y a mermelada de moras silvestres elaborada en el valle.
A través del gran ventanal de madera que presidía la estancia, la luz del sol inundaba la mesa de roble macizo, iluminando los planos arquitectónicos de la reforma de la lonja vieja y dos tazas de cerámica artesanal humeantes.
Jules untaba mantequilla sobre una rebanada de pan mientras repasaba con una sonrisa relajada la primera orden de servicio de la nueva unidad mixta de enlace internacional:
—Teresa Vega y el fiscal jefe de Donostia han firmado esta mañana el protocolo operativo de la unidad —comentó Jules, sirviendo más café en la taza de Irati—.
El lunes inauguramos formalmente el despacho en la sede de la Ertzaintza.
Nuestra primera misión será coordinar con la Policía Marítima portuguesa el rastreo satelital preventivo de las rutas de transporte de residuos en el golfo de Vizcaya para impedir cualquier intento de reactivación de vertederos clandestinos.
Irati tomó su taza entre las manos y bebió un sorbo despacio, apoyando el mentón en la palma izquierda con un gesto de felicidad tranquila:
—Ainhoa Azkarate me ha llamado hace media hora desde San Telmo.
La convocatoria de becas de la Fundación Escuela de Mar de Getaria ha recibido más de sesenta solicitudes de jóvenes de toda la costa vasca para el primer curso de patrones de pesca y navegación tradicional que comenzará en mayo.
El legado del *Libro de Mareas* ya no es una historia del pasado: es el futuro de nuestros chicos.
Jules extendió el brazo sobre la mesa y acarició con suavidad el dorso de la mano de Irati:
—El futuro que construimos juntos, inspectora. En nuestra casa y en nuestra tierra.
A las doce del mediodía, cuando el sol primaveral templaba el aire salino de la costa, Irati y Jules descendieron por el sendero empedrado que comunicaba los viñedos de txakoli con el puerto pesquero de Getaria.
La dársena vieja lucía sus mejores galas: los pesqueros de bajura permanecían amarrados con gallardetes de colores ondeando en los estays de proa, mientras las remeras y los remeros de la trainera local subían sus embarcaciones de fibra al carro de varada entre risas y cánticos marineros.
Al verlos cruzar la explanada de la lonja, los marineros veteranos, los armadores y las pescaderas del muelle se detuvieron para saludarlos con afecto sincero y respeto unánime.
Maddi, con su mandil blanco y una cesta de merluza fresca recién descargada, se acercó a ellos con paso enérgico y una sonrisa abierta en el rostro curtido:
—¡Egun on, pareja! El cura de San Salvador y el alcalde me han dicho que la plaza mayor se va a quedar pequeña para la boda del primer sábado de mayo. Todo el pueblo de Getaria va a estar allí para brindar por vosotros.
El patrón mayor de la cofradía, vestido con su boina negra y su chaleco de lana azul, estrechó la mano de Jules con la firmeza de los hombres de la mar:
—Este puerto sabe quiénes son sus amigos, Julian. Tu bisabuelo mareante estaría muy tranquilo sabiendo que su sangre ha regresado a casa para quedarse.
Jules agradeció las palabras con una inclinación de cabeza y una sonrisa emocionada, sintiendo por primera vez en su vida que sus raíces no eran una sombra lejana en el mapa, sino una realidad viva y compartida que latía en cada rincón de aquel pueblo.
Al atardecer, cuando el sol comenzaba a teñir de tonos púrpuras y dorados los acantilados de roca oscura que se adentraban en el mar, Irati y Jules subieron por el camino de piedra que conducía a la linterna del faro del monte San Antón, en la cima del Ratón de Getaria.
El viento del noroeste soplaba suave y templado, trayendo el rumor majestuoso de las olas rompiendo contra las rocas del flysch cincuenta metros más abajo.
Se detuvieron junto al parapeto de mampostería del faro, contemplando juntos la inmensidad del horizonte donde el Cantábrico se unía con el cielo en una línea perfecta de luz crepuscular.
Irati apoyó la espalda contra el muro de piedra y miró a Jules a los ojos, recorriendo con la mirada el camino recorrido desde aquella primera noche de lluvia en el puerto de Zierbena:
—Cuando te vi por primera vez en la terminal de contenedores con tu abrigo de Washington y tu placa del FBI, pensé que eras otro funcionario más que venía a mirar a mi gente desde arriba para cerrar un expediente diplomático y marcharse en el primer avión.
Jules dio un paso hacia ella, apoyando las manos en el muro a ambos lados de su cuerpo y mirándola con una intensidad que le aceleró el pulso:
—Y cuando te vi a ti defendiendo la escena del crimen bajo la galerna con tu cazadora de la Ertzaintza y tu mirada de fuego, comprendí que jamás podría volver a mirar el mundo de la misma manera.
Jules inclinó el rostro, tomó suavemente la barbilla de Irati y la besó en los labios con una pasión profunda, dulce, honda y eterna.
—Te quiero, Irati Sarasola —dijo Jules en un susurro que el viento del mar llevó hacia el horizonte—. Te quiero con toda mi alma, hoy, mañana y en cada marea de nuestras vidas.
Irati lo rodeó con los brazos, atrayéndolo hacia sí con una entrega absoluta y besándolo de nuevo con el corazón desbordado de plenitud:
—Y yo te quiero a ti, Julian Whitfield. Mi hogar, mi compañero y mi puerto definitivo.
A las ocho de la tarde, la plaza mayor de Getaria se encontraba iluminada por cientos de farolillos de fiesta que colgaban entre los balcones floridos de las casas de piedra.
En el centro de la plaza, sobre un pedestal de roble protegido por una vitrina de cristal blindado provista de iluminación óptica neutra, el *Libro de Mareas de la Cofradía de San Pedro de Getaria* permanecía expuesto ante la mirada emocionada de centenares de vecinos, autoridades del Gobierno Vasco, mandos de la Ertzaintza y marineros de toda la costa cantábrica.
Junto a la vitrina, dos pantallas táctiles de gran formato permitían a los niños de la Escuela de Mar pasar digitalmente cada una de las páginas del manuscrito del siglo XVII, leyendo las derrotas náuticas de sus antepasados y comprendiendo que la historia de su pueblo era un tesoro vivo que nadie podría arrebatarles jamás.
En ese instante, el teléfono móvil corporativo de Jules vibró suavemente en el bolsillo de su chaqueta. Extrajo el terminal y leyó el mensaje satelital que acababa de llegar desde la sala de mando de MAOC-N en Lisboa:
*«La goleta Siren ha atracado en la base naval de Funchal bajo custodia judicial.
El fiscal general de Portugal ha firmado la orden de entrega definitiva de todas las piezas recuperadas.
Rui Barbosa manda un abrazo fraternal a los novios y promete traer dos cajas de vino de Oporto para la boda de mayo. ¡Viva la marea!»*
Jules sonrió con afecto, guardó el teléfono y tomó la mano de Irati.
Juntos se situaron en el centro de la plaza, frente a la vitrina del manuscrito, rodeados por el calor, la música y el aplauso unánime de su comunidad.
Irati alzó la vista hacia el cielo estrellado del norte, respiró el aire puro y salino del Cantábrico que subía desde el muelle y apretó con fuerza la mano de Jules:
—La marea devuelve todo lo que se le entrega con amor, Jules.
—Y la memoria de esta tierra —concluyó Jules con la voz llena de orgullo y de paz— permanecerá viva para siempre.
Afuera, bajo la noche inmensa y serena, el mar Cantábrico batía con un rumor eterno y protector contra los acantilados de Getaria, cerrando para siempre la historia de la costa vasca en un horizonte de luz, de justicia y de victoria compartida.
**FIN DEL LIbrO 3 — MAREA**
**FIN DE LA TRILOGÍA «COSTA VASCA»**