Capítulo 18 — EL MAREO
El módulo de máxima seguridad del centro penitenciario de Monsanto, en las colinas forestales del oeste de Lisboa, estaba construido con bloques de hormigón armado pretensado y puertas de acero electrocincado pintadas de gris industrial.
El silencio en la galería de aislamiento era denso, artificial, quebrado únicamente por el zumbido monótono de los extractores de aire y el eco lejano de los pasos de los guardias sobre el linóleo del corredor.
Frente a él, sentado sobre la banqueta de plástico atornillada al suelo junto a la mesa de contrachapado, su abogado defensor en Portugal, el prestigioso penalista lisboeta Henrique Da Silva, repasaba con gesto sombrío un fajo de notificaciones judiciales provistas de sellos oficiales de la Audiencia Nacional de España y del Tribunal de Justicia de la Unión Europea.
—El panorama procesal es irreversible, señor Zabala —informó Da Silva con voz baja y pausada—.
La junta de gobernadores del Fondo Azul ha presentado su renuncia formal ante el Ministerio de Finanzas y el Banco Central Europeo ha designado una comisión administradora para proceder a la disolución y liquidación forzosa de la entidad.
Las cuentas fiduciarias en las islas Caimán, Ginebra y Singapur han sido bloqueadas por mandamientos de embargo cautelar emitidos por la Fiscalía de la Unión Europea.
Zabala no parpadeó. Su rostro, demacrado y pálido tras cuatro días de reclusión, conservaba no obstante esa altivez intelectual y ese desapego frío que habían caracterizado toda su trayectoria en las altas esferas del poder económico.
—¿Y el comprador privado del Golfo? —preguntó Zabala con un hilo de voz seca.
—El consorcio de Abu Dabi ha cancelado la orden de depósito fiduciario de cuarenta y cinco millones de euros —respondió el letrado—.
Han remitido una nota diplomática a la embajada de Portugal declarándose terceros de buena fe y desvinculándose de cualquier acuerdo previo.
En el mercado del arte internacional, su nombre ha sido incluido en la lista negra de operadores de alto riesgo de la UNESCO y del FBI.
Su imperio mercantil, señor Zabala, ha dejado de existir en términos jurídicos y financieros.
Zabala miró sus manos, las manos que durante treinta años habían firmado contratos millonarios y movido activos soberanos con una pluma de oro, y sintió por primera vez en su vida la náusea del vacío absoluto: el mareo del poder que se desvanece como el humo sobre el agua.
A las once de la mañana, en la sala de audiencias número tres del Palacio de Justicia de Lisboa, bajo los artesonados de madera noble y los retratos al óleo de los antiguos magistrados de la corte suprema, Zabala compareció esposado ante el tribunal de instrucción para la celebración de la vista preliminar de conformidad penal.
En los bancos de la acusación pública, el fiscal general delegado y la abogada del Estado español sostenían los veinticuatro tomos del sumario de la Operación MAREA.
En la primera fila de la bancada del público, vestidos de paisano pero con la presencia inconfundible de quienes han liderado la investigación, Irati Sarasola y Julian Whitfield observaban la escena con serenidad atenta.
El magistrado presidente ajustó sus anteojos y miró fijamente al acusado:
—Señor Zabala, la fiscalía le imputa los delitos de contrabando continuado de patrimonio histórico de especial valor, pertenencia a organización criminal transnacional, falsedad en documento mercantil, estafa procesal e intento de homicidio contra agentes de la autoridad.
La pena solicitada por el ministerio público asciende a veintidós años de prisión mayor.
¿Desea hacer uso de la palabra antes de que este tribunal resuelva sobre su situación de prisión preventiva y la orden de extradición a España?
Zabala alzó la cabeza despacio, mirando a los ojos del magistrado antes de desviar la vista hacia la bancada donde Irati y Jules permanecían sentados.
—Acepto la propuesta de conformidad penal de la fiscalía general, señoría —declaró Zabala con una voz clara y firme que resonó en toda la sala—.
Me declaro autor confeso de los delitos imputados y renuncio a cualquier recurso contra la orden de extradición a la jurisdicción de la Audiencia Nacional en Madrid.
Se produjo un rumor de asombro contenido entre los letrados de la sala. Zabala extrajo de su bolsillo un documento de tres folios mecanografiados que su abogado entregó formalmente al secretario judicial:
—En este documento aporto la relación íntegra de todas las cuentas bancarias clandestinas, las identidades de los intermediarios en Suiza y Londres, y el registro de todas las piezas históricas que formaron parte de los circuitos de subasta en los últimos quince años.
La red está completamente documentada con números, fechas y transferencias bancarias.
El fiscal general examinó los folios y asintió hacia el presidente del tribunal:
—La fiscalía acepta la conformidad, señoría. El testimonio del acusado permite cerrar de forma definitiva todas las piezas separadas de la causa.
Irati y Jules intercambiaron una mirada de silencioso triunfo: el contable del crimen había caído derrotado por sus propios números.
A la una y media de la tarde, Irati y Jules descendieron por la escalinata monumental de piedra blanca del Palacio de Justicia hacia la plaza del Comercio, donde el sol de invierno brillaba con un resplandor dorado sobre las aguas anchas y luminosas del Tajo.
Al pie de la escalinata, apoyado contra una barandilla de hierro y vistiendo una cazadora marinera azul sobre su cabestrillo ortopédico, Rui Barbosa los esperaba con una sonrisa ancha y luminosa en el rostro curtido por el viento.
—¡Enhorabuena, inspectores! —exclamó Rui, estrechando la mano de Jules con la izquierda y besando con afecto fraterno las dos mejillas de Irati—.
Acabo de hablar con el fiscal jefe. La conformidad de Zabala es portada en todos los periódicos de Lisboa y Madrid.
El caso está cerrado sin un solo cabo suelto.
—Tu disparo en la cubierta de la goleta fue el que abrió la puerta de esa sala judicial, Rui —dijo Irati con cariño sincero, posando su mano sobre el hombro sano del oficial luso—. ¿Cómo está esa herida?
—El médico militar me ha dado el alta provisional para tomar café y comer bacalao a la brasa —bromeó Rui con una carcajada franca—.
Os he reservado mesa en una tasca tradicional de Alfama, frente a las murallas del castillo.
Hoy la cuenta corre a cargo del presupuesto de operaciones especiales de la Policía Marítima.
Caminaron los tres juntos por las calles empedradas del barrio viejo, respirando el aire puro del estuario y compartiendo anécdotas del asalto nocturno en una atmósfera de hermandad indestructible que solo la mar compartida es capaz de forjar entre los hombres y mujeres de ley.
A las cuatro y media de la tarde, tras despedirse de Rui con la promesa de reunirse en Getaria durante las próximas vacaciones de primavera, Irati y Jules caminaron a solas por la ribera adoquinada de Belém, en dirección a la torre de vigilancia manuelina que custodiaba la entrada del puerto desde el siglo XVI.
El estuario del Tajo descansaba en una calma majestuosa, surcado por veleros blancos y bandadas de gaviotas que planeaban sobre el agua dorada por el atardecer.
Jules entrelazó sus dedos con los de Irati, sintiendo la calidez de su mano y el roce del anillo de zafiro de su abuela contra su piel.
—Recuerdo la primera noche que estuvimos en este mismo muelle, Irati —dijo Jules con voz suave y emocionada—. Todo era niebla, desconfianza, miedo a perder el rumbo y la sombra alargada de un contenedor frío en Zierbena.
Irati se detuvo, lo miró a los ojos y acarició su mejilla con infinita ternura:
—El mar nos puso a prueba en cada cala, en cada pecio y en cada temporal, Jules. Pero nos enseñó lo más importante: que cuando dos personas navegan con la verdad por bandera, no hay galerna en el mundo capaz de desviar su derrota.
Jules la estrechó entre sus brazos y la besó en los labios bajo la luz dorada del crepúsculo lisboeta, con la torre de Belém como testigo centenario de su plenitud compartida.
El mar que tantas vidas se había cobrado en el pasado les devolvía ahora un horizonte infinito de amor, de hogar y de paz verdadera.
A las siete de la tarde, de regreso a su celda del penal de Monsanto, Zabala se encontraba a solas en la penumbra de la estancia, iluminada únicamente por la luz amarillenta de la bombilla del techo.
Sobre la mesita de contrachapado descansaba la copia del acta judicial de conformidad penal definitiva que acababa de rubricar ante el secretario de la corte. Junto al documento, su abogado le había dejado un sobre acolchado con sus efectos personales no intervenidos.
Zabala abrió el sobre con su mano izquierda sana y extrajo la fotografía de gran formato del *Libro de Mareas de Getaria* que había guardado en su maletín de viaje antes del asalto en la goleta.
Contempló por última vez el escudo grabado a fuego de la ballena arponeada sobre las olas del Cantábrico y la divisa latina de los mareantes: *«Navigantes in mari, custodes memoriae»*.
Tomó un bolígrafo de tinta negra y, con un pulso firme que no tembló en ningún momento, escribió en el reverso en blanco de la fotografía:
*«La memoria de los pueblos no prescribe en los balances de los bancos ni se extingue en las cámaras acorazadas.
Reconozco la titularidad legítima e inalienable de este manuscrito a favor de la Cofradía de Mareantes de San Pedro de Getaria.
Que la marea guarde lo que los hombres supieron devolver. »*
Estampó su firma y la fecha debajo de las líneas escritas, guardó la fotografía en el sobre oficial y se lo entregó al funcionario de prisiones a través de la ventanilla de la puerta de acero:
—Entregue este sobre a la inspectora Irati Sarasola de la Ertzaintza cuando venga a formalizar el traslado a España —dijo Zabala con serenidad absoluta—. Dígale que el mar ha ganado la última partida.
El funcionario cerró la ventanilla con un golpe metálico seco.
Zabala se sentó en el borde de su camastro de hierro, cerró los ojos y escuchó en el silencio de su celda el rumor lejano del viento entre los pinos de Monsanto, comprendiendo por fin que su historia había terminado y que la memoria de la costa vasca permanecería viva para siempre.