2 Wren
WREN
Los ladrillos ásperos me arañaban la piel mientras me abría paso por la parte más estrecha del callejón.
Esquivando el contenedor de basura a mi izquierda que apestaba a podredumbre, pegué mi cuerpo a la pared y avancé centímetro a centímetro.
La superficie rugosa del edificio me dejó la piel en carne viva.
Mi cabello se enganchaba en los bordes del ladrillo desnudo, pero ignoraba el dolor. Descartaba la agonía.
Las molestias volubles e insignificantes no importaban. No podían hacerlo. No cuando ese hombre me perseguía por la ciudad.
Me atreví a mirar por encima del hombro mientras recorría este lado más estrecho junto al contenedor de basura.
Joder.
Seguía allí, pisándome los talones.
Ni siquiera necesitaba volver la vista atrás para comprobarlo.
Lo sentía.
Sentía el peso abrasador de su atención sobre mí.
Correteando por el callejón así, no podía parecerme más a un patético ratoncillo, apresurándome e intentando hacerme lo más pequeña posible para escabullirme.
Pero no importaba si corría hacia adelante. No cambiaba nada si me escondía y serpenteaba entre los objetos de este asqueroso callejón lleno de basureros, contenedores y aperos de construcción apilados. Los montones de palés vacíos no iban a proporcionarme ningún camuflaje que me salvara.
Sigue ahí.
Como si llevara un dispositivo de localización, una atadura magnética hacia mí, aquella sombra oscura y alta de hombre no me quitaba la espalda.
Tragué saliva con fuerza, haciendo lo imposible por no entrar en pánico, por no dejar que el miedo me trepara por la garganta y me estrangulara literalmente hasta quedarme paralizada.
Tenía que seguir corriendo y rezar por encontrar alguna calle por la que escabullirme y perderle.
Quedarme quieta parecía estúpido. El instinto de huir o luchar me gritaba que saliera pitando de allí. Pero en el fondo de mi mente, esa voz insistente y molesta de la ira burbujeaba y me distraía.
Aquello no debería haber pasado.
Que hubiera ocurrido significaba algo mucho más grave que simplemente una mala noche de suerte en la ciudad donde la diosa Fortuna debía reinar suprema.
Acababan de transferirme al departamento del FBI en Las Vegas. Mi primer día había sido solo hace dos jornadas. Esta noche estaba pensada como mi incursión en el trabajo de detective en serio.
Una simple vigilancia, ¡y una mierda!
Mi supervisor o era un pedazo de incompetente o no tenía ni idea. El agente Tony Smithson me había explicado esta misión como si fuera pan comido. Nada complicado. Solo un ejercicio rutinario de vigilar lo que los asistentes a esa reunión financiera hacían y decían.
Tropecé con una franja de gravilla suelta, restos de algún proyecto de obras reciente. Volver la vista atrás me costó unos segundos preciosos que no podía permitirme perder, pero me sostuve contra el roce implacable de la pared una vez más.
Mierda. Eso quema.
Tenía que concentrarme. Tenía que controlar este terror que se apoderaba de mí. Y dejar para más tarde los autoreproches y las reflexiones del tipo ¿qué demonios ha pasado aquí?
Lo único que tenía que hacer ahora era esquivar a ese hombre enorme que me seguía, alguien que había empezado a perseguirme en cuanto se oyó el primer disparo.
Bueno, uno de los disparos.
Me había percatado de la actividad en la calle.
Aquellos mafiosos entraban, y vi cómo la artista callejera se desplomaba contra la pared, con la cara convertida en un amasijo sangriento.
Comprendí al instante que un francotirador al otro lado del callejón les había disparado, pero cuando alcé la vista para averiguar de dónde venían los disparos, se oyó otro.
Dirigido a mí.
Me agaché y temí que un segundo tirador estuviera apuntando a los políticos de alto nivel, empresarios y emprendedores adinerados que tenían previsto reunirse allí esa noche. Me había apostado, lista para escuchar desde ese rincón de la escalera de incendios. Pero aquello no duró.
Volví a comprobar si el hombre me seguía.
Seguía ahí, más cerca ahora.
¡Maldita sea!
Aceleré el paso, desesperada por escapar.
La primera noche en el trabajo como agente federal y me habían disparado —quizá—, y un tipo de la mafia me estaba acechando.
Si tuviera algún sentido, no podría permitirme estar tan frenética por lo rápido que todo se había descontrolado.
Ni siquiera estaba segura de haber tenido algún control.
Había ido solo para vigilar a un político que estaba en el punto de mira de la agencia.
Rico Johnson, un lameculos de político en ciernes.
Un clásico niño mimado, que quería hacer campaña con el dinero de papá y jurar a los ciudadanos de la ciudad que les serviría bien.
Eso fue lo que me contó el agente Smithson.
Que fuera a observar.
Que captara el ambiente.
Que me mojara los pies con lo que estaban investigando.
Había trabajado en otro departamento de la agencia, pero esta era mi primera vez sobre el terreno como agente titulada, recién ascendida a trabajo de campo.
Una agente titulada en solitario.
Me estremecí al recordar que estaba aquí fuera sola.
Como una novata, prácticamente. Sin orientación ni apoyo.
La explicación de Smithson a su protegido, Brayden Hunton, un asistente de agente júnior que había preguntado si alguien iría conmigo, fue que no necesitaba refuerzos para vigilar a un político con conexiones con el Cártel.
Una vigilancia se suponía que era una actividad pasiva para investigar a Rico Johnson tras las sospechas de la agencia de que estaba pagando al Cártel por trabajos sucios.
Pero eso no fue lo que pasó. No fue solo una vigilancia. Estaba corriendo por mi vida, decidida a que no me atraparan quienes me perseguían.
Miré de nuevo. La luz de su móvil no iluminaba su rostro, pero distinguí una barba oscura. Quizás una coleta al agacharse. Un traje. Y el brillo del metal en su mano que no sostenía el teléfono.
Una pistola.
El miedo me golpeó con más fuerza y me impulsó a correr.
Tengo que salir de aquí.
No puede terminar así.
No es así como debería morir.
Acorralada en un callejón sucio. Sola.
Tú has estado aquí antes.
Has sobrevivido a esta mierda otras veces.
Nunca me había perseguido un mafioso, pero conocía el lado más oscuro de la vida. Sabía lo que era esconderse en callejones, cerca de los contenedores «buenos» de los restaurantes que tiraban restos «decentes».
Cuando mataron a mi madre y me quedé sola a los dieciséis años, me las arreglé. Sobreviví.
No era la primera vez que corría por un callejón así, pero sí la primera que lo hacía con un asesino tras de mí.
Si es que lo es.
Escudriñé los alrededores en busca de un escondite, desechando de nuevo esa duda.
¿Y si lo era?
Los ciudadanos normales y respetuosos de la ley no merodeaban por callejones para acosar a mujeres solas por diversión. Si venía de donde iba a tener lugar la reunión, iba armado. Era peligroso.
Otra mirada por encima del hombro me hizo crisparme.
Estaba más cerca.
La distancia entre nosotros se reducía, y lo maldije de nuevo por ser tan alto, compitiendo con mis zancadas siendo yo una cabeza más baja.
Quien fuera, no podía dejar que me alcanzara. No podía dejarme atrapar ni interrogar. No solo porque era agente de la ley, sino porque ¡ni siquiera sabría qué demonios decir!
Mientras intentaba encontrar una salida en aquel callejón oscuro, sola, no lograba despejar la confusión que nublaba mi mente.
No sabía por qué habían disparado. No estaba segura de qué deducir de que uno de esos disparos fuera dirigido a mí.
Evaluar la situación era el primer paso vital ante cualquier complicación en un caso.
Era lo más básico.
Evaluar. Determinar. Actuar.
Esa frase me la habían grabado a fuego durante el entrenamiento.
Los protocolos que aprendimos mucho antes de graduarnos y poder optar a puestos de campo. No era una agente veterana con décadas de experiencia como Smithson. Pero tampoco era un cachorro dorado e inexperto como Brayden.
Venga, concéntrate.
Tenía que pensar con la cabeza, no con las emociones. Estas se mezclaban en un cóctel tóxico de temor y desesperación. Pero no podía permitírmelo.
Sabes cómo hacerlo.
Piensa, Wren.
Usa la cabeza. Mantén la calma.
Hay una salida.
Siempre la hay.
No podía correr más que ese bruto, así que tenía que esconderme o escabullirme sin que detectara mi artimaña.
Iba armada, pero debía encontrar un ángulo ventajoso para disparar sin fallar.
En resumen, parecía un callejón sin salida.
Sé lógica.
No dejes que el miedo te domine.
Evaluar. Determinar. Actuar.
Por mucho que repitiera mentalmente lo que debía hacer, era imposible imaginar cómo las cosas podrían volverse a mi favor.
Estaba acorralada.
Acechada.
Y no podía confiar en nada de lo que había vivido o estudiado en mi carrera de criminología o en los entrenamientos de la agencia.
Porque esto no debería estar pasando.
¿Me tendieron una trampa?
Esa fue la única revelación que resonó con la verdad.
Lo único que tenía sentido.
Esto nunca iba a ser una simple vigilancia para espiar a Rico Johnson.
Estaba metida en algo más grande, y no podía empezar a analizar qué vendría después.
No la muerte. Eso no podía ser lo siguiente para mí.
Me tragué el miedo, aferrándome a ese principio básico.
El objetivo siempre era sobrevivir.
No esta noche.
No podía morir. Tenía demasiado que hacer, demasiado que aportar a la sociedad.
Acababa de empezar mi trabajo de campo en la carrera que siempre quise tener.
Mi madre era policía, muerta en un tiroteo.
Tenía su legado que honrar, sirviendo a la comunidad y limpiando el mundo de gente mala.
Mi padre, que ni siquiera quiso conocerme, había sido detective del estado.
También llevaba su sangre en las venas, convirtiéndome en una fuerza de la naturaleza a pesar de este aprieto.
Para esto me había preparado. Lo que quería hacer.
Pero con los pasos de mi perseguidor cada vez más cerca, ni siquiera podía hilvanar un mínimo discurso motivador.
Más cerca aún.
Sus zapatos golpeaban el pavimento a un ritmo más rápido, como si se abalanzara sobre mí.
Joder.
Necesito salir de aquí.
Los edificios estaban demasiado juntos. Los coches bloqueaban cualquier posible salida. Estaba tan cerca que, incluso si corría, sabría hacia dónde ir.
Me giré, con el corazón acelerado, latiendo al doble de velocidad.
Al apartar la mirada de lo que me esperaba, me desorienté, perdiendo el equilibrio.
¡Está justo ahí!
Nos separaban metros. Se acercaba. Me acorralaba. Me atrapaba.
Las sombras cubrían su rostro. La oscuridad borraba todos los detalles.
Eché a correr. Moviendo los brazos y forzando las piernas a zancadas abiertas, apreté los dientes e intenté escapar por última vez.
Sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí, derribándome y tirándome al suelo por detrás.
¡No!