Manual para un Novio de Mentira Desastres, Citas y Finales Felices
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Desastres, Citas y Finales Felices

Desastres, Citas y Finales Felices

Julia

El teléfono sobre la mesa de pino llevaba tres horas zumbando como un insecto atrapado en un vaso de cristal. Lo miré desde el sofá, con las rodillas pegadas al pecho y la barbilla hundida en la felpa gastada de mi pantalón de chándal.

*Notificación: Desastres y Citas ha subido cuarenta y cinco puestos en las listas de éxito.*

*Mención en Twitter: «¿Alguien más llorando con el episodio 95 de @JuliaCastro? Decidme que el Abogado de Hierro es real y que no ha terminado así».*

Hace tres días, esas cifras me habrían tenido bailando descalza por el salón con una botella de vino barato. Ahora, bajo la luz gris de la tarde que se filtraba por el ventanal del Barrio Mosaico, solo sentía una náusea fría en el estómago.

Alcancé el móvil y desbloqueé la pantalla, arrepintiéndome al instante. El panel de comentarios de la plataforma era un hervidero.

«Esto no es un desastre, Julia. Esto es una puta obra de arte. Por favor, dime que volvieron».

«¿Quién es él? Necesito buscarlo en LinkedIn ya de ya. Esos modales de sastre y esa mala leche corporativa me tienen en el suelo».

«He escuchado el pódcast desde el primer día y nunca te había oído la voz así. Se nota que te duele hasta respirar. No nos puedes dejar con este final de película de los noventa».

Bloqueé la pantalla y la dejé caer boca abajo sobre el cojín.

Me tapé la cara con las manos, respirando el aroma a suavizante de mi ropa.

Había arrancado mis entrañas, las había editado en un archivo de quince megabytes y las había lanzado al espacio digital para que cualquiera las escuchara mientras limpiaba la cocina o iba en el metro.

Me sentía expuesta bajo el foco de un quirófano, con un cartel de neón que decía: *Miren cómo se rompe la chica de los chistes*.

El teléfono volvió a vibrar. La pantalla mostró la foto de Mónica sosteniendo su micrófono de oro gigante. Deslicé el dedo y me llevé el aparato a la oreja, tragándome el nudo de la garganta.

—¡Julia! ¡Dime que estás viendo las métricas! —La voz de mi productora llegó con la fuerza de un huracán de cafeína—. ¡Las descargas están subiendo en vertical! El servidor casi se cae a mediodía por el tráfico.

—Hola, Mónica —mi tono habitual de presentadora enérgica se había quedado en algún arcén de la autopista el lunes.

—Olvídate del risotto químico y del mago que hacía desaparecer la cuenta.

Esto es oro, Julia. El director de marketing de la firma de tecnología financiera me ha llamado hace diez minutos.

Querían rescindir el patrocinio por la sequía de contenido y ahora ofrecen duplicar el presupuesto si hacemos un especial de tres partes.

Lo quieren titular *La anatomía del desamor honesto*.

¿Me escuchas? ¡Estás en el top diez nacional!

Miré de reojo la libreta amarilla de espiral, arrumbada tras tres tazas de café vacías en la repisa de la ventana.

El boceto sobre el risotto de vinagre asomaba en una esquina, escrito con mi caligrafía morada; un fósil de la época en que mis problemas se solucionaban con un chiste malo y tres efectos de sonido en edición.

—Sí, te escucho —murmuré, frotándome las sienes.

—¿Qué te pasa? Deberías estar descorchando champán. Has salvado el pódcast y la temporada. Los patrocinadores están locos con el perfil del tipo.

—Es que... se siente raro, Mónica. Como si hubiera publicado mi diario íntimo.

—¿Raro? Raro es no pagar el alquiler del estudio, Julia.

Esto son contratos reales. Has demostrado que eres más que comedia ligera y cinismo pop.

La gente se ha conectado contigo porque se ve reflejada en esa farsa.

Por cierto, ¿quién es? Mi hermana jura que es socio de un bufete del Distrito Argenta, pero le he dicho que no sea ridícula.

Un abogado de esos no firmaría un contrato de tres páginas para acompañar a una podcaster a una boda.

¿Habrá segunda parte? La audiencia exige saber si el lunes a las seis fue el final definitivo.

Se me cerró la garganta. El coche gris alejándose por mi calle, las luces de freno rojas perdiéndose tras la antigua imprenta... El pecho me dio un vuelco.

—Fue el final, Mónica. El contrato terminó a las seis. Él cumplió su parte y yo la mía.

Al otro lado de la línea se hizo el primer silencio real de mi productora en meses.

—Vaya —su tono bajó una octava, inusualmente suave—.

Lo siento, de verdad. Pero mira el lado positivo: tienes material para diez episodios sobre cómo sobrevivir a la resaca de un novio de mentira.

Te dejo, tengo que enviar las métricas antes de que cierren las oficinas. ¡Disfruta del éxito, te lo has ganado!

La llamada se cortó con un pitido seco. En el salón, el desorden habitual de cables del Shure SM7B y cojines por el suelo parecía más hostil que de costumbre. La interfaz de audio seguía encendida, con el led rojo parpadeando en la penumbra.

Me dejé caer de espaldas, fija la vista en las vigas del techo.

Había gritado que lo quería. Que quería el glorioso y aterrador desastre de algo real.

Lo había grabado en un arranque de desesperación el lunes por la noche, tras pasar horas contemplando la marca casi invisible que el anillo de mentira había dejado en mi dedo anular.

Subí el archivo con las manos temblando, convencida de que era la única forma de no ahogarme con la verdad atascada en el pecho.

Y ahora, miles de desconocidos sabían que Julia Castro se había enamorado de su novio de mentira, y que él la había dejado en la acera con una maleta amarilla y un «gracias por tus servicios» que todavía me sabía a ceniza.

¿Lo habría escuchado?

Se me erizó el vello de los brazos. Daniel despreciaba los pódcasts de relaciones; los consideraba ruido y chismes. Probablemente estaría en su despacho de la planta cuarenta y dos, con la corbata perfectamente ajustada y su mesa de nogal impecable, analizando la fusión de Transportes del Sur.

O peor. Si le había llegado el eco, tal vez estuviera llamando a un procurador para redactar una demanda por incumplimiento de la cláusula de confidencialidad del Acuerdo de Cooperación.

Imaginé un documento de cincuenta páginas con el membrete de Roca me había conformado con un yogur a medio caducar y unas galletas saladas.

Los golpes se repitieron. Un poco más rápidos, pero con esa misma cadencia metódica que me resultaba extrañamente familiar.

—Ya va —murmuré, arrastrando los pies por el parqué frío mientras me apartaba el pelo de la cara.

Apoyé la mano en el pomo de metal, asumiendo que el repartidor se habría equivocado de piso. Inspiré hondo y giré la llave.

La cerradura cedió con un chasquido. Empujé la puerta con una disculpa ensayada en la punta de la lengua para el repartidor de comida que no recordaba haber pedido.

Las palabras se me congelaron en la garganta.

Daniel estaba allí.

Me quedé inmóvil, con la mano aferrada al pomo, parpadeando bajo la bombilla del descansillo.

El hombre de las líneas rectas, el socio júnior de Roca & Valdés que jamás daba un paso sin calcular el ángulo de inclinación, parecía haber sobrevivido a un naufragio.

No llevaba corbata. El cuello de su camisa de sastre estaba desabrochado y las mangas, arrugadas a la altura de los antebrazos.

Su pelo, habitualmente peinado con una precisión que desafiaba la gravedad, le caía sobre la frente, húmedo por la llovizna del Barrio Mosaico.

Su pecho subía y bajaba a un ritmo desbocado que rompía el silencio del pasillo. Había corrido. En su mano derecha, las llaves del coche tintineaban con un temblor casi imperceptible.

Antes de que pudiera reaccionar o mirar sus zapatos italianos, dio un paso hacia delante.

—Escuché el episodio —dijo. Su mirada me sostuvo contra la pared—. Y quiero el glorioso y aterrador desastre. Contigo. Fui un idiota por tener miedo.

Su voz no tenía el tono pulido de los tribunales ni la frialdad del lunes por la tarde en la acera. Era un susurro áspero, directo, con una urgencia que me obligó a retroceder, abriéndole paso hacia el recibidor.

—Daniel... —Apenas me salió la voz, desprovista del tono de mis grabaciones—. ¿Qué haces aquí? ¿Tu coche...?

—Está en doble fila. Probablemente me pongan una multa —me interrumpió. Dio otro paso, acortando la distancia. El olor a sándalo y a lluvia fresca barrió el aroma a café frío de mi salón—. No me importa. Nada de eso importa.

Se detuvo bajo la lámpara del recibidor, la de la pantalla de mimbre torcida que Clara siempre intentaba enderezar. Sus ojos oscuros me recorrieron con una fijeza absoluta que me hizo apretar los dedos contra el dobladillo de mi pantalón de chándal gastado.

—Daniel, el contrato terminó —susurré, retrocediendo un milímetro—. Dijiste que era una anomalía operativa. Que, de vuelta en la ciudad...