Manual para un Novio de Mentira Capítulo 17Interferencia Estática en Dos Apartamentos #2
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Capítulo 17Interferencia Estática en Dos Apartamentos #2

Contemplé el nombre de mi prima durante dos tonos antes de deslizar el dedo para responder. Laura había compartido mesa con nosotros durante la cena del sábado y su perspicacia solía ser implacable.

—Daniel, al fin te localizo —la voz de Laura llegó cargada de una energía que me resultó casi violenta en mitad del silencio de mi despacho—. Llevo desde el *brunch* del domingo queriendo llamarte, pero entre el vuelo de vuelta y las reuniones de ayer no he tenido un segundo.

—Hola, Laura —respondí con el tono neutro que reservaba para los clientes difíciles—. Estoy en medio de la revisión de una auditoría bastante compleja.

—Ya, el «Abogado de Hierro» nunca descansa —se burló, aunque su tono decayó ante mi silencio—. Escucha, no te voy a quitar mucho tiempo, pero tenía que decírtelo. Toda la familia está revolucionada. Mamá no ha parado de hablar de Julia en todo el viaje de regreso.

Me tensé en el asiento. Mis dedos buscaron el primer botón del cuello de mi camisa, pero el nudo de la corbata gris, perfectamente ajustado esta mañana frente al espejo, no cedió un milímetro.

—¿Ah, sí? —pregunté, forzando la neutralidad.

—Sí. Tía Isabel está encantada, Daniel. Dice que es la primera vez en cinco años que te ve reír de verdad, no esa sonrisa de compromiso que pones en las fotos del bufete.

Y mamá está convencida de que Julia tiene un gusto impecable, lo cual, viniendo de ella, es casi un milagro de Navidad adelantado.

—Julia es... muy elocuente —las palabras salieron ásperas.

—No es solo que sea elocuente, Daniel. Es que os veíais.

.. no sé, increíbles juntos. Cuando estabais en la terraza el sábado por la noche, antes de que se marcharan los de la mesa de Valeria, os miré desde el ventanal.

Hacía años que no te veía esa expresión.

Parecía que te habías quitado un blindaje de encima.

Se notaba a la legua que estabas completamente entregado.

Apreté el auricular contra la oreja. *Entregado.

* La farsa diseñada en una servilleta de papel morado no había engañado a nadie, pero no por falta de pericia.

La máscara se había desintegrado mucho antes de bajar de la terraza.

Aquella supuesta táctica de distracción era la única verdad que me había permitido sentir en dos años.

Y la había devuelto a su portal del Barrio Mosaico con una maleta amarilla y un agradecimiento formal.

—Fue un fin de semana intenso, Laura —mi voz sonó ajena, distante—. Pero en la ciudad las circunstancias cambian. Cada uno tiene sus obligaciones.

Al otro lado de la línea, el silencio de Laura se volvió denso.

—Daniel... ¿pasa algo? —preguntó despacio—. Suenas igual que cuando te llamé tras lo de Sofía. Con esa voz de leer contratos de arrendamiento. ¿Ha pasado algo entre vosotros desde que volvieron?

—No ha pasado nada —el plástico del bolígrafo crujió bajo mis dedos—. Sencillamente, el trabajo requiere toda mi atención. No hay margen para distracciones.

—No me vengas con evasivas corporativas, por favor. Estuve allí. Te vi defenderla delante de Sofía como si te fuera la vida en ello. Eso no se finge, Daniel. Ni siquiera tú eres tan buen litigador. Si has vuelto a encerrarte en tu burbuja de orden y control por miedo a...

—Laura —la interrumpí con una rigidez que no logró ocultar el temblor de mi voz—. Agradezco tu interés, pero tengo una reunión de socios en tres minutos y no puedo continuar con esta conversación. Hablamos en otro momento.

—Daniel, no te atrevas a colgarme...

Pulsé el botón rojo de la pantalla.

Dejé el teléfono sobre el cristal. El silencio regresó de golpe. Al otro lado del ventanal, los rascacielos del Distrito Argenta brillaban con una precisión geométrica, ajenos a cualquier desvío de la norma.

Me miré las manos vacías.

Había sostenido la verdad en aquella pista de baile, bajo los destellos violetas y el eco de una balada de los noventa, y había preferido soltarla para regresar a la seguridad estéril de mi jaula de cristal.

Usé el contrato como un escudo contra el miedo a la caída.

El resultado estaba ante mí: un despacho impecable en la planta cuarenta y dos, un informe de auditoría del que no recordaba una sola palabra y la certeza de que el orden es solo una forma muy limpia de estar solo.

Mis dedos permanecieron sobre el escritorio de cristal templado mucho después de que la pantalla del teléfono se apagara.

El martes se arrastró con la lentitud de una sentencia desfavorable.

Cuando los últimos analistas de la planta cuarenta y dos apagaron sus ordenadores y el zumbido del aire acondicionado se redujo a un susurro, guardé el portátil en el maletín de cuero, archivé el informe de Transportes del Sur y bajé al aparcamiento subterráneo.

El trayecto a casa en el sedán gris plomo fue idéntico al del lunes, salvo por el vacío: sin la maleta amarillo mostaza en el asiento trasero ni el rastro de un paquete de gominolas sobre el salpicadero.

Solo quedaba el olor a sándalo y el reflejo de las farolas deslizándose por el capó.

No encendí las luces al entrar en el apartamento. La penumbra de la ciudad se filtraba por los ventanales, recortando las siluetas simétricas de los sofás y la mesa de vidrio. Me quité los zapatos en el recibidor y los dejé perfectamente alineados junto al rodapié.

Sobre la mesa de nogal, junto al portátil cerrado, descansaban las tres páginas del acuerdo de colaboración. La firma morada de Julia en la última hoja destacaba bajo la luz del Distrito Argenta.

Me aflojé el nudo de la corbata gris, tirando de la seda hasta liberar el cuello de la camisa.

Me senté en la silla del despacho y apoyé los codos sobre la madera.

El silencio del apartamento era tan denso que el tictac del reloj de la cocina resonaba como un metrónomo implacable, marcando la distancia con la tarde del domingo.

Saqué el teléfono del bolsillo. Mi pulgar flotó sobre la pantalla.

Durante dos años, mi protocolo de gestión de daños había sido inflexible: eliminar contactos, archivar conversaciones, borrar imágenes.

Limpiar el registro para que el recuerdo no interfiriera con la rutina.

Una regla estricta que me había mantenido a salvo desde la traición de Sofía y Marcos.

Abrí la galería dispuesto a aplicar el mismo saneamiento, pero el dedo se detuvo antes de rozar el icono de la papelera.

La pantalla mostraba una foto que apenas recordaba haber tomado.

Fue el sábado por la tarde, en los jardines del Mirador de las Olas, justo antes de la cena de ensayo.

Julia estaba de pie junto a un gran macetón de buganvillas, de espaldas al acantilado.

Llevaba el vestido verde botella, con un tirante caído sobre el hombro y una copa de cava a medio llenar.

No miraba a la cámara; reía con la tía Carmen, con la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos oscuros achinados por la diversión.

Un mechón rebelde se le escapaba del peinado sobre la mejilla.

Amplié la imagen. El enfoque era difuso por la luz dorada del atardecer, pero su expresión tenía una nitidez absoluta.

Sin el cinismo profesional que usaba como escudo ante el micrófono, sin la ironía rápida con la que desarmaba mis argumentos.

Era solo ella, sin filtros, en mitad de un entorno que yo siempre había considerado hostil.

Sostuve el teléfono bajo la luz tenue del despacho. La pantalla iluminaba mis manos, las mismas que la habían sujetado por la cintura en la suite 312 y que habían entrelazado sus dedos con los suyos bajo el mantel.

En el silencio de mi búnker de hormigón, la estructura lógica que me protegía del mundo terminó de desmoronarse. No requirió un análisis de pros y contras ni un dictamen pericial. Fue una rendición absoluta ante la evidencia.

Estoy enamorado de ella.

La certeza me golpeó el pecho con una fuerza que me obligó a soltar el aire.

El tipo que necesitaba hojas de cálculo para tomar decisiones y redactaba contratos para autorizar un roce de manos se había enamorado de la mujer más caótica e impredecible de Bahía Serena.

De la hermana de mi mejor amiga. De la persona que convertía los desastres amorosos en contenido para desconocidos.

Pero la revelación no trajo alivio. Mi mente analítica, entrenada para detectar vulnerabilidades, se activó de inmediato para presentar el pliego de cargos contra mí mismo.

¿Cómo pretendía defender esta causa cuando yo mismo había destruido todas las pruebas a mi favor?

Repasé el viaje de vuelta como si leyera el acta de un juicio perdido.

Las dos horas de silencio implacable en la autopista.

Mi empeño en catalogar un beso real como una «anomalía operativa».

Las cláusulas de confidencialidad con las que me escudé cuando ella se desarmó en el coche para decirme que lo nuestro se sentía real.

Y el portal en el Barrio Mosaico: la dejé en la acera con su maleta amarilla y le di las gracias por «sus servicios», como a una proveedora externa a la que acababa de liquidar una factura.

Había ganado el caso frente a Sofía y Marcos, pero las costas del juicio me habían dejado en la quiebra.

—Fuiste muy convincente —le había dicho antes de meter la primera marcha y alejarme sin mirar atrás.

¿Cómo iba a creer ella que el hombre de la suite 312 era el real y no el autómata que la había dejado bajo la luz gris del lunes?

Para Julia, mi repliegue debió de ser la confirmación de todos sus miedos.

Le había demostrado que, ante el menor riesgo, yo prefería el refugio de mis cláusulas antes que sostenerle la mirada.

Me apoyé en el respaldo de la silla y dejé caer el teléfono sobre la mesa de nogal. La pantalla se apagó, devolviendo el despacho a la penumbra.

Diseñé el plan perfecto para evitar la humillación, pero en el proceso me condené a la soledad más impecable de la ciudad. El contrato había expirado y las reglas que yo mismo había redactado me impedían dar un paso hacia ella sin violar mis propios términos.

Miré el folio impreso en Courier sobre la mesa. El plazo de las seis de la tarde había pasado hacía más de veinticuatro horas. El caso estaba cerrado. Y yo lo había perdido.