El Sonido del Silencio en la Carretera #2
La noche en la suite 312, el olor a sándalo mezclado con el aire del acantilado, el roce de sus dedos fríos en mi barbilla, la forma en que me defendió frente a Sofía desnudando mi mayor temor ante todos.
.. Todo eso cabía para él en una plantilla de Excel bajo el epígrafe de «desviaciones».
Una línea de gasto imprevisto que se subsanaba con un ajuste de cuentas.
—No te atrevas a hablarme como si fuera una junta de accionistas —susurré, hundiendo las uñas en la lona del bolso—.
Mírame. Mírame a la cara y dime que el beso de la suite fue una desviación.
Dime que cuando le dijiste a tu ex que yo era lo único real en ese hotel seguías el manual de procedimiento.
Por primera vez desde que salimos del hotel, Daniel giró la cabeza.
Fue un movimiento rápido; sus ojos oscuros chocaron con los míos antes de regresar al asfalto.
Detrás de sus pupilas se alzó el mismo muro de siempre, blindado y frío, el que usaba para proteger sus archivadores de nogal y sus trajes a medida.
—Lo que ocurrió en la suite —su voz tembló una fracción de tono antes de recuperar la firmeza— fue una anomalía operativa provocada por la falta de espacio y la fatiga emocional.
Un error de cálculo que catalogamos como tal a la mañana siguiente.
Y lo de la terraza... una táctica de distracción necesaria para desarmar la hostilidad de Sofía.
Funcionó, ¿no? No volvió a molestarte en todo el brunch.
—No me molestó porque la humillaste, Daniel. Y porque me usaste para hacerlo.
—Usé los recursos disponibles para proteger la integridad del acuerdo —replicó—. Y ahora que nos aproximamos al límite de la ciudad, lo más prudente es restablecer los límites contractuales. El lunes ha llegado. Volvemos a nuestras rutinas. No hay prórrogas para una farsa sin escenario.
Me apoyé en el respaldo de cuero frío. Qué estúpida, pensar que durante los tres minutos que duró aquella balada de los noventa en la radio, el Abogado de Hierro podía derretirse.
Un proyecto. Un caso de éxito con su correspondiente balance de pérdidas y ganancias. Él recuperaba su orgullo frente a Sofía y yo me llevaba tres historias de desastres amorosos anotadas en mi libreta amarilla para salvar el pódcast.
—Tienes razón —dije, con una calma que me dolió en la garganta—. El lunes ha llegado.
Daniel no respondió. Su mano derecha se movió apenas un milímetro sobre el volante, pero no se aflojó el nudo de la corbata.
La línea discontinua de la autopista seguía devorando el asfalto, de vuelta a Bahía Serena a ciento veinte kilómetros por hora, mientras el silencio sellaba el habitáculo con la precisión de un contrato cerrado.
El asfalto liso de la autopista dio paso al adoquinado irregular del Barrio Mosaico con una sacudida que hizo saltar las hebillas de mi bolso de lona amarilla.
El traqueteo familiar de la suspensión contra las grietas de la calle me devolvió de golpe a la realidad de mi barrio, mientras barría los últimos restos de salitre que se nos habían pegado a la ropa en el Mirador de las Olas.
A través de la ventanilla, los grafitis de las fachadas y los toldos de las cafeterías de especialidad pasaban como manchas desvaídas bajo la luz gris de la tarde.
El sedán gris plomo, con su brillo impecable y su aire corporativo, desentonaba como un intruso de metal y cristal en mitad de estas calles estrechas.
Daniel redujo la velocidad al enfilar mi calle. Sin buscar un sitio para aparcar, se limitó a detener el coche en doble fila, justo delante de mi portal, un bloque de tres plantas con la pintura desconchada por la humedad del mar.
El motor continuó encendido, un ronroneo sordo que hacía vibrar el salpicadero de fibra de carbono. Daniel pulsó el botón de las luces de emergencia. El clic-clac rítmico del indicador comenzó a llenar el habitáculo, mientras medía los segundos con la precisión implacable de un metrónomo.
Ninguno de los dos se movió.
Fijé la vista en el salpicadero. El reloj digital marcaba las cinco y cuarenta y ocho. Doce minutos antes de las seis. Doce minutos antes de que expirara oficialmente el plazo de nuestro Acuerdo de Cooperación y Representación Social Privada.
Daniel soltó el volante. Sus manos, fijas en la posición de las diez y las dos durante las últimas dos horas, cayeron sobre sus muslos.
El tejido azul marino de su pantalón de traje no mostraba una sola arruga.
Se giró a medias hacia el asiento trasero, estiró el brazo con esa economía de movimientos que ya conocía de memoria y agarró el asa de mi maleta amarilla mostaza.
La levantó y la depositó en el espacio libre entre su asiento y el mío, apoyándola contra el reposabrazos central. Una de las pegatinas de la tapa —la del festival de música de hacía tres veranos— se había levantado un poco por la esquina. Daniel la contempló un segundo antes de retirar la mano.
—Aquí tienes.
Su voz no tenía el tono rasposo de la noche en la suite, ni la urgencia defensiva de la terraza del acantilado. Era limpia, neutra, la voz que usaría para dictar un memorando interno a un pasante de Roca era un vacío inmenso.
Bajé la vista hacia mis manos. Mis dedos aún conservaban una ligera presión, el fantasma del agarre de Daniel bajo el mantel de la cena de ensayo, o la calidez de su piel en la nuca cuando nos besamos en la suite.
El dolor en mi dedo anular, donde la marca de la barandilla de la terraza ya casi había desaparecido, quedaba como la única prueba física de que el fin de semana no había sido un invento de mi imaginación.
La farsa que había diseñado meticulosamente en una mesa de bar para salvar mi pódcast, el plan perfecto para conseguir tres episodios llenos de cinismo y risas a costa de un abogado estirado, se había desintegrado. Y el final del contrato no era lo que más dolía.
Mientras el coche gris se desvanecía, la prisa por encender el micrófono desapareció.
No quería escribir notas en mi libreta amarilla.
No quería buscar el lado cómico de la rigidez de Daniel, ni reírme de su dossier de quince páginas, ni convertir su risotto químico en un chiste para miles de desconocidos.
Subí el primer escalón del portal y arrastré la maleta tras de mí. El sonido de las ruedas contra el granito desgastado del zaguán resonó hueco y solitario.
Por primera vez en mi vida, no tenía una historia divertida que contar. El desastre real me oprimía el pecho y empañaba mi vista: la farsa se había convertido en la única verdad que quería conservar, y acababa de verla marcharse.