Capítulo 16El Sonido del Silencio en la Carretera
El Sonido del Silencio en la Carretera
Julia
El zumbido de los neumáticos sobre el asfalto de la autopista de la costa era el único sonido en el habitáculo del sedán gris.
Una vibración sorda y constante subía por las suelas de mis zapatillas hasta instalarse en la base del cráneo.
A mi derecha, el Atlántico se extendía como una masa de mercurio líquido bajo un cielo que empezaba a teñirse del tono sucio de la tarde de lunes.
La luz que entraba por el parabrisas ya no tenía el brillo dorado del viernes. Era plana, fría, y recortaba el perfil de Daniel con una precisión quirúrgica.
Mantenía las manos fijas en el volante, en las diez y las dos, con los dedos rodeando el cuero sin aflojar un milímetro.
Llevaba la chaqueta del traje azul marino abotonada, la camisa gris sin una sola arruga y la corbata oscura ajustada contra la nuez con una simetría exasperante.
El primer botón, el que había visto desabrochado mientras su pulgar delineaba mi mandíbula bajo los focos del salón, volvía a estar oculto bajo un nudo doble impecable.
El Abogado de Hierro había regresado de su breve exilio con todas las defensas reforzadas.
Apreté el bolso de lona amarilla contra mi regazo; la esquina rígida de mi libreta de espiral se me clavó en las costillas.
En el viaje de ida, ese mismo metro cuadrado rebosaba de migas de gominolas, pop de los noventa a todo volumen y una tensión ruidosa, viva.
Ahora, el aire acondicionado soplaba a diecinueve grados exactos, esparciendo un aroma a sándalo y cuero limpio que se me agarraba a la garganta.
Mis ojos se perdieron en el salpicadero mientras la escena del aparcamiento del Mirador de las Olas volvía a reproducirse en bucle.
«Fingir contigo se ha sentido más real que cualquier cosa que haya vivido».
Se lo había dicho sin anestesia, despojada del cinismo que usaba para ganarme la vida frente al micrófono.
Y su respuesta, justo cuando el último acorde de la balada se extinguía y los graves del siguiente tema empezaban a sacudir las paredes, había sido recordarme que el lunes volveríamos a la ciudad, que el acuerdo terminaba a las seis y que las cláusulas de confidencialidad seguían vigentes.
Había usado la jerga de su bufete como un escudo antidisturbios, interponiéndola entre los dos antes de dar media vuelta y dejarme sola en la terraza, con el viento del acantilado calándome el vestido verde.
Eché un vistazo al panel de control. Las cuatro y doce de la tarde.
La velocidad se mantenía clavada en ciento veinte kilómetros por hora, controlada por el sistema de crucero.
Daniel no había tocado el freno en los últimos cuarenta kilómetros; conducía como un autómata, con la vista fija en la línea discontinua que se desintegraba bajo el morro del coche.
El silencio tenía una textura áspera que me raspaba la garganta cada vez que intentaba tragar saliva.
Apoyé la sien contra la ventanilla fría. El paisaje pasaba a toda velocidad: colinas secas, carteles de salidas que no íbamos a tomar y el reflejo de un sol que se ahogaba tras las nubes.
Si pasaba otra hora metida en esta caja de metal sin decir nada, terminaría por abrir la puerta en marcha solo para escuchar el ruido del viento. Necesitaba una fisura en su muro, aunque fuera una mueca de fastidio provocada por mis tonterías.
Me incorporé en el asiento, me giré hacia él y solté un carraspeo deliberadamente ruidoso.
Daniel ni siquiera pestañeó. Su mirada siguió soldada al asfalto.
—Oye, Valdés —forcé mi tono de locutora de pódcast, el que usaba para vender colchones en los bloques de publicidad—. Tengo una teoría científica muy seria que necesito compartir contigo.
El segundero del reloj digital cambió a las cuatro y catorce. Daniel mantuvo las manos inmóviles. Una de sus uñas dio un golpecito rítmico contra el cuero, un microgesto imperceptible. Ninguna palabra salió de su boca.
—Creo que nos han cambiado el coche —continué, invadiendo el espacio neutral sobre el reposabrazos—.
O mejor aún, creo que durante la noche nos han invadido los ladrones de cuerpos.
Sí, los de las películas de serie B. Un duplicado idéntico hecho de vainas alienígenas ocupó tu lugar en la suite 312 mientras yo no miraba.
Esperé. Un segundo. Dos. El indicador de la calefacción del asiento del conductor brillaba con un único punto naranja.
—Es la única explicación lógica —insistí, estirando las comisuras en una sonrisa que pesaba como el plomo—.
El Daniel real habría protestado por el desorden de mi bolso hace media hora, o me habría puesto un pódcast sobre derecho romano para torturarme.
Si eres el clon, parpadea dos veces. No te juzgaré.
De hecho, los alienígenas seguro que tienen mejor sentido del humor.
La broma flotó en el habitáculo climatizado antes de estrellarse contra el salpicadero de fibra de carbono.
Daniel no se giró. No arqueó una ceja, no resopló con la ironía seca que solía usar para desmontar mis exageraciones, ni siquiera apretó la mandíbula.
Su rostro era una máscara de cera, desprovista de la complicidad que habíamos construido el fin de semana.
Era la misma expresión de su foto de perfil profesional en la web del bufete: la del litigador implacable que no concede un milímetro al adversario.
Su silencio fue un portazo en pleno rostro.
Habría preferido que me gritara. Que me echara en cara haber roto el contrato, que el beso en la suite violaba los términos y condiciones, o que mi presencia en la boda de su ex había sido un error logístico.
Cualquier reproche habría sido mejor que este vacío; al menos significaría que el hilo entre nosotros seguía tenso, aunque fuera por la rabia.
Dejé caer los hombros y me apoyé en el respaldo mientras la falsa sonrisa se me borraba de la cara.
El bolso de lona amarilla pesaba una tonelada sobre mis piernas.
Dentro, el teléfono móvil seguía apagado, pero sabía que al encenderlo me golpearían las llamadas de Mónica, los mensajes de los oyentes y la realidad de una vida basada en transformar mis propios desastres en entretenimiento para terceros.
Miré mis dedos, que aún conservaban una marca roja en el anular por el roce de la barandilla de la terraza.
El lunes ya estaba aquí, tal y como él había predicho.
La carretera seguía estirándose ante nosotros, un desierto gris que nos devolvía a la ciudad a ciento veinte kilómetros por hora, sin música, sin contratos que negociar y con un silencio que dolía físicamente.
Deslicé el pulgar sobre la marca roja de mi anular y presioné hasta que la piel se volvió blanca.
El dolor sordo de la articulación no me distrajo del perfil de Daniel.
El indicador de velocidad seguía clavado en ciento veinte.
El viento azotaba el chasis con ráfagas intermitentes, un silbido agudo que se colaba por las rendijas del coche y rompía el silencio del habitáculo.
Giré la cabeza hacia él, apoyando la espalda contra la puerta del copiloto. El cinturón de seguridad se tensó sobre mi pecho. Quería que me mirara, que registrara que yo seguía allí y no era un bulto más junto a su maleta de cuero en el asiento trasero.
—Basta, Daniel —mi voz sonó áspera, despojada de la ligereza de mis chistes habituales—. Deja de hacer eso.
Él no movió la cabeza. Sus ojos permanecieron fijos en el camión cisterna que adelantábamos por el carril derecho.
—¿Hacer qué? —Su voz fue un susurro plano, casi engullido por el motor.
—Fingir que eres una estatua de sal. Que el fin de semana no existió y que el baile de anoche fue una alucinación colectiva.
Un espasmo recorrió su mandíbula. Apretó el volante hasta que los nudillos se le tiñeron de blanco.
—Estamos volviendo a la ciudad, Julia. El tráfico está despejado y tengo que estar en el despacho antes de las seis. No estoy fingiendo nada.
—Claro que sí —apoyé las manos en el salpicadero—.
Estás usando esa voz. La de leer contratos de arrendamiento.
La que usas para recordarme que juegas en otra liga y que soy solo una distracción ruidosa.
¿Qué pasó al bajarnos de la pista de baile, Daniel?
¿Por qué huiste como si te hubiera quemado la seda de la corbata?
El silencio regresó mientras adelantábamos al camión. Al volver al carril izquierdo, Daniel soltó un suspiro apenas perceptible. No se aflojó el cuello de la camisa; el botón seguía abrochado, impecable.
—No huí —dijo, con precisión quirúrgica—. Simplemente reevalué la situación con la perspectiva que requería el momento.
—¿Reevaluaste? —repetí la palabra, incrédula—. No eres un comité de dirección, Daniel. Eres un hombre que hace doce horas me sostenía por la cintura y me decía que...
—Diciendo cosas bajo una presión ambiental extrema —me interrumpió.
Su tono fue cortante—. Fuimos a ese hotel con un propósito claro.
El acuerdo de cooperación que firmamos tenía como objetivo mitigar un daño reputacional y social específico.
Mi presencia allí con una acompañante solvente neutralizó la narrativa de Sofía y Marcos. Ese objetivo se ha cumplido.
Apreté el bolso de lona amarilla contra mis rodillas.
—¿Un objetivo cumplido? —mi voz subió un tono—. ¿Así defines lo que pasó?
—Es la definición técnica de nuestro acuerdo —continuó, sin desviar la mirada del parabrisas—.
El fin de semana requería una sobreactuación para resultar creíble.
Lo sabías al firmar. Lo sabías cuando redactaste tus reglas en aquella servilleta.
Nos expusimos a un entorno de alta tensión y, lógicamente, se produjeron desviaciones del alcance original del proyecto.
Desviaciones del alcance original del proyecto.