Manual para un Novio de Mentira Capítulo 13La Anécdota que lo Cambió Todo
61%

Capítulo 13La Anécdota que lo Cambió Todo

La Anécdota que lo Cambió Todo

Daniel

El murmullo del salón se trasladó a la terraza de piedra volcánica con la lentitud de una marea.

Tras el brindis de Hugo, las sillas de roble chirriaron sobre el suelo de madera y los invitados comenzaron a dispersarse hacia el exterior, buscando la brisa del acantilado para contrarrestar el aire cargado de la cena de ensayo.

Permanecí de pie junto a una de las columnas de travertino, sosteniendo una copa de tinto que no tenía intención de beber.

El calor de la mano de Julia todavía persistía en mi palma izquierda, una marca invisible a pesar de los dos metros que nos separaban.

Ella se había deslizado hacia la barandilla, buscando el aire salino, con el vestido verde botella ondeando suavemente alrededor de sus tobillos.

Su silueta, recortada contra el Atlántico oscuro, parecía extrañamente pequeña, sin los gestos expansivos ni el torbellino de palabras con el que solía adueñarse de cualquier espacio.

A unos metros, mi padre seguía discutiendo las ramificaciones de la fusión de Transportes del Sur con don Javier. Sus voces me llegaban como una interferencia lejana, un ruido de fondo que mi mente descartaba de inmediato. Toda mi atención estaba fija en un punto a mi derecha.

Sofía.

Conocía el milimétrico endurecimiento de su mandíbula.

Durante la cena, mientras Julia desarmaba a Valeria con la soltura de quien redacta un contrato de adhesión y mi familia asentía con una calidez inédita, Sofía había permanecido rígida.

Su máscara de novia perfecta mostraba fisuras que la luz de los candelabros de plata no lograba ocultar.

El brindis de Hugo no había sido el triunfo que ella esperaba; en lugar de humillarme, arrojó una sombra incómoda sobre la simetría de su relación con Marcos.

Dejó su copa de champán sobre una bandeja de plata con un golpe seco. Se alisó el encaje del vestido blanco y ladeó la cabeza, localizando a Julia junto a la balaustrada.

Se movió con precisión. Sofía no daba pasos en falso; cada desplazamiento por la piedra era una declaración de propiedad.

Esquivó a un grupo de socios del bufete con una sonrisa de cortesía y avanzó directamente hacia el extremo más apartado de la terraza, allí donde el rugido del océano abajo amortiguaba las conversaciones.

Julia no la vio venir. Estaba apoyada en el granito, mirando el oleaje que rompía contra las rocas, con los hombros ligeramente vencidos.

Nunca la había visto así en Bahía Serena ni en las mesas de la cafetería El Pacto.

La chica que no temía a los magos estafadores ni a los ultimátums de las productoras parecía, por un instante, doblada bajo el peso de nuestra farsa.

Sofía se detuvo a un paso de ella. Su postura era erguida, bloqueando la única vía de salida de Julia hacia el centro de la terraza.

Aunque no podía escuchar sus palabras por la distancia y el viento, vi el momento exacto en que Julia se tensó.

Su espalda se enderezó de golpe y su mano derecha buscó la correa de su bolso de lona amarilla sobre el granito.

En los tribunales hay un instante preciso en el que un testigo flaquea y el fiscal se prepara para el golpe de gracia.

Al ver a Julia encogerse apenas un milímetro bajo la mirada de Sofía, sentí esa misma vibración en el estómago.

Pero aquí no había un juez para declarar una objeción, ni un receso para reorganizar la defensa.

Durante meses, mi única motivación para aceptar este desastre de plan había sido el control de daños.

Quería un escudo. Quería demostrar que el abogado metódico no había sido destruido por la traición.

Diseñé un dossier de quince páginas, establecí cláusulas de rescisión y limité el contacto físico para proteger mi orgullo.

Miré a Julia. La luz de los faroles del acantilado amarilleaba su rostro, revelando una palidez ajena al guion. El orgullo se volvió un concepto estéril.

No importaba si Valeria pensaba que yo era un excéntrico por salir con una podcaster del Barrio Mosaico, ni si los socios de Roca sentí la vibración de su espina dorsal, rígida como un cabo tensor.

Mis dedos se asentaron en la curva de su cadera con una firmeza constante.

Julia soltó el aire de golpe, un suspiro que se perdió en el viento, y su cuerpo se apoyó contra mi costado.

Sofía parpadeó. Por primera vez en todo el fin de semana, la copa de champán que sostenía se desvió un milímetro de su eje. Su mirada bajó a mi mano, fija en la cadera de Julia, y subió por mi chaqueta gris marengo hasta cruzarse con mis ojos.

—¿Perfecto? —pregunté.

Mi voz sonó con una calma gélida, precisa.

Sofía forzó una sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

—Daniel —dijo, mientras modulaba la voz—. Le comentaba a Julia lo curioso que resulta veros juntos. Una combinación muy estudiada. Todo encaja con una precisión que no recordaba en ti. Casi parece un guion de esos que tanto le gustan a ella.

—No tienes ni idea —respondí. Di un paso más y la obligué a retroceder para mantener su distancia de seguridad.

A nuestra izquierda, el murmullo de la mesa de los socios comenzó a apagarse.

Valeria, con una copa de vino blanco a unos metros, ladeó la cabeza.

Gonzalo interrumpió su conversación. El silencio en este rincón de la terraza se volvió denso, disputándole el espacio al rugido del Atlántico contra las rocas.

—La perfección es una métrica para los balances de situación, Sofía, no para las personas —continué, con una nitidez que cortaba el viento—. Si crees que lo que tengo con Julia es perfecto, es porque no has estado en nuestra suite a las tres de la mañana.

Julia giró la cabeza despacio. Sus ojos oscuros, enormes bajo los faroles, se clavaron en los míos. El pulso me dio un vuelco en el pecho, pero no aparté la mano. Al contrario, mis dedos se cerraron un poco más, sintiendo el calor de su piel a través de la seda.

Sofía apretó los labios hasta dejarlos en una línea delgada. El aroma a jazmín de su perfume pareció volverse denso bajo la brisa marina.

—¿Ah, sí? —soltó Sofía, con una ironía afilada—. ¿Y qué pasa a las tres de la mañana, Daniel? ¿Te ayuda a archivar tus contratos por orden alfabético o te enseña a improvisar sobre la marcha?

—Pasa que nos desarmamos —dije, mientras le sostenía la mirada hasta que la desvió—. Discutimos por la distribución de las almohadas, dejamos que el desorden entre en la habitación y, por primera vez, no tengo un plan de contingencia para el día siguiente. Y lo mejor es que no lo necesito.

El silencio en la terraza era absoluto. Valeria se había acercado un paso, con la copa suspendida a medio camino de los labios. Incluso mi padre, en el extremo opuesto de la balaustrada, había dejado de gesticular sobre Transportes del Sur para mirarnos de soslayo.