Capítulo 6Estreno de Gala para una Mentira a Dúo
Estreno de Gala para una Mentira a Dúo
Julia
Cruzar el umbral del salón principal del Mirador de las Olas fue como recibir una bofetada de luz dorada y condescendencia perfumada.
El espacio se abría en una inmensa terraza acristalada suspendida sobre el acantilado, donde el oleaje del océano, cien metros más abajo, parecía haber sido contratado como sutil hilo musical de fondo.
A nuestro alrededor, una marea de trajes de sastre impecables, espaldas descubiertas y sedas de colores pastel se desplazaba con la parsimonia de quienes jamás han tenido que correr para no perder el autobús de línea.
Mi vestido verde botella, comprado a contrarreloj en las rebajas de una franquicia del Barrio Mosaico, de pronto pareció de papel de fumar.
Juraría que el dobladillo izquierdo me rozaba el tobillo de una forma sospechosamente asimétrica, y el tejido sintético amenazaba con cargarse de electricidad estática a cada paso.
Deslicé la mano por el brazo de Daniel, buscando un punto de apoyo antes de que mis tacones de aguja decidieran traicionarme sobre el mármol pulido.
—Valdés —susurré, apretando los dedos contra la lana fría de su chaqueta—. Si sufro un ataque de pánico por exceso de opulencia y muero aquí mismo, la cláusula de rescisión por fallecimiento de la coprotagonista se activa automáticamente, ¿verdad? Dime que mi madre cobrará un seguro.
Daniel no se detuvo, pero su antebrazo se convirtió en una barra de hierro bajo mis dedos.
Su postura era tan recta que parecía haber desayunado una escuadra y un cartabón, pero se movía por el vestíbulo con una familiaridad exasperante.
Saludaba con ligeras inclinaciones de cabeza a hombres de pelo canoso y mujeres con joyas capaces de financiar tres temporadas de mi pódcast, sin perder esa distancia gélida que en Bahía Serena me desquiciaba y que ahora me servía de faro en mitad de la niebla.
—Mantén la cabeza alta, Castro —respondió sin mover apenas los labios—. La mitad de las personas de esta sala están intentando recordar si la seda de sus trajes está pagada o pertenece a una línea de crédito. Respira.
—Fácil de decir para el hombre que tiene un seguro de responsabilidad civil hasta para los pensamientos.
—Es una cuestión de proyección. Si caminas como si fueras la dueña del acantilado, nadie te preguntará por la etiqueta del vestido.
Su mano libre subió de manera casi imperceptible hacia el cuello de su camisa.
No llevaba corbata —el protocolo del cóctel de bienvenida exigía una etiqueta relajada pero prohibitivamente cara—, pero sus dedos rozaron el primer botón abierto.
Dos veces. Un tic rápido, nervioso, que delataba la grieta en su armadura de abogado impecable.
Su mirada fija me guio hacia los inmensos ventanales que daban al mar. En una esquina de la terraza, rodeados por un corrillo de invitados que celebraban cada uno de sus gestos con risas ensayadas, estaban ellos.
Las fichas de mi dossier mental cobraron vida.
Sofía Herrera era el tipo de mujer que te hace cuestionar la justicia genética.
Su vestido de seda marfil caía de un solo hombro con una fluidez que desafiaba la gravedad, y su cabello oscuro estaba recogido en un moño bajo del que escapaban algunos mechones calculados para enmarcar unas facciones simétricas.
Sostenía la copa de champán por el tallo, riendo de lado con una elegancia que parecía heredada de tres generaciones de aristócratas.
A su lado, con el brazo apoyado en la barandilla de teca, estaba Marcos Aguilar.
Cabello rubio despeinado por la brisa, sonrisa fácil y la complexión atlética de quien pasa los miércoles en un club de vela privado.
Gesticulaba con una chaqueta de lino desestructurada, proyectando un carisma magnético pero blando en los bordes.
El tipo de hombre con el que las cosas, tal como Daniel había dicho en la autopista, simplemente pasaban sin que él asumiera jamás la culpa.
El estómago se me contrajo de golpe.
Hasta ese momento, las firmas en la servilleta de papel, las reglas de contacto físico y nuestra historia de amor inventada en la librería eran solo un guion divertido para salvar mi pódcast. Un juego de estrategia en la mesa de mi salón.
Pero verlos allí, bajo la luz dorada del atardecer, disolvió el simulacro.
La traición de la que me había hablado Daniel ya no era un expediente abstracto.
Estaba allí, vestida de seda y lino, sonriendo a los invitados.
El pulso de Daniel se aceleró bajo mis dedos, una vibración desordenada que contradecía su máscara de hielo. Su mandíbula se tensó hasta dibujar una línea rígida junto a la oreja.
—Están a las diez en punto —murmuró. Su voz había perdido la calidez del coche; era el tono del litigador que entra a sala de vistas.
—Los veo —respondí, estrechando el espacio entre nosotros hasta que mi hombro rozó el suyo—. ¿Cuál es el plan de contingencia, capitán?
Daniel me miró de reojo. Sus ojos, bajo los candelabros del salón, parecían más oscuros, casi negros.
—No hay plan de contingencia para esto, Julia. Solo avanzar.
Apreté su brazo, clavando los tacones en el mármol con una determinación prestada.
La primera línea de batalla estaba a menos de veinte metros, y el mar de seda empezaba a abrirse a nuestro paso.
La tensión en el ambiente era tan densa que casi podía palparse, una electricidad estática que recorría mi columna vertebral mientras avanzábamos hacia el epicentro de aquel pasado que, de repente, reclamaba su lugar en nuestro presente.
Daniel caminaba con la rigidez de un soldado, pero yo, por primera vez en toda esta farsa, sentí que el guion se nos escapaba de las manos, dejando al descubierto la fragilidad de nuestra mentira ante aquellos que, con una simple mirada, podrían desmoronar todo lo que habíamos construido.
La distancia entre ellos y nosotros se redujo a la velocidad de un veredicto desfavorable. Con cada paso sobre el mármol, el murmullo de la terraza del Mirador de las Olas se amortiguó, como si el viento del acantilado hubiera decidido contener el aliento para presenciar el choque.
Sofía se despidió de su corrillo con una inclinación de cabeza ensayada y avanzó hacia nosotros.
Marcos la siguió un segundo después; dejó su copa de champán sobre una mesa alta de teca y caminó con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de lino claro, balanceando los hombros con una parsimonia estudiada que delataba su incomodidad.
La mano de Daniel se deslizó por mi espalda hasta apoyarse en la curva de mi cintura justo cuando acortamos los últimos metros. Sus dedos se clavaron en mi costado, rígidos, y su respiración se volvió tan sutil que temí que fuera a colapsar allí mismo por pura contención aristocrática.
—Sonríe, Valdés —le susurré entre dientes, sosteniendo mi mueca de foto de perfil de Instagram, esa que promete un contenido divertidísimo—. Nos miran como si fuéramos inspectores de aduanas.
—Estoy sonriendo —murmuró él, con la mandíbula de piedra.
—Pues parece que estés calculando el impuesto de sucesiones de tu propio funeral. Afloja.
Sofía se detuvo a dos metros. Bajo la luz de los candelabros exteriores, su piel lucía el brillo satinado de los tratamientos estéticos que cuestan tres meses de mi alquiler.
Sus ojos grises hicieron un barrido veloz sobre mí; un escaneo de medio segundo que devaluó mi vestido de rebajas a la mitad de su precio etiquetado.
—Daniel —dijo Sofía, arrastrando las vocales con esa cadencia lánguida de las escuelas privadas—. Qué alegría que hayas podido venir. Clara nos dijo que tu agenda en el bufete estaba imposible, como siempre.
No hubo abrazo ni amago de besos. Sostuvo la copa por el tallo entre nosotros, una barrera de cristal a la altura del pecho que delimitaba su territorio.
—La agenda siempre es manejable si la prioridad lo merece, Sofía —respondió Daniel. Su voz sonó firme, blindada, sin rastro del hombre que se había aferrado al volante en el coche. Era el abogado del Distrito Argenta en su versión de gala, listo para litigar.
Marcos dio un paso al frente y rompió la distancia. Extendió la mano hacia Daniel con una sonrisa forzada que intentaba salvar la distancia de meses de silencio absoluto.
—Qué pasa, tío. Me alegra que vinieras.
Daniel bajó la vista hacia la mano de su exmejor amigo.
El silencio se estiró un latido más de lo tolerable, mientras el viento del acantilado traía el olor a salitre y el batir del oleaje contra las rocas para llenar el vacío.
Al fin, Daniel estrechó la mano de Marcos con un agarre breve, seco, puramente administrativo.
—Felicidades, Marcos. El lugar es impresionante.
—Sí, bueno, ya sabes cómo es la familia de Sofía con estas cosas —Marcos se rascó la nuca con un gesto torpe y desvió la mirada hacia mí, buscando una salida rápida—. ¿Y tú eres...?
Sofía se adelantó y se recolocó el tirante del vestido sobre el hombro con un movimiento lento.
—Sí, por favor —añadió, clavando sus ojos grises en los míos—. Clara nos adelantó algo, pero no dio detalles. Y tú debes ser...
La frase quedó flotando, un espacio en blanco que esperaba que yo rellenara con la timidez de una invitada colada en la fiesta.
El brazo de Daniel se tensó contra mi costado; casi podía oír los engranajes de su cabeza anticipando el desastre, temiendo que la podcaster caótica que derrama cerveza y mete los pies en la guantera hiciera su aparición estelar.
No iba a darle el gusto a ninguno de los dos.