Manual para un Novio de Mentira Moción para una Novia de Emergencia #2
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Moción para una Novia de Emergencia #2

Me levanté y caminé hacia el ventanal. Las luces de Bahía Serena parpadeaban abajo, una red de energía ordenada.

Cada coche seguía su carril, cada edificio ocupaba su parcela designada.

Mi vida entera se había basado en ese principio: el control.

Planificar cada movimiento, anticipar cada riesgo, eliminar cada variable impredecible.

Y ahora estaba considerando invitar al caos en persona a la prueba más importante de mi control personal.

El riesgo era monumental. Podía decir algo desastroso. Ofender a un cliente. Podía, en un arranque de esa espontaneidad que tanto parecía valorar, desvelar toda la farsa con una carcajada.

Pero, ¿cuál era la alternativa? La certeza de la humillación. El lento desfile de miradas de pena, el murmullo de los cotilleos, la sonrisa triunfante de Sofía al verme solo.

La lógica se invirtió. Ir solo era el movimiento imprudente, el que garantizaba un resultado negativo. Llevar a Julia Castro, por demencial que sonara, era el único movimiento estratégico que me quedaba. Un riesgo calculado. Un intento desesperado de tomar el control de la narrativa.

Apoyé la frente contra el cristal frío. Mi propio reflejo me observaba, una silueta oscura contra el brillo de la ciudad. Estaba contra la pared, a punto de presentar una moción para la solución más ilógica de mi vida.

La marca del ventanal de la noche anterior todavía parecía grabada en mi frente cuando, poco después de las ocho de la mañana, contemplaba el fondo de una taza de espresso doble.

Tres horas de sueño. Mi mente, habituada a resolver disputas corporativas mediante la norma y la previsión de riesgos, había pasado la noche atrapada en un bucle de números y rostros del pasado.

La puerta acristalada de la cafetería se abrió con un vaivén violento, haciendo tintinear la campana de latón, y Julia Castro irrumpió con la fuerza de un frente de bajas presiones.

Llevaba una chaqueta vaquera tres tallas más grande, un bolso de lona amarilla que chocó contra la esquina de una mesa vacía y ese moño caótico que desafiaba la gravedad.

Me localizó y una sonrisa de triunfo le iluminó el rostro. Caminó hacia mi mesa. Su bolso de lona aterrizó en la madera con un golpe sordo, desplazando el azucarero de porcelana exactamente tres centímetros a la izquierda.

—Buenos días, Valdés. Tienes cara de necesitar un milagro o cafeína pura. Por suerte para ti, traigo ambas cosas. —Apoyó los codos sobre la mesa y sostuvo la barbilla con las manos.

Tenía sutiles ojeras, aunque sus ojos brillaban con una vitalidad maníaca.

—Castro. No recuerdo haber aprobado esta reunión en mi calendario. De hecho, tampoco recuerdo haberte facilitado mis horarios.

—Oh, por favor. Clara me dijo que desayunas aquí todos los jueves antes de ir a tu torre de cristal. Y no pongas esa cara de demanda colectiva. Lo que vengo a ofrecerte es un negocio. Un *quid pro quo* de manual; sé que a los de tu especie os encantan los términos en latín.

Arqueé una ceja y di un sorbo al café, que ya empezaba a templarse.

—Tengo exactamente cinco minutos antes de subir al despacho. Sé concisa.

Julia se inclinó hacia delante. Su perfume, una mezcla de vainilla y cítricos, invadió mi espacio.

—Voy al grano. Sé que tienes una boda este fin de semana. La boda de tu ex, para ser exactos. Y sé que tu lista de candidatas para acompañarte está más vacía que la sección de comentarios de un blog de filatelia.

Me toqué el nudo de la corbata, que de pronto pareció estrecharse. ¿Cómo era posible que Clara tuviera tan poco sentido de la discreción?

—Mi hermana habla demasiado.

—Tu hermana se preocupa por ti, que es diferente. Pero ese no es el punto. Yo tengo la solución a tu problema de relaciones públicas: me ofrezco voluntaria para ser tu novia de mentira durante las próximas cuarenta y ocho horas.

La miré fijamente. Durante tres segundos, el único sonido fue el zumbido de la máquina de café al fondo del local.

—¿Tú?

—Yo. —Se señaló con el índice—. Julia Castro.

Presentadora del pódcast de citas más escuchado, experta en dinámicas sociales y una actriz de Óscar si me lo propongo.

Puedo ser la novia perfecta, Daniel. Me reiré de tus chistes de leyes, sostendré la copa de champán con el meñique levantado y miraré a tu ex con una mezcla de superioridad y compasión que la hará desear no haber nacido.

—La idea es absurda y carece de lógica —apoyé la taza en el plato con un clic—. En primer lugar, no nos soportamos. En segundo, tu concepto de comportamiento social difiere del mío. Y en tercero, tú no haces favores por altruismo. ¿Cuál es el precio, Castro?

Julia esbozó una sonrisa depredadora.

—No es un precio, es un intercambio de activos. Tú necesitas una novia para no parecer un fracasado frente a tu ex y tu antiguo mejor amigo. Yo necesito contenido. Mi productora me ha dado un ultimátum: o entrego una historia jugosa antes de que termine la semana, o mi contrato corre peligro.

—¿Andas escasa de desastres ajenos? —Fruncí el ceño.

—No ajenos. Tuyos. —Julia sacó una pequeña libreta amarilla del bolso de lona y la deslizó sobre la mesa—.

A cambio de que sea tu pareja ideal el fin de semana, me vas a proporcionar tres historias verídicas de tus peores citas del pasado.

Desastres reales, Daniel. De esos que hacen que desees que te trague la tierra.

Me recosté en la silla y me crucé de brazos.

—Estás loca.

—Es una propuesta de negocios seria —protestó ella, imitando mi postura—.

Todo será anónimo. Cambiaré nombres, ubicaciones y detalles de tu profesión para que nadie en tu bufete de estirados te reconozca.

Para mi audiencia serás "el abogado incorruptible" o "el señor de los trajes rígidos".

Nadie sabrá quién eres. Yo conseguiré mis episodios y tú sobrevivirás al Mirador de las Olas con el orgullo intacto.

—¿Mi orgullo intacto? —resoplé—. Presentarme en un resort de cinco estrellas con una mujer que planea diseccionar mis fracasos amorosos ante miles de oyentes no es mi definición de protegerlo.

—¿Ah, no? ¿Y cuál es tu alternativa? —Julia se inclinó más, sosteniéndome la mirada—.

¿Ir solo? ¿Dejar que Sofía te mire con esa lástima ensayada de la que me habló Clara?

¿Soportar que Marcos te dé palmaditas en el hombro mientras te pregunta cómo te va en el despacho, insinuando que el trabajo es lo único que te queda?

Porque eso es lo que va a pasar, Daniel. Lo sabes tú y lo sé yo.

El nudo en mi estómago, el mismo que había intentado ignorar durante toda la noche, se apretó.

Miré a Julia. Su postura era tensa, expectante. Un mechón rebelde se le había soltado sobre la mejilla y tamborileaba los dedos contra la madera. Ella también estaba contra la pared; su pódcast y su carrera dependían de esta locura.

Era un análisis de riesgos básico. Opción A: Ir solo. Probabilidad de daño reputacional y emocional: cien por cien. Opción B: Aceptar el trato con Julia Castro. Probabilidad de caos: alta. Probabilidad de éxito estratégico: variable, pero existente.

—¿Cómo sé que no vas a sabotear el evento? —Mi tono se volvió el de una negociación formal—. Asistirán socios de mi bufete y clientes clave. No puedo permitirme un escándalo. No puedes presentarte allí vestida para un concierto de rock ni hacer preguntas indiscretas para tu programa.

Julia se irguió y su expresión se suavizó.

—Sé cuándo ponerme seria, Daniel. Sé llevar un vestido de cóctel y mantener una conversación sobre el mercado inmobiliario si es necesario. No voy a arruinar tu reputación. Si firmo un acuerdo, lo cumplo.

—¿Un acuerdo?

—Claro. Un pacto con términos y condiciones. Tú me das los desastres, yo te doy la novia perfecta. Sin improvisaciones.

Busqué una salida, un recurso de apelación, cualquier alternativa que no implicara ceder el control a la persona más impredecible que conocía. Pero la hoja de cálculo de mi cerebro seguía mostrando un cero rotundo en la columna de opciones viables. Un riesgo monumental, pero la única salida.

—Si hacemos esto —dije, sosteniéndole la mirada—, se hará bajo mis condiciones. Redactaré un documento con límites estrictos, cláusulas de confidencialidad y una cronología detallada de nuestra supuesta relación. Tendremos que aprenderla de memoria. No quiero sorpresas, Castro.

A Julia se le abrieron los ojos.

—¿Eso es un sí, Valdés?

—Es un "estoy considerando tu propuesta bajo estricta supervisión legal" —corregí—. Nos reuniremos esta tarde para discutir los términos. Más vale que estés preparada para seguir mis reglas.

Julia soltó una risa ligera que contrastó con la formalidad del café del Distrito Argenta. Se puso en pie de un salto y agarró el bolso de lona.

—Prepararé mi mejor sonrisa de novia enamorada, abogado. Nos vemos esta tarde. No te retrases, odio esperar.

Salió con la misma energía arrolladora con la que había entrado, dejando tras de sí un rastro de vainilla y el azucarero desalineado.

Me quedé solo frente a la taza fría. Me llevé la mano al nudo de la corbata y, por primera vez en veinticuatro horas, lo aflojé un milímetro. Acababa de presentar una moción para el caos, y no tenía idea de cómo defenderla.