Manual para un Novio de Mentira Capítulo 2Moción para una Novia de Emergencia
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Capítulo 2Moción para una Novia de Emergencia

Moción para una Novia de Emergencia

Daniel

El cursor parpadeaba con una cadencia implacable, marcando los segundos en el silencio absoluto de la planta cuarenta y dos.

A las once y media de la noche, las oficinas de Roca era una obligación estratégica.

El círculo social de Bahía Serena era un ecosistema cerrado y depredador.

Varios socios principales de mi bufete estaban invitados, igual que los clientes más importantes de la ciudad.

Faltar equivalía a firmar una declaración pública de debilidad.

Significaba que, un año después, seguía siendo el exnovio derrotado, lamiéndose las heridas mientras los vencedores brindaban con champán frente al océano.

Pero asistir solo era un suicidio social diferente.

Me visualicé entrando en los jardines del Mirador de las Olas, sometido al escrutinio de trescientas personas.

Podía escuchar los murmullos compasivos, sentir las palmaditas condescendientes en el hombro.

Marcos se acercaría con su sonrisa de disculpa, intentando forzar una reconciliación para limpiar su conciencia, y Sofía me miraría con esa mezcla de lástima y superioridad que dominaba a la perfección.

Necesitaba un escudo. Una proyección de éxito que neutralizara cualquier intento de compasión.

El eco de las palabras de la insufrible amiga de mi hermana resonó en el silencio: *el gran Daniel Valdés, rechazado en masa*.

La imagen de Julia Castro irrumpió en mi mente con la sutileza de una alarma de incendios.

El bolso de lona amarilla, el pelo recogido en un moño que desafiaba la física y esa sonrisa cargada de sarcasmo.

Julia era la antítesis de todo lo que yo valoraba.

Operaba en una frecuencia de caos constante, monetizando sus desastres emocionales para el entretenimiento de extraños.

Su vida no tenía estructura, ni filtros, ni un plan a largo plazo.

*Te sorprendería lo buena que puedo llegar a ser fingiendo*.

Su voz resonó en el despacho vacío, nítida y desafiante.

Solté un bufido y aparté la vista hacia el ventanal.

Una idea absurda. Llevar a Julia Castro a un evento rodeado de tiburones corporativos y ex amigos traicioneros era el equivalente a introducir una granada sin anilla en un polvorín.

Derramaría vino sobre un socio, diría algo inapropiado durante el brindis o, peor, intentaría grabar la desgracia de alguien para ese programa de ruido que llamaba pódcast.

Sin embargo, a cuarenta y ocho horas del cóctel de bienvenida, mi hoja de cálculo de candidatas viables seguía mostrando un rotundo cero.

Agarré la invitación. El cartón era rígido, inamovible, como la fecha impresa en él.

No había mociones de aplazamiento ni recursos de apelación.

El viernes por la tarde tendría que cruzar las puertas de ese resort, y la idea de hacerlo sin una armadura me revolvía el estómago de una forma que ninguna lógica podía aplacar.

Abrí el cajón inferior de mi escritorio, dejé caer la invitación junto a una grapadora de repuesto y lo cerré de un golpe seco. El ruido reverberó en el cristal. Volví a colocar los dedos sobre el teclado, forzando a mi mente a centrarse en la cláusula de indemnización del contrato.

Las yemas de mis dedos se quedaron suspendidas sobre las teclas, a un milímetro del plástico negro.

La cláusula 14.b, «Indemnización por Incumplimiento Material», me devolvía la mirada desde el resplandor de la pantalla.

Eran palabras que entendía, un lenguaje de consecuencias y responsabilidades que yo mismo había perfeccionado.

Pero esta noche, las letras se desenfocaban, superpuestas por la caligrafía dorada de una invitación enterrada en un cajón.

Era inútil. Mi mente no estaba aquí, en la lógica estéril del derecho mercantil. Estaba en los jardines de un resort de lujo, dentro de cuarenta y ocho horas, bajo el peso de trescientas miradas compasivas.

Cerré el portátil con un movimiento seco y preciso. El clic resonó como un portazo. Me recosté en la silla, pasándome las manos por la cara. La piel estaba tirante, fría. El aire acondicionado mantenía la temperatura en unos constantes diecinueve grados, pero sentía un sudor helado en la nuca.

Abrí el teléfono y accedí a las llamadas recientes.

Un cementerio de intentos fallidos. Catorce nombres.

Catorce excusas educadas pero firmes. «Oh, Daniel, me encantaría, pero justo ese fin de semana tengo un retiro de yoga».

«Qué pena, tengo que visitar a mis padres».

«Imposible, el perro de mi hermana tiene una cirugía menor».

La última, de hacía apenas unas horas, había sido la más humillante.

Una abogada de la competencia a la que invité por pura desesperación táctica.

Su risa, breve y cortante, todavía me zumbaba en el oído.

«Valdés, aprecio la oferta, pero prefiero enfrentarme a ti en un litigio antes que en una boda. Es menos sangriento».

Deslicé el pulgar por la pantalla hasta detenerme en el contacto de mi hermana. Clara. Sus palabras del bar volvieron a mí, fragmentos que mi cerebro había archivado por instinto.

*«Mi querido hermano mayor está a punto de provocar una implosión... Está desesperado por encontrar una acompañante».*

Y luego, la otra parte de la ecuación, la que había ignorado por irrelevante.

*«Su pódcast... Mónica le ha dado un ultimátum... Necesita un desastre perfecto».*

Julia Castro.

Mi primer instinto fue de rechazo visceral. La imagen de su moño caótico, la mancha de café en su bolso, la forma en que gesticulaba al hablar, ocupando más espacio del físicamente necesario. Era la personificación del desorden. Una variable incontrolable.

Pero mi desesperación era un ácido que disolvía los instintos. Empecé a analizarla no como la amiga irritante de mi hermana, sino como un activo potencial.

Hecho número uno: era una profesional de la narrativa. Su trabajo, por muy frívolo que me pareciera, consistía en construir historias convincentes. Yo no necesitaba una novia. Necesitaba una historia.

Hecho número dos: tenía una motivación clara y cuantificable.

Necesitaba contenido. Su carrera, según Clara, dependía de ello.

Eso transformaba un favor personal humillante en una transacción de beneficio mutuo.

Un quid pro quo. Un lenguaje que yo entendía.

Podía redactar un acuerdo. Establecer términos, condiciones, límites. Cláusulas de confidencialidad.

Hecho número tres: era una completa desconocida para mi círculo. No había historia previa, ni alianzas, ni posibles filtraciones. Un lienzo en blanco sobre el que podríamos proyectar cualquier relato que diseñáramos.

Y el hecho más importante, el que inclinaba la balanza: no me miraría con lástima.

Me miraría con sarcasmo, con irritación, probablemente con desdén.

Pero no con esa compasión blanda y condescendiente que me esperaba de todos los demás.

Ella no me vería como el exnovio traicionado.

Me vería como el protagonista de su próximo episodio.

Y en este contexto, eso era una ventaja.