Un sí. Y luego, solo tú y yo #4
Todo parecía preparado con una intención casi mágica, como si aquel rincón no perteneciera del todo a la realidad, sino a un recuerdo que ya estaba naciendo.
No era una celebración cualquiera. Era un refugio de luz, de amor, de promesas; un pequeño mundo encantado donde la noche había decidido quedarse un poco más.
Las risas, la música suave, el tintinear de las copas y el murmullo alegre de los presentes parecían latir al mismo ritmo que el mar cercano.
Se detuvieron aquí y allá, intercambiando abrazos, palabras cálidas, miradas cómplices con los padres de Andrea y de Lucas, celebrando no solo una boda, sino la vida misma.
Andrea apareció de pronto frente a Sofía, con esa energía suya que siempre llenaba el espacio antes incluso de hablar.
—Te he perdido de vista un segundo —dijo, arqueando una ceja con teatralidad—. ¿Dónde estabas?
Sus ojos se deslizaron de inmediato hasta el cabello de Sofía, ligeramente despeinado, con mechones rebeldes que no estaban ahí cuando empezó la ceremonia.
Sofía abrió la boca para responder, pero Andrea se adelantó mientras seguía observándola de arriba abajo, fijándose también en su vestido, bastante arrugado, y en el brillo especial de sus ojos.
—Bueno… con esos pelos y ese vestido, creo que me lo puedo imaginar.
Sofía soltó una risa nerviosa y, casi sin pensarlo, se llevó la mano al cabello, acomodándolo con un gesto rápido, como si así pudiera borrar cualquier sospecha.
—Sorprendida, ¿verdad? —dijo enseguida, cambiando de tema con una sonrisa luminosa mientras, con la otra mano, alisaba el vestido—. La boda no podría haber quedado mejor.
Andrea la observó un segundo más, divertida, antes de negar con la cabeza, sonriendo de oreja a oreja.
—Es preciosa —admitió—, mucho más de lo que imaginé.
Miró alrededor: al dosel de luces, a las flores, a su familia bailando.
—Es exactamente como lo soñé. No cambiaría absolutamente nada.
Sus ojos se humedecieron un instante, pero enseguida se recompuso y se lanzó a abrazar a Kai con fuerza. Le dio un beso rápido en la mejilla.
—Gracias —le susurró—. Por todo.
Kai sonrió, sincero, con esa calma suya que parecía sostenerlo todo.
Entonces Lucas apareció, algo nervioso, algo emocionado, pañuelo en mano, como si aún no se creyera del todo que aquello estuviera ocurriendo. Se plantó frente a Sofía y, con una inclinación exagerada, le tendió la mano.
—¿Me concedes este baile?
Sofía rió y aceptó sin dudar. Al mismo tiempo, Kai ofreció su mano a Andrea y, en un gesto natural, casi inevitable, las parejas se cruzaron en la pista improvisada.
La música envolvía el rincón encantado con un ritmo suave, casi hipnótico.
Las luces colgantes parecían balancearse al compás, y las risas se mezclaban con el murmullo del mar.
Kai giraba con Andrea entre los invitados, sus pasos tranquilos y atentos, mientras Sofía y Lucas bailaban a unos metros, riendo, dejándose llevar.
—¿Estás bien? —preguntó Andrea, mirándolo con una sonrisa cómplice—. Tienes cara de estar en otra parte.
Kai bajó la voz, sin apartar del todo la vista de Sofía.
—Lo estoy… pero también estoy pensando —admitió—. Sé que me quiere. Sé que quiere estar conmigo. Pero todo ha pasado tan rápido… Hawái, la casa, el bebé. Nueva York era su mundo: su trabajo, su familia, su vida. No sé si dejarlo todo no será demasiado para ella.
Andrea lo observó con atención, reconociendo en sus palabras una preocupación honesta, profunda.
—Sofía siempre ha sido un torbellino —dijo con suavidad—. Emociones, caos, intensidad… pero también ha pasado media vida soñando con ser feliz de verdad. Con ser la princesa de su propio cuento, con su príncipe, su familia, su hogar. Y ahora lo tiene.
Hizo una pausa, mirando también hacia su amiga.
—Nunca —añadió con firmeza—, y créeme que la conozco desde hace muchos años, la había visto así. Con ese brillo en los ojos. Tan en paz. Tan feliz. Y, como amiga, no puedo sentirme más orgullosa de ella.
Kai sonrió, aliviado, como si esas palabras hubieran encajado algo que llevaba horas intentando ordenar.
A unos pasos de distancia, Lucas giraba a Sofía con exagerada delicadeza, como si tuviera entre las manos algo frágil y valiosísimo.
—Oye —dijo de pronto, bajando la voz—, ¿y tus padres? ¿Cómo crees que se tomarán que te quedes a vivir aquí? Ya sabes… Hawái, tu boda, el bebé, ser abuelos de golpe…
Sofía respiró hondo, apoyando una mano en su hombro mientras seguían balanceándose.
—Tengo un poco de miedo por mi padre —confesó—. Creo que al principio no le va a hacer mucha gracia… ya lo conozco, y soy su niña. Pero mi madre… mi madre va a estar feliz, lo sé.
Sonrió, aunque en sus ojos había una emoción nueva, profunda.
—En el fondo creo que los dos se alegrarán por mí. Aún no he tenido tiempo de decírselo todo… ni que me quedo, ni que me caso, ni que estoy embarazada. Pero cuando lo haga, espero que vean lo que yo siento. Que estoy bien. Que soy feliz.
Lucas apretó ligeramente su mano.
—Eso se nota, Sofía —dijo con una sonrisa sincera—. Mucho más de lo que crees.
La música continuó, las parejas giraron bajo las luces y, entre preguntas, confesiones y risas, la noche siguió avanzando como si el tiempo, por una vez, hubiera decidido ser amable con todos.
Hay mañanas en las que el silencio no trae paz, sino la certeza de que algo ya se ha roto.
Capítulo 17