Un sí. Y luego, solo tú y yo #2
—Quiero ser el que te coja de la mano cuando tengas miedo, el que te siga cuando no tengas claro el camino y el que te espere cuando necesites tiempo. Quiero formar una familia contigo, reírme contigo, equivocarme contigo… y volver a elegirte cada día, incluso en los días difíciles.
Le tembló la sonrisa.
—Prometo amarte con paciencia, con alegría y con todas mis ganas. Prometo no dejar de jugar nunca contigo. Porque contigo, Andrea, la vida siempre es mejor.
Andrea ya tenía los ojos brillantes cuando Lucas terminó.
Ella avanzó despacio. Inspiró profundamente, intentando contener la emoción que le apretaba el pecho. Pero habló con una serenidad que lo desarmó por completo; cada frase suya era un hilo de ternura.
—Lucas… tú llegaste a mi vida como llegan las cosas importantes: sin avisar y para quedarte.
Sonrió, mirándolo con una ternura inmensa.
—Eres alegría pura, eres impulso, eres corazón. Donde yo pongo dudas, tú pones ilusión. Donde yo me freno, tú me empujas. Y aunque a veces me desquicies… —dijo, provocando algunas risas—, también eres quien mejor sabe calmarme.
Bajó un instante la mirada, emocionada, y volvió a alzarla.
—Prometo caminar a tu lado, incluso cuando tengas miedo. Prometo cuidarte, escucharte y aprender contigo. Prometo crecer juntos, sin perder nunca la complicidad ni las ganas de soñar.
Su voz se quebró ligeramente.
—Te elijo hoy y te elegiré cada día. Porque contigo he aprendido que el amor no es perfecto, pero sí es real. Y yo quiero una vida real… contigo.
El silencio que siguió fue profundo, pleno. Pero, en ese instante, para Lucas y Andrea solo existían ellos dos, mirándose como si acabaran de prometerse el mundo entero.
Kai y Sofía los observaban desde sus lugares en el altar, pero algo sucedía entre ellos.
Algo que no formaba parte de la ceremonia y, sin embargo, la completaba.
Cada vez que Lucas o Andrea pronunciaban una promesa, los ojos de Kai buscaban a Sofía, y los de Sofía buscaban los de él.
Era como si ambos escucharan los votos… para ellos mismos.
Entonces llegó el instante solemne:
—Lucas, ¿tomas a esta mujer como tu legítima esposa?
Y mientras todos miraban al novio, Kai, sin darse cuenta, bajó la cabeza y asintió muy levemente… como si respondiera él.
Sofía lo vio. Y sonrió, llevándose una mano al pecho.
Luego llegó el turno de Andrea.
—¿Tomas a este hombre como tu legítimo esposo?
Y mientras Andrea decía «sí», Sofía bajó la mirada, sonriendo, e hizo el mismo gesto que había hecho Kai antes.
Como si ambos se estuvieran casando al mismo tiempo… sin palabras, sin ceremonia, pero con esa certeza silenciosa que solo existe entre dos personas que ya se han elegido.
El sol descendió un poco más, dorando sus rostros, dorando el mar, dorando la voz del pastor cuando finalmente pronunció:
—Los declaro marido y mujer.
Lucas besó a Andrea y, por un instante, el acantilado entero pareció contener el aliento a su alrededor.
Las antorchas resplandecían como si bendijeran la escena; las flores blancas se mecían con la brisa marina y las lágrimas —propias y ajenas— brillaron como cristales atrapados por la luz del atardecer.
Andrea, aun con las manos temblorosas por la emoción, ladeó el rostro hacia Lucas y murmuró entre risas suaves:
—¿Querías que terminara ya la ceremonia para poder llorar?
Lucas, con la nariz roja, los ojos completamente empañados y una sonrisa derrotada por la emoción, soltó una risa ahogada y respondió:
—Sí, sí. Ya no puedo más.
Ella, sin perder la elegancia ni la ternura, se acercó hasta su madre, quien le tendió un paquete de pañuelos —previsoramente bien guardados solo para él—.
—Toma —le susurró mientras se los entregaba—. Te lo advertí.
Lucas rió entre lágrimas, incapaz de contenerse, como si aquel pequeño gesto —los pañuelos exactos, en el momento exacto— hubiese convertido toda la emoción en una alegría luminosa y suave. Era más que un detalle. Era la prueba silenciosa de que Andrea lo conocía mejor incluso que él mismo.
Y entre todos los invitados, entre familiares, escayolas, bastones y pétalos, había dos personas más que sintieron dentro algo tan fuerte como una promesa: Kai y Sofía.
Como si aquella boda también fuera, de algún modo, el inicio de la suya.
El beso de Lucas y Andrea aún flotaba en el aire como una explosión dulce de luz y suspiros cuando Kai tomó la mano de Sofía. Fue un gesto suave, decidido, lleno de un significado que no necesitaba palabras. La atrajo hacia él y, durante un segundo, el mundo entero pareció quedarse en silencio.
—Ven aquí —murmuró Kai, apenas audible.
Sofía alzó el rostro, todavía con los ojos brillando por la emoción de la ceremonia, y Kai inclinó la cabeza hacia ella. Fue un beso cálido, tierno, casi reverencial; un beso que parecía sellar la promesa silenciosa que los dos se llevaban haciendo desde que se reencontraron.
A su alrededor estalló el murmullo alegre de la celebración: felicitaciones, risas, aplausos.
Los empleados del resort aparecieron con tambores polinesios, marcando un ritmo envolvente que se mezcló con la música hula.
Las antorchas, elevando pequeñas chispas, iluminaban el sendero con destellos dorados que se perdían en el aire anaranjado del atardecer.
Las flores blancas del arco se mecían bajo el viento costero.
Todo era íntimo, cálido, perfecto.
Demasiado perfecto.
Andrea abrazaba a Sofía entre risas. Lucas estrechaba la mano de Kai, más relajado, viendo que la ceremonia había salido increíble.
La abuela de Lucas, que estaba sentada justo al lado de Liam, se incorporó con su bastón para aplaudir, todavía con la emoción estremeciéndole las manos y secándose las lágrimas.
—Ay, mi niño… qué bonito todo… —murmuró mientras se levantaba.
Pero al hacerlo, su bastón golpeó sin querer uno de los laterales de la silla de ruedas de Liam.
Un golpecito leve, torpe.
Una pequeña presión involuntaria del bastón. Un golpe casi imperceptible contra la rueda de la silla.
Solo Liam lo sintió.
Un ligero tirón.
Un desplazamiento mínimo.
Como si alguien lo hubiera empujado con dos dedos.
—¿Eh? —susurró.
Miró hacia abajo.
Sintió que su silla comenzaba a moverse.
Primero apenas un centímetro. Luego dos.
Luego… más.
—No. No, no, no… —murmuró Liam, con los ojos moviéndose porque el collarín no le permitía girar la cabeza.
Pero todos los demás estaban demasiado ocupados riendo, celebrando, haciéndose fotos con el móvil, empezando a acomodarse para la sesión con el fotógrafo.
La música sonaba fuerte.
Los pétalos aún caían.
El sol terminaba de bajar, tiñéndolo todo de dorado.
Y nadie lo vio.
Absolutamente nadie.
Solo él.
La silla avanzaba por el terreno en pendiente que daba directamente al acantilado.
Una pendiente que nadie recordaba…
Excepto él en ese mismo instante.
—¡Ay, Dios…! —susurró Liam, incapaz de levantar los brazos escayolados—. ¡Que me voy!
Pero su voz quedó ahogada entre la música de los tambores, las risas, el murmullo de felicitaciones.
La silla rodaba cada vez más rápido.
Las ruedas vibraban.
El viento le golpeaba la cara inmóvil.
El mar rugía abajo con un sonido aterradoramente final.
Liam entornó los ojos.
—Genial… —exclamó—. Perfecto. Me rompo todos los huesos… y ahora me voy directo al puto oce…
Una pequeña piedra giratoria hizo saltar una de las ruedas al instante.
La silla aceleró como si tuviera motor propio.
Liam abrió los ojos como platos.
¡¡¡ME VOYYYYYY!!!
Pero la música tapó sus gritos.
Sofía reía junto a Andrea, todavía envueltas en la emoción del momento, mientras Lucas recibía felicitaciones y le devolvía a su recién estrenada esposa una sonrisa cargada de complicidad.
A su alrededor, los invitados celebraban sin reservas: copas de champán alzándose, brindis espontáneos, carcajadas que se mezclaban con la música suave.
Las burbujas ascendían en los vasos y atrapaban los últimos rayos de sol, que se filtraban en destellos dorados, como pequeñas chispas suspendidas en el aire.
Entonces Sofía abrazó a Andrea con fuerza.
Un abrazo largo, sincero, de esos que no necesitan palabras.
Ambas lloraban, pero eran lágrimas limpias, de alegría plena, de felicidad compartida.
Andrea apoyó la barbilla en el hombro de Sofía y, al separarse apenas unos centímetros, algo captó su atención.
El anillo.
Andrea bajó la mirada casi sin darse cuenta. Sus ojos se abrieron de golpe. Le tomó la mano con cuidado, como si temiera que aquello se desvaneciera si lo tocaba, y con la otra se llevó la mano a la boca.
—Dios mío… —susurró, con la voz temblándole—. No me lo puedo creer.
Alzó la vista, incrédula, radiante.
—¡Estás prometida!
Sofía no respondió de inmediato. Seguía sonriendo entre lágrimas, con el corazón desbordado. Asintió apenas, como si aún estuviera asimilándolo todo, y apretó la mano de Andrea con ternura.
—Es precioso… —dijo Andrea, emocionada de verdad—. Me alegro tantísimo por ti, amiga.
Sofía respiró hondo, intentando serenarse, y apoyó la frente un instante contra la de ella.
—Hoy es un día muy especial para las dos —murmuró—. Tenemos mucho que celebrar… y mucho que agradecer.
Se abrazaron de nuevo, más despacio esta vez, con esa complicidad silenciosa que solo existe entre quienes han crecido juntas, se han visto caer y volver a levantarse. Dos felicidades distintas, cruzándose en el mismo instante, brillando con la misma luz.
La abuela de Lucas aplaudía desde su asiento, emocionadísima, saboreando un sorbo de champán como si fuera la mejor bebida del planeta.
—Qué boda más bonita —murmuraba con el vaso en alto, sin saber que, a escasos metros de ella, acababa de iniciar el desastre del año.
Porque mientras la música hula llenaba el ambiente y el viento acariciaba las flores del arco nupcial, la silla de Liam seguía alejándose, deslizándose hacia el acantilado con la elegancia de un accidente a cámara rápida.
Y nadie, absolutamente nadie… excepto él, lo veía.
La noche cayó con suavidad, como un telón oscuro que envolvía el resort.