MANUAL DE PSICOLOGÍA Los dieciséis #6
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Los dieciséis #6

Bruno, Iván y Tomás acordaron ir al estacionamiento juntos.

Gael protestó cuando Laura quiso cargarle otra vez la mochila.

Perdió.

Camila esperó a Álex.

Él seguía cerca de la puerta.

—No me voy contigo —dijo antes de que ella preguntara.

Camila se detuvo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que esto se convierta en que tú me cuides cada vez que estoy mal.

—¿Estás mal?

Álex bajó la vista.

—No sé.

—Eso no me sirve.

—A mí tampoco.

Camila apretó los labios.

—Entonces ¿con quién te vas?

Álex señaló a Rebeca.

—Le voy a pedir que me acerque con mi amigo. Y si no puede, pido otro coche y le mando ubicación.

Camila se tomó un instante.

—Está bien.

—No te enojes.

—No estoy enojada.

Álex levantó una ceja.

—Eso sí fue mentira pequeña.

A Camila se le escapó una sonrisa cansada.

—Vete a la chingada.

—Eso suena más verdadero.

No se abrazaron.

No hacía falta.

Camila se fue con Mariana hasta la salida principal.

Álex permaneció con Rebeca.

Antes de salir, Mateo alcanzó a Rebeca junto a la puerta.

—Oye.

Ella se detuvo.

—¿Qué?

—Lo de ayer. Cuando pregunté por qué habías hablado con Eduardo.

Rebeca esperó.

—Sonó como acusación.

—Sí.

Mateo aceptó la respuesta sin defenderse.

—No era lo que quería hacer. Pero sí estaba buscando quién sabía qué.

—Todos lo estamos haciendo.

—No igual.

Rebeca guardó el teléfono en la bolsa.

—¿Me estás pidiendo perdón?

—Sí.

—Entonces sí. Te salió horrible, pero sí.

Mateo sonrió apenas.

—Gracias.

Rebeca empezó a caminar y luego se detuvo.

—No significa que ahora confíe ciegamente en ti.

—No te lo pediría.

—Bien.

Mateo entendió que aquello era mejor que una reconciliación perfecta.

No necesitaban recuperar la confianza que tenían antes.

Necesitaban aprender a no destruirla cada vez que aparecía una hipótesis nueva.

Eduardo fue el último en revisar el auditorio.

Laura estaba junto a la mesa.

Gael también.

—Te dije que no te quedaras solo —dijo Eduardo.

—No estoy solo.

—Punto para ti.

Gael señaló los formularios.

—¿Los va a dejar aquí?

—No.

Eduardo los guardó en una carpeta con cierre.

Había una hoja más sobre la mesa.

La de Álex.

Doblada.

La colocó dentro sin abrirla.

Laura observó el gesto.

—¿No la vas a leer?

—Sí.

—¿Ahora?

—Cuando pueda separar lo que escribió antes de entrar de lo que yo ya quiero encontrar después de esta reunión.

Gael entendió.

—Va a hacer una tabla.

Eduardo casi sonrió.

—Probablemente.

Laura apagó la pantalla del auditorio.

Quedó solo la luz del pasillo entrando por la puerta.

Gael sacó el teléfono.

—Sistemas acaba de mandar un correo.

Eduardo se tensó.

—¿Qué dice?

Gael leyó.

—Que preservaron los registros de la notificación y que mañana revisarán el origen. Nada más.

Eduardo soltó el aire.

—Bien.

Gael guardó el teléfono.

No se movió.

Laura preguntó:

—¿Qué?

—Nada.

Eduardo lo conocía suficiente para no aceptar la palabra.

—Gael.

Él señaló la carpeta.

—Dieciséis formularios de estudiantes y Álex.

Eduardo corrigió:

—Quince estudiantes y Álex.

Gael negó.

—No. Conté los que llenaron formulario.

Eduardo entendió.

Quince alumnos.

Álex.

Dieciséis hojas.

Faltaba la suya.

La que nunca había llenado porque había pasado la reunión dirigiendo a los demás.

Laura lo comprendió al mismo tiempo.

—Tú también.

Eduardo recibió el comentario sin defenderse.

Gael abrió una hoja extra y se la entregó.

—Mismas reglas.

Eduardo recibió el papel.

Bruno habría hecho un chiste.

Laura no.

Gael tampoco.

Se sentó en una de las últimas sillas.

Escribió su nombre.

Fecha.

Medio.

Contenido conservado.

Qué sabía entonces.

Qué supo después.

Cambios de conducta.

Riesgo actual.

No tardó mucho.

Cuando terminó, dobló la hoja y la puso con las demás.

Ahora sí había diecisiete formularios relacionados con diecisiete personas.

Gael no dijo “patrón”.

Laura no dijo “coincidencia”.

Antes de apagar la última luz, Eduardo volvió a la notificación de su propio teléfono.

No tenía una igual a la de los alumnos.

Eso también importaba.

A él no lo habían convocado.

Ya tenía una razón para estar ahí: había reservado el espacio.

Quien organizó el encuentro no necesitó moverlo.

Solo a los demás.

Anotó esa diferencia en el reverso de su formulario:

EDUARDO: PRESENTE POR DECISIÓN PREVIA.

ALUMNOS: PRESENTES POR CONVOCATORIA NO AUTORIZADA.

ÁLEX: PRESENTE POR MENSAJE DIRECTO.

Tres rutas distintas para producir el mismo resultado.

No escribió qué significaba.

Mañana tendría que demostrar primero que significaba algo.

Laura esperó a que Gael saliera antes de hablar.

—Mañana cambia todo.

Eduardo sostuvo la carpeta cerrada.

—No todo.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Ella se acercó a la mesa.

—Hasta hoy investigabas casos que llegaban separados. Ahora tienes una convocatoria común que alguien construyó usando información de ustedes.

—Y un participante externo convocado por otra vía.

—Álex.

—Sí.

Laura apoyó los dedos sobre el respaldo de una silla.

—¿Sigues pensando en un solo acosador?

—Nunca estuve seguro de uno solo.

—No te pregunté eso.

Eduardo aceptó la corrección.

—La hipótesis de coordinación gana peso. Puede ser una persona, varias o alguien usando sistemas distintos.

—¿Y algo que no sea humano?

La pregunta apareció sin música, sin oscuridad especial, sin una voz baja.

Por eso fue más incómoda.

Eduardo tardó.

—No tengo evidencia que me obligue a usar esa categoría.

—No dije que la tuvieras.

—Entonces no la necesito todavía.

Laura no insistió.

—Bien.

Eduardo la observó.

—¿Tú sí?

—Yo necesito que mañana no descartes datos solo porque te obliguen a cambiar la categoría.

Él entendió la diferencia.

—Eso sí.

Laura tomó su bolsa.

—Entonces mañana no busquemos una historia.

—No.

—Busquemos qué variables cambian y cuáles permanecen.

Eduardo bajó la vista a la carpeta.

Método.

Medio.

Tiempo.

Acceso.

Información necesaria.

Efecto conductual.

Riesgo.

No los escribió.

Todavía no.

—Sí —dijo—. Mañana hacemos eso.

Eduardo cerró la carpeta.

La cuenta cerraba.

La explicación no.