Los dieciséis #4
La frase se parecía demasiado a lo que Eduardo le había dicho.
Los dos se fueron.
La puerta se cerró.
El auditorio pareció más pequeño.
* * *
Cuando Seguridad se fue, Eduardo pidió cinco minutos sin teléfonos en la mano.
No porque creyera que los aparatos escuchaban.
Porque necesitaba que todos dejaran de mirar notificaciones mientras hablaban.
—Hasta ahora tenemos diferencias importantes —dijo.
Bruno negó.
—Yo pensé que iba a decir similitudes.
—Las similitudes llaman más la atención. Por eso quiero empezar por lo que no encaja.
Gael guardó el celular.
Eduardo enumeró con los dedos.
—No usan el mismo medio. Hay llamadas, mensajes, fotografías, papel, audio, correo y ahora una notificación institucional. No todas contienen amenazas. No todas mencionan miedo. No todas dependen de información que podamos llamar secreta. No todas ocurrieron dentro de la universidad.
Daniel añadió:
—Y no todas tienen evidencia conservada.
—Correcto.
Valeria dijo:
—Eso podría significar que son cosas distintas.
—Sí.
—O que alguien cambia de método.
—También.
Bruno se dejó caer contra el respaldo.
—Odio cuando las dos respuestas sirven.
—Sirven como posibilidades. No pesan igual sin datos.
Eduardo siguió:
—Ahora, similitudes.
La tensión regresó sola.
Rebeca fue la primera.
—Información personal.
—A veces —corrigió Gael—. La foto de Andrés requería estar ahí o conseguirla. La de Camila también. Lo de Bruno requería acceso al portal o a una captura. Pero una frase como la de Valeria puede escribirse sin saber nada.
—Cierto —dijo Rebeca—. Entonces información que parece personal.
—Mejor.
Tomás intervino:
—Y casi todo busca que la persona piense en algo que ya le duele.
Eduardo no respondió de inmediato.
—Eso es una interpretación razonable, pero todavía interpretación.
—Mi guitarra.
—Sí.
—El papá de Emiliano.
—Sí.
—La hermana de Sofía.
—Sí.
Tomás señaló a Bruno.
—El trabajo.
Bruno no hizo broma.
—Sí.
Eduardo concedió:
—Podemos decir algo más limitado: varios contactos hacen referencia a asuntos que ya tenían carga emocional para quien los recibió.
Gael escribió la frase.
Camila habló:
—Y varios hacen que parezca que nos están viendo.
Iván levantó la barbilla.
—En mi caso sí me tomaron una foto. Eso no es parecer.
—En el mío también —dijo Camila.
Andrés apoyó los brazos sobre el respaldo de la silla de enfrente.
—Y a mí.
Eduardo separó:
—Tres fotografías directas. Eso sí es una categoría observable.
Gael agregó:
—Con ángulos y contextos diferentes.
—Sí.
Mateo preguntó:
—¿Qué pasa con la frase “¿te acuerdas de mí?”?
El auditorio bajó de temperatura aunque el aire siguiera igual.
Eduardo no necesitó preguntar de dónde venía la frase.
—Mi llamada.
Camila habló con cuidado:
—Y el recuerdo de Álex.
—Que todavía no hemos revisado aquí.
—Pero existe.
—Existe como relato suyo, sí.
Nicolás señaló su segundo mensaje.
—El mío dice “la primera vez”. No es la misma frase, pero también supone algo anterior.
Gael levantó la vista de sus notas.
—Eso sí puede ser una similitud funcional: varios mensajes hacen referencia a un pasado que la persona debería reconocer.
Eduardo pensó.
—Anótalo como posible.
Gael anotó:
REFERENCIA A HECHO PREVIO / RECUERDO / CULPA — PRESENTE EN VARIOS, NO EN TODOS.
Bruno señaló la última parte.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque ya me estaba imaginando que todo tenía la misma frase escondida.
Eduardo respondió:
—Ese es el problema de una reunión como esta. Después de escuchar cinco historias, la sexta empieza a querer parecerse.
Laura retomó el protocolo.
—Por eso escribieron antes.
—Sí.
Eduardo tomó la carpeta con los formularios.
—Mañana voy a comparar lo escrito antes de la conversación con lo que ahora creemos que se repite. Si una coincidencia aparece solo después de hablar, tendrá menos peso.
Gael añadió:
—Y si algo ya estaba en varias hojas independientes, gana interés.
—Interés, no verdad.
—Sí.
Mariana soltó aire.
—Qué difícil es que nada alcance.
Laura la miró.
—A veces eso es mejor que una respuesta falsa.
Mariana aceptó.
No parecía consolarla.
No tenía por qué.
Gael esperó hasta que nadie estuviera hablando.
—Hay una cuenta que sí podemos hacer.
Bruno soltó un gemido.
—No.
—No es el número que estás pensando.
—Eso dices antes de decirlo.
Eduardo dejó que Gael continuara.
—Tenemos quince alumnos inscritos.
Bruno abrió la boca.
—Te odio.
—Y Eduardo.
Gael no añadió nada más.
Quince alumnos.
Un profesor.
Dieciséis personas presentes vinculadas al curso.
Dieciséis personas con al menos un contacto directo si se incluía la convocatoria de esa tarde.
Rebeca fue la que preguntó:
—¿Y qué hacemos con eso?
Gael respondió:
—Nada todavía.
Tomás soltó una risa seca.
—De verdad ya eres Eduardo.
Gael no reaccionó.
—La cifra existe aunque no sepamos qué significa.
Valeria sostuvo su formulario ya entregado.
—Pero el número que veníamos viendo no era dieciséis.
Nicolás bajó la cabeza.
Bruno murmuró:
—No lo digas.
Nadie necesitaba hacerlo.
Diecisiete.
Eduardo se puso de pie.
—Aquí es donde tenemos que ser especialmente cuidadosos.
Camila lo interrumpió.
—Somos dieciséis.
—Sí.
—Y alguien acaba de mandar una convocatoria a las cinco diecisiete con instrucciones que usted no envió.
—Sí.
—Y llevamos días viendo el otro número.
—Sí.
—Entonces falta uno.
La frase no sonó como una conclusión.
Sonó como miedo buscando forma.
Eduardo respondió sin elevar la voz.
—No.
Camila sostuvo la mirada.
—¿No qué?
—No podemos decir “falta uno” solo porque una cifra nos incomoda. Eso convertiría el número en una regla antes de demostrar que existe una regla.
Gael apoyó el antebrazo izquierdo sobre la pierna.
—Tiene razón.
Bruno lo señaló.
—No ayudas.
Eduardo continuó:
—También hay otra posibilidad que no debemos olvidar.
—¿Cuál? —preguntó Mariana.
—Que alguien quiera precisamente que hagamos esta cuenta.
Eso cambió el problema.
Iván lo entendió.
—Que el diecisiete sea una puesta en escena.
—Sí.
—¿Un acosador armando coincidencias?
—Es una hipótesis humana y, por ahora, completamente posible.
Daniel agregó:
—Y después de que empezamos a hablar del número, sería más fácil fabricarlo.
—Mucho más.
Valeria señaló la hora del aviso.
—Pero quien mandó eso ya sabía que lo estábamos mirando.
—O sabía que algunos lo estaban mirando.
—¿Quiénes?
Eduardo no respondió con nombres.
Gael.
Nicolás.
Laura.
Él mismo.
Quizá otros.
La información podía haber circulado.
Las conversaciones no ocurrían en cuartos sellados.
—No sabemos —dijo.
Bruno se levantó para estirar las piernas.
—Entonces estamos en un cuarto con dieciséis personas, una invitación que nadie mandó y un número que no queremos decir porque si lo decimos parece película de terror.
Iván respondió:
—Cuando lo dices así ayuda mucho.
—De nada.
La puerta se abrió.
Nadie esperaba a otra persona.
Por eso todos voltearon.
Álex estaba en el umbral.
Camila fue la primera en ponerse de pie.
—¿Qué haces aquí?
Él parecía haber corrido sin haber corrido.
Cabello húmedo en la frente.
Sudadera abierta aunque afuera hacía frío.
Una mano apretaba el teléfono.
La otra llevaba el cuaderno de dibujos doblado contra el cuerpo.
Sus ojos recorrieron el auditorio demasiado rápido.
—¿Aquí es la reunión?
Nadie respondió.
Álex vio a Eduardo.
—Me llegó tarde. O yo lo vi tarde. No sé.
Camila se acercó un paso.
—Álex.
Él la miró.
—Estoy bien.
—No te pregunté.
—Ya sé.
Eduardo caminó hacia la puerta.
No lo tocó.
—¿Viniste manejando?
—No.
—¿Cómo llegaste?
—Aplicación.
—¿Has consumido hoy?
El auditorio entero pareció contener el aire.
Álex cerró los ojos un instante.
—No quiero responder eso delante de todos.
—Está bien.
—Pero puedo hablar.
—No es lo mismo.
Álex apretó la mandíbula.
—Ya sé.
Eduardo señaló el pasillo.
—Ven conmigo un momento.
Camila habló:
—Voy.
Álex negó.
—No.
Ella se detuvo.
No por obediencia.
Porque entendió que él estaba intentando conservar una parte de control.
Laura se puso de pie.
—Yo también salgo.
Eduardo aceptó.
Los tres dejaron el auditorio.
* * *
En el pasillo, Eduardo empezó por lo básico.
Orientación.
Hora aproximada.
Dónde estaba.
Cómo había llegado.
Si tenía dolor, mareo, dificultad para respirar o cualquier síntoma que requiriera atención inmediata.
Álex respondió con irritación creciente, pero respondió.
Sabía dónde estaba.
Sabía qué día era.
Podía sostener la conversación.
Eso no decía nada definitivo sobre consumo.
Eduardo no fingió que sí.
—Necesito saber si es seguro que regreses ahí ahora.
—Sí.
—No te pregunté si quieres.
Álex exhaló.
—Estoy acelerado.
Laura no dijo nada.
—¿Por ansiedad? —preguntó Eduardo.
—No sé.
—Bien.
Álex lo vio con fastidio.
—Qué respuesta tan útil.
—Es más útil que adivinar.
El enojo le duró poco.
Sacó el teléfono.
—Por esto vine.
Era un mensaje de un número desconocido.
No una notificación institucional.
Texto simple.
HOY. 18:30. AUDITORIO P.
LLEVA LO QUE RECUERDAS DE LA PRIMERA LLAMADA.
NO SE LO CUENTES A CAMILA ANTES.
Eduardo leyó dos veces.
Laura solo una.
—¿A qué hora llegó? —preguntó ella.
Álex abrió los detalles.
17:17.
Ninguno comentó el número.
Eduardo preguntó:
—¿Cuándo lo viste?
—Hace como veinte minutos.
—¿Dónde estabas?
—En casa de un amigo.
—¿Ese amigo conoce a Camila?
—No.
—¿Conoce este curso?
—Sabe que vine una vez. Nada más.
—¿Le enseñaste el mensaje?
—No.
Laura señaló el cuaderno.
—¿Eso es lo que vas a llevar?
Álex bajó la vista.
—No.
—Entonces ¿por qué lo trajiste?
—Porque lo tenía conmigo.
Eduardo no interrogó el gesto.
—Antes de entrar necesito que escribas algo.
Álex soltó una risa sin humor.
—Claro que sí.
Eduardo tomó una hoja extra del portafolio.
No le explicó la discusión del grupo.
No mencionó dieciséis.
No mencionó diecisiete.
No le dijo qué habían revelado los demás.
—Escribe qué sabías sobre esa primera llamada antes de leer el mensaje de hoy. Qué recuerdas. Qué no recuerdas. Y qué parte apareció después de hablar conmigo o con Camila.
Álex recibió la hoja.
—¿Aquí?
—Aquí.
Se sentó en una banca del pasillo.
Laura y Eduardo se alejaron varios pasos.
No conversaron.
Álex escribió durante casi diez minutos.
Tachó dos líneas.
Volvió a escribirlas de otra forma.