La cuenta no cierra #2
El camino hacia la salida obligaba a pasar por un corredor de servicio que conectaba el archivo con un estacionamiento lateral. Era más corto que regresar por la entrada principal y la encargada se lo había indicado al llegar.
Gael cruzó la primera puerta.
Escuchó ruedas.
No les prestó atención.
En un archivo, carros con cajas no eran extraños.
El sonido aumentó.
Metal contra piso.
Rápido.
Gael giró.
Un carro alto de transporte, cargado con cajas cerradas y paquetes de documentos, venía hacia él desde el extremo del corredor.
No había nadie empujándolo.
Durante una fracción de segundo se quedó intentando entender.
Después dejó de hacerlo.
Se movió.
El carro alcanzó su costado.
Gael logró apartar el cuerpo, pero una esquina golpeó su cadera y lo lanzó contra la pared.
La mano derecha buscó apoyo.
Falló.
La muñeca recibió el peso.
El carro siguió hasta estrellarse contra una puerta cortafuego.
El ruido llenó el corredor.
Una caja cayó.
Después otra.
Gael permaneció en el piso.
Respiró.
Dolor en la muñeca.
En la cadera.
En el hombro.
Nada en la cabeza.
Movió los dedos.
Podía.
Intentó levantarse.
El dolor de la muñeca lo hizo sentarse otra vez.
La puerta del archivo se abrió.
—¡¿Estás bien?!
La encargada corrió hacia él.
Detrás apareció un guardia.
Gael buscó primero el carro.
Después el pasillo.
—¿Quién lo soltó?
La mujer giró.
—No sé.
—¿Estaba aquí?
—Ese carro es de traslado. Lo usan para mover cajas.
—Eso ya lo sé.
El guardia levantó una mano.
—No te muevas.
—Estoy bien.
—No sabemos.
Gael iba a discutir.
Se contuvo.
Seguridad antes que certeza estadística elegante.
La frase de Eduardo le cayó mal precisamente porque tenía razón.
Se quedó sentado.
La encargada llamó al servicio médico del campus.
Gael sacó el teléfono con la mano izquierda.
La pantalla tenía una grieta nueva en una esquina.
El mensaje seguía abierto.
NO SIGAS BUSCANDO HACIA ATRÁS.
La mujer lo vio.
—¿Eso te llegó ahorita?
Gael bloqueó la pantalla.
—Sí.
—¿Tiene que ver con esto?
—No lo sé.
—¿Te están amenazando?
Gael sostuvo la pregunta.
—Tengo que reportar dos cosas separadas.
—¿Cuáles?
—Un mensaje.
Señaló el carro.
—Y esto.
—¿No crees que estén relacionados?
—Creo que ocurrieron muy cerca en el tiempo.
El guardia pareció frustrado.
—Eso no fue lo que pregunté.
—Es lo que puedo afirmar.
La encargada casi sonrió, pero el carro volcado detrás de ellos no permitía que la situación se volviera ligera.
Llegó personal médico.
La muñeca no parecía fracturada a simple vista, pero estaba inflamándose.
Le colocaron una férula temporal.
La cadera iba a dejar un moretón grande.
El hombro podía moverse.
—Necesitas radiografía —dijo el paramédico.
—Puedo ir después.
—Puedes ir ahora.
Gael miró el pasillo.
—Hay cámaras.
El guardia siguió su mirada.
Una cámara estaba colocada sobre la puerta de acceso al estacionamiento.
—Cubre una parte.
—¿El punto donde empezó a moverse el carro?
—No sé.
—Necesito que guarden la grabación.
—Vamos a levantar el incidente.
—Y conservarla.
—Sí.
Gael insistió:
—No solo el momento del golpe. También minutos antes.
—Sí.
El paramédico lo interrumpió.
—Y tú necesitas dejar de dirigir la investigación desde el piso.
—No estoy dirigiendo.
El guardia soltó una risa breve.
—Claro que no.
Aquella vez Gael no respondió.
* * *
Eduardo llegó a la clínica universitaria antes de que terminaran de revisar la muñeca.
No entró corriendo.
Eso habría sido impropio de él.
Pero abrió la puerta demasiado rápido.
Gael estaba sentado en una camilla con hielo sobre la cadera y una férula en la mano derecha.
—No está rota —dijo antes de que Eduardo preguntara.
—¿Qué pasó?
Gael le dio el teléfono.
Eduardo leyó el mensaje.
Después escuchó el relato completo.
No interrumpió hasta el final.
—¿Quién sabía que ibas al archivo hoy?
—La oficina del archivo.
—¿Quién más?
—Usted.
—Sí.
—Rosita sabía que había solicitado acceso. No sabía la cita, al menos no por mí.
—¿Tomás?
—Sabía que tenía que corregir un número de expediente. No la hora.
—¿Alguien del grupo sabía que el material ya estaba disponible?
—No.
Eduardo devolvió el teléfono.
—¿Estás seguro?
Gael sintió irritación.
—No.
Eduardo esperó.
Gael corrigió:
—No puedo estar seguro. Estoy diciendo a quién recuerdo haberle contado.
—Mejor.
Gael bajó la vista hacia la férula.
—El mensaje llegó antes del carro.
—¿Cuánto antes?
—Menos de un minuto.
Eduardo mantuvo la expresión quieta.
—Eso aumenta mi preocupación.
—No demuestra relación.
—No dije que la demostrara.
Gael alzó la mirada.
Eduardo continuó:
—Para afirmar causalidad necesito más. Para cambiar una medida de seguridad, no.
Gael no discutió.
La puerta se abrió y entró Laura.
Había llegado con una botella de agua y una expresión que no intentaba ocultar.
—¿Cómo estás?
—No está rota.
—Eso ya lo escuché por teléfono.
—Entonces bien.
Laura dejó el agua junto a él.
—Golpearte con un carro de archivo no entra en “bien”.
—Fue un accidente.
Gael agregó:
—Posiblemente.
—Gracias —dijo Laura.
Él la observó.
—¿Por qué?
—Por permitir una palabra que no sea “dato”.
Gael casi sonrió.
Eduardo tomó una silla.
—¿Seguridad va a conservar el video?
—Sí.
—¿Tenemos acceso?
—No inmediato. El guardia dijo que debe quedar asociado al reporte. Puedo solicitar copia si la universidad autoriza.
—Hazlo.
—Ya pedí que no borren el segmento.
—¿Vas a llamar a alguien?
—A coordinación.
—¿Para qué?
—Para informar que un participante del curso recibió un mensaje de amenaza y después tuvo un incidente físico dentro del campus.
Gael negó.
—El mensaje no dice que me van a hacer algo.
Eduardo lo sostuvo con la mirada.
—Te ordena detener una investigación que muy pocas personas conocen.
—Eso no lo convierte en amenaza explícita.
—No necesito que sea explícita para reportarla como parte de un contexto de hostigamiento.
Gael no discutió.
Laura se sentó junto a la camilla.
—¿Qué encontraste en el archivo?
Gael le contó.
El programa.
Las similitudes generales.
El índice.
El anexo ausente.
El dictamen.
Eduardo escuchó con la misma atención que había dedicado al accidente.
Cuando terminó, preguntó:
—¿Algo que cambie la hipótesis actual?
—No.
—¿Nada?
—Confirma que existió un seminario con temas parcialmente cercanos y que fue suspendido después de acontecimientos no descritos. Confirma que existe un reporte de incidencias separado.
—Eso sí cambia algo —dijo Laura.
—Cambia la calidad de la pregunta. No la respuesta.
Laura aceptó la corrección.
Eduardo apoyó los antebrazos sobre las piernas.
—Y alguien te escribió que dejaras de mirar atrás justo después de consultar ese material.
—Sí.
—Eso también cambia la calidad de la pregunta.
Gael no quiso concederlo.
Tampoco pudo negarlo.
Una enfermera entró con los resultados.
Esguince.
Contusión.
Nada roto.
Reposo relativo.
Analgesia común.
Revisión si aumentaba dolor o aparecían síntomas nuevos.
Gael escuchó todo.
Cuando la mujer salió, intentó ponerse de pie.
Laura lo detuvo con la voz.
—Ni se te ocurra cargar la mochila con esa mano.
—Puedo usar la otra.
—Eso fue exactamente lo que Tomás dijo del amplificador.
Gael se quedó quieto.
Eduardo bajó la mirada.
No por humor.
Porque la comparación era demasiado precisa.
Gael se sentó otra vez.
—Está bien.
Laura tomó la mochila.
—Gracias.
—No exageres.
—Estoy cargando tela y una computadora, Gael. No tu dignidad.
Eso sí le sacó una sonrisa.
Pequeña.
Pero real.
* * *
Antes de irse del campus, Eduardo acompañó a Gael a Seguridad Universitaria.
Laura insistió en ir también.
Gael protestó una vez.
Ninguno le hizo caso.
La oficina estaba en planta baja, junto al acceso vehicular. Había dos monitores encendidos, un radio que soltaba voces incompletas y un mapa del campus pegado a la pared con cinta transparente.
El guardia que había atendido el accidente ya había terminado su turno.
Los recibió una supervisora de apellido Salgado.
Leyó el reporte.
—El carro estaba asignado al archivo.
—Eso ya lo sabemos —dijo Gael.
Salgado no se molestó.
—Entonces sabes también que no debería estar en ese corredor sin personal.
Gael levantó la vista.
—Eso no lo sabía.
—Los usan para traslado. Se dejan en una zona marcada mientras cargan o descargan.
Eduardo preguntó por la pendiente.
—Muy poca —respondió Salgado—. No voy a decir que el carro no pudo rodar solo sin revisar.
Gael señaló el reporte.
—¿Y los frenos?
—El carro quedó aislado. Mantenimiento lo revisa mañana.
—¿Puedo estar presente?
—No. Puedes pedir el resultado.
Eduardo preguntó por las cámaras. Salgado abrió un plano en uno de los monitores.
—Una cubre el acceso al corredor y otra el estacionamiento. Ninguna está dentro del archivo.
—¿Se ve el carro? —preguntó Gael.
—Depende de dónde estuviera antes de moverse.
—¿Podemos revisar?
—No ahora. El segmento ya está marcado para conservación. Para compartirlo necesito autorización.
—Solo necesito saber que no se va a sobrescribir —dijo Eduardo.
—No se va a sobrescribir.
Eduardo aceptó el límite.
Gael sacó el teléfono.
—El mensaje llegó menos de un minuto antes.
Salgado lo leyó desde la pantalla sin tocar el aparato.
NO SIGAS BUSCANDO HACIA ATRÁS.
—¿Has recibido otros?
—Yo no.
—¿Alguien cercano?
Gael no respondió de inmediato.
Eduardo sí.
—Hay otros participantes del mismo curso con mensajes o incidentes distintos.
Salgado dejó el reporte.
—¿Ya hicieron denuncia?
El silencio duró lo suficiente para que la pregunta se volviera incómoda.
—Algunos eventos se han reportado por separado —dijo Eduardo.
—Eso no fue lo que pregunté.
Salgado siguió:
—Si tienen varias personas recibiendo mensajes anónimos, fotografías o amenazas, necesitan dejar de tratarlos como anécdotas privadas.
La frase no tenía elegancia académica.
Por eso funcionó.
Gael bajó la vista hacia la férula.
Eduardo preguntó:
—¿Qué recomienda?
—Conservar evidencia. Registrar fechas. No confrontar. Si hay amenazas explícitas o seguimiento, denunciar. Si alguien cree que lo siguen, que no se vaya solo a comprobarlo.
Salgado se volvió hacia Gael.