MANUAL DE PSICOLOGÍA Lo que no se dice en voz alta #4
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Lo que no se dice en voz alta #4

Pero cuando regresaron hacia el edificio, ya no caminaron separados por tres metros como si casualmente fueran en la misma dirección.

Eso bastaba.

Dos días después, Tomás encontró a Camila frente a los casilleros.

—Oye.

Ella cerró la puerta metálica.

—¿Qué?

—¿Tienes tiempo después?

—Depende.

—De qué.

—De para qué.

Tomás sonrió.

—Café.

Camila volteó a verlo.

—¿Café café?

—No sé cuántos tipos de café conoces.

—No te hagas.

Tomás perdió parte de la sonrisa.

—Sí.

Ella entendió.

—Ah.

—Eso sonó mal.

—No.

—Sonó como cuando alguien abre un correo de impuestos.

Camila rió.

—Perdón.

—Entonces.

Ella tardó.

Tomás la conocía lo suficiente para saber que ya estaba pensando cómo no herirlo.

—No tienes que inventar una excusa.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Es que...

Camila dirigió la vista hacia el pasillo.

—Ahorita estoy demasiado complicada.

—Eso ya lo sé.

—No sabes todo.

—Tampoco necesito saber todo.

Ella volvió hacia él.

—Hay alguien.

Tomás respiró.

—Álex.

No era una pregunta.

Camila arqueó las cejas.

—No estamos juntos.

—Ya sé.

—No sé qué somos.

Tomás se apoyó contra los casilleros.

—Eso sí suena peor.

—Gracias.

—No lo digo para chingar.

Camila buscó las palabras.

—Con él no tengo que explicar algunas cosas.

—¿Lo del consumo?

—Entre otras.

Tomás asintió.

No se sintió bien.

No fingió que sí.

—¿Te gusta?

Camila tardó.

—No sé qué hacer con lo que siento.

—Eso no fue respuesta.

—Es la única que tengo.

Tomás miró al suelo.

—Está bien.

—No quiero que te alejes.

Él levantó la cabeza.

—Eso sí es medio cabrón.

Camila entendió.

—Sí.

—Porque no quieres salir conmigo, pero tampoco quieres que me aleje.

—No.

—¿Ves?

—Sí.

Tomás se rió sin humor.

—La clase nos está arruinando.

Camila se encogió de hombros.

—Un poco.

Él tomó aire.

—Mira.

—Me gustas.

Camila no contestó.

—No tienes que contestar.

—Solo quería decirlo para no hacer lo que hizo Mateo durante tres semanas.

Ella se rió.

—Ya se enteró todo el mundo.

—No hacía falta ser Gael.

—Pobre Gael.

—Él probablemente todavía está calculando si existe evidencia suficiente.

Camila volvió a sonreír.

Tomás continuó:

—Si no quieres nada conmigo, prefiero saberlo.

—No quiero empezar algo contigo ahora.

—Eso sí es respuesta.

—Lo siento.

—No digas lo siento.

—¿Por qué?

—Porque no hiciste nada.

Permanecieron callados.

Tomás fue el primero en romperlo.

—¿Entonces café no?

Camila dudó.

—Podemos tomar un café.

Él levantó una mano.

—No.

Ella lo miró.

—¿No?

—No hoy.

Tomás dejó escapar una risa.

—Porque yo sí sé para qué te estaba invitando.

—Y si ahorita digo "solo café", me voy a pasar media hora fingiendo que no quería otra cosa.

Camila lo observó con respeto nuevo.

—Eso estuvo muy maduro.

—No te acostumbres.

—Está bien.

—Otro día.

—Otro día.

Tomás se alejó.

Camila lo vio irse.

No sintió alivio completo.

Tampoco tristeza.

Era una mezcla menos cómoda.

La vida se estaba llenando de cosas que no cabían en una sola palabra.

Esa noche Camila abrió el chat con Álex.

Lo cerró.

Lo abrió otra vez.

Escribió:

Tomás me invitó a salir.

Borró "salir".

Escribió:

Tomás me invitó por un café.

Envió.

Álex se tomó un instante.

Ah

Camila miró la respuesta.

¿"Ah" qué?

Nada

Te conozco lo suficiente para saber que "nada" es mentira

Pasó casi un minuto.

Me choca un poco

Camila sintió una reacción en el pecho que no quiso llamar alegría.

¿Por qué?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron.

No sé si tengo derecho a contestar eso

Camila leyó dos veces.

Anotó:

No sé si lo tienes

Álex respondió:

Yo tampoco

Ella sonrió.

Después:

Le dije que no

Álex tardó menos.

¿Por mí?

Camila apoyó la espalda contra la pared.

No te emociones

Álex:

ya me estaba emocionando

Camila rió sola.

Escribió:

porque no estoy para empezar nada

Los tres puntos tardaron.

eso sí lo entiendo

Camila consideró enviar algo más.

No lo hizo.

Álex tampoco.

La conversación terminó ahí.

Mucho mejor.

Sofía llamó a su hermana esa tarde.

No porque Eduardo le hubiera dicho que lo hiciera.

Precisamente porque no se lo había dicho.

Su hermana contestó después de varios tonos.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Entonces?

—Quería hablar.

—Eso sí está raro.

Sofía sonrió.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—En serio.

Hubo una pausa.

—Más o menos.

Sofía no preguntó si había vuelto con él.

Ya lo sabía.

Había visto suficientes señales.

—Hoy vimos celos.

—Qué conveniente.

—No te estoy llamando para darte clase.

—Eso parece.

Sofía cerró los ojos.

—Tienes razón.

La hermana no replicó.

Sofía decidió abandonar el plan que había construido antes de llamar.

—Me dio miedo reconocer algo.

—¿Qué?

—Que yo también tengo celos.

La respuesta tardó.

—¿De Andrés?

—A veces.

—Pero no como tú piensas.

—¿Entonces?

Sofía miró por la ventana.

—De ti.

La hermana rió.

—No mames.

—Neta.

—¿De qué?

—De que todo siempre termina girando alrededor de ti.

El silencio cambió.

—Ah.

Sofía se apresuró.

—No porque quiera que te pase algo malo.

—Ya sé.

—Pero durante meses toda la familia pregunta por ti.

—Si estás bien.

—Si regresaste con él.

—Si te llamó.

—Si estás segura.

—Si comiste.

—Si dormiste.

—Y a veces yo llego con un problema y parece pequeño porque tú estás en una emergencia.

Su hermana no respondió.

Sofía sintió culpa.

—No debí decirlo así.

—No.

—Sí debiste.

La respuesta la sorprendió.

—¿Sí?

—Sí.

—Porque yo también estoy harta de ser el problema de la familia.

Sofía respiró.

La hermana continuó:

—¿Sabes qué es lo peor?

—¿Qué?

—Que cuando todos dejan de preguntar un día, pienso que ya no les importo.

Sofía apoyó la cabeza contra la pared.

—Eso sí está cabrón.

—Sí.

—Y cuando preguntan demasiado, me enojo.

—Entonces no hay forma de ganar.

—Exacto.

Sofía recordó la clase.

—Tal vez no se trata de ganar.

—Ya vas a empezar.

—No.

Sonrió.

—Nada más digo que tal vez puedes necesitar que estemos y al mismo tiempo odiar sentirte vigilada.

La hermana tardó.

—Puede ser.

Sofía eligió la siguiente pregunta con cuidado.

—¿Él sigue revisando tu teléfono?

No hubo respuesta inmediata.

—A veces.

—Eso no es estar pendiente de ti.

—Ya sé.

—No te voy a decir qué hacer ahorita.

—Gracias.

—Pero tampoco te voy a decir que está bien.

La hermana respiró del otro lado.

—Ya sé.

Sofía sintió que ambas estaban cansadas de repetir las mismas posiciones.

—Cuando quieras salir, me hablas.

—Aunque vuelva con él.

—Aunque vuelvas.

—Aunque me digas que soy una pendeja.

—Probablemente te lo voy a decir.

La hermana soltó una risa.

—Eso sí te creo.

—Pero te contesto.

Hubo otro silencio.

Esta vez no pesó.

—Te quiero —dijo la hermana.

Sofía apretó el teléfono.

—Yo también.

Colgaron.

No se había solucionado nada.

Pero Sofía entendió algo que la clase no podía hacer por ella:

amar a su hermana no significaba poder decidir por ella.

Y ayudarla no significaba fingir que la violencia era una elección más dentro de una relación cualquiera.

Mariana habló con Eduardo al día siguiente.

Esperó hasta que casi todos habían salido.

Laura seguía guardando unas hojas.

—Profesor.

Eduardo levantó la vista.

—Dime.

Mariana sacó el teléfono.

—Me pasó algo en el hospital.

Laura detuvo la mano dentro de la bolsa.

No intervino.

Mariana mostró la fotografía que había tomado del expediente.

Eduardo leyó:

TÚ SIEMPRE SABES CUÁNDO YA NO HAY NADA QUE HACER.

Después revisó la hora.

—¿Existe reporte?

—Sí.

—¿Sistemas lo documentó?

—Sí.

—¿Tu sesión estaba abierta?

—Es posible.

—Entonces existe una ruta de acceso física.

—Sí.

—¿Alguna persona del hospital conoce cosas personales tuyas?

—Claro.

—¿Esta frase se relaciona con algo concreto?

Mariana se tomó un instante.

—Con mi trabajo.

—¿De una forma que solo alguien cercano podría saber?

—No.

—Entonces eso mantiene abiertas muchas explicaciones.

—Laura me dijo que hablara con usted.

Eduardo miró hacia ella.

Laura levantó una mano.

—No le conté lo mío.

Mariana giró.

—¿Lo tuyo?

Laura no respondió inmediatamente.

Eduardo tampoco lo hizo por ella.

Laura tomó aire.

—También recibí un mensaje.

Mariana la observó.

—¿Qué decía?

Laura dudó.

—No puedo darte el detalle completo porque involucra información de un paciente.

—Está bien.

—Pero era información que no debería tener alguien de afuera.

Mariana miró a Eduardo.

—¿Entonces sí están conectados?

Él no aceptó la conclusión.

—Es una hipótesis más fuerte que hace dos semanas.

—No una conclusión.

Mariana soltó aire.

—Sabía que iba a decir eso.

—Entonces estás aprendiendo.

Laura dejó salir una sonrisa breve.

Mariana no.

—¿Cuántos sabe usted?

Eduardo tardó en responder.

La pregunta era distinta a las anteriores.

—Pocos que pueda defender con evidencia directa.

—¿Pero cree que hay más?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Mariana esperaba quizá otra capa de cautela.

Eduardo no la necesitó.

—Eso sí lo creo.

—¿Por qué?

—Por observaciones que todavía no quiero convertir en hechos.

Mariana entendió.

Eduardo abrió una carpeta.

Guardó copia del reporte que ella había recibido de sistemas después de pedirle permiso.

Añadió:

CASO 5 — MARIANA

No dijo el número en voz alta.

Laura sí lo vio.

Cinco.

Nada más.

Demasiado para ser cómodo.

Muy poco para saber qué estaba ocurriendo.

Iván salió con Bruno hacia el estacionamiento.

Llevaba varios días más callado.

Bruno lo conocía suficiente para notar la diferencia.

—Oye.

—¿Qué?

—¿Qué pedo contigo?

—Nada.

—No mames.

Iván siguió caminando.

—Estoy bien.

—Eso dice todo el mundo aquí cuando no está bien.

Iván hizo una mueca.

—Muy profundo.

—Cállate.

Llegaron junto al coche de Bruno.

Él no abrió todavía.

—¿Es por la foto?

Iván dejó de sonreír.

—¿Cuál?

—No te hagas pendejo conmigo.

Iván miró alrededor.

—Baja la voz.

—Entonces sí.

—Sí.

Bruno cruzó los brazos.

—¿Ya se la enseñaste a Eduardo?

Iván negó.

—No.

—¿A nadie?

—A ti.

—¿Por qué?

Iván buscó una respuesta aceptable.

No encontró una.

—Porque suena ridículo.

—¿Qué parte?

—Todo.

—Güey, a mí me llaman números privados.

—A Camila la llaman.

—Tomás encontró una amenaza en una guitarra.

Iván levantó la mirada.

—¿Cómo sabes lo de Tomás?

Bruno se detuvo.

—No sé el detalle.

—Solo que le pasó algo.

Iván negó.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Ya estamos armando historias con pedazos.

—Eso no cambia tu foto.

Iván metió las manos en los bolsillos.

—No.