MANUAL DE PSICOLOGÍA La amenaza #5
19%

La amenaza #5

—Entonces tampoco "ayudar a otros" es automáticamente saludable.

Eduardo levantó apenas las cejas.

—Bien.

—Depende de la función.

—Exactamente.

Bruno murmuró:

—Función, trayectoria, contexto.

Eduardo tardó un momento antes de seguir.

—Ahora sí me estás preocupando.

Las risas regresaron.

Tres semanas después, Laura pidió hablar antes de que Eduardo comenzara la clase.

El grupo estaba completo.

—Adelante.

Laura se puso de pie.

—Quiero contarles algo antes de empezar.

Camila la miró.

Mateo cerró la libreta.

—Gabriel está mucho mejor.

Varias expresiones cambiaron.

Laura corrigió inmediatamente.

—No curado.

Miró a Eduardo.

—Ya sé lo que va a decir.

Él no respondió.

—Mucho mejor.

Continuó:

—Sigue en tratamiento. Sigue con seguimiento psiquiátrico. Hay días complicados.

—Pero está saliendo de su casa.

Algunas sonrisas.

—Volvió a cocinar.

Rebeca preguntó:

—¿Las recetas de su mamá?

—Dos.

Laura soltó una risa breve.

—Dice que la primera le quedó horrible.

Bruno rió.

—Algo es algo.

—También aceptó inscribirse a un curso corto.

—¿De qué? —preguntó Valeria.

—Fotografía.

Tomás levantó las cejas.

—Está bien.

Laura respiró.

—Y ha seguido hablando con Gaby.

Eduardo no pareció sorprendido.

—¿Mucho?

—Sí.

—¿Eso te preocupa?

Laura pensó.

—Al principio sí.

—¿Ahora?

—No parece dependencia.

—Bien.

—A veces hablan por teléfono. La ha acompañado dos veces a comprar cosas.

Camila aflojó los hombros.

Laura continuó:

—Gaby me contó que él también empezó a hablar de su madre con ella.

Nadie dijo nada.

—Y...

Laura volteó hacia Eduardo.

—Creo que está empezando a aceptar que todavía puede hacer cosas buenas aunque ella ya no esté.

Eduardo hizo un gesto breve.

—Eso importa.

Mateo habló después.

—Profesor.

—¿Sí?

—¿Por qué hace esto?

Le dirigió una mirada breve.

—¿Esto qué?

—La clase.

Algunos entendieron la pregunta.

Mateo siguió:

—No me refiero al curso.

—Me refiero a esto.

Señaló el pizarrón.

—Álex.

—Gabriel.

—Los casos.

—Hacer que participemos.

—Intentar cosas.

—Nunca había visto una clase así.

Eduardo dejó el marcador.

—Porque me gusta la psicología.

Bruno abrió las manos, como si la respuesta bastara.

—Eso ya lo sabemos.

Eduardo la observó un momento.

—La amo.

La respuesta hizo que nadie bromeara.

—Y no digo la psicología como carrera.

Se apoyó en el escritorio.

—Me interesa lo que ocurre cuando alguien está detenido frente a algo que desde afuera parece pequeño y desde adentro ocupa todo el horizonte.

Miró el salón.

—A veces realmente es una montaña.

—Hay enfermedades graves.

—Hay condiciones que requieren años de tratamiento.

—Hay cosas que no se resuelven con voluntad.

—Pero otras veces hay una piedra.

Levantó una mano.

—Una sola.

—Una culpa.

—Una idea.

—Una interpretación.

—Una experiencia.

—Y la persona lleva tanto tiempo mirándola que termina creyendo que detrás de ella no existe nada.

Laura no escribía.

Lo observaba.

Siguió:

—Eso me obsesiona.

Mateo preguntó:

—¿Desde cuándo?

Eduardo tardó.

—Desde muy joven.

—¿Por qué?

La pregunta fue sencilla.

La respuesta no.

Eduardo bajó los ojos hacia el marcador.

Lo hizo girar entre los dedos.

—Supongo que entendí bastante pronto que una persona puede estar sufriendo sin que nadie alrededor se dé cuenta.

Laura percibió el cambio.

La frase ya no sonaba académica.

Valeria también dejó de escribir.

Eduardo levantó la mirada.

—Y que a veces cuando los demás finalmente lo entienden...

Silencio.

—Ya es demasiado tarde.

Nadie preguntó.

Algo en su rostro les indicó que aquella puerta no estaba abierta.

—En fin.

Volvió al pizarrón.

—Eso no tiene nada que ver con la clase de hoy.

Bruno no sonrió.

Mateo tampoco.

Laura siguió observándolo unos segundos más.

Eduardo ya había recuperado el tono habitual.

Pero no completamente.

Había algo detrás.

Algo que ninguno intentó interpretar en voz alta.

Porque ya habían aprendido que una pausa podía abrir una pregunta.

No responderla.

Camila salió de la universidad al anochecer.

Había vuelto a encender el teléfono desde la mañana.

No tenía más llamadas privadas.

Eso debería haberle bastado.

No ocurrió.

Mientras caminaba pensó dos veces en contarle a Valeria.

Después a Laura.

Incluso consideró escribir en el grupo.

¿A alguno le han hablado de un número privado?

No lo hizo.

Le pareció exagerado.

Una llamada absurda.

Dos.

Respiraciones.

Una frase.

¿Te acuerdas de mí?

Podía ser cualquier imbécil.

Alguien de la universidad.

Algún exnovio de una amiga.

Una broma.

Cualquier cosa.

Guardó el teléfono.

A unas cuadras de su casa empezó a sentir algo.

No escuchar.

Sentir.

Pasos.

Giró.

Había personas caminando.

Un señor con una bolsa.

Dos muchachas.

Un hombre al otro lado de la calle.

Sudadera oscura.

Capucha.

Camila siguió.

El hombre también.

No podía asegurar que la estuviera siguiendo.

Doblaron la misma esquina.

Camila aceleró.

Él no pareció hacerlo.

Llegó a la siguiente calle.

Volvió a mirar.

El hombre estaba más cerca.

Camila se detuvo.

Él también pareció bajar el paso.

Ella lo miró directamente.

No podía verle bien el rostro.

Demasiada distancia.

La capucha.

Una camioneta estacionada entre ambos.

Camila dio dos pasos hacia atrás.

El hombre giró.

Cruzó hacia otra calle.

Y desapareció.

Camila permaneció quieta.

—Pendeja —murmuró para sí misma.

No sabía si se estaba insultando por asustarse o por seguir ahí parada.

Apresuró el paso.

Llegó a casa.

Entró.

Cerró.

Puso el seguro.

No dijo nada.

Su madre estaba viendo televisión.

—¿Ya llegaste?

—Sí.

—Hay comida.

—Ahorita.

Camila subió.

Dejó la mochila.

Se quitó los zapatos.

Miró el teléfono.

Sin llamadas.

Sin mensajes.

Nada.

Abrió la ventana apenas para que entrara aire.

La calle parecía normal.

Un vecino estacionaba.

Un perro ladraba.

Una pareja caminaba.

No vio a nadie.

Cerró.

Se bañó.

Comió algo.

Respondió mensajes.

A las once y media ya estaba en la cama.

A las once cuarenta y siete comenzaron a ladrar los perros.

Uno.

Después otro.

Después varios.

Camila abrió los ojos.

Esperó.

Los ladridos continuaron.

Se levantó.

No encendió la luz.

Se acercó a la ventana del segundo piso.

Separó apenas la cortina.

La calle estaba casi vacía.

Un automóvil estacionado.

Un poste.

La luz amarillenta de una lámpara.

Nada más.

Camila estuvo a punto de regresar a la cama.

Entonces lo vio.

En la esquina.

La misma sudadera.

La misma capucha.

El hombre estaba quieto.

No caminaba.

No miraba el teléfono.

No esperaba un automóvil.

Estaba frente a la casa.

Camila sintió que el estómago se le cerraba.

Retrocedió apenas.

Volvió a mirar.

El hombre alzó la cabeza.

Hacia la ventana.

Hacia ella.

Camila dejó de respirar.

No podía verle la cara.

Solo la oscuridad debajo de la capucha.

Parpadeó.

El hombre seguía ahí.

Otro ladrido.

Camila cerró un poco más la cortina.

Cuando volvió a abrirla, él dio media vuelta.

Caminó hacia la esquina.

Y desapareció.

Camila permaneció frente a la ventana.

El teléfono estaba a menos de dos metros.

Podía llamar a su madre.

A Valeria.

A Laura.

A la policía.

A cualquiera.

No hizo nada.

Cerró la cortina.

Dejó de intentar convencerse de que todo podía ser una coincidencia.

El miedo ya no estaba en el teléfono.

Estaba afuera de su casa.