MANUAL DE PSICOLOGÍA La facultad tenía dos rostros.
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MANUAL DE PSICOLOGÍA

MANUAL DE PSICOLOGÍA

Por EDAZEL FERNANDEZ

© inepub.com

La facultad tenía dos rostros.

Uno pertenecía al día.

Junto a las entradas había jardineras pequeñas, mal calculadas para la cantidad de gente que cruzaba el campus.

A la hora de los cambios de clase, dejaban de ser decoración y se convertían en obstáculos: una rodilla contra el concreto, una planta aplastada por alguien que llegaba tarde, una mochila enganchada en una rama.

Ese era el rostro del día.

El otro pertenecía a la noche.

Y casi nadie lo conocía.

Cuando el último grupo se marchaba y los conserjes apagaban la mitad de las luces, la facultad dejaba de parecer un lugar de paso.

Los salones quedaban abiertos a medias, con pizarrones borrados sin cuidado, fórmulas incompletas y flechas que ya no llevaban a ninguna explicación.

El patio recuperaba el olor de la tierra húmeda.

Años después, cualquier exalumno habría podido reconocerlo con los ojos cerrados, aunque hubiera olvidado el número de su salón.

En el segundo piso del edificio P todavía había una luz encendida.

Un hombre trabajaba frente a un escritorio cubierto de libros y hojas tachadas. Era profesor y tenía la costumbre de quedarse cuando el campus se vaciaba. Decía que pensaba mejor sin pasos en el pasillo, sin puertas abriéndose, sin voces atravesando las paredes.

Al día siguiente, quince desconocidos entrarían a su aula esperando algo de él. Cada generación se parecía a la anterior hasta que empezaba a hablar. Entonces aparecían preguntas nuevas.

Por eso escribía.

Tachaba.

Volvía a escribir.

Se apartó de las hojas y miró por la ventana. El patio tenía la quietud extraña de los lugares construidos para estar llenos.

No era un silencio vacío.

Era un silencio en espera.

Tomó el teléfono para revisar la hora.

Sonó antes de que pudiera hacerlo.

Número desconocido.

Contestó.

—Bueno.

Nada.

—¿Hola?

Una respiración tenue cruzó la línea.

—¿Hola? —dijo una mujer. Su voz era baja, inestable—. ¿Sí me escuchas?

—Sí. ¿Quién habla?

La mujer no respondió.

—¿Te acuerdas de mí?

Él enderezó la espalda.

—No alcanzo a escucharte bien. ¿Quién eres?

Del otro lado hubo un silencio corto.

Cuando la voz regresó, ya no temblaba.

—No te acuerdas, ¿verdad?

El hombre intentó reconocer el tono, el ritmo, cualquier detalle que pudiera llevarlo a un nombre.

Nada.

—Oye, dime quién...

—¿Sabes qué?

La voz se volvió fría.

—Te voy a encontrar.

Pausa.

—Y te voy a matar.

Él no dijo nada.

—Sí —repitió ella—. Te voy a matar.

La llamada terminó.

El hombre mantuvo el teléfono junto al oído durante un par de segundos. Después lo bajó y miró la pantalla, como si el aparato pudiera explicarle lo que acababa de ocurrir.

No reconocía aquella voz.

No tenía un nombre para ella.

Afuera, la facultad seguía exactamente igual: el patio vacío, los corredores en penumbra, una luz encendida en el segundo piso.

Pero él ya no pensaba en la clase del día siguiente.

Pensaba en una sola pregunta.

¿Te acuerdas de mí?