Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6) 1 – Mierda
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Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6)

Manual de primeros auxilios para corazones testarudos (Costa Serena 6)

Por Maca Ferreira

© inepub.com

1 – Mierda

Consejo número uno para la vida adulta: no abras la puerta sin mirar antes quién llama.

CAROLINA

El bisturí se deslizó sobre la piel como un cuchillo caliente sobre un trozo de mantequilla, lo que dejó al descubierto no solo los tejidos y el interior palpitante, sino una sensación de control que me electrizó.

A mi alrededor, el murmullo de mis compañeros rebotaba contra las frías paredes del quirófano, mientras la lámpara, solitaria y cegadora, me iluminaba las manos y condenaba todo lo demás a un mar de sombras.

Allí yo era la protagonista; no ellos, no el paciente. Yo.

No me detuve al alcanzar el músculo; avancé un poco más, consciente de lo que hacía, hasta que la punta tocó el hueso. El olor inconfundible a quemado me llenó los pulmones y…

Un sonido estridente desgarró la calma y rompió el hechizo del momento. El quirófano desapareció como un espejismo: las luces, el instrumental, incluso el cadáver mutilado y sangriento de mi odioso tutor de residencia se esfumaron como el humo.

—¿Qué…?

Al abrir los ojos, me golpeó una realidad muy distinta. Una almohada empapada en sudor, la habitación iluminada por las rendijas de la persiana y un olor extraño y especiado que flotaba en el ambiente e incrementaba el dolor punzante que me taladraba las sienes.

—Joder —murmuré con la voz rota.

Cerré los ojos para tratar de centrarme, pero los abrí de golpe cuando algo se movió a mi lado.

«Algo» no, alguien.

Giré la cabeza con lentitud y observé alucinada aquel brazo ancho y cubierto de vello oscuro que ocultaba la mayor parte de un rostro barbudo.

Continué bajando la mirada hasta llegar al torso y las cejas se me arquearon solas al contemplar la definida musculatura de aquel espécimen masculino.

Cada músculo de su cuerpo estaba tan marcado que casi podía nombrarlos todos desde el pectoral mayor al oblicuo externo, como haría si estuviera en una clase de anatomía.

El timbre de la puerta interrumpió de golpe mi inspección y comprendí que aquel graznido metálico había sido lo que me había arrancado del sueño un momento antes.

Me quedé muy quieta, a la espera de que mi compañero de cama mostrara algún signo de vida. El tipo ni se inmutó, así que, con cuidado de no despertarlo, me deslicé fuera del colchón y cerré la puerta de la habitación tras de mí.

De camino a la entrada, me colé en el baño y me enfundé lo primero que encontré en el cesto de la ropa sucia, que resultó ser una camiseta negra y unos pantalones cortos; prefería oler a rancio que abrir la puerta desnuda, la verdad.

—¿Papá? —pregunté al ver la figura que comenzaba a bajar las escaleras.

Al girarse, vi cómo la sonrisa que lucía se enfrió un poco. Confirmado: debía de tener una pinta horrible… Él iba vestido con su habitual ropa de deporte y sostenía dos cajas grandes que parecían pesarle lo mismo que un paquetito de algodón.

—Hola, cariño. —Se acercó y me dio un beso en la mejilla—. Ya pensaba que no había nadie.

—Estaba acostada —aclaré y traté de sonar más lúcida de lo que me encontraba.

—Ah… Lo siento. Tu hermana Fabiola me comentó que estuvisteis tomando algo por el pueblo, pero pensé que te habrías vuelto temprano y ya estarías levantada. Te he traído las cajas que quedaron en casa.

Le sonreí para restarle importancia y, de paso, evitar comentar lo mucho que parecía haberse alargado mi noche.

«Tienes que hacer que se vaya. Ya».

—Gracias, papá. Déjalas por aquí, ya las coloco luego.

Sin embargo, antes de que pudiera detenerlo, ya se había colado dentro y se hacía dueño y señor del salón.

—No te preocupes, cariño, no me cuesta ningún trabajo —se justificó a la vez que apilaba las cajas en una esquina.

Desde el umbral miré recelosa la puerta cerrada de mi dormitorio y recé para que continuase así unos minutos más.

Mi padre tardó unos cuantos segundos en girarse de nuevo hacia mí—.

Si quieres te puedo mirar en un momentito el armario que no cerraba bien de tu cuarto —me ofreció de pronto.

«¡No, por Dios!».

—No te preocupes, me lo solucionó Bruno ayer —mentí sin titubear, y él frunció el ceño.

—¿Tu hermano?

—Sí.

—¿Tu hermano Bruno?

—Sí, papá. Eso he dicho —insistí poniendo cara de póker.

La expresión incrédula de su mirada no auguraba nada bueno.

—Vaya. Pues qué bien se hace el tonto —murmuró finalmente—. La próxima vez que me llame para arreglar algo en el piso se lo recordaré.

«Mierda».

Le sonreí con naturalidad y traté de mantener la compostura.

—Eso seguro que es porque mi cuñada te quiere tener cerca. —Él, que de tonto no tenía ni un pelo, alzó una ceja, desconfiado—. Ya sabes que África es tu mayor fan.

—Ya…

—Bueno, papá, ¿nos vemos luego?

Lo sé, podría haber sido más sutil, pero mi cerebro no estaba para hacer malabares diplomáticos.

—Claro —titubeó mientras me seguía hasta la entrada—. ¿Le digo a mamá que cuente contigo para comer?

—Sí. Gracias. —Me alcé para besarle la mejilla rasurada—. Qué bien hueles siempre.

Él me devolvió el beso.

—Pues, lo siento, hija, pero hoy no puedo decir lo mismo de ti —me soltó con una mueca divertida—. ¿Tienes problemas con las tuberías?

—¡Papá!

—Si quieres puedo echarle un vistazo al termo…

—Lárgate. —Lo empujé suavemente hacia fuera.

Su carcajada resonó en la escalera, amplificada por el eco.

—Te quiero.

—Y yo a ti —le respondí sonriendo justo antes de cerrar.

Cuando me giré, apoyé la espalda contra la pared contigua y dejé salir un suspiro. Un instante después, la mirada se me posó en el sofá y abrí los ojos, horrorizada.

Varias prendas de ropa masculina se encontraban desperdigadas sobre los cojines, bien ubicadas a la vista. Y, como colofón, unos calzoncillos negros con unas conocidas letras en blanco grabadas en la cinturilla ponían la guinda al pastel.

—Mierda…

No me cupo ninguna duda de que mi padre lo había visto y no le habría resultado difícil atar cabos. No había que ser demasiado listo para sumar dos más dos, y él, con ocho hijos a cuestas, ya iba de vuelta y media en esas cosas.

Respiré hondo y me repetí que no tenía importancia. Llevarme a un hombre a casa a mis treinta años era algo perfectamente normal, ¿no?

Pues no. No en mi caso. Y mi familia lo sabía.

Yo no bebía.

Yo no me levantaba tarde.

Y, desde luego, no perdía el tiempo con ligues ni los llevaba a mi casa.

¿En qué demonios había estado pensando la noche anterior? O, mejor dicho, ¿quién había pensado por mí?

«Maldito whisky y maldita mi hermana Diana por su insistencia en que me soltase la melena por una vez».

El problema no era solo lo que había hecho, era más bien que no me acordaba de nada.

Y es que, por más que intentaba rebuscar entre los recovecos de mi cerebro, lo único que me venían eran flashes borrosos de aquel bar lleno de gente, la música comercial y luego…

un vacío asfixiante que se extendía hasta esa misma mañana.

Ni siquiera tenía claro cómo había llegado a casa, si habría sido en taxi o había conducido mi acompañante.

«Mi acompañante».

Fijé la vista en la entrada de mi habitación y me masajeé las sienes.

Definitivamente, aquello de perder el control no iba conmigo.

Y no sabía qué era peor; si tener a un tipo roncando en mi cama o darme cuenta de que me había pasado tanto con el alcohol que me había convertido en la peor versión de mí misma: una descerebrada que llevaba a su casa a un desconocido sin estar en pleno uso de sus facultades.

Inspiré hondo y comencé a andar sin dejar de mirar hacia la zona cero. Ni loca iba a volver a meterme allí con aquel tipo sin un plan ni mucho menos iba a afrontar la situación de echarlo de mi casa sin pasar antes por la ducha.

—Como que me llamo Carolina Remo Delgado, esto no me vuelve a pasar —me prometí a mí misma mientras agarraba una toalla y me encerraba en el baño.