Manual de buenos modales para asesinas Epílogo. Confirmación de asistencia
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Epílogo. Confirmación de asistencia

EPÍLOGO

Confirmación de asistencia

«Regla nueva: —»

Llegó el invierno. La academia seguía, un martes cualquiera, con su clase de la tarde sobre cómo se recibe a un embajador y su calefacción que nunca calienta del todo el despacho del fondo.

Yo abría el correo del día, de pie, como se abre el correo aburrido: facturas, propaganda, la invitación de una editorial a un sarao al que no pienso ir. Y entre todo aquello, un sobre.

Papel bueno. Del bueno de verdad, del que pesa en la mano y te dice el precio antes de abrirlo.

Sin remite. Las señas, las mías, escritas a mano, en tinta negra, con una caligrafía impecable.

Y lo primero que noté, antes que nada, porque llevo la vida notando estas cosas, fue la hendidura.

Quien escribió aquellas señas apretó la pluma contra el papel, marcándolo por detrás, dejando el surco de la mano.

Así no se escribe una dirección. Así se firma.

Alguien había querido que se notara la mano.

Dentro no había una carta. Había una invitación.

Formato de boda. Cartulina de gramaje de novios, tipografía perfecta, con esa sangría y ese aire que solo saben dar las buenas imprentas. Todo impecable. Todo como debe ser. Pero lo que anunciaba no era una boda.

Un nombre de hombre. Una fecha, a seis semanas.

Una ciudad. Y debajo del nombre, en la línea donde una invitación de verdad pondría «Se ruega confirmación de asistencia», tres datos que solo adjuntaría un profesional.

El primero: la falta que se le imputaba a aquel hombre.

Grave. Verificable. Del catálogo exacto, renglón por renglón, de la lista que yo llevé veinte años.

El segundo: el nombre de la mujer que no podía probarla. El tercero: una cifra.

La miré mucho rato. Porque aquello, que quede claro, no era una amenaza. No daba miedo. Era otra cosa, más incómoda: era un encargo, y era perfecto.

Perfecto de verdad. Técnicamente impecable.

El hombre del nombre era un intocable de manual, de los que la ley no piensa tocar jamás, y la mujer del segundo dato era una víctima sin voz, de las que no tienen adónde ir.

Encajaba en mis tres reglas viejas sin que hubiera que forzar ni un renglón: solo intocables, con pruebas, no por el dinero.

Quien redactó aquella cartulina conocía mi código mejor de lo que lo conocía yo cuando lo usaba.

Me ofrecía, en papel de novios, exactamente el trabajo que yo habría aceptado sin pestañear hace un año.

La tentación no era sucia. Era limpia, y a medida, y por eso pesaba tanto.

Y era imposible.

Porque no hay red que lo haya filtrado: la red la quemamos Marisa y yo, cuaderno a cuaderno, en una estufa.

No hay canal: el canal está liquidado, cada ruta borrada, cada cuenta cerrada.

Y sin embargo, alguien conocía el formato interno de los encargos que Marisa manejó durante medio siglo, y mi código de selección, que no está escrito en ningún sitio salvo en un manual que duerme en mi cajón de abajo, y mis señas de casa, sin proteger.

Las dos primeras cosas son imposibles. La tercera es fácil.

Y ahí, justo ahí, estaba la firma: quien puede hacer lo imposible eligió presentarse por lo fácil, por cortesía, como quien llama a la puerta pudiendo entrar por la ventana.

Ordené a las candidatas como ordeno siempre lo que me descoloca: en columnas, en la cabeza, con la misma letra mental de las tarjetas.

Nerea. La caligrafía se parecía a la suya como una hija se parece a una madre: en casi todo, y no del todo.

Conoce mi código, tiene media vida para copiarme la letra, y una postal suya, sin remite, ya duerme en mi cajón.

A favor, todo. En contra, que sería demasiado evidente, y Nerea no ha hecho nunca nada evidente.

Elvira. Que conoció el formato de la red doce años antes que yo, cuando la salvaron por esa misma puerta de atrás.

Sabe cómo se redacta un encargo porque ella misma fue uno.

A favor, el oficio viejo. En contra, que enterró esa vida para no volver, y una madre que acaba de recuperar a su hija no suele desenterrar cadáveres.

Una exclienta. Alguna de las mujeres que liberamos de la deuda y que, en lugar de agradecerlo, echa de menos tener a quién llamar cuando la ley falla. A favor, que son muchas y el rencor no se jubila. En contra, que ninguna tenía mi código entero.

O ninguna de las tres. O el mundo, sin más, que ha aprendido, de tanto ver morir a tiempo a la gente que estorba, dónde se llama para eso. La cuarta candidata era la peor de todas: que no fuera nadie en concreto, sino la pura existencia de un hueco en el mercado con mi nombre viejo escrito encima.

No resolví ninguna. Las cuatro se quedaron en pie, cada una con su columna, sin que pudiera tachar una sola. Es lo que tienen las cuentas de verdad: que no siempre cuadran.

Puse la invitación sobre el escritorio. Al lado, en el cajón de abajo, dormía el manual corregido, con su primera regla nueva y su última por fin cerrada. Los dos papeles a un palmo el uno del otro: el que dice lo que fui, y el que pregunta si volveré a serlo.

Me serví un café. Y me lo bebí. Entero.

Digo esto y parece que no digo nada. Pero quien haya seguido hasta aquí sabe lo que significa.

Llevo un libro entero de cafés que no toco, de copas que dejo llenas, de tazas servidas en el filo de mesas ajenas, de brindis que no hago.

Aquél me lo bebí hasta el fondo, despacio, mirando la cartulina, sin prisa.

Estaba en mi casa. No había víctima delante, ni oferta que aceptar todavía, ni nadie de quien no fiarme.

Solo un café, un martes, y una pregunta encima de la mesa.

Cuando terminé el café, cogí la pluma.

No voy a decir para qué. Ni yo lo tenía claro al cogerla. A lo mejor para escribir «no». A lo mejor para escribir «sí». A lo mejor solo porque una mujer con las manos ociosas es una cosa peligrosa.

Pero había algo en aquella cartulina impecable que me molestaba desde el principio, por debajo de todo lo demás, como una china en el zapato.

En la segunda línea, entre tanta perfección de imprenta, había una falta de concordancia.

Pequeña. De las que se le escapan a cualquiera que escribe deprisa.

O de las que deja, a propósito, quien sabe que yo no puedo dejarla pasar: que ya me tomaron el pelo una vez con una falta de ortografía, y que corregir es lo único que hago hasta cuando no me pagan.

Un error de verdad, o el saludo más íntimo que puede dejarme una persona: algo mío que arreglar.

No supe cuál de las dos cosas era. No lo sabré hasta que sepa quién escribió la cartulina. Y puede que no lo sepa nunca.

Destapé la pluma. La tinta era roja.

Confirmé la ortografía. Lo demás podía esperar al jueves.