30. El objetivo
El objetivo
«Si el plan de tu enemiga es perfecto, es que no has entendido el plan.»
— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado
Si el plan de tu enemiga es perfecto, es que no has entendido el plan. Es la regla treinta. Y aquel sábado me la enseñó, a mí, que la había escrito, una camarera con una cofia.
La ceremonia fue breve y la sobreviví contando copas.
Cayetana dijo que sí con una voz firme que no le había oído nunca, Hugo dijo que sí con cara de no creerse su suerte, y doscientos invitados aplaudieron mientras yo vigilaba las bandejas.
Luego, el cóctel: cuarenta minutos de guerra de guante blanco, yo sonriendo y colocando, Nerea sirviendo y sonriendo, las dos moviéndonos por el mismo jardín como dos gatos que fingen no verse.
Fueron cuarenta minutos agotadores. Cada vez que ella cruzaba con una bandeja, yo le calculaba la trayectoria.
Cada vez que se acercaba a una mesa, yo miraba a cuál.
Y ella, que sabía que yo la miraba, se dejaba mirar con una tranquilidad que era en sí misma un mensaje: mírame todo lo que quieras, maestra, que no vas a ver nada hasta que yo te deje verlo.
Jugábamos al gato y al ratón, sí, pero con una diferencia que tardé en aceptar: en aquel juego yo no era el gato.
Me había pasado toda la boda creyéndome el gato.
Y era el ratón, paseándome orgullosa por la ratonera, felicitándome por lo bien montada que estaba, sin ver que la había montado ella, con mis propias manos, tres años atrás.
Y a mitad del cóctel, saltó la alarma.
La vi yo, porque estaba para verla. En la bandeja preparada para el brindis de los novios, entre las copas idénticas alineadas para el momento, había una que no era como las demás.
Un detalle mínimo: una marca en el pie, una rayita, invisible para cualquiera que no llevara la vida mirando cristalería.
Una copa señalada. Esperando su sitio en la mano de Cayetana o de Hugo.
Le hice a sor Encarna la señal que habíamos convenido: dos dedos en el ala del sombrero que no llevaba.
Y sor Encarna, Dios la bendiga, ejecutó la maniobra más heroica y más cómica de todo el sábado.
Cruzó hacia la bandeja con su paso de tía mayor, fingió que se le iba un pie —un tropiezo de una veracidad que ya la quisieran los actores—, y se llevó la bandeja entera por delante.
Doce copas al suelo, estruendo de cristal, un charco de agua, y sor Encarna en el centro del desastre con las manos en la cara: «¡Ay, hija, los años, qué vergüenza, con lo bonito que estaba todo! »
Y aquí está lo que quiero que se entienda, porque es el corazón de todo el libro dicho en una escena: nadie sospechó de ella.
Ni por un segundo. Una señora mayor que rompe una bandeja en una boda es un accidente, una ternura, una anécdota para el aperitivo.
Es invisible. Invisible por exactamente la misma razón por la que Nerea era invisible con su cofia: porque este país ha decidido que hay gente que no cuenta.
Nerea se movía a salvo entre la ceguera de clase.
Y yo, aquel día, me salvé usando esa misma ceguera a mi favor.
Sor Encarna rompió doce copas delante de doscientas personas y ninguna la vio.
Las camareras y las tías viejas comparten el mismo don terrible: la impunidad de los que no se miran.
Repusieron las copas del brindis con juego nuevo. La amenaza, neutralizada. Los novios, a salvo.
En algún rincón del jardín, con su cofia y su bandeja, Elvira seguía recogiendo copas y esperando un momento que no era éste. La bala seguía en la recámara. Cuando llegara la hora de dispararla, si llegaba, ya lo sabría yo. Todavía no.
Y yo, mirando los cristales rotos en el suelo mientras un camarero los recogía, sentí el frío. No el alivio. El frío.
Porque había sido demasiado fácil.
Nerea no comete errores. Lo había demostrado con Basilio, impecable hasta lo obsceno.
Una mujer que mata sin dejar un pliegue no deja una copa marcada a la vista en una bandeja para que la pille la única persona de la boda capaz de pillarla.
Eso no es un error. Eso es un regalo. Un señuelo.
Nerea me había dejado ver una copa envenenada en la bandeja de los novios porque quería que yo mirara ahí.
Quería que gastara mi atención, mi red y mi susto en salvar a Cayetana y a Hugo.
Mientras hacía otra cosa.
Lo supe del todo después, cuando pasó todo y pude analizar aquella copa con calma: no llevaba nada.
Estaba limpia. Nerea marcó una copa vacía de peligro para que yo corriera a apagar un fuego que no existía.
Nunca puso en riesgo a los novios; no los había sentenciado, y ella, exactamente como yo, solo mata lo que ha sentenciado.
La descubrí también en eso idéntica a mí, y aquel día preferí no pararme a pensarlo.
Y entonces, de pie entre los cristales, rebobiné la mañana entera sobre el plano de mesas que llevaba en la cabeza. Y lo vi. Lo vi como se ve una mesa mal puesta: de golpe, y sin poder dejar de verlo.
Las tareas de Nerea. Todas. Desde primera hora.
El agua. Había repuesto varias veces el agua de la mesa larga. No la de los novios: la larga, la del ala derecha.
Los canapés. Había sacado la primera bandeja hacia el ala derecha, hacia el invitado suelto, no hacia la presidencial de los novios.
Las copas. Se había ofrecido, ella misma, para colocar las de la esquina de la presidencial. La esquina. La de la silla que yo había añadido a última hora.
Tres movimientos. Los tres, sistemáticamente, hacia el mismo punto de la carpa. Ninguno hacia los novios. Ni uno. Toda su coreografía de camarera diligente, que yo había archivado como diligencia, apuntaba a un solo sitio del banquete, con la insistencia de quien riega siempre la misma planta.
Volví a mirar el plano en mi cabeza, ahora del derecho, y me dio vértigo.
Porque el ala derecha de la carpa, la que ella regaba, no era un ala cualquiera.
Era donde yo había colocado, por pura lógica de protocolo, al invitado que no encajaba en ningún grupo: solo, respetable, importante, cerca de la presidencial pero no en ella.
El sitio exacto donde una organizadora sensata sienta a un inspector de policía al que ha invitado por razones que no puede explicar.
Yo había puesto a Damián ahí siguiendo mi propio manual de urbanidad, con la cabeza, sin pensarlo dos veces.
Y Nerea lo había sabido. Había apostado, tres años antes, a que yo traería a un hombre así a la boda y a que lo sentaría justo donde lo senté.
Conocía mi protocolo mejor que yo, porque yo lo aplico sin mirarlo y ella lo había estudiado renglón por renglón.
Me había leído la jugada con tres años de ventaja.
La esquina de la presidencial. La silla añadida a última hora.
La silla de Damián.
Se me paró el mundo. Ahí, entre los cristales, con una copa de champán tibio en la mano y la sonrisa de organizadora todavía puesta en la cara por pura inercia, entendí el plan de verdad. El que no había entendido porque era perfecto.
El objetivo del brindis no eran los novios. Nunca lo fueron. El objetivo era Damián Roca.
Voy a exponerlo con la frialdad con que lo entendí, porque era el mejor plan que he visto en veinte años de oficio y merece que lo cuente entero antes de contar cómo lo rompí.
Nerea iba a matar a Damián. Al inspector que investigaba el compuesto.
Con mi método. En la boda que yo había coreografiado hasta el último segundo.
Sentado en la silla donde lo había sentado yo, con mi propia mano, en mi propio plano de mesas, con mi mejor caligrafía.
No era un asesinato. Era una tesis doctoral. Firmada por mí sin darme cuenta.
Piénsenlo. Si Damián moría en aquella boda, de una muerte «natural» con la firma invisible de mi compuesto, ¿quién quedaba atada a ese crimen para siempre?
Yo. La organizadora. La que lo invitó. La que lo sentó ahí.
La mujer que aparece, otra vez, cerca de una muerte demasiado educada.
Su propia carpeta —la de las muertes raras, la que llevaba años sin enseñar a nadie— la heredaría un policía cualquiera, uno peor, uno sin su grieta moral y sin sus escrúpulos, y ese policía encontraría en la carpeta mi nombre en filigrana y no dudaría en tirar del hilo.
Nerea, de un solo golpe, se cobraba a las dos presas mayores de su vida a la vez: al perseguidor de nuestra obra, el inspector que olía el compuesto, y a la maestra, a mí, destruida no con una acusación sino con la mejor de las coartadas, la que yo misma había firmado.
Y encima me lo hacía peor que matándome, como me había prometido en Valladolid: me dejaba viva, libre por un tiempo, para verme perder al único hombre que me importaba y saber que lo había matado yo con mi propio plano de mesas.
Era perfecto. Lo digo sin ironía, con el respeto helado del artesano ante una obra mejor que la suya. Era, sencillamente, perfecto.
Lo que más me impresionó, ya digo, no fue el horror.
Fue la elegancia. Porque el plan de Nerea no necesitaba violencia, ni riesgo, ni suerte.
No necesitaba acercarse a Damián con un cuchillo ni forzar nada.
Le bastaba con una copa, en un brindis, en una silla que había elegido yo, servida en un orden que controlaba el servicio, en el único minuto de la boda en que doscientas personas mirarían para otro lado.
Todo el trabajo sucio lo hacían por ella la ceguera de clase, el protocolo y mi propio amor.
Porque yo había traído a Damián a aquella boda para tenerlo cerca, para protegerlo, porque no soportaba dejarlo fuera.
Y al traerlo, se lo había servido a Nerea en bandeja.
Mi cariño era el arma. No hay crueldad más redonda que ésa: convertir lo que una quiere en el cuchillo con el que la matan.
Y había un detalle más, que me confirmó todo y que solo entendí del todo al levantar la vista.
Damián, en su mesa, no estaba tranquilo.
Le vi hablar con el maître del catering, señalando una lista.
Le vi la cara del que ha encontrado una anomalía y tira de ella: había pedido la relación del personal de servicio, la estaba repasando con el dedo, y había un nombre que no le cuadraba.
Damián iba llegando, por su cuenta, desde su ángulo de policía, al mismo sitio al que yo acababa de llegar desde el mío.
Los dos mejores lectores de aquella boda, convergiendo sobre la misma página desde dos esquinas distintas.
Solo que él iba más despacio, porque no tenía mi ventaja: él no sabía que la camarera del nombre raro era la asesina, y yo sí.
Y tampoco sabía, el pobre, que la muerte que buscaba en aquella lista era la suya.
Me habría gustado poder ir hasta él y decírselo.
«Inspector, la camarera del nombre raro va a matarle a usted dentro de cuatro minutos, con mi veneno, y va a cargármelo a mí.
» Cuatro frases. Pero no podía decir ninguna de las cuatro sin explicar cómo lo sabía, y explicar cómo lo sabía era la confesión que Nerea me exigía, la que yo había decidido no dar.
El corsé de siempre, apretándome justo cuando más me ahogaba.
Tenía la verdad entera en la boca y una mordaza que me había puesto yo misma.
El maestro de ceremonias dio unos golpecitos en una copa con un cuchillo. El sonido de plata que precede a todas las catástrofes educadas.
—Señoras y señores, si son tan amables de ir cogiendo sus copas...
Miré el reloj. Yo había escrito los tiempos de aquella boda con mi precisión de siempre: el brindis de los novios a las tres y veinte, entre el segundo plato y el postre, cuando la gente está contenta y la copa llena.
Eran las tres y dieciséis. Tenía cuatro minutos.
Cuatro minutos que había redactado yo misma, meses atrás, sin saber que estaba escribiendo la cuenta atrás de la muerte de Damián Roca.
Mi guion. Mis tiempos. Mi letra. Corriendo en mi contra.
Los camareros empezaron a moverse entre las mesas con las bandejas del brindis. Doscientas copas empezaron a llenarse, una a una, con el rumor de una fiesta que no sabía lo que era.
Y Damián, desde su silla, la de la esquina, la que le puse yo, me localizó entre el gentío.
Y me sonrió. Y alzó su copa hacia mí, desde lejos, en un brindis pequeño y amable, un gesto de hombre educado hacia la mujer que le interesa: gracias por invitarme, decía aquella copa levantada.
Sin saber, el hombre, que estaba brindando con su propia muerte.
Toda mi vida, todo mi manual, toda mi abuela, se resumen en una regla: nunca brindes con la víctima.
Y allí estaba la víctima brindando conmigo, sonriéndome, con la copa en alto, esperando que yo le devolviera el gesto.
No se lo devolví.
Eché a andar.
Entre las mesas, sin correr, sin gritar, sin una sola arruga en la cara, saludando con la cabeza a un exministro, sonriéndole a una condesa, deteniéndome medio segundo a colocar una servilleta como si no pasara nada, como si solo fuera la organizadora yendo a supervisar el brindis.
Por fuera, un paseo. Por dentro, la carrera más rápida de mi vida, contra un reloj que había puesto yo, hacia una silla que había elegido yo, a salvar a un hombre de un veneno que era mío.
Cuatro minutos.
Doscientas copas llenándose.
Y yo, cruzando el banquete.