Manual de buenos modales para asesinas 26. Cuarenta segundos
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26. Cuarenta segundos

Cuarenta segundos

«Pierde las discusiones que mereces perder. Gana el resto.»

— Manual de buenos modales para asesinas, borrador quemado

Escribí que hay que perder las discusiones que una merece perder. La escribí sin saber que un día iba a tener que cumplirla delante de la única persona capaz de hacérmela perder entera.

Eligió el terreno con su ironía de siempre, que a esas alturas ya era también la mía, porque me la había copiado: la firma de libros de Valladolid.

Ocho años después. El mismo salón de actos, o uno igual de triste, con las últimas lectoras recogiendo el bolso al fondo y un ordenanza esperando, con cara de sueño, para apilar las sillas.

Yo firmaba los últimos ejemplares de La elegancia no se improvisa cuando se sentó enfrente, me puso un libro delante y me pidió, con una educación impecable, una dedicatoria.

—Para Nerea —dijo—. Que aprendió sola.

«Que aprendió sola.» Cuatro palabras que eran una acusación entera.

Porque aprendió sola, sí: yo le había cerrado la puerta, y ella había tenido que aprender el oficio a oscuras, sin maestra, robándole las lecciones a la vida a base de golpes.

La dedicatoria que me pedía era la factura de mis cuarenta segundos, cobrada con una sonrisa y en el mismo salón donde se los di.

Cogí la pluma. Todavía no sabía qué le iba a escribir.

Las manos, a veces, saben antes que la cabeza cosas que la cabeza tarda años en admitir.

Y dejó el móvil sobre la mesa, con la pantalla encendida y un cronómetro corriendo. No lo explicó. No hacía falta. Yo entiendo los relojes puestos a la vista tan bien como ella.

Había elegido bien, como elegía todo. Un sitio público, con testigos lejanos pero presentes, donde no cabía otra cosa que palabras.

Ni ella podía hacerme nada allí, ni yo a ella.

Y ése era, precisamente, el único terreno en el que me tenía a su merced.

Porque en el cuerpo a cuerpo de mi oficio yo aún le llevaba veinte años de ventaja; pero ella no había venido a competir en mi oficio.

Había venido a juzgarme. Y a juzgar no me ganaba nadie, hasta aquel día.

Me acordé, mientras la veía sentarse, de la primera vez.

De la cría de dieciocho años con el uniforme de reponedora que había esperado a que se fueran todas.

Era la misma persona y no lo era: la misma cara —ahora sí le veía la cara, ahora que ya no podía dejar de vérsela— sobre otra mujer entera, hecha de doce años de rabia bien administrada.

Y pensé, con la boca seca, que aquella escena la había ensayado ella en la cabeza mil veces, durante ocho años, mientras yo ni siquiera recordaba que existía.

Ella llevaba ocho años preparando esta conversación.

Yo la improvisaba. Ya empezaba perdiendo.

—Tengo su manual, maestra —dijo, sin levantar la voz, que fue como habló toda la tarde: bajito, corrigiendo mucho, preguntando mejor—. Me lo sé mejor que usted. Usted lo escribió para no tener que leerlo. Yo lo he leído para poder escribirla a usted entera.

—¿Sabe cómo encontré su manual? —preguntó, y era la única pregunta de la tarde cuya respuesta yo también quería—.

No se lo voy a decir. Le dejo ese cajón sin cerrar, como usted me dejó a mí la vida sin cerrar.

Solo le digo una cosa: usted lo escribió para no volver a dudar.

Para sistematizar. Para no tener otro Andrade.

—Pasó las páginas de mi propio libro sin mirarlas—.

Y yo lo he usado para lo contrario. Para dudar de usted, renglón por renglón.

El mismo texto. Usted lo escribió para dejar de pensar.

Yo lo leí para no dejar de pensar en usted ni un solo día en tres años.

Somos la misma mujer leyendo el mismo libro al revés.

Y me sé sus tres reglas de memoria. ¿Las repasamos?

No contesté. Cuando alguien tiene razón, callar es lo más digno que queda.

—Regla segunda: solo con pruebas, nunca con sospechas. —Ladeó la cabeza—. ¿Verificó a Andrade?

Ahí perdí el primer asalto, y no fue el último.

Porque no verifiqué a Andrade, ella lo sabía, y yo sabía que lo sabía, y no había en toda la lengua una manera elegante de decir «maté a un hombre sin comprobar si mentía la que me pagó, y luego escribí un libro entero para no volver a mirarlo».

Callé. Ella me dejó callar, que es una crueldad más fina que insistir.

—Regla primera: solo intocables. —Siguió—.

¿Y quién decide quién es intocable? ¿Quién firma esa lista?

—Esperó, sabiendo que no había respuesta—.

Usted. Sola. Sin nadie encima que le diga que no.

Se ha nombrado jueza, verdugo y coartada de sí misma, las tres cosas a la vez, y a eso lo llama tener un código.

Un código, maestra, es el que te pueden pedir cuentas.

Lo suyo no es un código. Es un despacho sin ventanas donde usted se da la razón a sí misma y firma.

Perdí el segundo asalto igual que el primero.

Porque era verdad. Toda mi vida me había contado que mi código me hacía distinta de una asesina cualquiera, y la verdad es que mi código lo escribía yo, lo aplicaba yo y lo revisaba yo, y un tribunal de una sola jueza no es un tribunal: es una soberbia con papeles.

—Y la tercera. —Aquí bajó todavía más la voz—.

Nunca por placer. —Me miró de una manera nueva, sin rencor casi, con la frialdad del que ha estudiado a un animal mucho tiempo—.

La he visto tres años, maestra. De cerca.

Le he visto la cara después de dejar una mesa perfecta, y le he visto la cara después de un trabajo bien hecho de los otros.

Y es la misma cara. La misma. La cara del que disfruta siendo bueno en algo difícil.

Usted no mata por justicia. Usted mata porque se le da de maravilla y le encanta que se le dé.

La justicia es lo que se pone encima para poder mirarse al espejo. Yo, al menos, no me pongo nada.

Y entonces remató, con la frase que llevaba, la vi venir, guardada para el final:

—Sus modales no son una moral. Son un disfraz.

Un uniforme de señora bien para hacer exactamente lo mismo que yo haría sin uniforme.

La única diferencia entre usted y yo es que usted se ha vestido mejor para hacer lo mismo.

Y encima duerme tranquila. Eso es lo que de verdad me da asco de usted: no que mate. Que se perdone.

Intenté defenderme una vez. Una sola, porque la dignidad no da para más.

Le dije que había una diferencia entre parar a un hombre que ha destrozado vidas y matar por matar; que mis muertos no eran inocentes; que yo había frenado a monstruos que la ley dejaba sueltos.

Y Nerea me contestó, sin subir la voz, la cosa que más me ha dolido oír en la vida:

—Mi padre también paraba a la gente que le estorbaba, maestra.

Con muchísima educación. Y también dormía tranquilo.

Y también se contaba a sí mismo que lo hacía por el bien de todos.

—Me dejó eso encima de la mesa un segundo—.

Usted y él se parecen más de lo que le gustaría.

Los dos convencidos de que su daño es del bueno.

La única de esta historia que sabe que el daño no es de ninguna clase soy yo.

El daño es daño. Lo demás son los cuentos que se cuentan los que lo hacen para poder seguir haciéndolo.

No supe qué contestar. Que me comparara con Gonzalo Urquijo, el carcelero de guante blanco, tendría que haberme indignado. Y no me indignó. Porque en el fondo del fondo, otra vez, tenía razón.

Perdí. Que quede claro, porque me lo he hecho pagar muchas noches: perdí la discusión entera, y lo supe mientras la perdía, asalto tras asalto, sin una sola carta con que taparme. Todo lo que decía era cierto. Todo estaba en mi propio libro, en mi propia vida, en mi propio cajón de abajo.

Solo salvé una piedra. Una. Y la dije sin soberbia, porque la soberbia se me había caído ya al suelo con todo lo demás:

—Tienes razón en casi todo —dije—. En Andrade, tienes razón.

En la lista, tienes razón. En el placer, que es lo que más me cuesta darte, también tienes razón.

Pero hay una diferencia entre tú y yo. Es pequeña.

Es la única que me queda. Y a mí me basta.

—La miré—. Yo dudo. Tú no. Yo mato y luego no duermo.

Tengo un cajón entero lleno de las veces que me pregunté si me había equivocado.

Tú no tienes ese cajón, y no lo vas a tener nunca, porque tú ya has decidido que tienes razón, y el que ha decidido que tiene razón está perdido.

Es toda la diferencia que hay entre las dos.

No me salva. No me limpia Andrade ni me quita a los muertos.

Pero es suficiente para una cosa, y solo para una: para no ser tú.

Y entonces Nerea parpadeó.

Fue medio segundo. Por primera vez en toda la conversación, por primera vez desde que la conocía, algo se le movió por detrás de los ojos: una grieta finísima por la que asomó, un instante, no la mujer de veintiséis años que me estaba desmontando con razón, sino la niña de catorce a la que le dijeron que su madre había muerto y a la que ni siquiera dejaron dudarlo.

Asomó, y se fue. Lo cerró sin una lágrima, con la disciplina de quien lleva doce años sin permitirse ninguna, y volvió a ser la de siempre antes de que yo terminara de verlo.

Pero lo vi. Y es lo único de aquella tarde que me llevo como una victoria pequeña y sucia: que debajo de todo aquel plan perfecto había, todavía, una cría esperando una visita en un internado.

Se recompuso. Y su voz volvió a ser de contrato.

—Le voy a hacer una oferta. Una sola, no la repito, que en eso también aprendí de usted.

Confiese. En voz alta. Todo. El manual, la red, los muertos, lo que es usted de verdad.

A su inspector, a la prensa, a quien quiera, me da igual el cómo.

Pero dígalo delante del mundo, de manera que ya no pueda desdecirse.

Y paro. No muere nadie más. Le doy mi palabra, que vale más que la suya, porque yo no me miento.

—¿Y si no?

—Si no, sigo. Y le aseguro que lo que tengo preparado es peor que su muerte.

El qué no se lo cuento; eso sería quitarle la gracia.

—Se permitió, por fin, media sonrisa—. Tiene de plazo hasta el brindis de la boda.

Hasta que alguien levante la primera copa, la oferta sigue en pie. Después de esa copa, ya no.

Y ahí entendí lo que de verdad quería, y era más retorcido y más triste que quererme muerta.

No quería mi cadáver. Quería mi confesión.

Quería que yo, delante de todos, me pusiera a mí misma el suspenso que ella me había garabateado en rojo.

Prefería verme humillada y viva que muerta y en paz, porque una muerta no aprende, y ella no había venido a castigarme: había venido a aprobar.

A que la maestra reconociera, por fin y en voz alta, que la alumna llevaba razón.

Cogió el móvil. Paró el cronómetro. Lo miró.

—Cuarenta minutos —dijo—. Usted me dio cuarenta segundos, hace ocho años, en esta misma sala. Yo le he dado cuarenta minutos. Sesenta veces más de lo que usted me dio a mí. —Se levantó, con el libro en la mano—. Que no se diga que no tengo modales, maestra. Aprendí de la mejor.

Se fue con el libro debajo del brazo, sin prisa, cruzando el salón vacío, y detrás de ella el ordenanza empezó a apilar las sillas como si tal cosa, porque para el mundo no había pasado nada: dos mujeres charlando al final de una firma.

Yo me quedé sentada, mirando lo que le había escrito en la primera página sin darme cuenta, con la mano y no con la cabeza, mientras ella hablaba. Cuatro palabras. Las miré mucho rato.

«Para Nerea. Suspensa yo.»

Me había puesto yo sola la nota que ella venía a ponerme.

Y lo que me royó aquella noche, y muchas después, no fue haber perdido la discusión.

Fue que, camino de casa, una parte de mí —una que no reconozco del todo, pero que existe y llevaba callada demasiados años— pensó que aceptar el trato sería lo justo.

Que a lo mejor confesar, dejar de mentir, ponerme delante del mundo tal como soy, era la única cosa decente que me quedaba.

Es la primera vez que lo escribo, y me cuesta, porque suena a debilidad y yo no me permito la debilidad ni en el papel.

Pero es la verdad, y este relato, si no es verdad, no es nada: hubo una noche en que la mujer más controlada de España estuvo a punto de entregarse.

No por miedo, ni por táctica, ni por cansancio.

Sino porque una alumna asesina la había convencido, con argumentos que no supo rebatir, de que la única salida honrada era rendirse.

Tardé en salir de aquella noche. Y lo que me sacó de ella no fue una idea noble.

Pero eso vino después, y por otro camino.

No lo decidí aquella noche. Pero por primera vez en veinte años, la idea de rendirme no me supo a derrota.

Me supo, casi, a descanso. Y ésa fue la trampa más fina que me tendió Nerea Salgado. No la de la boda. La de hacerme desear, aunque solo fuera un segundo, darle la razón.