63. Las 1618
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Nadie ha retirado los vasos ni las carpetas de la reunión anterior. La ciudad sigue detrás del cristal como si no acabara de caerse una operación de tres mil millones.
—No tienes que cogerlo —dice Inés al ver el nombre.
—Precisamente por eso voy a hacerlo.
Me alejo unos pasos.
—Clara.
—Daniel.
—El correo ya habrá llegado.
—Sí.
—Quiero que sepas que no es una maniobra para bajar precio.
—No pensaba que lo fuera.
—Bien. Porque si VIDAL-LONG es lo que parece y la cadena de autorizaciones no se sostiene, yo habría recomendado parar aunque hubierais votado sí.
Inés está al otro lado de la sala, hablando con Adriana y ocupada en otra cosa.
—Has perdido meses.
—Vosotros bastante más.
No sé si se refiere a la operación o a otra cosa.
—¿Volveréis?
—Si algún día sabemos qué es VALDERYN sin MIRROR y qué queda legalmente limpio, podemos hablar. Hoy no.
—Entendido.
Antes de colgar añade:
—No conviertas que yo quiera comprar una empresa en la explicación de todo lo que hizo tu familia.
—No pensaba hacerlo.
—Todos llevamos una semana pensando cosas cómodas.
Cuelga. No me cae mejor.
Me resulta más difícil convertirlo en enemigo. Eso, a estas alturas, es suficiente.
No para siempre. Eso dice el correo.
Suspende la operación bajo sus términos actuales hasta que exista claridad suficiente sobre los activos restringidos, el origen de datos y las investigaciones abiertas.
En la práctica, se ha terminado. Al menos esta versión.
Marc lee el correo sin decir nada. Inés no lo lee. Ya sabía cómo sonaría.
No alinea las hojas, no cierra una carpeta, no busca una llamada que devolver. Se queda con las manos quietas, y en él eso se parece demasiado a perder el equilibrio.
—Ochocientas personas —dice Marc.
—Siguen teniendo trabajo —responde Adriana.
—Hoy.
—También el lunes.
—No puedes prometer eso.
—Tú tampoco puedes prometer lo contrario.
Marc no contesta. El comunicado interno sale antes que la noticia.
La venta queda suspendida. VALDERYN continúa operando.
El consejo crea un comité independiente. La investigación sobre R-17 queda congelada salvo preservación y cumplimiento.
La compañía colaborará con las autoridades. No menciona a mi madre escribiendo desde la tumba.
Me alegra. A las 17:10 entrego mi declaración.
No es pública. No todavía.
Incluye la llave. Los noventa y siete segundos.
La razón por la que la retiré. Los tres años sin decirlo.
Inés hace lo mismo por separado. Mi padre también.
Marc entrega su decisión de no reabrir el contexto cuando detectó irregularidades posteriores. Nadie queda limpio.
Eso es diferente de que todos seamos iguales. Antes de irme me cruzo con Inés en el pasillo de la planta cinco.
Ya no lleva el abrigo. Tampoco el maquillaje de esta mañana.
Se detiene. Yo también.
Durante un segundo somos dos hermanas esperando que alguna recuerde cómo se empieza una conversación después de contarle a abogados qué hicimos mientras nuestra madre estaba en el suelo.
—¿Nora lo sabe? —pregunta.
—Sí.
Inés baja la cabeza.
—Lo siento.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Decir «lo siento» como si yo tuviera que decirte que está bien.
—No esperaba que lo hicieras.
—Bien.
Ninguna de las dos habla. Pasa una persona de cumplimiento normativo con una carpeta y finge no notarnos.
—No sé qué va a pasar con la policía, con VALDERYN ni con nosotras —dice Inés—. Las dos primeras preguntas al menos tienen abogados.
—La tercera no.
—No quiero perderte y ahora mismo no quiero verte. No sé cómo se hace eso.
—Yo tampoco. Y no te estoy pidiendo que lo arreglemos hoy.
—Entonces no lo arreglemos en un pasillo.
—No pensaba hacerlo.
Inés se humedece los labios.
—No te estoy pidiendo que me perdones.
—Menos mal.
Le duele. Lo veo y no digo nada.
—Hubo un momento —dice—, después de caer, en que pensé que mamá iba a levantarse y que todo se convertiría en otra discusión horrible que algún día exageraríamos en una comida.
La dejo seguir.
—Sé que eso no cambia nada. Solo quiero que sepas que no la vi en el suelo y pensé en dejarla morir.
—Ya lo sé. Y también sé que la viste y elegiste otras cosas antes de pedir ayuda.
El alivio desaparece.
—Sí.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Inés asiente.
—Eso es lo que llevo tres años intentando no mirar a la vez.
Nos quedamos allí. No nos abrazamos.
No habría sabido dónde poner los brazos.
—Clara.
—¿Qué?
—No conviertas a mamá en una santa porque ahora te venga bien conmigo.
Me entra una rabia tan rápida que la primera frase me sale mal.
—Y tú deja de usar cómo era ella para…
Me paro. Inés espera.
—Para hacer que lo tuyo parezca otra cosa.
Inés cierra los ojos un instante.
—Vale.
Las puertas del ascensor se abren detrás de mí. Entro.
Antes de cerrarse, la veo todavía en el pasillo. Mi hermana.
La persona que provocó la caída de nuestra madre.
Las dos cosas siguen siendo verdad cuando las puertas se cierran.
A las 18:00 salgo de VALDERYN. Hay periodistas en la acera.
No me detengo. Uno grita mi nombre.
Otro pregunta si la venta ha caído por irregularidades de privacidad.
Una mujer pregunta si la muerte de Helena Vidal está siendo reinvestigada. No respondo.
Esta vez callar no está protegiendo una versión.
Está esperando a que puedan hablar quienes deben hacerlo. Nora me espera en casa.
Ha pedido pizza.
—¿Qué has pedido?
—La de siempre.
—Pensaba que odiabas la de siempre.
—Hoy no quiero decidir nada.
Me hace sonreír.
—Eso sí lo entiendo.
Comemos en el sofá. No le cuento cada detalle.
Le cuento los importantes. Que la venta se ha parado.
Que hemos entregado información. Que el abuelo envió los mensajes.
Que la abuela no volvió. Nora deja la porción en el plato.
—Lo del abuelo es muy fuerte.
—Sí.
Nora dobla el borde de la caja de pizza.
—No sé qué hacer con él ahora.
—Yo tampoco.
—¿Y lo mío? —pregunta Nora.
—Congelado. Nadie va a tocar esos datos mientras se revisa todo.
—Vale. Si eso cambia, me lo dices antes de decidir nada por mí.
—Sí.
El teléfono suena sobre la mesa. Es Teresa. Descuelgo.
—Hay una cosa más —dice Teresa.
Cierro los ojos.
—No.
—No es una contraseña.
—Mejor.
—Adriana me ha llamado por las instrucciones de legado digital de Helena. Están revisando todo lo relacionado con el uso de su identidad.
Me incorporo.
—¿Qué instrucciones?
—Las que firmó cuando actualizó poderes y patrimonio digital. Hay un anexo manuscrito.
—¿Y por qué no lo hemos visto?
—Porque no tenía nada que ver con la venta ni con R-17 hasta que alguien empezó a utilizar su voz después de muerta.
Eso sí tiene sentido.
—¿Dónde está?
—El original en el family office . Escaneado dentro del expediente sucesorio.
—¿Qué dice?
Teresa deja pasar un momento.
—Prefiero que lo leas.
—Teresa.
—No porque sea un misterio. Porque es su letra.
Nora sigue en el sofá cuando me pongo el abrigo.
—Voy a salir media hora.
—Claro que sí.
—Puedes venir.
Nora lo piensa.
—No. Ve tú. Creo que esto es tuyo.
No esperaba que dijera que no.
—¿Seguro?
—Sí.
Cojo el abrigo. Antes de cerrar la puerta, Nora dice:
—Mamá.
—¿Qué?
—No vuelvas dentro diciendo que la abuela era buena o mala por una hoja de papel. Hoy no puedo con otra versión definitiva de nadie.
La miro.
—Eso incluye la tuya sobre mí.
—Sí. También.
—Tienes diecisiete años.
—Y estoy cansadísima. No lo estropees poniéndote sentimental.
—Vete a dormir.
—Eso pensaba hacer.
Cierro la puerta. Esta vez no sonrío hasta llegar al ascensor.
En el ascensor dejo de hacerlo. No sé qué escribió Helena.
No intento anticiparlo.