Mala costumbre Capítulo 26 — Directo #128
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Capítulo 26 — Directo #128

MALA COSTUMbrE

BECKETT

Preparamos el desmentido como se prepara una ejecución: con papeleo, con testigos, y con todo el mundo fingiendo que es un trámite.

Son las siete de la tarde, falta una hora para el directo, y estamos en el Búnker los cuatro: Harlow, Theo, yo, y la cara de un abogado de Nectar en una pantalla, un hombre de traje que ha venido a asegurarse de que decimos exactamente lo que hay que decir.

En el prompter, ya cargado, está el guion que ha redactado el equipo legal: tres frases que Harlow y yo tenemos que decir esta noche, mirando a cámara, para desmentir el audio y salvar la renovación.

Las he leído veinte veces. Me las sé. Son sencillas, limpias, mortales.

—Repito, por si no ha quedado claro —dice el abogado desde la pantalla, con voz de leer condiciones—.

El desmentido debe ser inequívoco. Nada de ambigüedades, nada de bromas que se puedan interpretar en dos sentidos.

La marca necesita una negación rotunda de cualquier vínculo sentimental o físico entre los presentadores.

A este respecto, les recuerdo el tenor de la cláusula catorce punto tres de su contrato, que dice, y cito literalmente...

Y lo lee. En voz alta, en el Búnker, con Harlow a mi lado, lee la cláusula que firmamos hace un año y que llevo un año fingiendo que no existe:

—«Los Presentadores se abstendrán de mantener entre sí cualquier relación de naturaleza sentimental o física, así como de incurrir en conductas que comprometan la premisa del Programa (“relación estrictamente amistosa”), su verosimilitud o su valor comercial.

El incumplimiento de la presente cláusula facultará a la Marca para resolver el Contrato con efecto inmediato, exigir la devolución de las cantidades correspondientes al último trimestre abonado y reclamar los daños y perjuicios que procedan.

» —Levanta la vista de sus papeles—. Espero que quede clara la situación.

Un desmentido esta noche cierra el asunto.

La ausencia de desmentido lo abre. Enormemente.

Devolver el último trimestre. Daños y perjuicios.

Traducido a mi idioma, el de las cifras, el de mi madre: no solo se acabaría el tramo de los setenta y ocho mil.

Habría que devolver dinero ya cobrado, ya gastado, dinero que no tengo porque va cada mes a Everett, a la medicación, a la fisio.

Un desmentido esta noche y el suelo aguanta.

Sin desmentido, el suelo se hunde, y con él se hunde mi madre, que tiene una revisión la semana que viene y una enfermedad que no sabe de contratos.

—Yo sigo pensando que esto es un error —dice Theo, que lleva toda la reunión con los brazos cruzados y la mandíbula tensa—.

Y que quede grabado que lo dije. Os pedí una cosa, una sola: cero sorpresas en directo.

Y resulta que la sorpresa erais vosotros todo el tiempo, y ahora me toca producir un directo en el que dos personas que están juntas van a jurar que no lo están, delante de la gente que los quiere, para contentar a una app de citas.

—Descruza los brazos—. Lo voy a producir, porque es mi trabajo y porque no hay mejor salida.

Pero que sepáis que no me gusta. Y que esto no acaba bien. Estas cosas nunca acaban bien.

Nadie le contesta, porque tiene razón, y a la razón no se le contesta.

Miro a Harlow. Está muy quieta, muy pálida, repasando el guion en su tablet con una concentración que conozco: la de quien se está blindando por dentro para hacer algo que no quiere hacer.

No hemos hablado desde el sábado. Desde que me leyó la ceja por videollamada, desde que supo, antes que yo se lo dijera, lo que iba a hacer esta noche.

No me ha reprochado nada. No me ha pedido que no lo haga.

Solo se ha blindado, y ha venido, y va a ejecutar su parte, porque los dos sabemos que no hay alternativa que no nos hunda más.

Falta una hora. Reviso los niveles que no hace falta revisar. Doblo un cable en un ocho. Y en la cabeza, en bucle, las tres frases del prompter y una cifra: setenta y ocho mil. Setenta y ocho mil. Setenta y ocho mil.

El piloto se pone rojo a las ocho en punto.

—Buenas noches a todos —digo, con mi voz de directo, la de dos grados más majo, la que no tiembla—. Sabemos que ha sido una semana rara. Y no vamos a hacer como que no ha pasado nada, porque no sois tontos y nosotros tampoco.

Cuarenta mil personas mirando. El chat quieto, expectante, conteniendo la respiración. Harlow a mi lado, con su sonrisa de directo puesta, impecable, esperando el pie.

—Ha circulado un audio —sigo—. Nueve segundos, sin contexto, sacados de vete a saber dónde. Y ha generado un montón de teorías sobre Harlow y sobre mí. Así que vamos a hablarlo claro, de una vez, para que quede zanjado.

Aquí está. El momento. La pregunta pactada la lanza Harlow, con naturalidad, tendiéndome el pie como me ha tendido mil pies en tres años:

—A ver, dilo tú, que yo ya estoy cansada de que la gente piense que somos algo que no somos. ¿Hay algo entre nosotros, Beckett? ¿Lo que sea? Que se enteren.

Y me mira. Con su sonrisa de directo. Y en los ojos, debajo de la sonrisa, donde solo yo puedo verlo, hay una cosa que no es sonrisa, que es una súplica y una despedida a la vez, que me dice «hazlo ya, hazlo rápido, no lo alargues, que duele menos rápido».

Tres segundos.

Y me veo hacerlo. Desde fuera, casi, como si fuera otro. Me veo mirar a cámara, a las cuarenta mil personas, y componer la cara exacta, la de sinceridad, la que llevo tres años perfeccionando, y digo:

—No. No hay nada. Harlow es mi mejor amiga y nada más, lo ha sido tres años y lo va a ser toda la vida.

El audio es un montaje, o algo sacado de contexto de una conversación de amigos, no lo sé ni me importa.

Pero que quede clarísimo, mirándoos a la cara: entre Harlow y yo no hay, no ha habido, y no va a haber nunca, nada que no sea amistad.

Somos amigos. Punto. Fin de la historia.

Y mientras lo digo —mientras digo «no ha habido nunca nada», mientras niego en directo, ante cuarenta mil personas, la cosa más verdadera de mi vida, con la mujer que quiero sentada a treinta centímetros—, me llevo el pulgar a la ceja izquierda.

Lo siento subir. Lo noto. Esta vez sí lo noto, porque llevo desde el sábado sabiendo que iba a pasar, y aun así no puedo pararlo, porque el gesto no lo controla la voluntad, lo controla algo más profundo, el resto de vergüenza que me queda, el cuerpo negándose a mentir del todo aunque la boca mienta perfecto.

El pulgar sube a la ceja. En alta definición.

Ante cuarenta mil personas que tienen ese gesto catalogado, documentado, con siete clips y una tesis.

Ante harckettproofs, que lo está viendo.

Ante beckettsgirl_04, que lo está viendo. Ante todos.

Niego con la boca y me delato con la mano, en el mismo plano, en el mismo segundo.

Y esto es lo que nadie entiende de negar a alguien en directo, lo que no se ve desde fuera: que no es un momento, es una sucesión de decisiones diminutas, y las tomo todas mal, una detrás de otra, viéndome tomarlas.

Decido la palabra «nunca». Decido el «fin de la historia», que es un remate cruel, innecesario, que añado porque el personaje lo pide aunque el hombre no quiera.

Decido mirar a cámara y no a Harlow, porque mirarla me rompería la voz.

Decido sonreír al final, para vender mejor.

Cada una de esas microdecisiones la tomo yo, con plena conciencia, en el segundo y medio que dura la frase, y cada una es una pequeña puñalada, y me las veo dar todas, y no paro ninguna.

Porque negar a alguien no es una cosa que te pasa.

Es una cosa que haces. Y yo la estoy haciendo, milímetro a milímetro, eligiendo cada palabra que la mata.

Y a mi lado, Harlow se ríe. La risa comprimida.

La falsa. La que sube justo cuando toca, dura justo lo que tiene que durar, y suena a alivio de amiga a la que por fin dejan de emparejar.

La produce perfecta. Es la mejor actriz que conozco y está dando la actuación de su vida, riéndose en directo mientras el hombre que quiere la niega delante del mundo.

Los dos ejecutando nuestra parte. Los dos impecables. Los dos rotos.

—¡Por fin! —dice Harlow, entre risas, al chat—. ¿Lo veis? Ya está. Que sí, que somos solo amigos, pesados. ¿Podemos volver a hablar del programa ahora?

El chat, poco a poco, se ablanda. Algunos se lo creen.

Otros no —veo pasar «Y LA CEJA QUÉ», veo pasar «se ha tocado la ceja tíos»—, pero la mayoría quiere creerlo, porque quiere que su historia siga siendo verdad, y la duda, aunque no se disuelve del todo, baja un punto.

Suficiente. Suficiente para la marca. El desmentido funciona.

Le he dado a Nectar exactamente lo que pedía.

Y me he arrancado algo por dentro que no sé si vuelve a crecer.

Seguimos el directo. Cuarenta minutos más de programa normal, de bromas, de secciones, los dos actuando la normalidad con el cadáver de lo nuestro todavía caliente entre los dos.

Es la hora más larga de mi vida. Y cuando por fin el piloto se apaga, cuando por fin se acaba, me levanto de la silla con las piernas flojas, sin atreverme a mirar a Harlow, sabiendo que ahora, en el camerino, sin cámaras, va a tocar lo peor: mirarla a la cara después de lo que acabo de hacer.

No sé todavía que lo peor no es eso. Que lo peor está esperándome en el móvil.

En el camerino, Harlow entra detrás de mí y cierra la puerta, y por un segundo nos quedamos los dos de pie, sin decir nada, con el desmentido todavía en el aire, y yo abro la boca para decir algo —no sé qué, «lo siento», «no tenía elección», alguna de las cosas cobardes que se dicen— cuando me vibra el móvil.

Es Marcy.