Capítulo 19 — Lo que no dije
MALA COSTUMbrE
HARLOW
Llevamos seis días sin tocarnos, y la distancia entre Beckett y yo se mide, como se mide todo lo nuestro, en logística.
No hemos discutido. Eso es lo raro. Después de la niega del sábado, del clip que subió, del «Beckett lo deja CLARO» con sus ochenta mil reproducciones que efectivamente vi en el muro el domingo y sobre el que efectivamente le dije que me parecía bien, no ha habido bronca, no ha habido escena, no ha habido nada.
Solo una retirada silenciosa, mutua, sin firmar.
Grabamos el martes con una profesionalidad impecable.
Nos reímos en cámara donde toca. Y en cuanto se apaga el piloto, cada uno recoge lo suyo y se va por su lado, sin inventar zumbidos, sin buscar excusas para coincidir, sin las salidas por turnos que ya no hacen falta porque no hay nada de lo que salir.
La señal más clara es la sala de edición.
Llevamos un mes montando juntos los jueves por la noche, hombro con hombro delante de los monitores, que era nuestro sitio, el de las horas robadas, el de los cuarenta segundos.
Y esta semana, sin decirlo, hemos dejado de coincidir en la sala de edición.
Él monta cuando yo no estoy. Yo reviso cuando él ya se ha ido.
Nos hemos repartido el Búnker en turnos que nadie ha negociado, para no tener que estar los dos en la misma habitación pequeña con todo lo que no nos estamos diciendo.
Entre dos personas que se ganan la vida hablando, dejar de coincidir en la sala de edición es un portazo. El más silencioso y el más definitivo.
Y sin embargo el jueves siguiente, no sé por qué, coincidimos.
A lo mejor porque los dos calculamos mal los turnos.
A lo mejor porque uno de los dos quería, en secreto, que pasara.
El caso es que llego a montar el corte del episodio de la semana a las diez de la noche y Beckett todavía está ahí, en la sala, con los cascos puestos, y ninguno de los dos se va.
Trabajamos en silencio un rato, cada uno en lo suyo, con esa incomodidad densa de dos personas que se conocen demasiado como para fingir que la incomodidad no existe.
Y luego, poco a poco, la cosa se ablanda, como se ablanda siempre entre nosotros, porque debajo de todo el daño sigue estando lo otro, la amistad de tres años, el hecho de que Beckett Hale es, además del hombre con el que me acuesto y al que le he hecho lo que le he hecho, mi mejor amigo, la persona con la que mejor me lo paso del mundo.
Empezamos a hablar de tonterías. Del corte.
De un fallo de audio. De algo que dijo Theo.
Y en algún momento, sin darnos cuenta, estamos otra vez cómodos, riéndonos por lo bajo, y es peligroso, porque la comodidad entre nosotros es la antesala de todo lo demás.
Y entonces Beckett, mirando la pantalla, montando, con la guardia baja, saca el tema que va a partir el capítulo en dos.
—¿Sabes qué pensaba el otro día? —dice, sin darle importancia, con los ojos en la forma de onda—. En el clip. El de mi madre. El del principio de todo.
Se me para algo dentro. Pero mantengo la cara. Llevo tres años manteniendo la cara con este tema.
—¿Qué pasa con el clip? —digo, y mi voz sale normal, milagrosamente normal.
—Nada, que pensaba en lo raro que es todo.
—Sigue montando, ajeno, tranquilo—. Aquella noche fue la peor de mi vida.
En serio. Enterarme de lo de mi madre, y encima que se grabara, y que saliera, y que lo viera medio mundo...
Yo lo viví como una violación, ¿sabes? Alguien había cogido el momento más privado que he tenido nunca y lo había puesto en internet para que la gente llorara con él.
Estuve semanas fatal. Odiándolo. Odiando al que lo hubiera subido.
—Ya —digo. Solo eso. «Ya.»
—Pero es que aquí está lo raro. —Se gira un poco hacia mí, y hay algo casi de asombro en su cara, de paz incluso, que es lo que hace todo esto insoportable—.
Que aquella cosa horrible es la que nos trajo aquí.
El clip nos dio la audiencia. La audiencia nos dio el programa.
El programa nos da de comer, me paga las infusiones de mi madre, te da tu beca.
Todo lo que somos salió de la peor noche de mi vida.
Y a veces pienso... —Se ríe, un poco incrédulo de sí mismo—.
A veces pienso que fue lo mejor que me ha pasado.
Que aquella filtración que tanto odié nos jodió y nos salvó a la vez.
Que si pudiera volver atrás y borrarla, no sé si lo haría.
¿No es una locura? Estar agradecido por la cosa que más daño te ha hecho.
Y yo estoy sentada a su lado, en la penumbra azul de los monitores, con la verdad subiéndome por la garganta como algo físico, como una náusea.
Porque él está hablando de «el que lo subió» como de un desconocido, con esa distancia de tres años, sin sospechar, sin haber sospechado nunca, que la persona que cogió el momento más privado de su vida y lo puso en internet está sentada a treinta centímetros de él, montando el mismo programa que nació de aquello, acostándose con él desde hace dos meses, escuchándole decir que a lo mejor está agradecido.
—Nunca te ha dado por buscarlo, ¿no? —dice entonces, y la pregunta me cae encima como un peso—. Al que lo subió. Digo, con lo que sabes tú de internet, de rastrear cosas. Nunca has intentado averiguar quién fue. Quién cogió la grabación de la mesa y la sacó.
Y ahí está. Mi momento. Exactamente mi momento, el mismo que tuvo él el sábado en el directo, solo que al revés y peor, porque a él se lo preguntó una desconocida delante de cuarenta mil personas y a mí me lo pregunta él, a solas, mirándome, sin sospechar nada, dándome la oportunidad más limpia que voy a tener nunca de decirlo.
Tengo tres segundos.
Los mismos tres segundos que tuvo él. Y sé —porque le vi hacerlo el sábado, porque le he visto medir esos silencios mil veces— que un silencio de tres segundos aquí es una respuesta.
Que si tardo, se nota. Que tengo tres segundos para decir «fui yo» o para decir cualquier otra cosa, y que lo que elija en estos tres segundos va a definir quién soy tanto como lo definió para él el sábado.
Y hay una parte de mí que quiere decirlo.
Que lleva tres años queriendo decirlo. Que ve la ocasión —esta ocasión perfecta, él sin sospechar, preguntándomelo él mismo, dándome la entrada— y piensa: dilo.
Dilo ahora. Se va a romper todo, sí, pero llevas tres años cargando con esto y él acaba de decirte que a lo mejor está agradecido, que a lo mejor no lo haría distinto, que quizá, quizá, si se lo cuentas con cuidado, en el sitio adecuado, con el tiempo suficiente, podría llegar a entenderlo.
Dilo. Deja de mentirle. Es tu mejor amigo.
Te acuestas con él. Le debes por lo menos esto.
Y en esos tres segundos me pasa por la cabeza, entera, la verdad.
Fui yo. Tenía diecinueve años. Escuché la grabación para borrarla y no la borré.
La subí porque quería que algo mío importara.
Intenté borrarla diecinueve minutos después y ya era tarde.
Llevo tres años dejándote creer que fue un desconocido.
Construí este programa entero como una manera de devolverte lo que te robé sin tener que confesártelo.
Te he mentido cada día durante tres años, y ahora, encima, me acuesto contigo.
Esa es la respuesta verdadera y la sé en el primer medio segundo.
Y en el segundo y medio restante elijo la otra.
—Qué va —digo, con una media sonrisa, ligera, restándole importancia—.
Lo intenté al principio, por curiosidad, pero la cuenta de la emisora era anónima y no había manera de rastrearla.
Se subió y ya está. Alguien que tuvo acceso al archivo de KWLU y decidió sacarlo.
Nunca se supo. —Y me encojo de hombros, y remato—: A lo mejor es mejor no saberlo. ¿Para qué? No cambiaría nada.
—Ya. Supongo que tienes razón. —Beckett vuelve a la pantalla, satisfecho, sin sospechar, cerrando el tema para siempre—. Da igual quién fuera. Al final salió bien.
Y mientras lo dice, mientras él vuelve tranquilo a su montaje habiéndose tragado mi mentira entera, yo me recojo el pelo. Me aparto el flequillo, junto el pelo atrás, cojo la goma de la muñeca y me hago la coleta, todo mientras digo «a lo mejor es mejor no saberlo», y remato la frase con el gesto.
La goma.
Lo hago sin pensar, como lo hago siempre, y a mitad del gesto me pillo haciéndolo, y me quedo helada, porque acabo de hacer exactamente lo que hizo Beckett el sábado.
Él negó con un chiste y se tocó la ceja.
Yo acabo de negar con un chiste y tocarme la goma.
La misma coreografía. El mismo tic delator.
Los dos, cada uno con nuestro gesto, mintiéndole al otro con el cuerpo mientras la boca suelta la versión cómoda.
Y él no ve mi gesto, igual que yo el sábado hice como que no veía el suyo, porque los dos preferimos las palabras a las manos, porque los dos elegimos creer la mentira del otro antes que enfrentar su verdad.
Llevo días juzgándolo por negarme en directo, sintiéndome la víctima, la traicionada, la que él pintó de mejor amiga celosa delante de cuarenta mil personas.
Y resulta que yo le hago lo mismo, pero peor, en privado, sin que me pague nadie, sin la excusa de la cláusula ni del contrato ni de los cuarenta mil testigos.
Él me negó por cobardía. Yo acabo de negarle por cobardía.
La única diferencia es que su mentira dura lo que dura un directo y la mía lleva tres años y no tiene fin a la vista.
—¿Seguimos con el corte? —dice Beckett.
—Seguimos —digo.
Y seguimos montando, hombro con hombro, dos mentirosos en una sala oscura, cada uno protegiendo su secreto del otro, sin saber —o sabiéndolo demasiado— que estamos hechos exactamente de la misma materia.
En casa, esa noche, hago algo que no debería hacer y que llevo tres años haciendo cada cierto tiempo, como quien se aprieta un moratón para comprobar que todavía duele.
Abro el archivo original.
Lo tengo guardado en una carpeta con contraseña, dentro de otra carpeta, en un rincón del disco donde no entra nadie.
El archivo de audio original de aquella noche en KWLU.
Los noventa segundos completos, sin editar, con el nombre del hospital y el apellido que le quité antes de subirlo.
La prueba del delito. Lo conservo por masoquismo y por algo peor: porque destruirlo sería como admitir que quiero olvidar lo que hice, y no me lo permito.
Lo guardo para acordarme. Para no dejar de saber, ni un día, exactamente lo que soy.
Le doy al play. Escucho a Beckett de diecinueve años romperse al teléfono, sin saber que lo grababan, sin saber que yo lo oía, sin saber que la chica del otro lado del cristal iba a convertir su peor noche en el cimiento de las dos vidas.
Escucho «no te preocupes, mamá, yo me encargo de lo que haga falta», dicho por un crío que no tenía ni idea de lo que haría falta.
Y lo escucho entero, castigándome con cada segundo, porque me lo merezco, porque es lo mínimo.
Cuando termina, abro la conversación con Beckett en el móvil. Y empiezo a escribir.
«Beckett, tengo que contarte una cosa. Es sobre el clip. Sobre cómo se subió. Llevo tres años...»
Lo miro. Veintitrés palabras. La confesión que le debo desde hace tres años, empezada por fin, a las tantas de la noche, después de haberle negado a la cara hace unas horas la misma verdad que ahora intento escribir.
Lo borro.
Lo borro porque soy una cobarde, exactamente igual que él, ni más ni menos.
Lo borro porque decirlo lo rompería todo —el programa, el contrato, lo nuestro, la imagen que tiene de mí— y porque no soy capaz, todavía no, quizá nunca.
Lo borro por las mismas razones por las que él subió el clip de negarme: porque la mentira es más cómoda que la verdad, y los dos hemos hecho de la comodidad una profesión.
Cierro el móvil. Guardo el archivo original en su carpeta con contraseña. Y me quedo a oscuras en mi cuarto, con la goma del pelo todavía puesta, la coleta con la que le mentí hace unas horas, y pienso una cosa que es la más honesta que voy a pensar en todo el día, y la más amarga.
Beckett me negó el sábado delante de cuarenta mil personas, y yo llevo días sin perdonárselo del todo.
Yo acabo de negarle esta noche, a solas, mirándolo a los ojos, sin que me pagara nadie por hacerlo.
Y eso es peor. Muchísimo peor. Porque él por lo menos tenía cuarenta mil testigos y una cláusula y un sueldo de por medio. Yo solo tenía la verdad y la ocasión perfecta de decirla, y elegí la coleta.