SAVANNAH
Capítulo
Uno
Miraba fijamente la pantalla, donde el diseño a medio terminar del logotipo para una nueva empresa de mantequilla de cacahuete natural parpadeaba ante ella.
El encargo no era especialmente difícil: orgánico, saludable, simple.
Pero cada vez que intentaba esbozar el logotipo elegante y moderno que el cliente había pedido, aparecía otra cosa en la pantalla.
No un logotipo.
Un rostro.
El rostro de un hombre.
Era guapo, de una belleza imposible. Su mandíbula fuerte, la curva de sus labios carnosos, la intensidad penetrante de sus ojos oscuros e indescifrables.
Llevaba días trazando sus rasgos casi sin darse cuenta, y que ni siquiera conociera a aquel hombre, que nunca lo hubiera visto en persona, solo empeoraba las cosas.
Cada vez que cerraba los ojos, él estaba allí, acechando sus sueños.
De pie justo fuera de su alcance, observándola con esa mirada penetrante que le provocaba escalofríos.
Se recostó en la silla y sopló con frustración, apartándose los mechones sueltos del flequillo azul desfilado que ya necesitaba un recorte.
Se moría por volver a dibujarlo, pero se obligó a concentrarse en la tarea que tenía entre manos.
La empresa de mantequilla de cacahuete le había dado un plazo.
Dos días. Tenía que dejar de dar rienda suelta a su imaginación.
Pero por mucho que lo intentara, cada trazo de líneas limpias y geométricas acababa convirtiéndose en curvas suaves, pómulos altos y ojos oscuros y sensuales.
Savannah apretó el puño alrededor del lápiz óptico y clavó la mirada en la imagen que una vez más había sustituido su trabajo.
El rostro del hombre le devolvía la mirada, como burlándose de su incapacidad para concentrarse.
—Esto es ridículo —murmuró, y dejó el lápiz óptico con un golpe seco.
Sus dedos rozaron la pantalla y, con un rápido deslizamiento, la imagen del hombre misterioso desapareció en el vacío digital. Pero no desaparecería por mucho tiempo. Lo sabía. Nunca lo hacía.
Savannah se apartó del escritorio y se puso de pie con una energía inquieta que le bullía bajo la piel.
Quedarse allí sentada no servía de nada.
Mirar la pantalla fijamente no servía de nada.
Necesitaba un descanso; no, necesitaba desahogarse.
Y solo había una cosa capaz de quemar ese tipo de energía.
Cazar demonios.
Sus hermanas, Geneva, Phoenix y Catalina, le habrían dicho que durmiera, que hiciera ejercicio en el gimnasio de casa o que meditara.
Su tía Maeve le habría soltado algún consejo ancestral de las hadas sobre el equilibrio y la paz.
Pero Savannah no quería equilibrio ni paz.
Quería la adrenalina de la caza, la emoción de perseguir la oscuridad que reptaba por las calles de Nueva Orleans.
No necesitaba decirles que iba a salir. No esa noche. Sabía cuidarse sola perfectamente. Llevaba haciéndolo el tiempo suficiente, y a veces cazar era lo único que le despejaba la mente.
Decidida, Savannah cogió la chaqueta de cuero negro que colgaba del respaldo de la silla y se la puso.
El cuero gastado era un peso reconfortante sobre los hombros.
Bajó por la estrecha escalera, atravesando la casa silenciosa.
La mansión estaba en silencio, como siempre a esas horas.
Geneva estaría en el trabajo o en su habitación.
Phoenix estaría con Griff y Catalina con Zane.
Su tía Maeve estaría haciendo lo que fuera que hiciera últimamente.
Puede que sus hermanas la hubieran perdonado por su traición, pero Savannah no.
Sus hermanas eran mucho más filosóficas, más compasivas, pero cada vez que miraba a su tía, solo veía lo que su traición les había costado.
El crujido familiar de las tablas del suelo resonó a su paso; la vieja casa respondía a cada uno de sus movimientos.
Al llegar al acceso a la azotea, subió la estrecha escalera de hierro que conducía al jardín.
La brisa nocturna la recibió cuando abrió la puerta.
El suave resplandor de las luces de la ciudad bañaba el espacio con un brillo cálido y tenue.
Desde allí, el Garden District se extendía a sus pies, con sus grandes casas y robles centenarios, pero más allá se abría la ciudad propiamente dicha, un mar reluciente de neón y sombras.
Savannah se detuvo un instante, escuchando el zumbido constante de la ciudad allá abajo.
Nueva Orleans pulsaba con vida, incluso a esas horas.
Las calles nunca estaban del todo vacías.
Siempre había alguien o algo acechando en las sombras.
Respiró hondo y notó que la tensión de los músculos se aliviaba un poco.
Allí arriba, el aire era más limpio, el ruido del mundo más suave, distante.
Pero no bastaba para calmar la energía inquieta que la consumía. Necesitaba moverse.
Con un solo pensamiento, invocó su magia feérica y sintió la oleada familiar de poder recorrerle las venas.
Sus alas —finas como gasa, con un débil resplandor de la energía del reino feérico— se desplegaron desde su espalda y relucieron a la luz de la luna.
La sangre feérica que corría por sus venas respondió con ansia a la llamada de la noche; su poder se entrelazó con la niebla que se elevaba del suelo y amplificó la fuerza de sus extremidades.
Con un poderoso batir de alas, Savannah se lanzó al aire.
La ciudad se desplegó bajo ella mientras volaba.
El aire fresco de la noche le azotaba el pelo corto y de punta mientras sobrevolaba los tejados, con los ojos agudos rastreando las calles en busca de cualquier señal de movimiento, de oscuridad.
La ciudad siempre se sentía diferente desde arriba, más viva, pero inquietantemente silenciosa a la vez.
Savannah dejó que sus sentidos se expandieran, buscando el parpadeo revelador de energía demoníaca.
No tardaría mucho en encontrar algo. Nueva Orleans siempre había sido un imán para lo sobrenatural, y esa noche parecía que algo esperaba en las sombras, acechando justo fuera de su vista.
El corazón se le aceleró a medida que la adrenalina comenzaba a apoderarse de ella. Esto era lo que necesitaba. No sueños con un hombre al que no lograba identificar, no los confines de su trabajo de diseño gráfico, sino esto: la emoción de la caza.
El horizonte del Barrio Francés apareció ante ella, con sus calles serpenteantes y su encanto de viejo mundo ocultando todo tipo de secretos.
Las alas de Savannah batían con ritmo constante mientras descendía.
Entornó los ojos al sentir una débil ondulación de energía oscura bajo ella.
Se quedó suspendida en el aire un momento; el pulso se le aceleró mientras localizaba la fuente.
Perfecto.
Con una exhalación lenta, Savannah descendió. La emoción de la pelea inminente le pulsaba en las venas.
El bajo de la calle le palpitaba en el cuerpo, un latido incesante que coincidía con la energía frenética de la pista de baile abarrotada.
Las luces estroboscópicas cortaban la neblina de sudor y humo, pintando los cuerpos que se retorcían con destellos de azul eléctrico, rosa fluorescente y verde ácido.
A ojos de cualquiera, era solo otra noche en Pulse, uno de los clubes clandestinos más populares de Nueva Orleans.
Pero Savannah no estaba allí por la música ni por las bebidas caras.
Estaba cazando.
Apoyada en la barra, Savannah dio un sorbo a su mojito sin alcohol mientras recorría la multitud con la mirada.
Su pelo azul pálido y su corte corto y desfilado la ayudaban a pasar desapercibida entre los asiduos del club y las víctimas de la moda.
Nadie se fijaba en el brillo que de vez en cuando ondulaba bajo su chaqueta de cuero corta.
En un lugar como aquel, unas alas de hada iridiscentes difícilmente eran lo más raro que se podía ver.
—Hola, preciosa —le susurró una voz pastosa al oído—. ¿Puedo invitarte a una copa?
Savannah se giró y se encontró cara a cara con un hombre que apestaba a colonia cara y a demasiado vodka. Le dedicó una sonrisa tensa.
—Estoy bien, gracias.
El hombre frunció el ceño, tambaleándose ligeramente.
—Vamos, no seas así.
Cuando él extendió la mano hacia su brazo, Savannah captó otro olor bajo el alcohol y la colonia: un tufo a azufre y carne podrida. Entrecerró los ojos.
—He dicho —repitió, con la voz convertida en un ronroneo peligroso— que estoy bien.
El glamur que rodeaba al hombre parpadeó por un momento y dejó entrever un destello de piel gris moteada y colmillos amarillentos. Los ojos del demonio se abrieron de par en par, llenos de reconocimiento y miedo.
—Mierda —siseó—. Eres una de ellas…
Antes de que Savannah pudiera reaccionar, el demonio la empujó con fuerza y la hizo trastabillar hacia atrás contra la barra. Para cuando recuperó el equilibrio, él había desaparecido entre la multitud.
—Maldición —murmuró Savannah. Apuró lo que quedaba de su bebida y salió tras su presa, abriéndose paso entre la masa de bailarines con gracia sobrenatural.
Divisó al demonio cerca de la salida, con su disfraz humano de nuevo en su sitio. Cuando este alcanzó la puerta, la mano de Savannah salió disparada y le agarró la muñeca. El demonio se giró con un gruñido y el rostro se le contorsionó en algo inhumano.
—Vaya, vaya —dijo Savannah mientras su mano libre se deslizaba dentro de la chaqueta para agarrar una de sus pistolas—. ¿Esa es forma de tratar a una dama?
Los ojos del demonio se movieron frenéticos en busca de una vía de escape. Al no encontrar ninguna, se lanzó contra Savannah a una velocidad imposible, con las garras extendidas. Pero Savannah fue más rápida. Esquivó el ataque y usó el impulso del demonio para estrellarlo de cara contra la pared.
—Estás montando una escena —le siseó al oído—. Afuera. Ahora.