23 Jules
La atmósfera en la carpa principal es eléctrica. Aunque el carnaval lleva ya unos días en la ciudad, el interés no parece decaer. Supongo que es mérito del talento de los hermanos para el espectáculo.
Pero la multitud no sabe que este carnaval alberga a un sectario capturado. No saben que el maestro de ceremonias que golpea su bastón —un bastón que usó para hacerme correr anoche— contra las tablas del escenario pronto orquestará una actuación muy distinta.
Elias domina el espacio. Los focos lo siguen mientras su voz resuena, presentando cada número. El fuego florece en las manos de Logan. Los cuchillos de Cole lanzan destellos plateados. Silas engaña los ojos del público, que jadea incrédulo.
Y durante todo el espectáculo, el maestro de ceremonias me observa. Lo siento.
Sé que tienen a alguien apostado en la salida por si intento escapar.
Pero apenas me lo planteo. He visto suficiente en los archivos para creer que esta horrible secta existió.
Y he sentido tanto con Elias que no quiero alejarme de esto.
Una pasión como la nuestra no surge a menudo, y nunca pensé que la experimentaría yo misma. No con mi pasado…
Sin embargo, cada ovación de la multitud me oprime el pecho. Porque sé que cuando caiga el último telón… el verdadero espectáculo está a punto de comenzar.
Cuando la multitud se dispersa entre risas, las máscaras desaparecen.
—¿Estás lista, Pequeño Zafiro? —me pregunta Elias mientras me conduce a una caravana discreta entre los remolques de equipamiento.
Mi pulso martillea. Ya no hay más huidas, no más juegos.
—Sí —digo, orgullosa de que mi voz solo tiemble un poco.
La caravana parece diminuta con todos nosotros dentro. Parece la cámara de tortura perfecta. Hay una mesa metálica, un desagüe en el suelo y mucho plástico protector. Las luces son tenues, las ventanas están tapadas.
Ezekiel Moore está atado a una silla cerca del desagüe. Tiene el rostro hinchado y el trapo que lo amordaza está manchado de sangre, pero sigue consciente.
Cuando me ve, algo destella en sus ojos.
Reconozco la esperanza. Probablemente piensa que la sensibilidad de una mujer sería demasiado delicada para la tortura, que convenceré a los chicos de que lo dejen ir.
¿Pero después de lo que he visto anoche?
Solo necesito pruebas. Siempre necesito pruebas antes de lanzarme con una historia.
Acerco una silla limpia, me siento y cruzo las piernas. Le hago un gesto a Jonah, que está de pie junto a Ezekiel.
—¿Puedes quitarle la mordaza, por favor? Quiero hacerle algunas preguntas.
Jonah mira detrás de mí y debe de recibir la aprobación que busca, porque baja el trapo que amordaza al sectario.
—Señorita —comienza Ezekiel, con los ojos huecos clavados en mí, suplicantes—. Todo esto es un malentendido. No sé por qué estos hombres me han secuestrado. Por favor. Haga lo cristiano y persuádalos de que me dejen ir. Le prometo que no diré nada de esto a nadie.
Inclino la cabeza mientras se me revuelve el estómago ante sus palabras. Lo cristiano.
—Señor Moore —digo con calma, con las manos entrelazadas en el regazo para que no me tiemblen—. Soy periodista.
Su mandíbula se tensa casi imperceptiblemente, y le ofrezco una sonrisa cortés.
—Lo que significa que no me ocupo de malentendidos. Trabajo con documentación. Declaraciones de testigos. Hechos.
Sus ojos se entrecierran, tanto como la hinchazón se lo permite. Bien.
—He leído informes policiales —continúo—. He visto registros de propiedades. He visto las fotografías.
Su respiración cambia. Sutil, pero lo noto.
—Estos hombres piensan que usted es un Profeta del Santuario de las Cenizas. Pero tal vez estén equivocados —agradezco que algunos de los hermanos solo se remuevan, sin interrumpirme—. Tal vez usted simplemente fue… arrastrado a algo.
—Nunca fui un Profeta —dice rápidamente, demasiado rápido, y Silas resopla—. Eso fue una calumnia difundida por los enemigos de la iglesia.
Asiento lentamente, como si me lo estuviera pensando.
—¿Entonces solo era un feligrés? —pregunto.
—Sí.
—¿Y los rituales? —presiono con suavidad—. ¿El ayuno? ¿Las ceremonias de purificación?
—Todo simbólico —dice, recuperando algo de compostura—. Disciplina espiritual. Los niños de hoy carecen de estructura. Nosotros se la proporcionábamos.
Dejo que el silencio se instale. Los periodistas conocemos este truco: la gente se apresura a llenar el silencio.
Él lo hace.
—Nos malinterpretaron —continúa, ganando confianza—. Estábamos preparando almas para la salvación.
—¿Mediante el aislamiento? —pregunto con suavidad—. ¿La privación de alimentos? ¿El castigo corporal?
Levanta la barbilla.
—La letra con sangre entra.
Cole se remueve detrás de mí, pero lo ignoro.
—Así que cree que la disciplina física es necesaria —digo pensativa—. Justificada bíblicamente.
—Sí.
—¿Y quién determinaba la severidad? —pregunto—. ¿Usted?
—No —espeta—. El consejo.
—Había un consejo —digo en voz baja.
Se queda paralizado. Solo un segundo. Voy por buen camino.
—¿Y quién formaba parte de ese consejo? —pregunto.
Moore duda.
—Yo… no recuerdo los nombres.
—¿No recuerda los nombres de los hombres que gobernaban su iglesia?
Aprieta los labios y mira a Elias. Me inclino un poco hacia delante.
—Dijo que no era un Profeta —digo en voz baja—. Pero sabe que había un consejo. Y que se tomaban decisiones de gobierno. Y que se discutía la severidad de los castigos.
Su respiración se vuelve más agitada.
—Nunca lastimé a nadie —dice de repente.
—Mentiroso —gruñe Logan—. Zach murió de hemorragia interna la noche que escapamos. Fuiste tú. ¡Tenía cinco años, maldito cabrón!
Rowe pone una mano en el hombro de Logan; el tejido cicatricial de sus antebrazos se marca bajo la tenue luz.
La bilis me sube a la garganta, pero la trago y me deja una horrible quemazón. Respiro hondo dos veces para recomponerme.
—¿Nunca lastimó a nadie? —repito en voz baja cuando puedo volver a hablar.
—No.
—¿Y el niño de cinco años? —pregunto—. ¿Zach?
Su rostro se vacía de expresión mientras la respiración de Logan se vuelve audible.
—No sé de qué me habla.
Asiento despacio.
—De acuerdo —digo con calma—. Enfoquémoslo de otra manera.
Ezekiel se relaja un poco. No debería.
—Voy a decir un nombre —continúo—. Dígame si lo reconoce.
Me mira fijamente.
—Abel Hawthorne. Peter Kane. John Fields.
Nada.
—Samuel Harlan.
Se le tensa la mandíbula. A mi lado, Rowe deja escapar un gemido y se aleja de su volátil gemelo, retrocediendo hacia las sombras.
—Ya está —murmuro.
—No lo conozco —espeta Ezekiel.
—No le he preguntado si lo conocía —digo sin alterarme—. Le he preguntado si reconocía el nombre.
Silencio.
Me recuesto en la silla.
—Solo necesito entender la jerarquía.
Moore traga saliva.
—¿Jerarquía? —repite.
—Sí. Quién tomaba las decisiones. Quién daba el visto bueno. Quién aprobaba las… ofrendas. Usted no estaba en la cúspide —digo con suavidad—. No parece un visionario. Parece un seguidor. Un administrador.
Eso le duele. Los hombres como él odian sentirse insignificantes.
—Yo no era un seguidor —dice bruscamente.
Ladeo la cabeza.
—¿No?
—No.
—¿Entonces lideraba?
Las aletas de la nariz se le dilatan.
—Usted daba el visto bueno a los rituales —continúo en voz baja—. ¿Verdad?
Cuando no responde, cambio de táctica otra vez.
—Les dijo a esos niños que el dolor era devoción —continúo—. ¿Lo creía?
Aparta la mirada y carraspea.
—Sí.
—Creía que el dolor purificaba —susurro—. Que el sufrimiento era sagrado.
—Sí —repite, pero esta vez con menos vacilación—. El cuerpo es débil. La carne debe ser disciplinada.
—¿Y los niños? —pregunto.
No responde enseguida, así que reformulo la pregunta.
—Los niños son los recipientes más puros, ¿no? Más cercanos a Dios. Más moldeables.
Aprieta los labios.
—Sí.
Me cuesta mantener la expresión neutra.
—¿Y cuando un recipiente es impuro? —continúo con suavidad—. ¿Cuando se resiste?
—Debe ser corregido.
—¿Cómo corrigió a Zach? ¿Al niño de cinco años? —pregunto con calma.
—¡No había ningún niño de cinco años! —espeta Ezekiel mientras tira de las ataduras.
Silas chasquea la lengua.
—¿Qué hacemos aquí? Esto no lleva a ninguna parte. Es hora de hacerlo sangrar, Elias.
Me vuelvo hacia mi… ¿amante? ¿Es eso lo que es? Elias busca algo en mis ojos antes de asentir.
—Deja que continúe —decreta, y Logan resopla con rabia.
Me muerdo los labios antes de seguir con el interrogatorio.
—¿Entonces no había niños de cinco años en su iglesia?
—¿Qué? —Ezekiel se revuelve—. ¡Está tergiversando mis palabras!
—¿No era un Profeta? —pregunto de nuevo.
—No.
—¿No estaba en el consejo?
—No.
—¿No supervisaba los castigos?
—No.
—¿No aprobaba los rituales?
Le arden los ojos.
—Nunca los toqué.
—No los tocaste —repito despacio—. Entonces alguien lo hizo. ¿Y tú mirabas?
Se le contrae el rostro.
—No entiendes el pacto —susurra.
Algo ha cambiado en él. Ya no está a la defensiva: ahora es fervor puro.
—Explícamelo —digo con suavidad.
Moore me escudriña el rostro buscando algo. Quizás juicio, asco, condena. Llevo suficientes años de reportera para saber cómo mostrar únicamente curiosidad.
—El pecado entra por la carne —dice con voz ronca—. Hay que extirparlo. Quemarlo. Romperlo.
Se me cierra la garganta.
—¿Y los niños cargan con el pecado heredado? —pregunto.
—Sí.
—¿Y el dolor lo expulsa?
—Sí.
—¿Y la sangre sella el pacto? —insisto.
Se le dilatan las pupilas.
—Sí.
Ahí está. A pesar de las ataduras, los moretones, la humillación, su asqueroso camisón se levanta obscenamente sobre su erección.
Oigo a Marek exhalar detrás de mí, siento la mirada de Elias clavada en mi nuca.
—Aprobaste el pacto —digo en voz baja, luchando por acabar con esto antes de vomitar.
—Lo salvaguardé —susurra Ezekiel.
—¿Y qué pasaba cuando un recipiente se resistía? —pregunto—. ¿Qué pasaba cuando un niño gritaba?
Se le endurece el rostro.
—Se les recordaba que la obediencia trae la salvación.
—¿Cómo?
Se le acelera la respiración.
—Los inmovilizaban.
—¿Cómo?
—Atados.
Se me revuelve el estómago con más fuerza.
—¿Y luego?
Cierra los ojos.
—Los corregían.
—¿Con qué? —susurro.
Le tiemblan los labios y se los humedece con la lengua.
—Con lo que fuera necesario.
—¿Y el bebé? —insisto—. Vi las fotos.
Abre los ojos de golpe.
—La madre estaba contaminada —espeta de repente—. Era impura.
La habitación queda en silencio absoluto.
—Fue elegida —continúa, y su voz va cobrando fuerza—. Su vientre quedó comprometido por contaminación externa.
—Contaminación externa —repito débilmente.
—Dejó que la tocara un hombre que no estaba autorizado. El niño cargaba con el pecado.
Se me hielan las manos.
—Así que lo extrajiste —digo.
Levanta la barbilla.
—Preservamos la santidad del pacto.
Lo miro fijamente.
—Le arrancaste un bebé del cuerpo.
—Fue misericordia —sisea—. Mejor que dejar que la corrupción se extendiera.
La palabra misericordia me quiebra algo en el pecho. No me doy cuenta de que estoy temblando hasta que la mano de Elias se posa suavemente sobre mi hombro.
—¿Es suficiente, Pequeño Zafiro? —pregunta con los labios junto a mi oído, su aliento cálido contra mi piel helada.
—Sí —digo con decisión. La reportera que hay en mí está satisfecha. La otra parte de mí, ¿la superviviente de mi propia pesadilla? Esa quiere sangre.
Me levanto y aparto la silla antes de extender una mano temblorosa hacia Cole.
—¿Me prestas un cuchillo, por favor?
El lanzador de cuchillos parpadea y luego esboza una sonrisa lenta.
—¿Qué tipo necesitas, Azul?
—Algo bueno para extirpar apéndices viles.
Logan silba y se recuesta contra la pared del remolque.
—El pajarito tiene fuego. Me gusta.
—No le cortes la polla, se desangrará demasiado rápido —comenta Silas, como si me estuviera dando consejos sobre qué ropa elegir en un día lluvioso—. Queremos que dure un poco.
Frunzo el ceño y miro el cuchillo dentado que Cole me ha puesto en la mano mientras Ezekiel grita indignado.
—Bien —digo por encima de los chillidos del sectario—. Le cortaré los huevos en su lugar. ¿Alguien puede sujetárselos?
—Nunca más voy a tocar los genitales de un Profeta —dice Rowe desde su rincón, con voz hueca.
—Yo lo hago —dice Cole alegremente—. Me encanta una castración antes de dormir.
—Yo cauterizaré la herida —ofrece Logan casualmente—. Quiero hacerle confesar lo que le hizo a Zach antes de que muera.
—Todavía está duro —dice Marek a nadie y a todos.
—No por mucho tiempo —se ríe Elias—. No después de que mi Joya termine con él.
—No lo sabes —retumba Jonah—. Podría gustarle esta mierda.
—Es demasiado mayor y del género equivocado para sus gustos —escupe Logan.
—¡Están todos locos! —grita Ezekiel—. ¡Arderán en el infierno por esto!
Me inclino sobre su silla para que vea el cuchillo con el que pienso convertirlo en soprano.
—Tú llegarás primero —susurro—. Guárdanos un asiento.