Luna renace (Libro 1) CAPÍTULO 131
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CAPÍTULO 131

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(Punto de vista del autor)

Thane pinchó un trozo de fruta con el tenedor y lo masticó despacio.

Tragó y luego dejó el tenedor sin prisa alguna.

—Eso funcionaría con otra —dijo—. Con Aria, no.

La conocía demasiado bien. Era terca hasta la médula. En el momento en que alguien la hería de verdad, cerraba la puerta y no la volvía a abrir jamás. Ronan era la prueba.

En el fondo, no deseaba otra cosa que tenerla cerca. Hacerla suya y de nadie más. Logan lo presionaba cada día, inquieto y hambriento.

Pero si iba demasiado rápido, ella se apartaría. Y le guardaría rencor por ello.

Así que se contenía. Si quería llegarle al corazón, tendría que hacerlo paso a paso, con cuidado.

Connor chasqueó la lengua dos veces.

—Mírate. Tranquilo. Sereno. Cualquiera que no te conociera pensaría que ya la tienes conquistada.

Thane le lanzó una mirada de reojo.

—¿No tienes nada mejor que hacer?

Connor se irguió al instante.

—Muchísimo que hacer. Ocupadísimo. Tú sigue con la fruta, jefe, que no te interrumpo.

Salió por la puerta en tres segundos clavados.

Porque una broma era una broma, pero Thane seguía siendo un hombre capaz de acabar con cien lobos incluso tumbado en una cama de hospital. Connor era joven. Y pensaba seguir siéndolo.

(Punto de vista de Aria)

—¿Preston tiene la mano rota?

Había ido a la oficina de los guardianes de la manada a preguntar por el caso del aparcamiento. No esperaba oír algo así.

El guardián me contó que había ocurrido la noche anterior. Otro lobo del bloque de detención se había peleado con Preston. Preston no tuvo ninguna posibilidad. Le rompieron la mano y después el otro lobo le bajó los pantalones delante de todo el bloque.

El guardián se detuvo y escupió al suelo.

—¿Sinceramente? Se lo tenía merecido. Ese hombre lleva años abusando de su posición.

Lo escuché todo mientras mi cabeza se iba por otro camino.

Romperle la mano no bastaba. Bajarle los pantalones delante de todos, eso había sido deliberado. Eso estaba pensado para humillarlo del todo, para arrancarle cada pizca de dignidad que le quedara allí dentro.

No hacía falta adivinar quién lo había organizado.

Kai.

Cada día le debía más.

Salí de la oficina de los guardianes y compré la cena de camino al hospital.

Una ración para el abuelo, otra para la madre adoptiva de Nora.

Nora seguía ingresada y su madre adoptiva ya tenía una auxiliar de enfermería con ella.

Nora me había pedido que le transmitiera un mensaje: que la habían enviado fuera de la ciudad por trabajo, para que su madre adoptiva no se preocupara.

Apenas había salido del coche cuando vi a Agnes rondando cerca de la entrada del hospital.

El guardián que vigilaba la planta del abuelo había mencionado que aparecía con frecuencia. No sabía qué buscaba, pero nunca era nada bueno.

Me vio. Algo afilado y feo le cruzó el rostro antes de que lo disimulara y viniera hacia mí con una sonrisa.

—¡Aria! Hacía tiempo que no te veía.

La miré sin cambiar de expresión.

—¿Qué quieres? ¿Vienes a pedir que te deje volver a la casa de la manada o a pedirme que retire los cargos contra Victor?

Las dos cosas dieron en el blanco. La sonrisa se le quedó rígida en los bordes.

—Solo he venido a visitar a Richard —dijo—. No tiene nada de complicado.

Ladeé la cabeza.

—¿Tú misma te lo crees?

Se le enfrió un poco el tono.

—Estoy siendo educada. He venido de buena fe. ¿A qué viene esa actitud?

—Sé que me odias —dije—. No hace falta que finjas lo contrario. No voy a dejar que veas al abuelo. Puedes irte.

Su cara cambió por completo.

—Victor es sobrino de sangre de Richard —espetó—. Y yo soy la compañera de Victor. ¿Qué hay de malo en que lo visite? Me preocupa su estado.

Sonreí, pero no había nada cálido en esa sonrisa.

—Victor le echó acónito a escondidas en la bebida al abuelo, en el banquete de cumpleaños. Estuvo a punto de fallarle el corazón. No me digas que no tenías ni idea.

—Todavía no tengo pruebas contra ti —dije—, pero las tendré. Y cuando las tenga, te reunirás con Victor en esa celda.

Agnes se puso roja hasta el cuello.

—Pequeña desagradecida... ¿destruyes a mi marido y ahora vienes a por mí?

La rodeé y seguí caminando.

—¡Ahora te crees intocable! —me gritó a la espalda—. ¡Espera a que te saque de ese puesto de heredera! ¡Entonces no serás nadie!

No miré atrás. Entré en el edificio y dejé que las puertas se cerraran tras de mí.

Arriba, la madre adoptiva de Nora no se tragó mi historia.

—¿Está en problemas? —preguntó, sin dejar de observarme la cara—. Dime la verdad.

La tranquilicé tres veces. Nora estaba bien. Solo que ahora mismo no podía venir en persona.

La mujer se quedó callada un buen rato. Después dijo:

—Dile que vuelva pronto. Si no vuelve, dejo el tratamiento.

No tenía ninguna buena respuesta para eso. Le pasé el mensaje a Nora palabra por palabra. Nora estuvo a punto de entrar en pánico. Pero no podía hacer otra cosa que aguantar y recuperarse lo antes posible.

Los días siguientes cayeron en una rutina.

Cada mañana le llevaba el desayuno a Kai al hospital. Una tarde, Oliver me entregó un sobre del Tribunal del Condado de Denver. El plazo de espera de noventa y un días había terminado. El divorcio era definitivo. No hacía falta comparecer de nuevo.

Lo guardé en el mismo cajón que la notificación de destitución del Consejo Alpha. Chloe ni se movió.

Tenía los días a rebosar. El trabajo de desarrollo del territorio para Ravenshade. Las visitas al abuelo. Las llamadas periódicas del abogado que llevaba el caso de Victor. Apenas dormía.

La mañana en que entré en la habitación de Kai y bostecé tres veces seguidas, se dio cuenta al instante.

—Ve a tumbarte —dijo, señalando con la cabeza el catre que había junto a la pared—. Tienes cara de no haber dormido en días.

—Estoy bien —dije—. Descanso aquí un momento y ya está.

Apoyé los brazos cruzados en la mesilla y dejé caer la cabeza encima.

(Punto de vista del autor)

La tarde en que Aria la echó, Agnes se había quedado plantada en la entrada del hospital, echando humo un buen rato.

Estaba a punto de marcharse cuando un carro de la lavandería salió rodando por una puerta lateral y le dio un golpe tan fuerte que la hizo trastabillar.

Se revolvió al instante contra el joven auxiliar que lo empujaba. Era nuevo. Se disculpó una y otra vez sin decir ni una palabra en su defensa.

Agnes le soltó unos cuantos insultos bien escogidos y se quedó un poco más a gusto.

Echó un vistazo al carro.

Encima del montón había una funda de almohada. Unos pelos canosos se habían quedado prendidos en la tela: la habían cambiado en el cuarto de Richard.

Se quedó mirándola fijamente.

Había estado tan obsesionada con cruzar esa puerta que se le había olvidado.

No necesitaba entrar en la habitación. Solo necesitaba una muestra.

Y el olfato de los lobos no servía de nada con los linajes: el olor de Aria siempre había sido demasiado tenue para leerlo con claridad. Pero el ADN no mentía.

Con esto se podían verificar ciertas líneas de sangre.

Y, una vez verificadas, puede que Aria no tuviera ese puesto de heredera tan atado como creía.

Días más tarde, en la habitación de Thane en Mercy General, Aria se había quedado dormida sobre la mesilla en cuestión de minutos. Respiraba despacio, con un ritmo regular.

Thane dejó el bol de sopa y se volvió a mirarla.

La luz de la mañana le caía suave sobre un lado de la cara. Así parecía otra persona. La dureza que arrastraba en cada hora de vigilia había desaparecido. Lo que quedaba era algo más sereno. Sin defensas.

No tenía muchas ocasiones de verla así.

La última vez fue cuando envenenaron a Richard y lo llevaron de urgencia a la UCI.

Estaba con fiebre. Se pasó un día entero durmiendo en el cuarto de él, y él no se movió de su lado en todo ese tiempo; luego salió sin hacer ruido justo antes de que despertara, porque no quería que se sintiera incómoda al encontrarlo allí.

Todo lo que hacía por ella, lo hacía así. Con cuidado. En silencio. Cuidando de que nunca se sintiera agobiada.

Ahora la miraba a ella, al mechón suelto que le había caído sobre la mejilla, y alargó la mano despacio. Las puntas de los dedos apenas le rozaron el extremo.

—¿Por qué te matas a trabajar —dijo en voz baja— y no me pides ayuda ni una sola vez?

En su pecho, Logan soltó un gruñido bajo y retumbante. Paciencia.

Entonces sonó una voz desde la puerta. Dura y gélida.

—¿Interrumpo algo?

Ronan estaba sentado en su silla de ruedas en el umbral, con los ojos grises clavados en la mano extendida de Thane.

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