Luces, cámara, amor KAI
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Bea

Cerré la puerta con un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. El día había sido largo. Lleno de reuniones, decisiones, tareas pendientes, discusiones técnicas y ajustes de última hora. Todo lo que amaba de mi trabajo… pero también todo lo que me drenaba hasta la última gota de energía.

Me lavé la cara con agua fría y revisé el teléfono casi por costumbre. La mayoría de las notificaciones eran del grupo de producción: horarios, ajustes, mensajes impersonales. Hasta que apareció uno distinto:

Hoy no te vi. ¿Qué tal tu día?

Me quedé mirando la pantalla un momento. No era un poema ni una declaración, pero tampoco era cualquier cosa. Si no me había visto, era porque me había buscado, y si me preguntaba por mi día, era porque quería saberlo. ¿No?

Me apoyé en el borde del lavamanos, mirando mi reflejo en el espejo y pensé en el almuerzo. En las risas, en lo fácil que parecía todo para los demás. En lo sencillo que él parecía con todo el mundo.

¿Me escribía porque era yo, o porque él era así?

El pulgar me quedó suspendido sobre la pantalla. Estuve a punto de escribir algo irónico o defensivo. Algo que no revelara que llevo todo el día sin sacarlo de mi cabeza.

BEA:

Intenso… pero bien.

Lo envié, apagué la luz y me acosté con el corazón latiendo con esa sensación rara de no saber si estaba siendo prudente o cobarde.

BEA:

¿Y tú?