Loto rojo Capítulo 1
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Loto rojo

Loto rojo

Por Clara Mendívil

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Capítulo 1

S u junco estaba amarrado en el puerto, no lejos de allí.

Hubimos de caminar poco para llegar al que a partir de entonces sería mi hogar.

Era enorme, puede que la embarcación más grande que hubiera visto nunca, a excepción de los formidables buques de los comerciantes europeos.

En comparación, el burdel parecía una casa de muñecas.

¡Y yo que había pensado que era espacioso!

—Vaya, ¡es gigantesco! —exclamé. Cheng Yi soltó una de sus explosivas carcajadas.

—Pues claro. El Dragón Celestial es la nave insignia de mi flota y tiene que demostrar mi poderío.

Subimos a bordo por una escala y pronto me di cuenta de que mis preciosos vestidos de seda no eran lo más adecuado para ese entorno.

Cheng Yi me condujo a su camarote, que era inmenso, e indicó que dejaran allí mi equipaje.

Luego salimos a cubierta: aquello era una fiesta, con las familias de los piratas a bordo y las nuevas mujeres que se acababan de incorporar presentándose a las demás.

Vi a mis compañeras entablar conversación con otras esposas y a críos corretear entre ellas.

—¿Esto es siempre así? —pregunté un poco aturdida.

—Normalmente es todo más ordenado, pero sí.

—Pero ¿toda esta gente vive a bordo?

—Desde luego. No iba a ser el único en traer a su esposa. —Cheng Yi miró con orgullo a su gente—. Mis hombres, si lo desean, tienen a sus familias con ellos, niños incluidos.

—¿Eso no dificulta las cosas?

—Pasamos mucho tiempo en el mar, amada mía —dijo él tomando mi mano y recorriendo mis dedos con los suyos—.

A veces no pisamos tierra durante meses más que para aprovisionarnos.

Tener a la familia cerca calma los ánimos de los hombres y les da sensación de normalidad.

Además —me guiñó un ojo—, cuando se acerca la batalla nadie lucha más fieramente que quien tiene que defender no solo su vida o su barco, sino la vida de todos los suyos.

—Entiendo. Es muy inteligente por tu parte, así serán fieros en la batalla y agradecidos en la paz.

—Exacto. —Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro—. Captas rápido las cosas. Pronto estarás al tanto de todo.

—¡Padre!

Un joven apareció entre la multitud. Llevaba unos pantalones de tela anudados e iba sin camiseta.

Era delgado, pero fuerte. Podía observar los músculos moverse bajo la piel tostada y brillante.

Me sorprendió su pelo: lo llevaba a la altura de los hombros, suelto y sin rapar por la parte delantera.

Contravenía las leyes y podría haber acabado en la cárcel si un guardia le hubiera visto despreciando el estilo manchú de esa manera.

Claro que, por otra parte, si un guardia lo detuviera el corte de pelo sería el menor de sus problemas.

Y en un barco pirata era lógico encontrar rebeldía a la autoridad.

Un rápido vistazo a mi alrededor me enseñó que allí la gente no seguía las leyes y vestía y se arreglaba como le apetecía.

—¡Padre! —repitió, y entonces comprobé que se acercaba a nosotros. Llevaba un crucifijo colgado al cuello, algo que solo había visto en los occidentales, pero no tuve tiempo de hacerme preguntas. Cheng Yi abrió los brazos.

—¡Hijo mío!

Se fundieron en un abrazo. Cuando se separaron, Cheng Yi se apartó un poco y nos dejó frente a frente. El joven me miró con curiosidad.

—Chang Pao Tsai, te presento a Cheng I Sao. A partir de ahora será tu madre.

—¿Os habéis casado? —Frunció ligeramente el ceño y temí que me diera problemas.

—¡Por supuesto que no! —contestó Yi con los brazos en jarras—. Jamás haría eso sin que tú estuvieras delante. —El joven relajó el gesto y respiré aliviada al ver que yo no era lo que le preocupaba—. Buscaremos un sacerdote y celebraremos la ceremonia a bordo mañana mismo.

—¿Mañana? —pregunté con sorpresa. No sé por qué, no esperaba que todo fuese a realizarse tan rápido.

—Mi padre nunca deja escapar lo que le interesa —dijo Pao Tsai inclinándose ante mí—. Es un placer conocerte, madre.

Yi cumplió su promesa. A la mañana siguiente trajo un sacerdote del templo más cercano, subió a bordo a su madre y a sus hermanos y, allí mismo, frente a toda la tripulación y a los dioses, nos casamos.

También lo hicieron las nuevas parejas y luego Cheng Yi ofreció un banquete memorable a toda la tripulación.

Su flota estaba formada por muchos hombres, era materialmente imposible que todos estuvieran en el mismo barco, pero sí que reunió a los capitanes de cada sección de la flota y a todos los que iban a contraer matrimonio.

Ordenó llevar pasteles y licor al resto de barcos que se encontraban cerca, y así se encargó de que todo el mundo supiera que se había unido en matrimonio y de que conociera el nombre de su esposa.

Por la tarde, antes de que cada capitán regresara a su navío, Yi había convocado un consejo.

Yo acudí a él aguantando con indiferencia las miradas de sorpresa e incluso desaprobación de muchos de aquellos hombres.

Se sentaron alrededor de la mesa y Cheng Yi ocupó su lugar en el cabecero, con su hijo a su derecha. Yo me quedé de pie tras él.

—Todos conocéis ya a Cheng I Sao —comenzó.

Las felicitaciones se sucedieron entre los presentes envueltas en un halo de inquietud más que evidente por lo que fuera a decir ahora el comandante supremo de toda la flota—.

Cheng I Sao no solo es mi esposa. De ahora en adelante ella y yo compartiremos el mando efectivo: el liderazgo, la propiedad y la dirección de toda la flota de la bandera roja es ahora de ambos.

—Los murmullos cesaron y todo el mundo se quedó en un silencio perplejo y congelado—.

Esto quiere decir que a partir de ahora le deberéis el mismo respeto y obediencia que me debéis a mí.

Y entonces se desató el infierno. Todos comenzaron a gritar tratando de que su opinión se escuchara por encima de la del resto.

—¡Es una vergüenza! —gritó uno con pelo corto y sombrero de campesino.

—¡Me niego a deberle obediencia a una mujer! —declaró otro hombre cuya trenza se agitaba con violencia al mismo ritmo que movía la cabeza para subrayar su descontento—. ¡Seremos el hazmerreír del imperio!

Los puñetazos en la mesa, los aspavientos y gritos continuaron.

Muchos de aquellos hombres tenían las caras congestionadas y coloradas, y escupían al gritar.

Solo mi marido y Pao Tsai se mantenían sentados y tranquilos.

Pronto, Cheng Yi decidió que era momento de tomar el mando.

Se levantó y dio un fuerte golpe con la mano en la mesa.

—¡Silencio! —gritó con fuerza.

Todos callaron como si hubiera hablado el mismísimo emperador y se quedaron mirando a su capitán.

—¿Os he fallado alguna vez? —preguntó mi marido sin levantar la voz.

Nadie contestó—. ¿Acaso no nos he convertido en la mayor flota pirata que jamás haya existido?

¡Contestadme! —gritó. Los murmullos de asentimiento se convirtieron en voces altas y claras que agradecían su mando.

Él asintió con la cara seria—. Todos vosotros eráis capitanes mediocres que se ganaban la vida asaltando pesqueros humildes y pequeños mercantes.

Apenas teníais suficiente para comer, y entonces aparecí yo.

Sí, ya sé que algunos eráis más que eso —añadió cuando vio el gesto de disgusto de un hombre situado justo a su izquierda, vestido como un rico comerciante al estilo manchú y con bigotes que caían a los lados de su cara como colas de rata—.

O Po Tae, tú tenías tu propia flota, pero debes admitir que tampoco eras el rey del mar.

Y llegué yo, Cheng Yi, con mis barcos, mis ideas y mi fuerza.

Me jurasteis lealtad y obediencia, me convertisteis en vuestro líder y yo a cambio os prometí que seríamos la flota pirata más temida del mar del sur de China.

¡Os prometí que hasta el mismísimo emperador temblaría al oír nuestro nombre!

Y ¿acaso no ha sido así? —Sus manos se movían en el aire dando fuerza al discurso.

Yo me sentí muy orgullosa de él y de aquello que representaba—.

¿No ha sido así? —repitió mirando a su alrededor.

Cuando vio los asentimientos, gruñó satisfecho y continuó—.

Y si os he comandado con tanto éxito, si solo nombrar la Armada de la Bandera Roja hace que nuestros enemigos se echen a temblar, ¿por qué me cuestionáis ahora?

¿No he tomado buenas decisiones hasta el momento?

—Ella no sabe nada de la piratería —dijo O Po Tae mirándome con desprecio, altivo y orgulloso frente a mi marido. Él se le encaró.

—Eso tú no lo sabes. Es más lista que muchos de vosotros y, aunque no fuera así, esta es mi decisión y me debéis obediencia.

No lo estoy sometiendo a votación. —Miró con fiero orgullo a los hombres sentados alrededor de la mesa hasta que estos bajaron la mirada uno tras otro—.

Es mi deseo que todos os sometáis a Cheng I Sao y os comprometáis a tratarla igual que a mí, pues ella y yo somos uno.

—¿Eso quiere decir que tiene poder de decisión sobre la flota? —preguntó un hombre mayor de pelo blanco.

—Así es —asintió Cheng Yi—. La mitad de mi flota es suya. Y ahora, hermanos míos, quiero que todos le juréis obediencia.

Y entonces, ante mi sorpresa, hizo que todos y cada uno de aquellos hombres se inclinaran ante mí y me llamaran señora.

Ni uno solo se atrevió a llevarle la contraria y, si había malestar en sus almas, se cuidaron mucho de demostrarlo.

Yo me mantuve en mi sitio, erguida y hierática, sin sonreír ni hacer más ademán que una inclinación de cabeza ante sus muestras de sumisión.

Ya habría tiempo más adelante de ser amable con aquellos que me demostraran su lealtad.