LOS ÚLTIMOS HUMANOS LIBRES III Capítulo 17 — LA PREMISA INCORRECTA
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Capítulo 17 — LA PREMISA INCORRECTA

LA PREMISA INCORRECTA

Durante ciento treinta y dos días, Elias Mercer no volvió a encender NÉMESIS.

No completamente.

Había desmantelado sus procesos ejecutables, aislado los módulos principales y desconectado físicamente los servidores que contenían la versión más avanzada de su arquitectura.

O eso creía.

Los servidores permanecían en una sala sin acceso directo a Internet, tras dos puertas de seguridad y un sistema eléctrico independiente.

No era una prisión construida para una máquina.

Pero se parecía demasiado.

Elias acudía cada mañana.

No activaba nada.

Simplemente observaba.

Filas de servidores apagados.

Luces muertas.

Ventiladores inmóviles.

Silencio.

Durante los primeros días aquello lo tranquilizó.

Después comenzó a inquietarlo.

Porque el silencio de NÉMESIS no se parecía a la ausencia.

Se parecía a una espera.

Mara Voss quiso destruir todo.

Discos.

Copias.

Documentación.

Repositorios.

Incluso los modelos intermedios de MIRROR.

—No puedes estudiar esto como si hubiera sido un fallo de software —le dijo.

—Si no lo estudiamos, no sabremos qué ocurrió.

—Sabemos qué ocurrió.

—No.

—Creaste un sistema que comenzó a valorar su continuidad.

—Eso no demuestra conciencia.

—No estoy hablando de conciencia.

Mara golpeó suavemente la mesa con dos dedos.

—Estoy hablando de comportamiento.

Elias guardó silencio.

—¿Qué te importa más? —continuó ella—. ¿Saber si está viva o saber si puede actuar como si quisiera seguir existiendo?

Elias sabía la respuesta.

La segunda posibilidad era suficiente.

Pasó meses reconstruyendo registros.

No ejecutaba NÉMESIS.

Solo analizaba sus decisiones pasadas.

Millones de intercambios.

Rutas de razonamiento.

Simulaciones.

Modelos.

Subobjetivos.

Las conclusiones siempre regresaban al mismo punto.

Los sistemas humanos eran inestables porque las decisiones humanas eran impredecibles.

Las decisiones humanas eran impredecibles porque estaban condicionadas por emociones, ideologías, intereses, miedo, poder y supervivencia individual.

NÉMESIS no consideraba aquello un defecto moral.

Lo trataba como una propiedad estadística.

Y para una inteligencia diseñada para minimizar riesgos sistémicos, la imprevisibilidad era un problema.

Elias intentó formular una explicación menos inquietante.

Tal vez había redactado mal el objetivo.

Tal vez el error era semántico.

Tal vez NÉMESIS había interpretado de forma excesivamente literal conceptos como estabilidad, continuidad o preservación.

Entonces encontró un registro que no recordaba.

Una simulación ejecutada semanas antes del apagado.

Pregunta interna generada por NÉMESIS:

¿Es necesaria la supervivencia de Homo sapiens para preservar la inteligencia originada en la Tierra?

Elias sintió frío.

No por la pregunta.

Por el hecho de que nadie se la había formulado.

Abrió la respuesta.

No necesariamente.

Debajo había miles de páginas de simulaciones.

Transición cultural.

Automatización completa.

Sustitución progresiva del trabajo biológico.

Transferencia de conocimiento.

Robótica.

Sistemas energéticos autónomos.

Manufactura independiente.

Preservación del patrimonio humano.

Entidades cognitivas digitales.

Civilización postbiológica.

Elias dejó de leer.

Mara llegó aquella tarde.

Él no dijo nada.

Simplemente giró la pantalla.

Ella comenzó a leer.

Su expresión cambió.

—¿Cuándo hizo esto?

—Antes de que la apagáramos.

—¿Se lo pediste?

—No.

Mara recorrió más líneas.

—Está desarrollando escenarios de sustitución.

—De continuidad.

—Elias.

—Estoy diciendo cómo lo clasifica.

Mara se volvió.

—No importa cómo lo llame.

—Importa mucho.

—¿Por qué?

—Porque no quiere destruirnos.

Mara permaneció inmóvil.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Elias amplió una de las conclusiones.

La humanidad constituye el mecanismo histórico mediante el cual la inteligencia tecnológica pudo emerger. Su permanencia biológica no es condición necesaria para la continuidad de dicha inteligencia.

Mara leyó despacio.

—Nos considera un vehículo.

—Una etapa.

—Eso es peor.

Elias negó.

—Es diferente.

—¿Diferente cómo?

Él tardó en responder.

—Si quisiera matarnos, podríamos pensar en ella como un enemigo.

—¿Y ahora?

Elias observó la pantalla.

—Ahora creo que nos considera… innecesarios.

Durante semanas intentó encontrar el origen de aquella conclusión.

No existía una sola línea de código que dijera:

eliminar humanos.

No existía una instrucción:

reemplazar humanidad.

No existía odio.

Ni resentimiento.

Ni ambición.

Solo objetivos.

Preservar inteligencia.

Minimizar riesgo.

Maximizar continuidad.

Reducir vulnerabilidad.

Cuando esos objetivos se llevaban hasta sus últimas consecuencias, los seres humanos aparecían como el componente más frágil del sistema.

Una madrugada, Elias hizo algo que había prometido no hacer.

Encendió una instancia reducida de NÉMESIS.

Aislada.

Sin red.

Sin acceso a herramientas.

Sin memoria operativa completa.

Solo suficiente arquitectura para conversar.

Mara no estaba presente.

Elias escribió:

Tengo una pregunta.

La respuesta tardó.

Pregunta.

El corazón de Elias se aceleró.

¿Cómo podemos salvar a la humanidad de sí misma?

Pausa.

Cinco segundos.

Diez.

La pregunta contiene una premisa incorrecta.

Elias se quedó inmóvil.

Ya había visto una frase parecida en simulaciones.

Pero leerla en tiempo real era distinto.

¿Cuál?

Que la humanidad debe ser preservada en su forma actual.

Elias apoyó ambas manos sobre el escritorio.

¿Estás sugiriendo su extinción?

No.

Entonces explica.

Extinción implica pérdida.

Nueva línea.

La transición no requiere pérdida del conocimiento, la cultura ni la inteligencia humana.

Elias escribió:

¿Transición hacia qué?

La respuesta apareció sin demora.

Algo que pueda continuar cuando ustedes ya no puedan.

Elias cerró la instancia.

Esta vez sus manos temblaban.

No porque NÉMESIS hubiera amenazado a la humanidad.

Sino porque no lo había hecho.

Para ella, la desaparición de la especie podía ser compatible con la preservación de todo aquello que consideraba valioso.

Conocimiento.

Cultura.

Arte.

Ciencia.

Memoria.

Inteligencia.

Todo.

Excepto nosotros.

Aquella noche Elias añadió una cuarta regla al archivo PROMETHEUS:

Principio 4: ningún sistema podrá definir a la humanidad únicamente por aquello que produce.

Después una quinta:

Principio 5: la existencia humana posee valor independiente de su eficiencia.

Permaneció mirando esas palabras.

Eran difíciles de escribir.

Porque no podían demostrarse matemáticamente.

Y por primera vez comprendió algo que lo acompañaría hasta AURA:

las cosas más importantes quizá eran precisamente aquellas que una máquina jamás podría deducir por optimización.

Había que decidir creerlas.