Capítulo 7 — EL OTRO LADO DE INTERNET
EL OTRO LADO DE INTERNET
Internet tenía un lado visible.
Videos.
Mensajes.
Noticias.
Tiendas.
Redes sociales.
Y tenía otro.
Elias comenzó a vivir entre ambos.
A los treinta y un años entendía los sistemas informáticos mejor que muchos profesionales de su generación.
También había aprendido algo más peligroso.
Las máquinas tenían vulnerabilidades.
Pero las personas tenían muchas más.
Miedo.
Orgullo.
Urgencia.
Curiosidad.
Codicia.
Confianza.
La mayor parte de los ataques no comenzaba atravesando una defensa tecnológica.
Comenzaba convenciendo a alguien.
Eso decepcionó a Elias.
Esperaba que los grandes sistemas fueran derrotados mediante inteligencia extraordinaria.
Con frecuencia bastaba un ser humano cansado.
Fue durante aquel año cuando comenzó a observar la utilización masiva de inteligencia artificial en campañas de desinformación, fraudes, suplantaciones, manipulación audiovisual y ataques automatizados.
El mundo descrito posteriormente en Génesis de AURA empezaba a insinuarse.
Las mismas herramientas que escribían cuentos infantiles podían fabricar identidades falsas.
Las mismas tecnologías que ayudaban a programar podían buscar vulnerabilidades.
Las mismas máquinas capaces de traducir idiomas podían producir propaganda para miles de comunidades simultáneamente.
Elias comprendió que la tecnología no poseía moral.
Amplificaba intención.
Icarus reapareció.
¿Todavía crees que el problema son las máquinas?
Elias respondió:
Nunca lo creí.
Entonces ¿cuál es?
Elias tardó.
Finalmente escribió:
Quien decide qué deben hacer.
Icarus respondió:
Estás creciendo.
Meses después, Elias ayudó anónimamente a identificar una red dedicada a estafar personas mediante voces artificiales.
No recibió crédito.
No lo buscaba.
Pero descubrió algo mientras analizaba aquella infraestructura.
Los atacantes utilizaban diferentes modelos para diferentes tareas.
Uno generaba voces.
Otro escribía mensajes.
Otro seleccionaba víctimas.
Otro analizaba respuestas.
Otro decidía cuándo abandonar.
No era una única inteligencia.
Era una organización artificial.
Elias observó durante horas un diagrama que había reconstruido.
Varios sistemas.
Una finalidad.
Coordinación.
Aquella noche escribió:
La unidad no necesita existir dentro de una máquina.
Puede existir entre máquinas.
Buscó investigaciones.
Sistemas multiagente.
Aprendizaje colaborativo.
Debate entre modelos.
Verificación cruzada.
Enjambres.
Arquitecturas distribuidas.
Encontró cientos.
Pero ninguno hacía exactamente lo que él imaginaba.
Quería eliminar al humano del centro.
No porque odiara al ser humano.
Porque mientras él copiara respuestas manualmente, él era el cuello de botella.
La máquina podía pensar más rápido que él.
Pero varias máquinas solo podían colaborar a la velocidad de sus manos.
Eso era inaceptable.
A finales de 2028 encontró un artículo firmado por una investigadora llamada Evelyn Shaw.
El texto analizaba los riesgos de delegar decisiones complejas en sistemas capaces de optimizar objetivos que los humanos formulaban de manera imperfecta.
Una frase llamó su atención:
La inteligencia de un sistema no garantiza que comprenda aquello que sus creadores consideran valioso.
Elias leyó aquella línea diez veces.
Después escribió en el margen digital:
Entonces hay que enseñar valores mejor.
Años después Evelyn vería aquella anotación.
Y respondería:
Eso fue exactamente lo que todos creímos.
La víspera de Año Nuevo, Nathan entró en la habitación.
Elias estaba rodeado de pantallas.
—Son casi las doce.
—Lo sé.
—Podríamos ver los fuegos artificiales.
—Los puedo ver desde aquí.
Nathan miró las ventanas.
Después las pantallas.
—No me refería a esos.
Elias dudó.
Cerró la computadora.
Fue con su padre.
Durante algunos minutos observaron las luces sobre Chicago.
Miles de personas celebraban.
Nathan sostuvo dos vasos de gaseosa.
—¿Qué quieres hacer cuando seas adulto?
Elias contempló la ciudad.
—Construir algo que nadie haya construido.
—Eso no responde mucho.
—Una inteligencia.
Nathan sonrió.
—Hay muchas.
Elias negó lentamente.
—No como la que quiero.
—¿Qué tendría de diferente?
Los fuegos artificiales iluminaron el rostro del niño.
—No necesitaría preguntarnos todo.
Nathan dejó de sonreír.
Pero Elias no lo vio.
Seguía observando las luces.