Los últimos días de Tartaria
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PRÓLOGO El peso de la memoria
El reloj de péndulo dio las ocho con un eco lento y solemne, marcando el paso de un tiempo que ya no significaba nada para ella.
Afuera, el viento de otoño golpeaba los cristales, trayendo consigo el silbido agudo de los nuevos tranvías eléctricos y el humo negro de las fábricas que, en este siglo moderno, habían ensuciado el cielo que alguna vez fue puro.
En la penumbra de la sala, iluminada apenas por el resplandor ámbar de una lámpara de aceite, una anciana descansaba en su sillón de terciopelo raído.
Su piel era fina como el papel de arroz, translúcida, dejando ver el mapa de venas azules que la mantenían con vida. Tenía ciento ocho años. Una edad imposible para la ciencia de los hombres, pero natural para quien había respirado el aliento de los gigantes.
A sus pies, un niño de ojos grandes y oscuros jugaba en silencio.
—Abuela Sofía... —murmuró el pequeño, arrastrando una caja de madera de sándalo que había encontrado bajo la mesa.
La anciana abrió los ojos. Eran de un azul intenso, el único rasgo que el tiempo no había logrado apagar.
—¿Qué has encontrado, Misha?
El niño sacó un objeto extraño de la caja: una brújula tallada en piedra negra, cuya aguja no señalaba al norte, sino que vibraba suavemente, buscando algo que ya no existía. Junto a ella, un papel doblado con tinta granate casi invisible.