Los Tres Rostros del Crimen Interludio
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Interludio

David Chen, tres de diciembre

Ciento nueve inquilinos. Cuatro edificios. Dos años de trabajo suyo y de una becaria llamada Priya Sandoval que cobraba nueve dólares la hora.

David Chen leyó el correo tres veces.

Después se levantó, salió al pasillo, volvió a entrar y le dijo a la becaria:

—Ha entrado.

—¿Qué ha entrado?

—Fairbrook.

Priya Sandoval se puso a gritar en mitad de una clínica jurídica sin ánimo de lucro, y David Chen se rió tanto que tuvo que sentarse.

Se lo contó a cuatro personas aquella mañana.

A su jefe, que le dio dos palmadas en el hombro y le dijo que no se hiciera ilusiones.

A su madre, por teléfono, que le preguntó si eso significaba que iba a ganar más dinero y que se decepcionó con la respuesta.

A un compañero de la facultad, por mensaje.

Y a la señora Ortega, que era la demandante principal y que trabajaba limpiando oficinas en el turno de noche.

La señora Ortega no dijo nada durante unos segundos.

—¿Entonces nos van a escuchar? —preguntó al final.

—Nos van a escuchar.

—Ay, señor Chen.

Y colgó, porque estaba en el autobús y porque no quería llorar en el autobús.

David Chen tenía treinta y cuatro años.

Se había licenciado el número once de su promoción en Marquette y había rechazado dos ofertas de despachos grandes en 2004, una de ellas por ciento cuarenta mil dólares anuales.

Sus padres no lo entendieron nunca del todo, aunque su padre, que tenía setenta años y una tienda de electrodomésticos en Wauwatosa, había dejado de discutírselo en 2009.

Ganaba cincuenta y un mil dólares. Alquilaba una casa pequeña en Bay View con Elise Moreau, con la que llevaba seis años.

Tenía una bicicleta de carretera que le había costado tres mil dólares y sobre la que su madre hacía bromas en todas las cenas familiares.

Era, según dijeron después todos los que lo conocieron, insoportablemente honesto.

Esa palabra —insoportablemente— la usó su propio jefe en el funeral, y la gente se rió, y después se le quebró la voz y ya no pudo seguir leyendo.

A las 16:15 de aquella tarde, David Chen hizo una reserva para dos personas a las 20:30 en un restaurante nuevo de la avenida Kinnickinnic que había abierto en octubre y del que Elise había hablado tres veces.

El mensaje de confirmación llegó a su móvil a las 16:17.

Ese mensaje seguía en la memoria del teléfono once años después, y Elise Moreau lo ofreció a la policía en tres ocasiones distintas, y nadie quiso verlo ninguna de las tres.

A las 17:40 salió de la clínica.

Llevaba en la mochila el borrador de un escrito, una manzana que no se había comido y el ejemplar de diciembre del boletín trimestral del Colegio de Abogados del estado, en cuya página once seguía apareciendo, desde julio, un artículo de cinco páginas firmado por él.

Ese artículo había producido, en cinco meses, exactamente tres consecuencias.

Una llamada de felicitación de un profesor jubilado.

Un expediente informativo abierto contra un abogado de Chicago cuyo nombre él no había mencionado.

Y dos correos anónimos que David Chen borró sin contestar y que no le contó a nadie, tampoco a Elise, porque le pareció que eran de la clase de cosas que uno se busca cuando escribe algo así.

Llegó a casa a las 18:05.

Dejó la mochila en la entrada. Puso la calefacción, que tardaba media hora en subir. Contestó dos correos.

Y a las 18:30, aproximadamente, según reconstruyó Tom Brenner once años después con la ayuda de un vecino que había oído la puerta del garaje y que en 2013 no fue interrogado por nadie, David Chen salió al garaje.

Elise Moreau volvió a casa a las 19:40.

Encontró la mochila en la entrada, la calefacción a veintidós grados y la luz de la cocina encendida.

Y una casa demasiado silenciosa.

En la nota que había sobre el capó, escrita con su letra y verificada por dos peritos distintos con once años de diferencia, había una frase que Elise Moreau discutió durante toda su vida.

No la primera. No la última.

La tercera.

Decía que había sido una carga.

Y David Chen no usó esa palabra en su vida. Ni sobre él ni sobre nadie. Elise Moreau lo dijo en 2013, en 2014, en dos escritos, en una queja formal, en una habitación de hotel de Milwaukee en 2024 y en un estrado en 2025.

Y también decía: lo siento mucho, papá.

Su padre tenía sesenta y nueve años, estaba vivo, vivía a veintiséis minutos en coche de aquel garaje, y once días después leyó un poema en el funeral de su hijo con las manos temblando.

Se llama Henry Chen.

Tiene ochenta y un años y todavía abre la tienda de Wauwatosa tres mañanas por semana, porque dice que si se queda en casa piensa.

En marzo de 2025 recibió una carta certificada del Departamento de Justicia del estado de Wisconsin comunicándole que el expediente de la muerte de su hijo había sido reclasificado como homicidio.

Once años, tres meses y veintiún días después.

La leyó de pie, en la trastienda, entre dos cajas de lavadoras.

Después cerró la tienda, se sentó en el coche y llamó a Elise Moreau, que ya no era nada suyo pero que era la única persona en el mundo que iba a entender lo que significaba aquel papel.

—Lo han puesto —dijo—. Lo han puesto por escrito.

Y estuvieron los dos llorando por teléfono durante nueve minutos, un hombre de ochenta y un años en un coche aparcado y una mujer de cuarenta y siete en un estudio de arquitectura, sin decirse casi nada.