Interludio
El sábado de Victoria Sánchez
Llevaba treinta y un años levantándose a las siete menos cuarto y el cuerpo ya no atendía a razones.
Hizo café. Regó las tres macetas del alféizar. Puso una lavadora.
Y a las nueve y media se sentó a la mesa de la cocina con una libreta y un bolígrafo, porque estaba redactando su carta de jubilación y llevaba tres semanas sin conseguir pasar del segundo párrafo.
Tenía cincuenta y seis años. Le quedaban catorce meses.
El primer párrafo estaba bien: agradecía los treinta y un años, mencionaba a dos supervisores y decía que había sido un privilegio.
El segundo era el problema.
El segundo párrafo era donde ella quería escribir la verdad, y llevaba tres semanas comprobando que la verdad no cabía en una carta de jubilación.
La verdad era esta:
Que en treinta y un años había abierto mil ciento cuarenta expedientes y había cerrado mil ciento treinta y ocho.
Que había llevado una media de cincuenta y siete casos activos simultáneos durante toda su carrera, cuando el máximo recomendado por el propio estado eran veinte.
Que en 1994, el año que peor recordaba, había tenido setenta y uno.
Que había pedido refuerzos por escrito once veces.
Que en 1996 se lo había dicho a un concejal en una comida, y el concejal le había dicho que hacía una labor admirable.
Y que había una parte del trabajo de la que no hablaba con nadie, ni con su exmarido cuando lo tenía, ni con sus hijos, ni con las compañeras: la parte en que uno aprende, sin proponérselo, a cerrar.
Porque los expedientes hay que cerrarlos.
Porque si no cierras, no puedes abrir el siguiente.
Porque hay una casa en la que probablemente pasa algo y hay otras cuarenta esperando, y en algún momento de los años ochenta Victoria Sánchez desarrolló una capacidad que le permitió sobrevivir treinta y un años en aquel trabajo y que consistía en lo siguiente:
En entrar en una casa donde una mujer se ha duchado, se ha vestido y se ha pintado los labios a las once de la mañana de un martes de diciembre, y en decidir que eso es una buena señal.
A mediodía dejó la carta.
Se fue al centro comercial y compró un regalo de cumpleaños para su nieta pequeña, que cumplía cuatro años el jueves: un juego de médicos de plástico, con estetoscopio y jeringuilla, que le pareció una elección graciosa y un poco irónica.
Comió sola en el patio de comidas, mirando a la gente.
Por la tarde habló cuarenta minutos por teléfono con su hijo de Denver.
Le contó que estaba escribiendo la carta y que no le salía. Él le dijo que la escribiera corta, que nadie las lee.
—Ya lo sé que nadie las lee —dijo ella—. La escribo para mí.
—¿Y qué quieres decir?
Victoria Sánchez se quedó callada un momento, con el teléfono entre el hombro y la oreja, mirando la libreta abierta sobre la mesa.
—Que hice lo que pude —dijo—. Y que no fue suficiente, y que eso no es lo mismo que no haber hecho nada, pero tampoco es lo contrario.
—Mamá, eso es muy largo para una carta.
—Ya.
Se rieron los dos.
Cenó a las ocho: pollo con arroz, un vaso de vino blanco, un programa de la televisión que llevaba once años viendo.
A las nueve y diez recogió la cocina.
A las nueve y cuarto sacó la basura.
El contenedor estaba en la esquina, a cuarenta metros de su puerta, y había una farola que llevaba desde junio sin funcionar y por la que ella había llamado dos veces al ayuntamiento.
En la libreta que quedó abierta sobre la mesa de la cocina, y que la policía de Appleton fotografió el 10 de agosto de 2008 y catalogó como sin relevancia, el segundo párrafo de la carta de jubilación de Victoria Sánchez estaba empezado seis veces y tachado seis veces.
La última versión, la que no llegó a tachar, decía:
«Lo que más me gustaría decir, y que probablemente no diga, es que a lo largo de estos años ha habido casas en las que debí quedarme un rato más».
Su hijo se llevó la libreta a Denver.
En diciembre de 2024 se la enseñó a un detective de Oshkosh que había volado hasta Colorado para hablar con él una tarde.
—Mi madre nunca supo por qué la mataron —dijo—. Murió pensando que fue por un bolso.
Tom Brenner leyó el párrafo tres veces y no fue capaz de decirle a aquel hombre que su madre había muerto exactamente por eso: por una casa en la que debió quedarse un rato más.
Le dio las gracias, le devolvió la libreta y cogió el vuelo de las once y cuarenta.
Se lo contó a Rachel Kim doce días después, en una cocina, a las dos de la mañana.
Y Rachel le dijo la única cosa que se podía decir:
—Hizo usted bien en callarse.
—No estoy seguro.
—Yo sí —dijo ella—. Hay verdades que no son para el que las oye. Son para el que las cuenta.