Interludio
Robert Kopelman, Cape Coral
Llamó desde una gasolinera de Kentucky a los dos días.
—Estoy bien.
—¿Dónde estás? —dijo Eleanor.
—Estoy bien.
Y colgó.
Se instaló en Cape Coral, Florida, con una mujer llamada Dolores Vance que trabajaba en una inmobiliaria y a la que había conocido en 1995 en una convención de ventas en Milwaukee.
Vivieron juntos veintiocho años.
Ella no supo casi nada.
Sabía que tenía tres hijos y que eran trillizos. Sabía sus nombres. No supo, hasta noviembre de 2024, que uno de ellos había matado a cinco personas y que otro estaba a punto de ir a la cárcel, porque se enteró por la televisión mientras planchaba.
—¿Estos son tus hijos? —dijo, de pie en el salón, con la plancha en la mano.
Robert Kopelman tenía setenta y seis años, enfisema y una bombona de oxígeno con cánula nasal que llevaba desde 2021.
Miró la pantalla durante unos segundos.
—Sí —dijo.
—Robert.
—Sí. Son ellos.
Y volvió a mirar la televisión y no dijo nada más en toda la tarde.
Tom Brenner voló a Fort Myers el 3 de diciembre de 2024.
No tenía ninguna esperanza de sacar nada útil. Robert Kopelman llevaba veintisiete años sin vivir con sus hijos, no había sido interrogado nunca por nada y no figuraba en ningún expediente.
Fue porque era el padre.
Y porque Rachel Kim le dijo, en el aeropuerto de Milwaukee, una frase que a Tom se le quedó dentro:
—Vaya, detective. No por lo que sepa. Por lo que no sepa.
La casa era de una planta, con el césped seco y una furgoneta sin ruedas en la entrada.
Robert Kopelman lo recibió en el porche, sentado, con la bombona al lado.
—Usted es el policía.
—Sí, señor.
—Siéntese, que yo no me levanto.
Hablaron una hora y cuarenta minutos.
Fue, según Tom le contaría después a Rachel, la conversación más deprimente de todo el caso, y no por lo que aquel hombre dijo, sino por lo que no fue capaz de decir.
—¿Cuál de sus hijos fue? —preguntó Robert, al principio.
—Mason.
—¿Cuál es Mason?
Tom se quedó mirándolo.
—Señor Kopelman.
—No es lo que usted está pensando. —Robert se ajustó la cánula—. Yo sé cuáles son mis hijos. Marcus, Michael y Mason. Los tengo aquí. —Se dio un golpecito en la sien—. Pero no sé cuál es cuál. Nunca lo supe. Y ahora hace veintisiete años y ya... ya no hay manera.
—Marcus era el que ordenaba.
—Ese lo recuerdo.
—Michael era el que discutía.
—Ese también.
—Mason era el que miraba.
Y Robert Kopelman, setenta y seis años, enfisema, veintisiete años en Florida, se quedó muy quieto en su silla de plástico del porche.
—Ah —dijo—. Ese.
—¿Lo recuerda?
—Ese me daba miedo.
Lo dijo así, sin dramatismo, mirando el césped seco.
—¿Por qué?
—Porque me miraba. —Se encogió de hombros—. Yo llegaba a casa y los otros dos hacían cosas, ¿sabe? Recogían, o se escondían, o me contaban algo del colegio. Y ese se quedaba quieto y me miraba a la cara.
—¿Y qué hacía usted?
—Yo gritaba.
—¿Y él?
—Él seguía mirando.
Robert Kopelman tosió durante casi un minuto.
Cuando se recuperó, dijo la única frase de aquella tarde que Tom Brenner anotó literalmente, en el coche de alquiler, en el aparcamiento, antes de arrancar:
—Una vez me dijo que me veía la cara de verdad. Tenía cuatro años. —Se pasó la mano por la boca—. Y yo llevo cuarenta años sabiendo que era verdad, señor. Que él la veía. Y que no le gustó.
Tom le preguntó por Eleanor.
Robert dijo que había sido una mujer enferma y que él no había sabido llevarlo.
Tom le preguntó por la clavícula.
Robert Kopelman se quedó callado veintitrés segundos —Tom los contó— y después dijo:
—Eso fue una vez.
—Fue en enero de 1995.
—Fue una vez.
—¿Hubo otras?
—Fue una vez —dijo por tercera vez, y era evidente que aquella frase llevaba treinta años funcionando y que iba a seguir funcionando hasta el final.
Tom no insistió.
Al despedirse, ya de pie, con el sol de Florida cayendo en diagonal sobre el porche, Robert Kopelman le preguntó una cosa.
—¿Puedo escribirle?
—¿A quién?
—A ese. A Mason.
Tom se quedó parado en el primer escalón.
—Puede, sí. La dirección es pública. Waupun Correctional Institution.
—¿Y me contestaría?
—No lo sé, señor Kopelman.
—Ya. —Robert asintió despacio—. Ya. Es que no sabría qué ponerle.
Robert Kopelman murió el 11 de agosto de 2025 en un hospital de Fort Myers, de insuficiencia respiratoria, a los setenta y siete años.
Ninguno de sus tres hijos asistió al funeral. Dos estaban presos y el tercero estaba pendiente de que la fiscalía decidiera si repetía su juicio.
Dolores Vance encontró, al vaciar el escritorio, siete cartas empezadas y no terminadas, todas dirigidas a la misma dirección de Waupun.
La más larga tenía cuatro líneas.
La más corta tenía una:
«Hijo: no sé cómo se empieza esto».
Dolores Vance las envió todas juntas, en un solo sobre grande, el 2 de septiembre de 2025.
Consta en el registro de correspondencia de la institución que el interno 771-4402 recibió ese envío el 8 de septiembre.
No consta qué hizo con él.