Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 1
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Capítulo 1

Tres de tres

Treinta y siete años antes, Eleanor Kopelman también estaba atada a una mesa.

Nadie lo llamó así, claro. Lo llamaron posición de litotomía, y sujeción por seguridad materna, y la enfermera que le ajustó las correas de los tobillos lo hizo con una sonrisa profesional y un comentario sobre lo mucho que había nevado para ser marzo.

Pero Eleanor tenía veintidós años, estaba boca arriba bajo una luz que le quemaba las retinas, y no podía mover las piernas.

Habían llegado al hospital a la una menos veinte.

Robert había conducido el Buick con una mano en el volante y la otra golpeando el salpicadero cada vez que un semáforo tardaba, y le había dicho cuatro veces que respirara, y una de esas cuatro se lo había dicho gritando.

En el aparcamiento había tenido que parar el coche y salir a vomitar. Eleanor lo vio por el retrovisor, doblado sobre el capó de un Oldsmobile ajeno, y pensó, entre dos contracciones, con una claridad que después le pareció profética: este hombre no va a servir para esto.

—Respire, Eleanor —dijo la doctora Chen desde algún lugar entre sus rodillas—. Y cuando yo se lo diga, empuja.

La doctora Amelia Chen tenía treinta y cuatro años y llevaba once meses en el Mercy Medical. Había venido desde Milwaukee. Era la única mujer del servicio de obstetricia y llevaba once meses oyendo bromas sobre ello.

Aquella noche estaba de guardia con dos enfermeras y un residente de segundo año llamado Petrelli, que se pasó el parto entero pegado a la pared.

El ecógrafo había dicho gemelos.

Lo había dicho en enero y lo había repetido en febrero, con la misma técnica y el mismo aparato, y Eleanor había pasado ocho semanas ajustando su vida entera alrededor de la palabra dos.

Dos cunas. Habían comprado dos cunas de segunda mano a una mujer de Neenah, blancas, con un arañazo idéntico en el mismo travesaño, lo cual les había hecho gracia en su momento.

Dos nombres. Dos de todo.

Marcus llegó a las 2:34.

Salió con la cabeza girada, resbaladizo y azul, y durante tres segundos que Eleanor recordaría durante el resto de su vida no hizo absolutamente ningún ruido.

El silencio de aquellos tres segundos fue la cosa más larga que Eleanor había vivido.

Después la doctora Chen le pasó un dedo por el interior de la boca, con un gesto rápido y limpio, y el niño tomó aire, y el grito que soltó fue el sonido más limpio que Eleanor había oído nunca en su vida.

—Niño —dijo alguien—. Tres kilos cien.

—¿Está bien? —Eleanor intentó incorporarse. Las correas la sujetaron y el tirón le arrancó un quejido—. ¿Está bien? ¿Por qué no lloraba?

—Está perfecto. Ahora concéntrese, que falta el hermano.

Michael llegó a las 2:41 y no necesitó que nadie le limpiara la boca.

Empezó a gritar antes de estar fuera del todo, un berrido furioso e indignado que llenó el paritorio entero y que hizo reír a la enfermera de la izquierda, una mujer mayor con acento de Minnesota.

—Este ya sabe lo que quiere —dijo.

—Tres kilos cuatrocientos —dijo la otra.

Eleanor se dejó caer contra la camilla.

Estaba temblando. Le castañeteaban los dientes de una manera que no podía controlar y le pareció ridículo, casi ofensivo, porque hacía calor en aquella sala, un calor húmedo y sofocante que olía a desinfectante y a sangre y a algo dulce que no supo identificar.

—Ya está —dijo, más para sí misma que para nadie—. Ya está. Ya está.

—Eleanor.

Algo en el tono de la doctora Chen hizo que todo el ruido de la habitación se apagara de golpe.

Eleanor levantó la cabeza dos centímetros.

La doctora se había puesto de pie. Tenía una mano todavía dentro de ella y la otra apoyada en su abdomen, presionando hacia abajo con una expresión que Eleanor no le había visto en once meses de consultas.

—Eleanor, necesito que me escuche. Hay otro.

—¿Qué?

—Hay un tercer bebé. Está ahí. Lo estoy tocando ahora mismo.

—Eso no es posible.

—Eleanor—

—Eso no es posible. —Su voz subió y se rompió por la mitad—. Son dos. Me dijeron dos. Lo vi en la pantalla, en enero y en febrero, había dos, yo los vi, había dos manchas y usted me las señaló con el bolígrafo—

—A veces uno se coloca detrás del otro y el aparato no lo separa.

Pasa. Es raro, pero pasa, y no significa que le ocurra nada malo.

—La doctora Chen le buscó los ojos y se los sostuvo, y esa fue la única cosa de aquella noche que a Eleanor le sirvió de algo—.

Escúcheme. Está encajado. Y necesito que empuje ahora. No dentro de un minuto. Ahora.

Después, durante años, Eleanor intentaría recordar aquel momento y solo encontraría fragmentos.

La luz. El zumbido del fluorescente de la izquierda, que tenía una intermitencia mínima que solo se notaba si la mirabas fijamente, y ella la miró fijamente durante lo que le pareció una hora.

La cara del residente Petrelli pegada a la pared, blanco como el papel.

La mano de una enfermera en su hombro, apretando.

Y la sensación absoluta, física, indiscutible, de que su cuerpo ya no le pertenecía. De que era un edificio del que estaban saliendo desconocidos.

Y una idea, cristalina y horrible, que le atravesó el cráneo entre dos empujones:

No los quiero.

No a este. A ninguno de los tres.

Nunca se lo contó a nadie.

Ni a Robert, ni al psiquiatra que le asignaron cuatro años después, ni al párroco de Saint Vincent, ni a su hermana, ni a las tres mujeres del grupo de apoyo al que fue seis veces en 1993.

Se la llevó entera, intacta, sin abrir, durante treinta y siete años.

Y solo la dijo en voz alta una vez, en noviembre de 2024, sentada en el sillón de su propio salón, frente a un detective con la cara gris de no dormir.

El tercer niño llegó a las 2:52.

No lloró.

La doctora Chen lo levantó. Le limpió la cara con una gasa. Le pasó el dedo por el interior de la boca igual que había hecho con el primero.

El niño tomó aire.

Movió una mano.

Y abrió los ojos.

—¿Por qué no llora? —Eleanor intentaba verlo y no podía, y la enfermera le apretaba el hombro para que no se moviera—. ¿Por qué no llora? ¿Por qué no llora ese?

—Está respirando. Está rosado. Tiene buen tono. Está perfectamente. —La doctora Chen lo giró un poco para que la madre pudiera verlo—. Este simplemente ha decidido mirar antes de opinar.

Se rieron.

Se rió la doctora Chen, se rió la enfermera Patricia Morrison, y se rió incluso el residente Petrelli, con esa risa de alivio que sale al final de las cosas.

Años después, dos de aquellas tres personas recordarían haberse reído y ninguna de las dos entendería del todo por qué aquel recuerdo insignificante se les había quedado clavado como una astilla.

Patricia Morrison lo declararía en 2025, a los setenta y un años, ya jubilada, en una vista de determinación de pena, y le temblaría la voz al decirlo.

El niño no parpadeaba.

Tenía los ojos abiertos, azules, todavía nublados de líquido, y los movía muy despacio por la habitación.

Techo. Luz. Cara. Cara. Cara.

Eleanor lo miró mirar.

Y sintió, muy abajo, en un lugar del cuerpo que no supo nombrar hasta mucho después, un pequeño escalofrío absurdo del que se avergonzó inmediatamente.

Los pasaron a la nursery a las cuatro y diez.

Robert entró en la habitación a las cuatro y media, cuando ya la habían limpiado y cambiado y le habían puesto la vía en el otro brazo.

Olía a cerveza y a tabaco frío. Se había fumado seis cigarrillos en el aparcamiento y se había tomado dos cervezas en el Kelly's, que cerraba a las dos, entre la una y las dos menos cuarto, aprovechando que le habían dicho que aquello iba para largo.

Llevaba en la mano un puro sin encender, comprado en la gasolinera de la 41.

Y llevaba en la cara una sonrisa enorme, auténtica, sin doblez ninguna, que Eleanor no volvería a verle nunca del mismo modo.

—Tres —dijo—. Tres, Ellie. Joder.

—Sí.

—Tres chicos. —Se sentó en el borde de la cama y le cogió la mano con las dos suyas—. ¿Estás bien? Dime que estás bien.

—Estoy bien.

—Tres.

Se quedó ahí un rato, sacudiendo la cabeza y riéndose solo, y en aquel momento, con la mano de su marido apretándole los dedos y el cuerpo entero temblando por debajo de las mantas, Eleanor tuvo un instante de algo parecido a la esperanza.

Duró aproximadamente once meses.

—¿Cómo se van a llamar? —preguntó Patricia Morrison, más tarde, cuando ya los tenían limpios y envueltos y alineados en tres cunas idénticas de plástico transparente al otro lado del cristal.

Eleanor los miró desde una silla de ruedas.

Estaban dormidos los tres. Y eran, hasta un punto que le pareció casi obsceno, la misma criatura repetida: la misma frente estrecha, la misma barbilla, el mismo remolino de pelo oscuro naciendo en el mismo lado exacto del cráneo.

Miró de una cuna a otra tres veces buscando una diferencia.

No encontró ninguna.

—Marcus, Michael y Mason —dijo Robert desde la puerta.

Llevaba diez minutos ahí de pie, apoyado en el marco, con el puro todavía sin encender.

—Los tres con eme —dijo, encantado—. Como yo. Robert Michael Kopelman. Es una tradición de la familia.

No era ninguna tradición. Se la acababa de inventar en aquel pasillo, con el puro en la mano.

Pero Eleanor estaba demasiado cansada para discutir, y las tres tarjetas ya se habían rellenado antes de que nadie le preguntara si a ella le parecía bien, y a las nueve de la mañana ya se lo había dicho a su madre por teléfono, y a mediodía ya estaba en el periódico local.

—Van a necesitar pulseras —dijo Patricia—. Azul, roja y verde. Y no se las quiten en casa hasta que ustedes mismos los distingan sin mirar. Créame.

—Yo distingo a mis hijos —dijo Robert.

Patricia Morrison sonrió con la paciencia acumulada de veinte años en maternidad.

—Claro que sí.

Robert Kopelman confundiría a sus hijos por primera vez cuarenta y un días después.

Castigaría a Michael por algo que había hecho Mason —un biberón tirado, nada, una tontería— y no se enteraría nunca.

Lo volvería a hacer en septiembre, y en enero, y otra vez en abril, y a partir de los cuatro años dejó de intentar distinguirlos del todo y empezó a llamarlos chicos, en bloque, como se llama a un rebaño.

Eleanor no.

Eleanor los distinguía. Siempre. Sin fallar una sola vez en treinta y siete años.

Nunca supo explicar cómo. No era la cara: la cara era exactamente la misma, y en las fotografías de la infancia ni ella misma acertaba. Era otra cosa. Era el modo en que cada uno ocupaba el aire de una habitación.

Marcus se pegaba. Buscaba el pecho, la mano, el latido; se dormía con los dedos agarrados a la tela de la bata como si temiera que su madre se fuera flotando si la soltaba.

Michael empujaba. A los dos meses ya se giraba solo. A los seis se levantaba en la cuna agarrado a los barrotes, con una determinación absurda y furiosa que a Eleanor le daba risa y también otra cosa.

Y Mason miraba.

Eso era todo. Miraba.

La observaba dar de comer a sus hermanos con una atención serena e interminable, sin protestar por su turno, sin exigir, sin llorar de hambre. Y cuando por fin le tocaba, comía en silencio, sin apartar los ojos de la cara de su madre ni una sola vez.

Una noche de octubre, cuando tenían siete meses, Eleanor se despertó a las tres de la madrugada con la certeza física de que alguien la estaba mirando.

Robert dormía a su lado, boca arriba, roncando.

Se quedó quieta un minuto entero, con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando.

Después se levantó. Cruzó el pasillo descalza. Empujó la puerta del cuarto de los niños.

Marcus dormía. Michael dormía, atravesado en la cuna, con un pie fuera.

Y Mason estaba de pie, agarrado a los barrotes, en silencio absoluto, mirando directamente hacia la puerta.

Hacia ella.

Eleanor Kopelman se quedó helada en el umbral durante lo que le parecieron minutos y probablemente fueron ocho o nueve segundos.

Después entró, lo levantó, lo meció, le cantó en voz baja, le acarició la espalda con la palma abierta hasta que se durmió y después un rato más.

Y a la mañana siguiente no se lo contó a nadie.

Porque ¿qué iba a contar? ¿Que un bebé se había despertado por la noche? ¿Que un bebé de siete meses la había mirado?

Los bebés miran. Es lo que hacen. Es literalmente su único trabajo.

Eso fue lo que Eleanor Kopelman se dijo a sí misma aquella mañana de octubre de 1987.

Y lo que siguió diciéndose, con distintas palabras y en distintas cocinas, durante los treinta y siete años siguientes.