Capítulo 1 #2
Incluso mis preferencias en la ropa se habían modificado.
Ya no me decantaba por un vestuario informal, desenfadado, actual.
Prefería prendas largas, sobre todo faldas amplias.
Apenas me maquillaba y estaba dejándome el pelo largo.
Ya casi me llegaba a la cintura cuando nunca había crecido más allá de los hombros.
Un día me descubrí haciéndome una trenza que dispuse en extraño y complicado moño.
Actuaba como si aquel rocambolesco peinado fuera la rutina de cada mañana.
Mis dedos disponían con desenvoltura cada mechón y no vacilaban en sus movimientos.
Tampoco reconocí el gesto satisfecho que me dirigí a mí misma en el espejo al terminar.
Aquello me asustó tanto que a punto estuve de cortarme el pelo.
A menudo me observaba. Miraba mis ojos e intentaba penetrar en los confines de ese iris ámbar para buscar en mi interior una respuesta.
Yo, una persona realista, poco amiga de las supersticiones, fiel defensora de la ciencia y la razón, dejaba caer el escudo de la lógica para ceder ante suposiciones esotéricas.
—Siguen atormentándote, ¿verdad?
Elena me miró con pesar. Alargó una mano y cubrió la mía.
—Esto se me está yendo de las manos. —Mi voz sonó temblorosa.
Le conté sobre la pesadilla y lo ocurrido en la ducha.
—Eso no es normal. Nadie tiene ese tipo de sueños estando despierta. Tal vez estás demasiado sugestionada.
—He pensado en hacer una consulta médica. Quizá el problema esté en mi cabeza.
La mirada de mi amiga se oscureció. Pude ver el temor en sus ojos. Sin embargo, ocultó la preocupación en una sonrisa traviesa.
—Yo que tú, iría a un psiquiatra. No me extrañaría nada que estuvieras como una cabra —bromeó.
Bajé la mirada hacia la mano herida. Sentí una opresión en el pecho.
—¡Eh! ¿Qué pasa? Era una de broma. Vicky, eres la persona más cuerda que conozco.
—Lo que no es un gran consuelo.
Elena se pasó los dedos entre los revueltos rizos del cabello y fijó en mí su mirada.
—No te dejes vencer.
—Lo intento, de veras, pero a veces es tan difícil, tan aterrador.
Un camarero alto y bastante atractivo se acercó a nosotras.
—¿Algo para tomar?
Mi amiga sonrió seductora y observó con descaro el apuesto rostro del joven.
—Sí. A ti, totalmente desnudo, encima de una bandeja y rodeado de lechuga. Me gustan los platos decorados.
Solté una carcajada. El descaro de la respuesta había terminado por mandar al diablo mi remilgo inicial. Finalmente me había acostumbrado a sus pícaras maneras y, aunque alguna vez la sermoneaba, comprendí que era imposible hacerle sentar esa cabezota alocada e impulsiva.
El asombro del camarero dio paso a una sonrisa. Inclinó la cabeza y replicó:
—Como desee. Pero ese plato se sirve en privado. Solo tiene que decirme cuándo y dónde lo quiere.
Elena me guiñó un ojo.
—¿Qué tal esta noche?
El hombre asintió con una sonrisa luminosa.
—Salgo a las diez.
—Estupendo.
Fingí escandalizarme y repuse divertida:
—Creí que habías conocido al “definitivo” hombre de tu vida.
—Sí —contestó—, pero todavía no hemos formalizado nada. Así que supongo que no le importará que me dé un capricho.
El joven rio complacido.
—¡Elena!
—¿Qué? ¿He dicho algo incorrecto?
—Olvídalo. Es inútil hacerte sentir un mínimo de pudor.
Frunció el ceño y arrugó la nariz.
—Sabes de sobra que nací sin eso. Creo que será mejor que nos vayamos. —Se dirigió hacia el muchacho y añadió—: y tú, encanto, no olvides la lechuga.
* * *
Crucé por enésima vez las piernas y miré el cuadro de Monet que decoraba el recibidor de la clínica.
Naturalmente no era el auténtico, sin embargo, estaba bastante logrado.
Aquella primavera de flores de colores pastel me serenaba y, cada vez que mis pensamientos se tornaban funestos, buscaba con la mirada aquella espléndida mezcla de tonos que, por alguna extraña razón, imprimían en mí un optimismo refrescante.
Esperaba el resultado de las pruebas médicas a las que me había sometido días atrás. Cada minuto que pasaba sentada en aquel mullido sillón era una lucha continua por evitar salir corriendo.
Una voz seca y atonal puso fin a mi suplicio.
—Victoria Montalbán.
Me levanté y fui hasta la puerta que la enfermera había dejado entreabierta. Me detuve apenas en el umbral, tragué saliva e hice acopio de valor. Entré.
—Siéntese, por favor.
Observé con atención el ajado rostro del doctor que leía los exámenes con rapidez e intenté descifrar su expresión. Su faz, sin embargo, no reflejaba nada que pudiera alertarme. Por fin, levantó la mirada.
—Me alegra comunicarle que sus temores son del todo infundados.
Solté el aire contenido y sonreí.
—Entonces ¿no hay nada raro en mi cerebro? ¿Nada que pueda producir alteraciones en el sueño, visiones?
—Nada físico. Tal vez el problema sea psíquico.
—¿Me aconseja, entonces, que acuda a un psiquiatra?
—Sería lo más conveniente. En ocasiones existen problemas emocionales que se manifiestan de esa forma.
—No tengo problemas, mi vida es bastante tranquila y segura. No he pasado por ningún tipo de crisis —repuse lacónica.
—Señorita, hay dificultades que se esconden en el subconsciente y que emergen a través de pesadillas, al parecer, dantescas y que muestran el conflicto emocional que se está sufriendo.
Un buen profesional sabrá descifrarlas y, una vez resuelto el dilema, los sueños aterradores, con toda seguridad, desaparecerán.
Me dedicó una mirada paternalista y sonrió con despreocupación.
—Anímese. Es joven, guapa y está sana; ¿qué más puede pedir?
Una noche tranquila, pensé, y ahuyentar el terror que me producía ir a la cama. Me levanté y le estreché la mano.
—Agradezco sus consejos.
—Espero que, además de agradecerlos, también los siga.
—Lo haré.
Salí de la consulta algo más animada.
* * *
—¿Un psiquiatra? —inquirió Alex asombrado.
—Sí, es mi último recurso.
Frunció el entrecejo y me observó con atención.
—Creo que estás excediéndote. Todos tenemos pesadillas.
—No como las mías. Tú mejor que nadie deberías saber que me están destrozando.
—Estás muy afectada, cariño. Cada vez te sientes más tensa, más nerviosa; tal vez, si te relajaras esos sueños desaparecerían.
—¿Y qué me aconsejas? —inquirí burlona—. ¿Un balneario o quizá un relajante y pacífico centro de salud mental?
Bajó la mirada y giró hacia la ventana. Permaneció en silencio, molesto por mi desdén.
—Lo siento, no debí hablarte así, sé que solo pretendes ayudarme. Últimamente me altero con facilidad. Me aterran las noches, eso está destrozando mis nervios.
Me acerqué y me cobijé en sus brazos.
—Si ese psiquiatra puede ayudarte, adelante, yo mismo te acompañaré.
Me alzó el rostro entre las manos y clavó en mí sus tiernos ojos color zafiro.
—Te quiero, Victoria, no soporto verte así. Me siento tan impotente. Si pudiera serte de utilidad, yo…
—Hay algo que puedes hacer —sugerí.
Miré insinuante su boca y él sonrió.
—¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Me besó con dulzura y yo me dejé llevar. Por un delicioso momento, no pensé en nada que no fueran sus caricias, sus labios, sus ardientes susurros.
Entró en mí con ternura, con extrema delicadeza y comenzó a moverse con languidez, como siempre hacía.
Sin embargo, aquella suavidad que siempre me había deleitado, no satisfacía mi ansia.
Me mostré audaz, lo urgí a mostrarse más apasionado.
Sus ojos me miraron extrañados y encontraron en los míos una lujuria desconocida que lo desquició.
Abandonó su mansedumbre para convertirse en la fiera que yo buscaba.
Me entregué al placer como nunca lo había hecho, gemí con delirio, enloquecí y lo enloquecí a él.
Mis dedos buscaron una larga melena en la que enredarse, pero encontraron tan solo un cabello corto.
Busqué unos ojos verdes, flamígeros, salvajes y hallé una mirada azul, entregada, enamorada y un tanto sorprendida.
El placer se mezcló con la confusión, sin embargo, mi cuerpo gobernaba mi razón para exigir más y más.
Mi delirio crecía.
Llegó el clímax rodeado de jadeos entrecortados; nuestras bocas se fundieron mientras nuestros cuerpos todavía temblaban sacudidos por el éxtasis vivido.
—Oh, Gunnar…
—¿Gunnar? —inquirió Alex —. ¿Qué demonios significa eso?
—¿Qu… qué? —balbuceé.
—Acabas de pronunciar esa palabra.
—Yo… no sé qué significa.
—¿Cómo puedes decir algo sin saber qué es?
—¡No lo sé! —repliqué aturdida—. Te juro que ni yo misma sé por qué lo he dicho.
Alex se separó de mí, aparentaba estar más ofendido que asombrado.
—Parecía un nombre. Un nombre extraño en un idioma extraño. Todo ha sido muy raro, nunca te habías comportado así. He tenido la impresión de estar haciendo el amor con otra persona.
—Tal vez ha sido así —musité con pesadumbre.
Frunció el entrecejo. Contrariado, me observó con detenimiento intentado descifrar el enigma de mi comportamiento.
—¿Qué está ocurriendo? ¿Qué te está pasando?
—Eso es lo que intento averiguar. Es como si me estuviera transformando en otra persona o como si alguien entrara en mí.
Yo misma me sorprendo haciendo con una desenvoltura apabullante cosas que nunca antes había hecho.
Hasta me asusta mirarme al espejo, tengo miedo de descubrir qué hay detrás de mis ojos o, mejor, quién hay.
Se pasó las manos por la cabeza, aquello era demasiado para él, para su inquebrantable lógica.
—Eso es una locura, no atiende a razones, no es normal. No tiene sentido, es imposible que te esté sucediendo.
—Pues está pasando y está acabando conmigo. Acéptalo, es inútil negar la evidencia. Mañana mismo pediré cita con el psiquiatra. ¿Sigues queriendo acompañarme?
—Por supuesto, ahora más que nunca.
* * *
Por segunda vez en una semana, escuché mi nombre en boca de una insulsa enfermera.
Alex me tomó la mano. Sus ojos me transmitieron confianza. Hice una mueca parecida a una sonrisa y tragué saliva.