Los Trece Invitados Capítulo 20. El segundo jugador
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Capítulo 20. El segundo jugador

La afirmación de Agnes permaneció suspendida en el salón mucho después de que nadie pronunciara una palabra.

El silencio ya no era consecuencia del miedo, sino del esfuerzo colectivo por reorganizar una verdad que acababa de fracturarse.

Durante veinte años todos habían aceptado como indiscutible que Emily Blackthorn había abandonado voluntariamente la seguridad de la mansión para internarse sola en un bosque que, según acababan de descubrir, la aterrorizaba al caer la noche.

Resultaba una contradicción tan evidente que Richard Collins sintió una mezcla de irritación y fascinación consigo mismo.

Había dedicado toda una vida profesional a detectar incoherencias en declaraciones judiciales y, sin embargo, había tardado días en formular la pregunta más elemental de toda la investigación.

Aquella constatación le obligó a aceptar una conclusión todavía más incómoda: si él mismo había sido capaz de asumir sin cuestionarla una mentira tan sencilla, cualquiera podía haber sido manipulado con la misma facilidad veinte años atrás.

No estaban reconstruyendo únicamente una tragedia; estaban deshaciendo un elaborado mecanismo de control construido sobre recuerdos cuidadosamente dirigidos.

Richard pidió a todos que permanecieran en el salón mientras él regresaba solo al despacho del propietario.

Necesitaba revisar nuevamente el material acumulado desde el inicio del fin de semana, pero esta vez bajo una hipótesis completamente distinta.

Durante las primeras jornadas había clasificado las pruebas según un único criterio: determinar qué evidencias pertenecían al asesino.

Ahora debía comenzar desde cero. Extendió sobre el escritorio las cartas manuscritas, las fotografías mutiladas, el plano secreto de la mansión, los fragmentos del expediente Blackthorn, la grabación encontrada en el salón de música, los dibujos infantiles de Emily y las anotaciones realizadas durante los interrogatorios.

Después tomó dos hojas completamente limpias y escribió un único encabezado sobre cada una de ellas.

PLAN A.

PLAN B.

Permaneció varios minutos contemplándolas antes de empezar a distribuir cada prueba entre ambas columnas.

Cuando volvió al salón llevaba consigo las dos hojas llenas de anotaciones.

El resto lo observó con expectación. Incluso Arthur, cuya serenidad parecía haberse resquebrajado definitivamente tras las acusaciones de los últimos días, levantó lentamente la cabeza.

Richard apoyó ambas hojas sobre la gran mesa y comenzó a hablar con una calma impropia de la magnitud de lo que estaba a punto de plantear.

—Hasta hace unas horas pensábamos que existía un único responsable de todo cuanto está ocurriendo.

Creíamos que la misma persona envió las invitaciones, escondió las pruebas, organizó la reunión y después comenzó a matar.

Esa teoría parecía lógica porque explicaba la mayor parte de los acontecimientos.

Sin embargo, cuanto más analizamos las evidencias, menos sentido tiene.

Helen cruzó lentamente los brazos.

—¿Por qué?

Richard señaló la primera hoja.

—Porque este primer plan necesita que recordemos.

Después señaló la segunda.

—Y este otro necesita exactamente lo contrario.

Comenzó a mover los documentos sobre la mesa mientras hablaba. Colocó las invitaciones manuscritas junto a la grabación encontrada en el álbum oculto y después añadió las notas escritas con tinta invisible.

—Todo esto pertenece al primer plan. Alguien se tomó la molestia de reunirnos, esconder mensajes, conservar documentos durante veinte años y obligarnos a reconstruir el pasado. Ninguna de estas acciones pretende matar a nadie. Todas buscan exactamente el mismo resultado: que recordemos.

A continuación desplazó hacia el otro lado de la mesa las fotografías destruidas, el incendio, las marcas de punción, las escenas preparadas para incriminar a Arthur y los tres asesinatos.

—Esto pertenece al segundo plan.

Margaret observó lentamente ambas columnas.

—Todo cuanto destruye pruebas.

Richard asintió.

—Exactamente.

Daniel permanecía profundamente concentrado. Poco a poco comenzaba a comprender algo que hasta entonces había pasado inadvertido.

—Nunca se cruzan.

Richard sonrió ligeramente.

—Eso mismo descubrí hace una hora.

Todos lo miraron. El antiguo inspector continuó.

—Las acciones del organizador nunca ponen en peligro directo a ninguno de nosotros.

Incluso cuando deja mensajes inquietantes o nos obliga a enfrentarnos a nuestros recuerdos, siempre lo hace para conservar información.

En cambio, quien mata jamás deja pistas destinadas a descubrir la verdad.

Solo elimina personas o destruye documentos.

Adrian respiró profundamente.

—Dos inteligencias distintas.

—Sí.

—Dos estrategias incompatibles.

Richard asintió.

—Y probablemente dos personas que ni siquiera esperaban encontrarse aquí.

La idea provocó una reacción inmediata. Eleanor comenzó a caminar lentamente alrededor del salón mientras intentaba imaginar las consecuencias de aquella hipótesis.

—Entonces el asesino improvisó.

Richard levantó la vista.

—¿Qué quiere decir?

—Si alguien organizó esta reunión hace meses para obtener confesiones, el otro no pudo prever exactamente cuándo ocurriría.

La historiadora se detuvo frente al ventanal.

—Aprovechó la ocasión.

Helen completó la reflexión.

—Y adaptó su propio plan al del organizador.

Richard golpeó suavemente la mesa con un dedo.

—Eso explica por qué algunos asesinatos parecen precipitados.

Simon Clarke abrió lentamente una carpeta donde había reunido todas las horas aproximadas de cada muerte.

—Gabriel murió pocas horas después de encontrar los negativos.

Pasó una página.

—Victor fue asesinado la misma noche en que empezó a recordar las reuniones económicas.

Otra página.

—El incendio ocurrió inmediatamente después de descubrir el Archivo Veintisiete.

Levantó la vista.

—El asesino reaccionaba.

Richard respondió con firmeza.

—No dirigía la investigación.

—La perseguía.

Fue entonces cuando Agnes realizó una observación que ninguno había considerado. La anciana permanecía sentada junto a la chimenea, observando las llamas con la misma expresión ausente que había mostrado durante toda la mañana.

—Si el asesino improvisó...

Todos giraron hacia ella.

—...entonces también cometió errores.

Richard sintió un vuelco en el estómago.

—¿Qué clase de errores?

Agnes levantó lentamente la cabeza.

—Errores que quien organizó la reunión nunca habría cometido.

La mujer pidió que le acercaran las fotografías salvadas del incendio.

Comenzó a revisarlas una por una con sorprendente lentitud hasta detenerse en la imagen donde alguien había recortado cuidadosamente una figura situada entre Arthur y Victor.

Permaneció observándola varios minutos antes de señalar el borde inferior.

—Esto no ocurrió hace veinte años.

Richard se inclinó sobre la fotografía.

—¿Está segura?

Agnes asintió.

—Completamente.

—¿Cómo puede saberlo?

La anciana acarició suavemente el cartón envejecido.

—Porque fui yo quien archivó todos estos álbumes después de la investigación policial.

El silencio volvió a caer sobre la estancia.

—Recuerdo perfectamente esta fotografía.

Respiró hondo.

—Estaba completa.

Margaret sintió un escalofrío.

—Entonces alguien la manipuló después.

—Sí.

—¿Cuándo?

Agnes negó lentamente.

—No lo sé.

Richard comenzó a comprender. Si la fotografía permaneció intacta tras la tragedia y fue recortada años después, significaba que la persona interesada en ocultar aquella identidad seguía teniendo acceso a los archivos mucho tiempo después de los hechos.

No era una decisión tomada en medio del caos de aquella noche.

Era una operación fría, meditada y ejecutada cuando todo parecía haber terminado.

Aquello cambiaba completamente la perspectiva.

Mientras todos reflexionaban sobre aquella nueva posibilidad, Adrian regresó discretamente al observatorio donde había aparecido el cuerpo de Victor.

Llevaba horas inquieto por un detalle que todavía no lograba explicar.

El telescopio seguía orientado hacia el mar, exactamente igual que la noche del asesinato.

Sin embargo, al acercarse comprobó que la brújula integrada en la antigua montura señalaba una dirección completamente distinta a la esperada.

Movió cuidadosamente el aparato siguiendo el eje marcado por la aguja.

El telescopio no apuntaba al mar. Apuntaba directamente hacia el antiguo jardín de invierno. El mismo lugar mencionado en la nota escondida junto a la grabación.

Adrian ajustó lentamente el enfoque. Entre la niebla comenzó a distinguir la glorieta cubierta de hiedra. Y, justo detrás de ella, algo que hasta entonces había permanecido oculto por la vegetación.

Una pequeña construcción de piedra. Semienterrada. Casi invisible. Como una antigua caseta de herramientas olvidada durante décadas. Bajó inmediatamente hasta el salón sin apartar aquella imagen de su cabeza.

—Richard.

El antiguo inspector levantó la vista.

—Creo que acabo de encontrar el siguiente escondite.

Todos se pusieron en pie casi al mismo tiempo.

Mientras atravesaban el vestíbulo en dirección al jardín, Richard no podía evitar una sensación inquietante.

Si su hipótesis era correcta, el organizador había ido dejando un rastro cuidadosamente diseñado para conducirlos paso a paso hasta la verdad.

Pero también significaba que el asesino comprendería exactamente igual que ellos cuál sería el siguiente destino de la investigación.

Y si ambos planes seguían desarrollándose simultáneamente, existían muchas posibilidades de que, por primera vez desde el comienzo de aquella pesadilla, los dos jugadores llegaran al mismo lugar... exactamente al mismo tiempo.