Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 24
87%

Capítulo 24

CAPÍTULO VEINTICUATRO

M ia siempre había sido muy dormilona. Le encantaba despertarse en las mañanas frías debajo de un grueso edredón y se quedaba a menudo ahí bastante después de la primera alarma del despertador. Pero esta mañana se sentía tan bien, tan calentita y segura, que no quería despertarse del todo.

Daba igual lo mucho que intentase luchar contra la verdad, todo era mejor con Ford.

Especialmente esto.

Después de una ducha que les había excitado hasta casi hacer que ambos perdieran el sentido, con toda esa piel desnuda que ninguno de los dos podía tocar, le había encantado cómo él se había acurrucado con ella en la cama.

En algún momento debió de quedarse dormida y él los arropó a los dos bajo las sábanas.

Por los bordes de los estores de las ventanillas del bus entraba solo la mínima luz y ella se preguntó de nuevo, al volverse lentamente para apoyar la cabeza en el hueco de su hombro, qué significaba ser amiga de Ford.

Un vínculo de afecto mutuo es como el diccionario definía la amistad, pero eso ni se acercaba a ser lo bastante grande para lo que ella estaba empezando a sentir por Ford.

El afecto estaba presente, por supuesto.

Pero también lo estaban la intimidad, la empatía y el sentirse cómodos.

Pero aunque ella no pudiese definir exactamente del todo lo que era ser amigos, anoche, cuando estuvieron hablando, aunque ella pudiese notar la desesperación sensual de su voz, por mucho que ambos se deseasen, también estaba totalmente segura de que su necesidad de conocerse era al menos igual de grande.

Ahora, sin embargo ella estaba más que dispuesta a dejar que su atracción adoptara el papel principal durante un ratito.

Con el hombre más guapo que jamás hubiese pisado con gracia este planeta así de cerca, y desnudo debajo de las sábanas a su lado, ¿cómo podía resistirse a posar los labios en su pecho donde su corazón latía lenta y regularmente bajo su oreja?

¿Y cómo podía resistirse a pasarle las manos por su cálida piel?

¿Y por qué demonios iba a ser lo bastante estúpida para no aprovechar la ocasión de inundarle con más besos en el pecho, los brazos y luego sobre sus firmes músculos abdominales mientras él seguía durmiendo?

Sabía cuánta energía ponía él en sus conciertos y lo profundamente que dormía después.

Y era muy bueno que él estuviese así de exhausto.

Porque había tantos otros sitios que ella quería tocar, besar, antes de que él se despertara y decidiera detenerla en nombre de cultivar primero su amistad…

Desde que él se había quitado los vaqueros y los bóxeres anoche en la ducha, ella se había sentido totalmente distraída por la necesidad, no solo de mirar, sino también de tocar.

Y de saborear.

Cuando le preguntó si la tenía más grande ahora que antes, no había estado flirteando con él. Porque… guau . Se humedeció los labios por la expectación cuando el puro instinto femenino la poseyó y simplemente tuvo que inclinarse para depositar un suave beso en la dura punta de su erección.

El gruñido de Ford llegó primero, rápidamente seguido por su nombre en voz alta y sus manos en su pelo.

—Mia.

Anoche ella había prometido cumplir las reglas. Pero este era un nuevo día, y mientras ella seguía estando de acuerdo en que debían continuar trabajando en su amistad antes de tener sexo en toda regla, no podía ver cómo ser puritanos sobre las cosas iba a ser una buena idea, tampoco.

Para Mia, enamorarse de alguien no era solo algo mental, no estaba solo dentro del corazón. También era físico. Así que antes de que él pudiese decir o hacer nada más para intentar detenerla, le pasó la lengua de arriba abajo con un largo y delicioso lametón.

Él automáticamente se alzó hacia su boca expectante y ella estaba solo cambiando de postura para metérselo más adentro cuando él utilizó las manos que tenía metidas en su pelo para hacerla levantar la vista de su entrepierna.

El ligero pellizco de sus manos en su cuero cabelludo envió su excitación hacia nuevos y mayores límites.

—Anoche —él dijo con dificultad—, acordamos no hacer esto. Todavía no.

—Ni rompí nuestra promesa anoche, ni voy a romperla hoy, tampoco. No vamos a acostarnos. Solo esto.

Sabía que estaba suplicando, pero estaba desesperada por que él no la detuviese. Porque llegar tan cerca de un placer tal y tener que retroceder era una cosa muy mala. Muy mala. ¿Y no era cierto que la definición de lo que suponía realmente practicar sexo podía ser una muy amplia y nebulosa?

—Desde anoche en la ducha, cuando me dijiste que no te has encargado de ti mismo, he sentido la necesidad de ponerte las manos y la boca encima, Ford. No solo por ti… Sino por mí también.

Por fin — gracias a Dios — él la agarró por la mano para que sostuviese su erección con más fuerza todavía. Juntos le acariciaron, y ella no podía distinguir sus gemidos de los propios, resonando en las paredes del dormitorio de su autobús de la gira.

Estar así con él otra vez era tan perfecto, y tan bonito y sexi. Se sentía tan cerca de él… Y sabía que si él intentaba detenerla ahora, ella se iba a morir. Porque necesitaba esto, necesitaba acabar en algún momento después de todos esos días de detenerse después de unos besos súper sexis.

Mia se puso de rodillas sobre la cama con sus largos cabellos cayendo sobre él mientras se lo hacía con la boca.

Las manos de Ford volvieron a su pelo y juntos encontraron un ritmo perfecto, uno que era tan natural, que parecía formar tanto parte de ella misma, que ella se preguntó cómo lo había soportado sin tenerle en su vida tanto tiempo.

Usando sus labios y su lengua, lo fue llevando más, más y más arriba, y luego disfrutó de lanzarlo todo el camino hacia el infinito.

Ford era siempre fuerte, mantenía siempre el control, así que esos escasos momentos en los que se entregaba completamente a ella eran increíblemente preciosos.

No podía recordar haber estado nunca tan excitada, pero honradamente creía que no le hacía falta nada más de lo que acababan de hacer…

Solo porque para ella era buenísimo darle placer a él.

Cuando pudo recuperar por fin el aliento, alzó la vista por encima de su escultural cuerpo y preguntó:

—¿Te sientes mejor ahora?

—No.

Antes de poder darse cuenta, Ford ya la había subido hacia arriba e intercambiado sus posiciones para que ella ocupase su puesto en la cama y él estuviese inclinado sobre ella.

Él le dio un mordisco fuerte a su labio inferior, deslizando las manos por las de ella y sosteniéndola atrapada con un brazo a cada lado de la cabeza.

—Ni se acerca a estar mejor. —Sus dientes encontraron entonces uno de sus lóbulos, antes de gruñir—: No hasta que yo también te lo haga con la boca.

Ella casi se corre ahí mismo, con sus manos firmemente sujetas por la de él y esa lengua que dibujaba su tendón desde el lóbulo de la oreja hasta la clavícula. Y cuando su boca se cerró sobre su pezón, lo único que ella pudo hacer es arquearse contra él y suplicarle más.

—Por favor —dijo, aunque nunca hubiese sido una mujer que le rogase a nadie por nada.

Solo Ford la había reducido a esto. Y cuando él le dio exactamente lo que necesitaba rascando con su barba incipiente de un pezón al otro, sus súplicas cedieron el paso a solo su nombre, pronunciado por sus labios una y otra vez.

Ella le habría rodeado con las piernas para acercárselo más, pero él no solo la sujetaba por las manos sino que también tenía las piernas atrapadas bajo las suyas.

Ford había sido el amante más dominante que ella había tenido jamás, y por una vez en la vida, le había encantado dejar que otra persona mandase.

Pero después de romper con él, jamás había vuelto a permitirle a ningún hombre que llevase la iniciativa en la cama.

Solo que, ahora que él la tenía exactamente donde la quería, no podía negar que era donde ella quería estar, aunque unos minutos antes, cuando había estado tocándole y saboreándole, era ella quien había tomado el control del placer de los dos.

Tal vez, se encontró pensando con las pocas neuronas que seguían estando operativas, esta vez ninguno de los dos tendría que estar al mando.

Y si esta mañana servía como indicación, este nuevo equilibrio entre ellos, tanto como amantes como como amigos de verdad, haría que las cosas fuesen todavía más tórridas de lo que lo habían sido antes.

Él mantuvo sus manos cogidas mientras le inundaba de besos la parte de abajo de ambos pechos y luego bajaba por su estómago.

—Qué bien hueles —dijo entre besos. —. No puedo esperar a saborearte otra vez.

Pero en vez de apresurarse bajando por el resto de sus curvas de la forma en que ella tanto deseaba que hiciera, él se tomó su tiempo para dibujar la parte inferior de sus costillas con la lengua, para probar el hueco debajo del hueso de su cadera y luego para absorber su aroma cuando consiguió llegar a la V de entre sus piernas.

—Oh, nena —dijo bajando la mirada hacia ella—, estás tan mojada para mí… Tan a punto.

—Por favor, Ford —le volvió a suplicar ella. —No puedo esperar más.

—Yo tampoco puedo —dijo él, y entonces puso la lengua allí, resbalando en su humedad, una, dos, tres veces, antes de quedarse fijado en su clítoris.

Ahora le sujetaba las manos a los lados de las caderas y cuando Mia sintió que la tierra empezaba a deslizarse por debajo de ella le agarró los dedos con fuerza.

—Córrete para mí, Mia —dijo él, y entre sus intensas palabras y la dulce caricia de plumas de sus labios sobre su parte más sensible, no le hizo falta más para estremecerse y romperse en un millón de pedacitos.

Él la había conducido al orgasmo rápidamente, pero se había quedado con ella mientras bajaba lentamente, con los labios pegados suavemente a su piel hipersensible, besando el interior de sus muslos y luego la suave carne a los lados de sus caderas.

Ella estaba intentando recuperar el aliento y sus ojos seguían cerrados cuando él volvió hacia arriba y la atrajo entre sus brazos.

Igual que cuando acababa de despertarse se sintió calentita y a salvo.

Y amada.

Por otra parte, pensar en el amor fue lo que la trajo de vuelta a la realidad. Porque una cosa era convertirse en la amiga de Ford con la que compartía su cama. Y otra muy distinta era enamorarse por completo de él… y confiar en que esta vez fuese para siempre.

Por supuesto, él estaba tan sintonizado con ella que aunque ella apenas se había movido, él le apartó el pelo de la frente y dijo:

—Estoy encantado de que vinieses a Oregón y pasases la noche conmigo Realmente encantado. Le he pedido a Robert que nos llevara a tu casa para que puedas marcharte cuando necesites.

—¿Estamos delante de mi edificio? —Ella se separó de los brazos para levantar la persiana un poquito—.

Debemos de llevar horas aquí. No cabía duda de que todos sus vecinos se debían estar preguntando qué superestrella estaba interrumpiendo el tráfico ahí afuera.

—Y a juzgar por lo alto que el sol estaba ya en el cielo, Mia sabía que tenía que marcharse y arreglarse para sus citas—. Debería irme.

Él salió de la cama, gloriosamente desnudo, y la levantó para abrazarla.

—Primero, un beso más.

A pesar de que Mia sabía que todavía tenía mucho en qué pensar, su beso fue más libre de restricciones que nunca. Porque, ¿cómo iba a ser posible que volviesen a ese control infernal que habían estado manteniendo sobre si mismos cuando acababan de darse el cielo el uno al otro?

—Te recogeré a las siete.

Todavía tenía el cerebro hecho papilla por su beso cuando repitió:

—¿Las siete?

—Para nuestra cita de esta noche.

Por fin, ella se acordó.

—Pizza y peli. —De un estadio y un ostentoso autobús de gira a una velada en el sofá viendo una peli de serie B… No debería tener sentido.

Pero, de algún modo, lo tenía.