Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 23
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Capítulo 23

CAPÍTULO VEINTITRÉS

N o se esperaba de las estrellas del rock que tuviesen autocontrol. El mundo les tenía condicionados a comportarse tan temeraria y salvajemente como quisieran. Ford no era el peor de ellos, pero tampoco había sido ningún ángel.

¿Cómo iba a meterse en la ducha con Mia sin hacerle el amor?

¿Cómo iba a pasarle las manos por todas esas exquisitas curvas y detenerse ahí?

¿Y cómo diablos iba a escuchar esos soniditos jadeantes que hacía cuando su excitación iba más y más en aumento y no permitirse a sí mismo llevarla todo el camino hasta la cumbre?

Pero aunque no tuviese ni una sola respuesta a sus desesperadas preguntas, no habría sido capaz de contenerse de llevarla la ducha por nada del mundo.

Los dos estaban aún medio vestidos cuando él abrió el grifo y el agua tibia empezó a caer sobre ellos.

A él le encantaba tenerla en sus brazos, pero necesitaba bajarla al menos lo suficiente para quitarle el sostén y las bragas.

Sí, sabía que sería muchísimo más inteligente mantenerla al menos en parte cubierta, pero él estaba casi seguro de que iba a caerse muerto si no conseguía verla desnuda en los siguientes treinta segundos.

Se inclinó para besarla mientras estiraba la mano buscando el cierre de su sujetador. Estaba buscando a tientas las escurridizas piezas de metal cuando la sintió echarse a reír contra él.

—Ahí no, estrella del rock. —Sus ojos brillaban por la excitación y la risa cuando le cogió las manos y le guio hacia el diminuto cierre de la parte delantera, en el centro—. Aquí.

Él podía sentir el latido saltarín de su corazón contra su mano mientras él la sostenía ahí y repetía:

—Aquí —pero él no estaba hablando del sostén. Y por la forma en que sus ojos se oscurecieron y su sonrisa se desvaneció, él supo que ella también la sentía. Una conexión que ninguno de los dos había tenido, ni volvería a tener, con nadie más.

Él inhaló una vez, luego dos veces, para intentar aclararse la cabeza. Pero no le sirvió de nada, porque en el momento en que abrió el cierre y los increíbles senos de Mia cayeron en sus ávidas manos fue uno del que jamás podría recuperarse.

No era capaz de hablar, de pensar, de hacer otra cosa salvo quedarse mirando maravillado a esa preciosa piel pálida con unos pezones rosa oscuro que le hacían que la boca se le hiciese agua.

Sosteniendo ambos pechos, le acarició lentamente sus montañitas tiesas con los pulgares.

A él le temblaban las manos, pero ella estaba temblando también, mientras miraba hacia abajo, con lo que parecía asombro, a sus manos grandes y bronceadas tocándola.

—Otra vez. —Tenía el aliento entrecortado y las palabras que salían de sus labios eran apenas comprensibles—. Necesito que t…

Pero él ya le estaba dando más con su boca, cubriendo uno de sus perfectos pezones con los labios, lavándolo primero con la lengua y entonces usando los dientes por un momentito antes de lamerle el pequeño mordisco y hacerlo sentir mejor.

Ella se agarraba de su pelo húmedo con las dos manos y se sostenía contra él, arqueándose más hacia su boca.

Él le bañó cada milímetro del pecho con su lengua antes de moverse para coger el otro pezón.

Hicieron esto hacía cinco años, y aun así, cuando él levantó la cabeza para besarla, se sorprendió al darse cuenta de que esos recuerdos de los que jamás había sido capaz de librarse se estaban desvaneciendo de repente al descubrirse de nuevo el uno al otro.

Él todavía llevaba sus vaqueros, pero ella se había retorcido para quitarse las braguitas y mientras se besaban, el impulso de empujarla contra las baldosas y abrirle del todo las piernas para apretar su erección cubierta de tela vaquera contra ella era imparable.

Con un gemido de profundo placer, ella balanceó sus caderas contra él, una, dos veces, y mientras su cuerpo empezaba a temblar y a tensarse alrededor de él, lo último que él se esperaba es que ella apartase la boca de la suya.

—Solo besarte no será suficiente esta noche —le dijo mientras el agua caía por su pelo y luego por sus curvas. Su cuerpo ansioso se arqueó y curvó contra el suyo mientras decía—: Ni se acerca a ser suficiente, pero…

—Pero te hice una promesa, Mia. —Él la había visto con su familia, con sus empleados. Sabía que para ella una promesa tenía tanto valor como el oro, y necesitaba que ella supiera que para él también era así—. Y necesito cumplirla, aun cuando cada segundo de no tenerte me esté destrozando.

Ella le puso ambas manos a los lados de la cara.

—Nunca he deseado nada ni a nadie de la forma en que te deseo a ti, pero no sería justo para ninguno de los dos si yo te hiciera romper la promesa que me hiciste. —Ella cerró los ojos un momento y cogió aire profundamente antes de decir—: suéltame y pásame el champú para que pueda lavarte el pelo.

Señor, era casi imposible apartarse de ella, sabiendo que había estado a puntito de correrse dos veces esa noche, y luego no hacer lo que hiciera falta para que se quedara tranquila por fin.

Cuando consiguió apartarse de ella, ella miró hacia abajo, sorprendida.

—Todavía llevas puestos los pantalones.

—Es mejor así —le dijo.

—No, no lo es, si no puedo tocarte esta noche, al menos, te juro que voy a mirar.

Ella intentó abrirle el botón de los vaqueros pero solo un ligero roce de sus dedos sobre el abdomen hizo que el tuviese claro lo mala idea que era eso.

La detuvo poniéndole las dos manos encima de las suyas.

—Tengo que hacerlo yo mismo.

Vio lo reacia que era ella a apartar las manos, pero por fin asintió,

—Vale, pero hazlo deprisa.

Él sonrió ante esa orden sensual, sabiendo que solo con Mia se habían juntado jamás el deseo y la alegría de esta forma.

Los vaqueros mojados eran la hostia de difíciles de quitar en la mejor de las circunstancias, pero con la mujer a la que amaba desnuda y desesperadamente excitada a escasos centímetros de él, Ford no dejaba de distraerse de su objetivo por la forma en que las gotas de agua se deslizaban por sus pechos, para resbalar por sus pezones, sobre su estómago y acabar desapareciendo entre sus piernas.

—Tal como me estás mirando… —Le puso las manos en la barbilla y le levantó la cabeza al nivel de sus ojos de nuevo—. O te das prisita, o tendré que echar mano yo misma para poder mirarte así a ti también.

Solo estas palabras saliendo de sus labios hicieron que su erección se endureciera aún más por detrás de la cremallera que solo se había bajado a medias.

Moviéndose más deprisa ahora, se desató las botas y se las quitó de dos patadas.

Luego se bajó los vaqueros y los bóxeres y los dejó en un montón sobre el suelo embaldosado de la ducha.

— Oh, Ford. —Había una lujuria teñida de admiración en la voz de Mia, y tardó mucho tiempo en levantar la vista y volver a mirarle a los ojos—. ¿Es que te ha crecido en los últimos cinco años?

—Sí —bromeó él, y su risa reverberó en las paredes alicatadas mientras él se inclinaba a besarla—. Especialmente después de cinco días de interminables preliminares.

—¿No te has aliviado tú solo?

—No —volvió a besarla—. Lo he pensado cien veces, he estado a punto de hacerlo cien veces… Y cien veces, he sabido que no serviría de nada. Porque aunque consiguiera correrme, no sería con tus manos sobre mí. Ni con tu boca sobre mí. Ni contigo, toda caliente y mojada alrededor de mí.

—Para. —Ella le apretó la cara contra el pecho—. Por favor, deja de decirme esas cosas. Especialmente ahora que estás desnudo.

Sabía que ella tenía razón, y que él no estaba ayudándolos a ninguno de los dos a cumplir con su promesa.

—¿Tú te has tocado?

Su cuerpo se estremeció contra él al admitir:

— Sí.

—Bien. —Él le levantó la cabeza un poco para besarla y hacerle saber que lo decía de verdad—. ¿Cuándo ha sido la última vez?

Para entonces, sus pupilas se habían dilatado tanto que casi habían expulsado todo el azul de sus ojos.

—Esta mañana.

Diablos, en ese punto estaba tan al límite que ella casi podría también haberse dejado caer de rodillas y haberle puesto la boca y las manos encima…

—¿Antes o después de que yo fuese a tu oficina?

Él nunca la había visto sonrojarse con un rubor tan profundo hasta el momento en que le dijo:

—Las dos cosas.

Oh Señor, le resultaba demasiado fácil imaginársela con la mano entre las piernas dos veces hoy, con esa mirada de dulce éxtasis en su bello rostro al llegar al clímax.

—Necesito saber una cosa más. —Se detuvo, sabiendo que ni siquiera debería estar entrando en eso, pero incapaz de contenerse—. ¿En qué estabas pensando cuando te corriste?

Cuando ella levantó la vista y le miró, él ya sabía la respuesta, incluso antes de que le dijera:

—En ti. Siempre has sido tú.

Él aplastó su boca con sus labios, agarrándola por fuerza por el pelo para sujetarla exactamente donde la quería.

Exactamente donde la necesitaba.

—Me encanta la forma en que me besas. —Su voz estaba ronca por el deseo y el placer—. Como si nunca tuvieses suficiente.

—Nunca lo tendré.

Sus ojos, ya nublados por la pasión se suavizaron por la emoción.

—Ven y siéntate aquí —le dijo, empujándome suavemente hacia el banco embaldosado—. Ella se movió entre sus piernas y se echó en la mano un poco de jabón del dispensador de la pared—. Cierra los ojos y echa un poquito la cabeza hacia atrás.

Con los ojos cerrados, él era todavía más consciente de su olor, del tenue aroma a rosas de su perfume mezclado con excitación femenina.

No fue capaz de tener las manos quietas, tuvo que rodearle con ellas las caderas, y la oyó coger aire súbitamente cuando notó el contacto al mismo tiempo en que empezaba a masajearle el pelo con el champú.

Nadie le había tocado así jamás. Sí, siempre que tenía sus manos encima, su conexión sensual no podía negarse, pero la sensación de sus dedos moviéndose ligeramente por su cuero cabelludo y de sus palmas apretándose contra sus mejillas y su cuello era increíblemente reconfortante.

Ni de pequeño recordaba que nadie hubiese sido así de dulce con él, así de tierno.