Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 22
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Capítulo 22

CAPÍTULO VEINTIDÓS

E n la vida de Ford, había habido muchos grandes momentos. La primera vez que las entradas de un concierto suyo se habían agotado. Ganar su primer Grammy. Que incluyeran los cuadernos con sus letras en la exposición permanente del Salón de la Fama del Rock and Roll.

Pero tener a Mia en sus brazos los sobrepasaba a todos, fácil.

Ella tenía los labios suaves, pero su lengua y sus dientes parecían voraces mientras le besaba apasionada.

Sus fantásticas piernas estaban enrolladas en su cintura y sus brazos le rodeaban el cuello, mientras ella le decía sin necesidad de emplear palabra alguna lo feliz que estaba de estar con él aquí esta noche.

Aunque él deseaba que hubiese podido estar entre el público.

Había estado tan inspirado por esos ratos de los últimos días con Mia que sabía que había dado un concierto genial esta noche.

Y tal vez había sido bueno que ella no hubiese llegado antes al estadio, porque si él hubiese sabido que ella le esperaba después en el backstage, podría no haberse resistido a recortar la duración del espectáculo, solo para tener unos minutos más a su lado.

Aunque sabía que necesitaba dejarla pronto en el suelo, su suave gemido de placer cuando él le enredó las manos en su suave cabello y llevó el beso todavía más profundo le hizo desear hacerle cosas muy salvajes… Y casi le hizo olvidar que se estaban enrollando delante de su equipo.

—He conducido todo lo rápido que he podido —dijo ella cuando él por fin consiguió separar sus labios—, pero aun así me he perdido tu concierto.

Él le dio un mordisquito en el labio inferior.

—Y yo te he echado de menos todo el día.

Estaban tan cerca que a través de su camiseta húmeda y la fina camisa de seda, pudo notar como a ella le latía el corazón contra su pecho al decirle:

—Tendría que haberme subido al bus contigo esta mañana.

Por supuesto, eso era lo que él había deseado, pero había sido cuidadoso de ni siquiera sugerir que su concierto pudiese tener prioridad sobre el atareado día de ella en la oficina.

—Ahora estás aquí. —Y eso era lo único que importaba, solo estar con la mujer a la que amaba más de lo que había creído posible amar a nadie—. Estaba dirigiéndome a mi autobús. Vuelve a Seattle conmigo, Mia. A menos —bromeó—, que haya algo que te mueras por hacer esta noche en Eugene, antes.

—Solo a ti. Solo te quiero a ti, Ford.

Lentamente, él la bajó al suelo. Cuando sus pies tocaron por fin terreno firme de nuevo, él entrelazó sus dedos con los de ella, y fue cuando iban hacia el autobús cuando ella se detuvo de repente.

—Mi coche. Me había olvidado de él por completo.

Lo mismo le había pasado a él, en sus prisas por estar a solas con ella.

—¿Dónde está?

—He aparcado ahí delante. Creo que era una zona roja. Lo único en lo que era capaz de pensar era en llegar hasta ti antes de que abandonases el edificio. Por lo que sé, puede que ya se lo haya llevado la grúa.

Él volvió a besarla, un pico rápido, pero uno lleno de tanta sensación de posesión como era rendirse a la magia que siempre había existido entre ellos.

—Billy —dijo Ford—, ¿puedes encargarte de llevar el coche de Mia de vuelta a Seattle?

—Por supuesto, jefe.

Mia le dio las llaves.

—Gracias, Billy. —Le describió la marca y el modelo y le dio el número de la matrícula, por si acaso tenía que buscarlo llamando a alguna empresa de grúas—. Te lo agradezco de veras.

—Ningún problema en absoluto, Señorita Sullivan.

—¡Guau! —exclamó Mia cuando se subieron al bus de la gira—.

El autobús que tenías antes estaba bien, pero este es la bomba.

—Pasó la mano por la brillante barandilla de hierro de las escaleras—.

Por favor, dime que estas paredes no están chapadas en oro y que no tienes tapacubos de diamantes en las ruedas.

Ford le dedicó una sonrisa maléfica al meterla dentro y cerrar la puerta tras ellos.

—Si crees que esta parte del autobús está bien, deberías ver el dormitorio.

Mia nunca había sido del tipo de «virgen nerviosa».

Ni se sonrojaba, ni soltaba risitas, ni se hacía la tímida.

Y sin embargo, aunque Ford y ella ya se conocían íntimamente, estar a solas en este bus con él delante llevando una camiseta tan húmeda que le marcaba cada increíble línea de músculos de su pecho y su abdomen, hacía el corazón le latiera demasiado rápido y que se le entrecortara el aliento.

Después de que él avisara por el intercomunicador a su chofer de que ya estaban listos para salir, Mia decidió que tenía que recuperar el control.

Después de todo, había abandonado de golpe su trabajo en medio del día, había seguido a Ford hasta Oregón y luego se había lanzado sobre él en medio de una abarrotada zona de backstage.

Ahora que ella estaba por fin aquí y que tenían horas de viaje por carretera por delante para volver a Seattle, de ninguna manera iba a permitir que él la mantuviese a distancia durante el resto de la noche.

Ella le cogió la mano. Él tiró de ella hacia él, cosa que le encantaba.

—¿Sigues teniendo los mismos rituales post-concierto?

Podía ver la combinación de deseo y de sus intentos de controlarse atravesando su cara.

—Sí.

—Bien. —Ella le sonrió, segura ahora de que no estaban tan lejos de por fin desnudarse el uno delante del otro de nuevo. Gracias a Dios—. Vamos a la ducha, Ford.

Él gruñó, moviendo la mano que sostenía por detrás de la espalda de ella para inmovilizarla contra sus duros músculos y luego deslizando la otra mano en su pelo para besarla.

Todas sus ideas sobre el control, sobre intentar incitarle a llegar donde ella estaba tan desesperada por llegar, se fueron volando por la ventana cuando el placer de su lengua deslizándose caliente y ansiosa contra la suya la colmó.

Solo estar así con él la hacía sentir como si el suelo se estuviese moviendo por debajo de ellos…

Pero entonces, cuando él se apartó, ella se dio cuenta de que el suelo se movía de verdad a una velocidad constante sobre las ruedas del bus.

—Me tientas. —Él recorrió con su lengua la turgencia de su labio inferior—. Tanto… —Lo chupó suavemente para metérselo en la boca—. Demasiado.

Ella deslizó las manos por debajo de su camiseta hasta los músculos que daban brincos por debajo de sus dedos.

—Déjame tentarte esta noche, Ford. —Ella le lamió la boca a él de la misma forma en que él lo había hecho, notando encantada cómo sus manos se tensaban sobre ella—. Y —susurró en sus labios—, tú me puedes tentar también a mí.

—Una ducha. —Empezó a desabrocharle los pequeños botones delanteros de la blusa—.

Eso es todo lo que haremos esta noche, Mia.

—La lujuria lucho en su voz contra la determinación cuando su tarea dejó al descubierto el borde de puntillas de su sostén—.

Jabón —dijo con voz resonante, como si estuviese intentando recordar lo que normalmente uno usaba en la ducha.

Pareció perdido un momento sobre qué otras cosas podía haber allí hasta que dijo por fin—: Champú.

—Y piel desnuda —le recordó ella con voz sexi—. No puedo esperar a estar desnuda cont…

El resto de sus palabras juguetonas y sensuales se desvanecieron de sus labios cuando él extendió la punta de su dedo y acarició el punto exacto de su pecho donde la carne turgente se encontraba con el encaje.

—Hermosa. Maldita sea, tan hermosa.

Mia no podía evitar la idea de que él la estaba mirando como si nunca antes hubiese visto a una mujer desnuda y ella fuese la primera para él.

La única. Era una estrella del rock que podría tener a cualquier mujer del mundo y racionalmente, ella sabía que ni se acercaba de lejos a ser la primera.

Él tampoco era el primero para ella. Pero nunca había sido así con ningún otro hombre. Y cuándo él dijo de nuevo:

—Maldita sea, eres tan hermosa —no necesitó que el dijera que para él tampoco había sido nunca de esta forma con nadie.

No cuando ya veía la verdad en cada beso que él le daba, en cada caricia.

Se sorprendió al notar que le temblaba ligeramente la mano al recorrer la línea del encaje sobre la piel de una punta a la otra de su torso, y luego de vuelta.

Para entonces, ella había asumido que sí, y cuando, fuesen a desnudarse juntos, ocurriría en una carrera por quitarse antes la ropa a puñados y llegar hasta el otro.

Pero una vez más, Ford la sorprendía con una respetuosa reverencia donde ella solo había esperado lujuria…. Y con dulzura allí donde ella se había pasado años convenciéndose de que solo había habido pecado.

No se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento hasta que él por fin se movió para desabrocharle los últimos botones que mantenían su blusa cerrada. Él la apartó con suavidad de sus hombros y la prenda salió rápidamente y cayó al suelo detrás de ella.

Él la agarró del pelo con un puño y le inclinó la cabeza hacia atrás para poder poner su boca, caliente y ansiosa, sobre la curva de su cuello.

Sus pechos, ahora solo cubiertos por el encaje, se excitaron más cuando ella los apretó contra su pecho cubierto de algodón.

Y cuando él empezó a besarla bajando por su cuello, a través de sus hombros y de la parte superior de sus pechos, ella tuvo que sujetarse a su camiseta para no caerse.

Respira. Solo tenía que acordarse de cómo respirar. Dentro. Fuera. Dentro. Fuera. Y mientras sus labios y los pelillos de su barba se movían por su piel, ella casi le cogió el tranquillo de nuevo.

Es decir, hasta que con una sacudida sintió la inesperada sensación de su lengua cálida y caliente por debajo del encaje y por encima de un pezón.

—Ford. Sí. Por favor. Más. —Una palabra de súplica tras otra cayó de sus labios mientras ella se arqueaba en su boca, deseando que él tomara más, que moviera su perfecta lengua sobre el resto de su cuerpo.

Gracias a Dios, él escuchó sus súplicas al encontrar su otro pecho y dejarlo igual de húmedo y en punta que el primero.