Capítulo 21
CAPÍTULO VEINTIUNO
E n el momento en que Ford entró inesperadamente en la oficina de Mia el miércoles por la mañana, el zumbido de unos murmullos de emoción volvió a elevarse entre sus empleados.
Él era solo humano, pero donde quiera que fuese, parecía como si le siguiera una energía electrizante.
Eso hacía que esconderse con Ford en lugares públicos resultara prácticamente imposible.
Daba igual lo bueno que fuese su disfraz, o lo poco frecuentado que estuviese el sitio al que iban: sus fans podían sentir su presencia.
Estaba claro, dado lo exaltados que sus empleados se mostraron cuando él los saludó uno por uno por su nombre, que ninguno de ellos se había acostumbrado todavía a tenerlo por allí.
¿Lo acabarían haciendo? Es decir, si ella y Ford… ¿de verdad eran capaces de hacer que funcionase una nueva relación? Esa era la pregunta que se había pasado la mayor parte de la noche tratando de responder…
—Buenos días, preciosa.
Él llevaba en la mano un vaso de café de cartón para ella, pero lo que primero alcanzó su nariz fue su aroma masculino y limpio, absolutamente seductor.
Eso, y el hecho que conforme pasaban los días, él solo parecía hacerse más y más atractivo.
La edad, supo ella con total certeza, solo le haría ser más deseable.
—¿Otra vez tú? Estás aquí tan a menudo que al final tendré que acabar por pagarte un sueldo, ¿no?
Ella no podía evitar bromear con él, sobre todo porque era tan bueno verle.
Mucho mejor de lo que tendría que haber sido, teniendo en cuenta que apenas habían pasado doce horas desde que la había dejado en su casa tras el beso de buenas noches más ardiente del mundo.
Uno que la había dejado tambaleándose, casi tanto como sus crecientes sentimientos hacia él.
—Espero que los latte de avellana sigan siendo tus favoritos.
El corazón le latía con fuerza y sintió como le temblaban ligeramente las piernas al cogerle el vaso.
—Pues sí, gracias. —No pudo evitar que la voz le saliera un poquito entrecortada, no cuando cada milímetro de ella se moría por cada milímetro de él. Sabiendo que iba a tirar ese café que abrasaba por encima de ambos si no lo soltaba, lo dejó con cuidado sobre su mesa.
—Tengo que salir hacia Oregón en unos minutos. El autobús está ahí fuera, bloqueando el tráfico, pero no podía marcharme sin verte antes.
—Me alegra que lo hayas hecho.
Y de verdad se alegraba. No estaba segura de si brillaba el sol en el cielo antes de que él llegara, pero ahora que estaba aquí, sintió como si estuviesen en una playa del Caribe tomando sus potentes y cálidos rayos en vez de en el frío y bastante nuboso Pacífico Noroeste.
Oh, ¡cuánto deseaba tocarle! Tanto que sus manos temblaban de verdad por las ganas de acercarse a él. Pero sabía que sus empleados tenían que estar observándolos a través de las paredes de cristal de su despacho… E incluso el más mínimo contacto sería lo mismo que admitir que le pertenecía a Ford.
Sus ojos estaban oscurecidos y llenos del mismo impaciente anhelo que los de ella, pero, sorprendentemente, no la presionó. Tal como le había prometido, esta vez, no hubo ningún ultimátum.
Sería más fácil, muchísimo más fácil, si los hubiera.
Porque si él la agarraba y la besaba allí delante de sus empleados, ¿cómo podría hacer ella otra cosa salvo rendirse?
Y entonces no tendría que tomar esa decisión tan increíblemente difícil sobre estar o no estar con él.
Ocurriría sencillamente porque ella no tendría fuerzas para hacer que las cosas fuesen de otro modo.
Sus labios se elevaron ligeramente por los bordes como si estuviese leyéndole la mente.
—Tengo tantas ganas de besarte, Mia, que casi me está partiendo en dos.
Tragó saliva visiblemente, y lo mismo hizo ella, mientras se maravillaba de lo atractiva y sexi que era hasta su garganta. Dios, ¡ser capaz de desnudarle del todo para poder volver a aprenderse cada centímetro de su increíble cuerpo!
—Pero te prometí que esperaría —le recordó en voz baja—. Por los dos. Por nuestro futuro.
—¿Y si yo no quiero que esperemos más? Tú querías que primero fuésemos amigos, y lo somos. Sabes que lo somos, aunque solo hayan pasado unos días desde que volviste a mi vida.
—No quiero solo ser tu amigo, Mia. Quiero ser el mejor amigo que hayas tenido jamás. Pero todavía no he llegado a ese punto, ¿verdad?
Sí, ella le había perdonado. Y no podía negar que se sentía más cerca de él con cada hora que pasaban juntos. También pensaba en él todo el tiempo. Pero ¿podía confiarle sus más profundos temores? ¿Y era capaz de creer que él siempre estaría ahí, pasara lo que pasase?
Cuando ella no le dio la respuesta que él esperaba, el dolor apenas enmascarado en sus ojos hizo que a Mia se le encogiera el pecho.
Deseaba poder darle la respuesta que él quería, aunque solo fuese para hacer que desapareciese ese dolor, cuando él metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un sobre de color blanco.
La decepción por no estar en sus brazos, porque él no estuviese poniéndole la boca contra la suya, era tan grande que podía saborearla mientras le cogía el sobre y lo abría. Una entrada para un concierto cayó de él primero, seguido de un pase con un grueso plastificado.
—Sé que hoy tienes mucho que hacer, pero por si acaso…
Ford nunca había sido un hombre que vacilara, ni dentro ni fuera de la cama. Pero ella podía sentir lo inseguro que él estaba mientras ella sujetaba la entrada y el pase para el backstage.
—Si pudiera ir —dijo ella después de un momento—, lo haría. Pero tengo una visita a última hora y hacer todo el camino hasta Eugene a tiempo para el show probablemente fuese imposible.
—No pasa nada —dijo él, de una forma que le dijo que sí que pasaba—. Sabía que era bastante improbable. Puedes dárselos a alguien que creas que vaya a disfrutar de verlo.
Al final, ella le cogió la mano, ignorando lo que sus empleados pudieran ver o pensar sobre ellos, porque necesitaba que él lo supiera.
— Yo lo disfrutaría, Ford. Tanto, tanto… Y si pudiera ir esta noche, lo haría.
Ella nunca había sido una mentirosa sobre nada aparte de admitir sus sentimientos por él. Y ahora, cuando él la miró a los ojos para ver si lo decía de verdad, ella se aseguró de que supiera que era así.
—Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que te he visto tocar en un estadio. —A los dos les encantaba esa vieja canción de Air Supply, Making Love Out of Nothing at All —. De verdad que me encantaría ir a tu concierto de este sábado en Seattle, si puedes rascar una entrada para mí.
—¿Todavía tienes aquel vestido plateado?
Ella le lanzó una sonrisita maléfica y respondió:
—Si me lo hubieses pedido anoche, podría habérmelo puesto para ti.
Él gimió.
—Tengo que marcharme antes de perder la cabeza de tanto mirarte, sabiendo que no te puedo tocar.
—Pero en vez de alejarse, él cambió de posición, para que sus anchos hombros la ocultaran por completo de la vista del resto de la oficina.
Su mano grande era cálida, y sintió las yemas de los dedos encallecidas por las cuerdas de su guitarra cuando le acarició la mejilla con el resto de ellos y la barbilla con el pulgar—.
¿Qué te parece una pizza y una peli en mi casa el jueves por la noche?
Ella había pasado prácticamente todo su tiempo libre o con él o pensando en él desde que él volvió a Seattle.
Debería poner algo de espacio entre ellos, darse algo de tiempo para intentar pensar con claridad.
Pero saber que iba a echar de menos verle esta noche ya parecía un espacio demasiado grande.
Hasta ahora, habían estado juntos por una casa, o por la boda, o por alguna reunión de negocios a la que él había querido que asistiera.
Y cinco años atrás, ciertamente, no habían tenido ninguna cita.
Solo inacabables cantidades de sexo salvaje y excitante, que no habían hecho que su relación fuese en ningún modo más fuerte.
—¿Me estás por fin pidiendo una cita?
—Quiero hacer contigo cada una de las cosas que no supe cómo hacer la primera vez, Mia. Así que sí, te estoy pidiendo una cita. Una de verdad esta vez, completita con pizza y una peli.
Estaba claro que él quería que ella viese que podrían tener una relación alejada de los estadios, los autobuses de las giras, y de su fama. Si ella seguía estando decidida a mantenerle a cierta distancia, debería decir que no.
En vez de eso, le dijo.
—Conozco el sitio perfecto para ir a buscar esa pizza de camino a tu casa.
La sonrisa que él le devolvió parecía tener kilómetros de ancho.
—Iré a buscarte mañana a las siete.
—Vale. —La mera caricia de su mano en su cara la había calentado hasta el último centímetro y ahora estaba a punto de derretirse contra él—. Que tengas un concierto estupendo, Ford.
Se quedaron así, mirándose el uno al otro, durante varios largos minutos, hasta que él por fin la acarició por última vez. Y mientras ella le miraba salir hacia su autobús de la gira, fue como la letra de la canción de Air Supply que ahora no podía quitarse de la cabeza.
Ford siempre había sabido dónde tocarla… Y su corazón llevaba cinco años perdido en busca de un ritmo que solo él sabía tocar.
Seis horas después, Mia por fin se rindió y dejó de intentar concentrarse en el trabajo.
La entrada y el pase del concierto que Ford le había dado llevaban todo el día quemándole en el bolsillo trasero de sus vaqueros ajustados…
Y no dejaba de llevarse la mano a la mejilla, donde su caricia la había alterado tanto esta mañana.
—Disculpadme —les dijo a sus empleados cuando se estaban acomodando en sus sillas para la reunión semanal para revisar los nuevos inmuebles que habían entrado—, necesito encargarme de algo realmente importante.
De alguien realmente importante. —Orlando, por favor, ¿podrías llevar esta reunión por mí y la visita que tengo más tarde?
Su ayudante le echó una miradita como si supiera exactamente qué, quién , la tenía tan distraída.
—No hay problema, Mia.
—Gracias. Os veo a todos mañana.