Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 3
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Capítulo 3

CAPÍTULO TRES

H ermosa.

Cuando la vio allí parada, sorprendida, y luego, un instante después, totalmente furiosa, Ford pensó que Mia Sullivan seguía siendo la mujer más hermosa que él había visto jamás.

También la había tenido a unos tres metros la primera vez que le había puesto la vista encima, en medio de aquella abarrotada pista de baile, con ese vestidito plateado y las puntas de su rubio cabello apenas rozando el principio de la elevación de sus pechos.

Aquella noche en Seattle, el aspecto que tenía al cerrar los ojos para moverse al ritmo de la canción que él había escrito, tan sensual que él casi se había olvidado de la letra, le había hecho imposible dejar de mirarla.

Y cuando ella había abierto los ojos y le había mirado, él lo había sentido tan potente como el sonido del bombo de la batería, reverberando hasta lo más profundo de su alma.

Esa noche, había deseado desesperadamente saber el tacto que tendría su suave piel bajo sus yemas encallecidas, lo dulce que sabría su boca contra la de él, y lo bueno que sería abrazarla.

Cinco años después, todavía podría recordar cómo nunca se había cansado de tocarla, de acariciar cada uno de sus dulces curvas y pecaminosos valles una y otra vez hasta que ambos se volvían casi locos de deseo.

Aquella noche, en el club, su diminuto vestido había dejado a la vista sus increíbles piernas, pero de alguna manera, con el vestido ajustado de color amarillo pálido que llevaba ahora mismo, sus piernas parecían incluso más sexis.

Tenía el pelo un poco más largo ahora, pero sus ojos eran igual de brillantes y azules, y sus labios rojos y carnosos estaban ligeramente húmedos, como si se hubiese pasado la lengua por ellos justo antes de atravesar la puerta.

Pero no era solo su belleza lo que le dejaba pasmado…

Era la música que la acompañaba al entrar en la habitación.

Ella le había inspirado sus mejores canciones cinco años atrás…

Se había pasado toda una semana, o haciéndole el amor, o anotando los interminables riffs y estrofas que fluían por su mente.

Cuanto más tiempo habían pasado separados, con menos facilidad le surgía la música.

—¿Qué demonios estás haciendo tú aquí?

Maldita sea. Aunque sus ojos destellasen con llamaradas de furia, él pensó que era ella estaba espectacular.

—Eres incluso más bonita de lo que yo recordaba.

Creyó ver cierto placer ante este honesto cumplido pasando rápidamente por sus ojos antes de que regresara su rabia.

—Y tú eres incluso más gilipollas de lo que yo recordaba. —Su voz era firme, pero no del todo fría, al decirle—: Ahora que ya te has divertido, quiero que salgas cagando leches de esta casa para que yo pueda cerrarla y seguir con mi día.

Ford deseó arrastrarla a sus brazos. No se había olvidado, ni por un solo segundo en los últimos cinco años, de cómo sus cuerpos encajaban perfectamente. Pero, por ahora, no le cabía ninguna duda de que tocar a Mia, o peor aún, agarrarla, estaba completamente prohibido.

Al ver lo enfadada que estaba, Ford supo que tenía que avanzar con cuidado.

No le bastaría con decirle que lo sentía por haber sido un capullo inmaduro cinco años atrás, y por no haberse dado cuenta antes.

Daba igual lo sincero que fuera eso. Estaba claro que Mia no iba a creerse que ni una sola palabra de eso era verdad. Todavía no, al menos.

Así que en vez de cometer el error de intentar, y no conseguir, atraerla de vuelta a sus brazos con palabras dulces, Ford planeaba seguir una vía muy distinta.

Que era aprovecharse de las intensas chispas de atracción que claramente eran tan potentes entre ellos ahora como lo habían sido años atrás.

—Creía —dijo mientras se apoyaba contra la pared de piedra, como si estuviese perfectamente a gusto—, que enseñarme a mí a esta iba a ser parte de tu día.

—Para tu información —dijo ella, avanzando hacia él con su maravilloso pecho subiendo y bajando por debajo de la suave tela de su bonito vestido, los ojos echando chispas y la piel ruborizada por sus emociones—, de haber tenido la más mínima idea de que tú ibas a ser mi cliente anónimo, habría dicho que no tan rápido y alto que la cabeza de tu abogado todavía estaría dando vueltas por los aires.

—¿En serio? —Ford se aseguró de que esas palabras que salían de su boca estuviesen en la zona gris entre una pregunta y un pique, aunque él mismo había montado lo del cliente anónimo para asegurarse del todo de que volverían a encontrarse cara a cara de nuevo—.

¿No habrías querido tener ocasión de verme de nuevo después de todos estos años?

Al oír eso, ella levantó una ceja.

—Entiendo que seas un egocéntrico desquiciado, pero ni siquiera tú puedes decir eso en serio. —Entonces se echó a reír, pero su risa era amarga—. ¿Por qué narices podrías haber pensado que yo iba a querer volver a verte jamás ?

Porque nunca has dejado de amarme, igual que ahora sé que yo nunca he dejado de amarte a ti , era la respuesta que él deseaba con toda su alma que estuviese todavía dentro del corazón de ella, aunque estuviese enterrado muy muy hondo.

Pero como sabía que tenía años de furia por los que compensarla antes, dijo:

—A esta distancia, podrías hacerme bastante daño con el tacón de tu zapato. —Por su expresión vio que ella lo estaba considerando, así que añadió—: Y solo piensa en todas las otras formas en que podrías destrozarme si te acercases un poco más.

—Tentador —murmuró ella, bajando la vista hacia sus tacones de aguja—. Qué increíblemente tentador. Pero mi conciencia no podría aguantar cargar con todas tus fans lloriqueando porque haberte destrozado esa bonita cara.

Como si se hubiese dado cuenta de que estaba picando el anzuelo al reaccionar a él, de repente ella respiró hondo, su piel sonrojada volvió a su color normal y sus manos dejaron de apretarse en forma de puños.

Otro hombre habría pensado que este era un paso en la dirección correcta, pero Ford sabía que no. Mia Sullivan era todo chispas y llamas.

Que se enfriase significaba que la estaba perdiendo.

Ya la había perdido una vez. Fuese lo que fuese lo que tenía que hacer, no volvería a perderla de nuevo.

Ahora era ella la que se apoyaba ligeramente en el marco de la puerta, cruzando sus deliciosas piernas a la altura de los tobillos y con su boca curvándose ligeramente en las comisuras con una sonrisa burlona.

—¿Estás de verdad buscando una casa en Seattle? ¿O es que hoy estabas un poquito aburrido de la carretera y te apeteció echarte unas risas a mi costa?

Sí, él no podía negar que hacer que su abogado la llamara para ver casas en Seattle había sido fruto de un impulso incontrolable.

Pero antes de que Mia llegase esta mañana, él se había pasado algún tiempo dando vueltas por la propiedad antes de encaminarse al torreón, donde le encantó encontrar una puerta sin cerrar.

Tendría que haberse sentido más sorprendido de que la idea de vivir en Seattle a tiempo completo era una que le gustara.

Especialmente dado que durante toda su vida adulta nunca había pasado el tiempo suficiente en ningún sitio para tener su propia hierba que cortar ni una cocina que mantener limpia.

Solo un autobús de gira que iba cambiando cada varios años por un modelo más nuevo y lujoso.

Pero había algo extrañamente atractivo en aquellas tareas mundanas.

La idea de dejarlo todo por Mia parecía haberle llegado sin más en su autobús de la gira.

Pero estar cerca de ella otra vez le confirmó que siempre había estado ahí, bullendo apagada dentro de él durante cinco largos años de la misma forma en que algunas melodías jugueteaban con él durante semanas, meses, incluso años, antes del día en que finalmente se convertían en una canción real.

—Sí que quiero una casa en Seattle —le confirmó, apenas conteniendo las palabras por ti de salir de su boca. Era demasiado, demasiado pronto. Pero tenía que decírselo—. Y necesitaba volver a verte.

—Felicidades —replicó ella en ese mismo tono helado—. Ya tienes lo que querías. Ya me has visto. Por última vez.

Aunque ella solo estaba a unos metros de él, cuando se dio la vuelta, Ford se sintió como si se hubiese ido del todo. Lo que significaba que no tenía nada que perder al decirle:

—Nunca pensé que te vería así. —Cuando ella no se volvió, él subió la apuesta con—: Tan asustada por verme que saldrías corriendo en menos de cinco minutos.

El hielo en el que ella se había envuelto se quebraba más y más a cada palabra que surgía de la boca de él, hasta que lo vio desprenderse y caer completamente con la fuerza de su renovada furia. Ella se giró sobre sus talones para mirarle.

—Yo no estoy asustada de nada. —Echó la cabeza hacia atrás y su largo cabello rubio oscuro se movió hacia abajo por sus hombros y sus pechos—. Y decididamente no de ti .

Esta vez él era quien arqueaba una ceja. Todavía obligándose a contener el impulso de cruzar la habitación y arrastrarla contra él, se encogió de hombros.

—Pues por las apariencias, podrías haberme engañado.

Aunque sus puños se apretaron más fuerte, ella se movió más cerca de él.

Su aroma le rodeó, una dulce esencia floral envuelta en una especia sexi y lujuriosa.

Señor, adoraba su pasión. El problema era que él había sido demasiado joven, demasiado idiota, para saber cómo apreciarla…

O para entender el auténtico valor de una mujer, por encima del de poder dominar el mundo desde un escenario.

—No es el miedo la razón por la cual no quiero que seas mi cliente.

Es porque eres veleidoso y egocéntrico, y no tengo tiempo para gente como tú que dice que quiere una casa en Seattle pero solo están haciéndome perder el tiempo porque están aburridos con su dinero y sus juguetitos y con sus empleados inclinándose ante ellos y cumpliendo todos sus deseos.

—Seattle siempre ha sido mi ciudad favorita —le dijo él con voz relajada. Volvió a encogerse de hombros—. Pero lo entendería si tú no crees que puedas tenerme como cliente porque no has superado lo tuyo conmigo.

—¿Que no lo he superado? —Su mirada era tan afilada que él creyó casi sentirla atravesándole la ropa para clavarse en su piel—.

Si has terminado con este viajecito tan divertido por la senda de tus recuerdos, tenemos tres casas que ver hoy.

—Ella hizo un gesto con la mano indicando la habitación en la que estaban—.

Esta es el torreón. Es algo único y una de las características favoritas para mí de esta casa.

Las piedras se importaron desde de un auténtico castillo del siglo trece del norte de Inglaterra.

Cada palabra estaba medida y sonaba escrupulosamente profesional, pero él todavía le costó un mundo no sonreír… Al menos no hasta que ella le dio la espalda y se encaminó hacia las escaleras.

Ford Vincent había estado en un escenario delante de millones de personas, había destrozado las cifras de ventas de la industria musical con su último sencillo y tenía los números de algunas de las personas más famosas del mundo en marcación rápida en su móvil…

Pero hacía años que no se había sentido tan vivo.