Los Sullivan de Seattle (Libros 1-3) Capítulo 1
51%

Capítulo 1

CAPÍTULO UNO

M ientras Ford Vincent recorría los laberínticos pasillos hasta la parte trasera del estadio de Tempe, Arizona, en el que acababa de tocar, la música todavía seguía retumbándole en los oídos.

Esa noche había habido casi setenta y cinco mil personas en el público y él se lo había dado todo.

Y ahora, igual que cada día de sus giras, docenas de mujeres le estaban esperando en la puerta trasera, gritando: «¡ Ford, te amo!

» y « ¡Haré lo que sea para estar contigo esta noche! ».

A pesar de que los de seguridad hacían lo que podían para mantener las cosas bajo control, en cuanto puso un pie fuera, cinco mujeres como mínimo consiguieron frotarse contra la primera parte de su cuerpo que fueron capaces de alcanzar.

Lo más sencillo habría sido bajar la cabeza y abrirse paso entre la multitud, pero a Ford nunca le había parecido bien faltarles al respeto a sus fans.

Aunque a menudo estas cruzaran la línea de su espacio personal.

Esto es lo que él siempre había deseado, se recordó a sí mismo mientras empezaba a firmar autógrafos. Que la gente le quisiera. Que la gente le apreciara. Y había tenido éxito más allá de sus sueños más salvajes.

Entonces, ¿por qué todo le parecía tan vacuo y trivial?

Ford ya casi había atravesado la multitud cuando una nueva oleada de mujeres le vio desde la esquina del aparcamiento. Les hizo una seña a los de su equipo de seguridad para que le despejaran el paso y consiguió por fin subirse a su autobús.

Natasha Lawrence estaba sentada a la mesa en el banco estilo "diner", con el portátil abierto. Levantó la vista y le dijo:

—Esta noche te han montado bastante jaleo, ¿no? Ve a darte tu ducha, que luego tengo un par de cosas que quiero enseñarte.

Era una de las directoras de documentales más respetadas del gremio, y después de haberse pasado los últimos dos meses trabajando con ella, Ford no solo apreciaba sus habilidades y su talento, sino también su total fidelidad a su marido y a su familia.

Después de lo que había visto y experimentado durante más de una década en carretera, opinaba que esa clase de devoción era muy, muy rara.

El único hombre por el cual había visto que se le iluminaba a ella el rostro era su marido.

Después de años siendo un sex-symbol, disfrutaba de estar con una mujer que no estaba inclinada en lo más mínimo a arrancarse el sostén y lanzárselo.

Un minuto después, bajo el cálido chorro, dejó escapar un suspiro de alivio.

Esa ducha de después de actuar era lo único de lo que no podía prescindir al bajarse del escenario.

Otros roqueros necesitaban mujeres, drogas, bebida y a sus séquitos.

Él podría haber tenido a cualquiera de esas mujeres de ahí fuera esta noche.

Solo le habría hecho falta mirar a una y chasquear los dedos.

Pero los arrepentimientos y resacas de la mañana después, la mente nublada y los «amigos» que le chupaban el culo habían dejado de tener gracia para él mucho antes de cumplir los treinta.

Sin mencionar que despertarse junto a una desconocida fue algo de lo que se cansó bastante rápido.

Especialmente cuando siempre, inevitablemente, comparaba a esas mujeres con la única junto a la que de verdad había disfrutado de despertarse…

Se aclaró el champú y el jabón del pelo y del cuerpo y luego dejó que el agua cálida corriera sobre su piel unos segundos más antes de cerrar el grifo.

Después de sacudirse la humedad del pelo, abrió la puerta y cogió una toalla que colgaba de una percha metálica en el pequeño espacio embaldosado.

Después de secarse con rapidez, se puso rápidamente un par de vaqueros y una camiseta.

—Esta noche hemos hecho algunas tomas estupendas —le dijo Natasha al tiempo que él se deslizaba en el banco y ella pulsaba el Play en una de las ventanas de la pantalla de su ordenador—. Un público realmente colorido y —añadió con una sonrisa—, la música tampoco ha estado mal.

—Arizona siempre va bien —asintió él.

Pero a pesar del entusiasmo del público y de su gran banda respaldándole, Ford sabía que esta no había sido su mejor actuación.

Allí donde antes la magia aparecía por sí sola simplemente con que saliese a escena, tenía ahora que trabajar cada vez más y más para prender esa llama.

En algunas noches, como la de hoy, se bajaba del escenario pensando que no se había ganado los bises.

Natasha le pasó un par de botellas de agua deslizándolas sobre la mesa en el momento en el que el autobús empezó a moverse, y él se bebió una de un solo largo trago para reemplazar el sudor que había perdido rasgueando la guitarra y dándole al micrófono por todo el escenario durante su espectáculo de tres horas.

Ella iba a filmar su próxima actuación en el estadio de Alburquerque, Nuevo México, la noche siguiente, y dado que normalmente Ford siempre tardaba un par de horas en librarse del subidón que le daba actuar, para ellos tenía sentido organizar reuniones de medianoche como esta para meterle algo de trabajo al documental.

—Como sabes, he estado recopilando fragmentos de vídeo de épocas pasadas de tu carrera hechas por las cámaras de los reporteros y por los dispositivos personales de la gente.

—Ella cerró la ventana en la que se veía la grabación del espectáculo de ese día y abrió una nueva con algo obviamente filmado con una cámara de muchísima menor calidad—.

Aunque el pixelado de algunos de esos clips no es espectacular, hay unos cuantos lo bastante potentes como para que yo pueda editar algunas partes y usarlos sin que la calidad general de la película se vea afectada.

Al principio, a Ford no le había interesado que hicieran una película sobre él.

No solo porque a veces todavía se sentía igual que un niño jugando en el arenero del parque del rock and roll, mientras que Jagger y Bowie se habían ganado sus sitios en los columpios, sino porque tampoco tenía interés alguno en tener a unos desconocidos hurgando en su pasado.

Solo cuando Natasha le había dejado claro que solo estaba interesada en su música, y en la poderosa manera en que afectaba a tanta gente por todo el mundo, consintió en que ella empezase a filmar su gira.

Por supuesto, también exigió dar su visto bueno final sobre cualquier cosa que se incluyera en el documental.

De momento, lo único que había hecho era sentirse impresionado por lo que le había mostrado Natasha, no solo por los fragmentos de sus actuaciones y entrevistas con los miembros de su banda e ingenieros de sonido, sino también por las interesantes conversaciones con terapeutas que utilizaban su música para tratar a sus pacientes.

—Esta grabación es de hace cinco años. Estabas tocando en un pequeño club de Seattle como avance de tu primer lanzamiento con un gran sello, así que había bastantes cámaras grabando la actuación.

He encontrado algunos vídeos de mayor calidad pero he pensado que este era uno de los más interesantes y quería saber qué pensabas tú de él.

¿Hace cinco años?

¿Seattle?

El puño de Ford se cerró con fuerza alrededor de la nueva botella que había estado a punto de abrir, mientras ella pulsaba el Play.

Maldita sea, ahí estaba ella.

El que filmaba había hecho zoom en Ford cuando salía a escena a tocar su primera canción y luego había abierto la imagen hacia un público enloquecido. Sus fans bailaban, cantaban y aullaban palaras de elogio, pero había una mujer que destacaba de entre todos ellos.

Con su vestidito plateado, su cabello rubio cayéndole sobre los hombros y con una expresión de puro placer sensual en la cara mientras dejaba que su música la invadiera, quedaba claro que el que grababa claramente no podía apartar la lente de esta mujer.

Ford tampoco había sido capaz de apartar la vista de ella. Cuando se abrió la imagen para incluir a Ford y al público juntos, el momento en que Mia Sullivan y él se miraron a los ojos por primera vez había quedado capturado en cámara.

Y estaba totalmente cargado de electricidad.

Todo le volvió de pronto a la mente: el asombro por que una mujer pudiera ser tan hermosa, la sorpresa de que alguien pudiese permitir que un desconocido viese tanta emoción auténtica en sus ojos, la manera en que cada milímetro de su sedoso cabello, su suave piel y sus exuberantes curvas exhibían pura sensualidad, que Ford casi intentó tocar la pantalla del portátil con la mano.

Solo se contuvo al darse cuenta, algo tarde, de que Natasha le estaba observando con atención.

—Aquella noche estuviste increíble, Ford.

Natasha tenía razón. Aquella noche en Seattle fue una de las mejores actuaciones que había hecho jamás. Porque, por primera vez en su vida, había tocado para alguien más que para sí mismo y para una multitud de desconocidos.

Había tocado para Mia .

Natasha pausó el botón de reproducir y antes de que él pudiese hacer que su cerebro funcionara lo suficiente para decirle que parara, ella abrió otra ventanita a la derecha de la pantalla.

—También quería que vieses este vídeo del backstage.

Cada uno de los músculos del cuerpo de Ford se tensó cuando ella volvió a hacer clic en el Play y él adivinó correctamente lo que estaba a punto de ver: Mia siendo conducida al backstage.

Desde esa primera visión de ella en el público, Ford había estado desesperado por conocerla, por tocarla, por reclamarla como suya .

Si las chispas entre ellos habían sido ardientes cuando él estaba en el escenario y ella en el público, las llamas casi saltaron de la pantalla cuando se acercaron el uno a otro en la zona sin ventanas del backstage en la que él estaba a punto de proceder a su encuentro con la prensa de después del espectáculo.

En el momento en que Ford cogía la mano de Mia en el vídeo, Natasha lo puso en pausa.

—¿La recuerdas?