Capítulo 25
CAPÍTULO VEINTICINCO
Ford nunca se había preocupado demasiado por la ropa que llevaba hasta que se hizo famoso.
A lo largo de los años, había aprendido a confundirse entre la multitud cuando lo necesitaba.
Esa noche, se aseguró de que llevar bajada la visera de su gorra de béisbol y de que su camisa de manga larga le tapaba los tatuajes.
Un par de personas le miraron dos veces mientras caminaba hacia el edificio de Mia, pero él siguió andando.
Al menos, hasta que ella salió del ascensor e hizo que su cerebro y su cuerpo se parasen en seco.
Como era una noche cálida, ella llevaba un vestido con escote halter de color crema que dejaba al descubierto sus maravillosos hombros y acentuaba sus curvas.
Daba igual lo buenas que fueran la pizza o la película: él no estaba seguro de poder hacer otra cosa que no fuese mirarla fijamente toda la noche.
Acercándose a él con unas sandalias de tiras de tacón alto que hacía parecer que sus piernas eran interminables, ella le dijo:
—Yo también creo que estás muy guapo. Y entonces le dio un beso suave y húmedo que volvió a ponerle el mundo del revés.
Anoche, cuando ella le besó en el backstage de Oregón, había sido algo muy importante, aunque él sabía que nadie de los de su equipo hablaría públicamente sobre ellos dos. Pero esta era la primera vez que ella le había besado o tocado de forma afectiva en un espacio auténticamente público.
—He hecho el pedido hace unos quince minutos, así que la pizza debería de estar lista para que la fuésemos a recoger.
—Ella le observó, con su gorra de béisbol y unos vaqueros y una camiseta anodinos—.
¿Quieres esconderte en mi casa mientras yo voy a buscarla para no crear histeria en masa en las calles?
Probablemente era una buena idea, pero él deseaba muchísimo ver si ella le cogería de la mano en público. Sabía que estaba siendo codicioso, que el beso debería bastarle. Pero no lo hacía. Ni se acercaba.
Él lo deseaba todo de ella, corazón y alma.
Y lo deseaba lo antes posible.
—Me atrevo a arriesgarme si tú también.
—Ahora que tienes casa aquí, supongo que la gente tendrá que acostumbrarse a verte por la ciudad —dijo ella, encogiéndose de hombros—. ¿Por qué no empezar esta noche?
Cuando ella no le cogió de la mano mientras caminaban, pero tampoco evitó a propósito que la vieran con él en público, Ford se recordó a sí mismo la mejora que eso suponía comparado con dónde habían estado solo unos días atrás.
—Parece que has estado ocupado hoy — dijo ella, señalando a un quiosco de prensa donde se veía su rostro en la portada del periódico.
En ese momento, un hombre grandote la empujó al pasar corriendo por su lado y cuando ella se tambaleó sobre sus tacones, Ford agradeció la excusa para poder rodearla con sus brazos.
—Te tengo.
En medio de la abarrotada acera, ella no se apartó de inmediato, sino que se quedó ahí parada con las manos abiertas sobre su pecho.
— Lo has dicho de verdad, ¿no?
—Sí.
Pero las palabras no bastaban. Necesitaba besarla, aunque no fuese justo empujarla a una declaración pública como esta. Ford había llegado al límite de su autocontrol esa mañana exactamente al mismo tiempo en que ella lo hacía, y ahora parecía que no había forma de recuperar ese control.
Casi podía saborear ya el toque de menta de sus labios cuando una voz nítida, y muy conocida, dijo:
—Rutherford, vaya una coincidencia.
A pesar de que seguía teniendo las manos de Mia encima, no pudo evitar ponerse tenso. Ella le miró confusa, y luego a la pareja elegantemente vestida que se había detenido en la entrada de un restaurante de aspecto caro.
—Mis padres están aquí.
Ella miró alternativamente a cada uno de los tres.
—¿Estos son tus padres? —preguntó con tono de incredulidad.
Asintiendo, él se preguntó qué probabilidades había de que esa gente no solo le hubiese arruinado la infancia sino que también fuese capaz de encontrar alguna forma de joderle de algún modo también el futuro.
Porque con Mia todavía indecisa sobre estar con él o no, que conociese a sus padres no iba a ser precisamente de ayuda alguna para su caso.
No cuando ella vería de verdad los genes que les pasaría a los hijos que él quería tener con ella.
Le había descrito ya su infancia, pero era mucho peor para ella verlo por sí misma.
Se estaba preparando para lo peor, cuando Mia le cogió de la mano, levantó la vista y le sonrió.
—Yo también te tengo.
Eran solo cuatro sencillas palabras. Pero lo cambiaron todo al instante.
Mia sabía que tenía que haber algún parecido familiar entre Ford y sus padres, pero honestamente no era capaz de verlo. Parecían tan engominados y estirados… Mientras que él estaba muy cómodo y relajado en su propia piel.
—Catherine. Lance. Esta es Mia Sullivan.
No dijo que se alegraba de verlos, ni ellos tampoco a él.
—Hola. —Ella estiró la mano para estrecharles las suyas, aunque ellos no se la habían ofrecido aún.
No la dejaron con la mano en el aire, pero tampoco parecieron demasiado impresionados con ella, con su coqueto vestidito, su pelo recogido en una coleta y sus pendientes de cristal de estilo bohemio, no precisamente perlas ni diamantes.
Estaba segura de que todavía tenían sueños de ver a su hijo con una chica perfectamente educada, miembro de la Junior League, no con una mujer como ella que se había criado en una familia de clase media…
Y que solo unas horas antes le había rogado a su hijo que le permitiese disfrutar de su gloriosa erección.
Su madre volvió hacia él una mirada fría.
—¿Cómo estás, Rutherford?
Señor, pensó Mia, era como observar a unos conocidos lejanos que se encontraban en la calle y pensaban que tenían que intercambiar unas palabras por educación. Estrujó la mano de Ford para recordarle que no estaba solo en esto.
Él bajó la vista y le sonrió, y ella estuvo encantada de ver la chispa que saltó en sus ojos oscuros antes de volverse hacia su madre.
—Todo va genial, gracias. ¿Y vosotros, chicos?
Las cejas de su padre bajaron hasta casi tocar sus ojos al escuchar el modo informal en que Ford les hablaba. Estaba claro que Lance Vincent había sido educado y entrenado para otra clase de respuesta totalmente diferente.
—Estamos bien, gracias. Seattle se ha convertido en toda una escena artística, y estamos aquí para concretar algunas adquisiciones para la galería de tu madre.
—Parecía ligeramente incómodo al añadir—: Este encuentro es extremadamente afortunado y a que uno de nuestros principales inversores locales nos ha informado de que le gusta tu música.
Estoy seguro de que le encantaría conocerte si nos acompañas adentro.
—Tenemos una pizza esperándonos. Pero dile a tu amigo que me alegro de que le mole mi música.
La madre de Ford por fin estiró la mano y tocó a su hijo en un brazo. Pero no hubo nada de maternal en ello, especialmente porque la forma en que le clavó las uñas en la piel mostraba que estaba más bien irritada con el que cualquier otra cosa.
—Pero ahora tú estás aquí y nosotros nos marchamos mañana por la noche. Estoy segura de que tu pizza puede esperar unos minutos.
Antes de que Mia pudiese pararse a pensárselo bien, preguntó:
—¿Estáis aquí para reuniros con unos inversores pero ni siquiera os quedáis un poquito más para ver el concierto final de la última gira mundial de vuestro hijo?
—Tenemos obligaciones. Además, no somos fans de la música de su estilo —dijo su madre, como si eso lo explicase todo.
—¿No? La voz de Mia era engañosamente dulce. —¿Qué clase de música os gusta?
—El padre de Rutherford y yo estamos en la junta de la Ópera Lírica de Boston y de la Orquesta Sinfónica de Boston.
—Seguramente, a pesar de eso, vuestras obligaciones puedan esperar otro día para que podáis ver su espectáculo.
A su madre se le agrió el gesto, al menos todo lo que sus inyecciones de Botox se lo permitían, ya que habían petrificado su expresión en una de casi perfecta indiferencia.
—Lance y yo encontramos tremendamente difícil escuchar todos esos golpes y chirridos. De pequeño, Rutherford tenía tanto talento… Podría haber sido un músico clásico. Podría haber sido un compositor respetado con solo haberse empeñado en ello en vez de en hacer el tonto con esa guitarra eléctrica.
—¿Hacer el tonto? ¿Podría haber sido respetado? ¿Golpes y chirridos?
A Mia la rabia casi estaba a punto de hacerla lanzarse de cabeza volando sobre la acera.
Solo la mano de Ford que sostenía la suya evitaba que lo hiciera.
Tal vez, pensó Mia con apenas el mínimo de claridad que quedaba en su mente, Ford sería más feliz si siguiera sin tratar con sus padres, pero a ella la habían educado para decir lo que pensaba.
Y si esta iba a ser su única oportunidad de dejarles esto clarito, por Dios, iba a aprovecharla.
Porque ella creía que sus padres daban asco.
—Vuestro hijo es una de las personas más increíbles que yo haya conocido.
No solo tiene más talento en su dedo meñique que cualquiera de esos músicos de verdad a los que obviamente veneráis, sino que, lo que es más importante, es uno de los hombres más amables, divertidos y maravillosos que he conocido en mi vida.
Lo que resulta todavía más impresionante después de conoceros a vosotros dos.
—Ella les miró con desdén, sin importarle lo que opinarían sobre cómo les estaba atacando, porque, claramente, sus opiniones no contaban—.
Solía pensar que era triste que no estuvieseis presumiendo de él delante de vuestros amigos, pero ahora estoy encantada de que no lo hagáis porque ninguno de vosotros se merece el honor de llamarle hijo.
Y —necesitaba añadir antes de que pudiesen darle la espalda del todo y entrar en el restaurante—, su nombre no es Rutherford. Es Ford.
Sus padres la miraron boquiabiertos y enfadados, pero ella ya había terminado con ellos. Ford también la estaba mirando fijamente, con expresión inescrutable, mientras ella tiraba de él para alejarlo de dos personas a las que estaba así de cerca de dar un puñetazo.
Mia estaba tan furiosa que no tenía ni idea de que se había formado una multitud alrededor de ellos mientras les decía a los padres de Ford lo que pensaba exactamente de ellos.
Había notado que al menos una docena de desconocidos les reconocían mientras caminaban por la acera hacia el garito de la pizza, pero Mia estaba tan obviamente empeñada en que siguieran moviéndose que nadie intentó interceptarlos.
Él todavía podía notar como ella seguía furiosa mientras él pagaba por su pizza y luego paraba a un taxi para que los llevase hasta su casa.
Ella estaba inusitadamente callada mientras dejaba reposar lo del inesperado encuentro en su mente, pero nunca le soltó la mano.
Y aun mientras él pagaba al taxista, ella esperó en el asiento a su lado para que los dos pudiesen salir del taxi sin que hiciera falta que se soltaran.
Una vez dentro, él dejó la caja de la pizza en la encimera de la cocina y la atrajo hacia él.
—¿Te he mencionado últimamente que me dejas con la boca abierta?
Normalmente, sabía él, ella le habría respondido con alguna bromita acerca de quién tenía abierto o cómo le había dejado la boca aquella mañana. Pero esa noche, ella solo levantó la vista para mirarle a los ojos y le dijo:
—Había oído todo lo que me habías dicho de ellos, pero supongo que en realidad no quería creérmelo del todo.
Quería pensar que tal vez algún día yo podría reunir a tu familia y que se podría convertir en una de verdad, una cariñosa.
—Dejó escapar aire con fuerza—. En vez de eso, cuando me he dado cuenta de lo fuera de tiesto que estaba esa idea, me he puesto a chillarles en plena acera.
—Su gesto volvió a endurecerse—. Lo cual se merecían del todo.
Pero aun así. No lo he consultado contigo primero, solo lo he soltado sin más.
Lo siento, Ford, por no haber sido capaz de evit…
Él interrumpió sus disculpas en seco pasándole la punta del dedo por la nariz, y le encantó ver como las comisuras de sus labios se elevaban solo un poquitín ante esa caricia que pretendía hacerle cosquillas.
—Nadie se había lanzado nunca a defenderme de esa forma.
Ni mis profesores, que tenían que saber lo fracturada que estaba mi relación con mis padres y lo mucho que odiaba ir a casa, hicieron nada.
Estoy seguro de que fue porque como no veían morados, no pensaban que la situación pudiese ser tan mala.
Y, para ser honesto, cuando estaba lejos de casa, que era la mayor parte del tiempo, más o menos bloqueaba su existencia de mi mente, así que en realidad no lo era.
—Entonces, ¿no estás enfadado conmigo por haber montado una escena total haciéndolos trizas?
Un millón de personas podría estar gritando a la vez su nombre desde el público, y aun así, él no se sentiría tan amado y apreciado como cuando ella había mandado al infierno a sus padres en medio de la calle.
—Te quiero, Mia.
El fuego, la preocupación, inmediatamente se desvanecieron de sus ojos, solo por ser sustituidos por ese recelo que ella tenía sobre su futuro juntos. —Ford
—Y me encanta saber que vas a proteger a nuestros hijos con la misma pasión, sin reservas, sin «pensar», si alguien jamás intenta no tratarlos bien y salirse con la suya.
Ella le miró con los ojos entornados.
—Sé lo que estás haciendo. Crees que porque tus padres me han sacado de quicio, eso significa que ahora somos los mejores amigos del mundo y que puedes volver a hablar de nuevo sobre casarnos y tener hijos.
—Ella se libró de sus brazos como un torbellino—.
Te haré saber que continúo intentando que mi mente se decida sobre nosotros, y que da igual lo mucho que me intentes dorar la píldora sobre lo geniales que serían nuestros hijos y nuestra vida en común, eso no me hará decidirme antes.
Así que ya puedes dejar de estar tan guapo y ser tan alucinante y oler tan bien y decir todas esas cosas tan bonitas sobre lo mucho que me quieres, porque te lo voy a decir ahora mismo: ¡me decidiré cuando esté lista y convencida y no un instante antes!
Tal vez él no tendría que haberse echado a reír antes su soliloquio, pero estaba tan mona mientras le echaba la bronca, que no pudo evitarlo. A ella se le escapó un rugido de los labios y cuando se lanzó a por él, él la atrapó y la levantó en sus brazos.
—Es una noche cálida para estar en Seattle, ¿no crees?
Él era lo bastante grande para atrapar sus brazos y piernas contra su cuerpo mientras la llevaba por la cocina hasta el patio trasero.
El agua fría sería la forma perfecta de hacer que se le fuese de golpe toda la amargura que se había quedado dentro después de ver a sus padres.
Él estaba acostumbrado a ellos y sabía exactamente qué esperar en las raras ocasiones en las que se encontraban por accidente, pero ella había ido completamente a ciegas.
—¿Qué demonios estás haciendo, estrella del rock?
—Refrescar el calentón de mi chica impulsiva.