Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Y luego se dejó caer sobre sus rodillas, con su boca caliente y desesperada dándole besos en el vientre, metiendo la lengua en su ombligo y mordisqueando la suave piel de su alrededor.

—Toda la noche —dijo él contra su estómago cuando ella dio un jadeo de placer—. Podría pasarme toda la noche saboreándote así, cada milímetro de ti.

O sí, a ella le encantaba la idea de él jugando con su boca y su lengua y excitándola toda la noche. Pero no; no esta noche, no cuando se iba a volver loca por las ganas de estar con él piel con piel,

—Yo quiero hacerte lo mismo, también —le dijo, pero él llevaba demasiada ropa encima, así que ella le agarró la camiseta y se la quitó por la cabeza.

Con Ford todavía de rodillas frente a ella, podría ver desde arriba sus anchos hombros y su piel bronceada que él había adornado con unos intrincados tatuajes.

Reconoció varios de ellos, recordaba bien la alegría de recorrerlos con las puntas de los dedos mientras ambos yacían juntos en su habitación de hotel, y de nuevo sus dedos se vieron impelidos a hacer justo lo mismo.

Pero antes de que pudiese hacer nada más que rozarle los cálidos músculos, él le cogió las dos manos en las suyas y las besó.

—Si sigues tocándome, no llegaré ni a la ducha, Mia.

—Eso me parece bien —susurró ella mientras él sostenía sus manos contra su corazón y ella podía sentir lo rápido que le estaba latiendo. Casi tan rápido como el suyo.

—No. — Él meneó la cabeza—. No —dijo otra vez, como si la repetición pudiese de algún modo convencerlos a los dos de que una ducha iba a ser suficiente—.

Bien no es lo bastante bueno. —Sus ojos estaban nublados por el deseo y la emoción—.

No quiero que las cosas estén bien contigo.

No quiero ni que estén bien ni que sean suficientes contigo.

Lo quiero todo. Quiero incluso más que eso.

—Podía ver cómo intentaba recobrar el control.

De repente dijo—: No creo que te contase que tenía catorce años cuando perdí la virginidad.

—Eras bastante joven —murmuró ella, preguntándose a dónde quería ir él a parar con esta información que parecía haber surgido de la nada.

—Para los estándares actuales, no tanto. Pero en aquel entonces, sí, era bastante joven. Mira, había un colegio de chicas al otro lado del río, en Boston, y era como ponerse una medalla al honor volver con los otros tíos y decirles que habías marcado un tanto.

—¿Y ellos te creían?

—Lo hacían cuando tenías las bragas en el bolsillo como prueba.

—Los chicos adolescentes son lo peor.

—De más formas de las que puedas imaginarte. —Él meneó la cabeza—. La cosa es que yo no sabía nada sobre la amistad ni el amor por aquel entonces. No intentaba conseguir nada de esas chicas salvo sus bragas y, esperaba, ser yo quien las desvir…

Ella le detuvo ahí levantando la palma de la mano.

—Ya me hago a la idea del cuadro, gracias. —Mia sabía que no tenía motivos para estar ni mínimamente celosa de ninguna de esas chicas, pero la razón no siempre entraba en juego en lo que a Ford se refería.

—Cada una de las mujeres con las que he estado desde los catorce ha sido exactamente lo mismo.

Ninguna de ellas ha significado nada para mí.

No hasta ti. Y cuando sentí que no sabía hacer de novio en vez de solo tener un rollo, fue fácil hacer que el sexo fuese lo fundamental contigo hasta que enterró cualquier otra cosa que hubiésemos podido tener.

Pero esta vez nos jugamos demasiado, Mia.

Me has dado una segunda oportunidad, y yo no pienso cagarla jodiendo todo lo que estamos empezando a construir.

En ese momento ella supo que él no solo deseaba su corazón.

Deseaba su alma también. Y, oh, era tan tentador decirle simplemente que ya tenía las dos cosas.

Porque entonces él dejaría de contenerse, de cumplir su voto de mantener el control con ella hasta que hubiesen creado algo verdaderamente sólido.

Pero ella todavía podía escuchar la forma en que él le había preguntado en su despacho: Quiero ser el mejor amigo que hayas tenido jamás. Pero todavía no he llegado a ese punto, ¿verdad?

Igual que ella podía sentir todavía ecos de su propio silencio.

Había conducido hasta Eugene para verle porque le había estado echando de menos todo el día, porque había pensado en el todos y cada uno de los segundos, porque simplemente no podía pasar otra noche sin él…

Y porque estaba todavía buscando algunas respuestas.

Respuestas que sabía que no le llegarían solo a través del sexo.

—Te prometo que no te presionaré para que me hagas el amor esta noche —le dijo—, pero necesito más que solo unos besos.

En vez de responderle con palabras, él le desabrochó el botón de los vaqueros y le bajó la cremallera.

El calor de su respiración a través del encaje de sus braguitas hizo que a ella le flojearan las piernas, sobre todo cuando él le bajó rápidamente los pantalones por completo.

Ella estaba temblando por la intensidad de su deseo, y lo único que la mantenía erguida era la serena fuerza de sus manos en sus caderas mientras le posaba la boca sobre la parte superior de su hueso pélvico.

Mia siempre había sido una mujer fuerte, pero siempre que Ford la tocaba, aun cuando era solo con la más leve presión de su boca contra su piel, ella se derretía.

Una vez, tiempo atrás, se había odiado a sí misma por esta debilidad.

Pero esta noche, mientras él transformaba su realidad hilando un relato con la fantasía más dulce con la que podría haber soñado jamás, ella entendió por fin que no se trataba de debilidad.

No, no era debilidad en absoluto. Porque Ford y ella estando juntos era la fuerza más grande y potente que había conocido. Una que solo un hombre o mujer verdaderamente valientes podrían soportar.

Cinco años atrás no habían sido lo bastante fuertes. ¿Pero ahora?

Cada vez más, estaba empezando a preguntarse si podrían serlo.

El arañazo de sus dientes en la parte baja de su abdomen hizo que ella soltara el aire en forma de jadeo, mientras él le bajaba las bragas de encaje descubriendo el sexo y luego se paraba con la prenda todavía en la base de sus caderas.

Ella le oyó respirar profundamente una vez, luego temblorosamente otra, antes de gemir y apretarle los labios contra la piel desnuda.

Un sonido grave brotó de su garganta y reverberó haciendo eco en las paredes del autobús cuando él le dio un suave beso entre las piernas. Fue tan bueno que ella ya casi estaba a punto de correrse.

—¡Ford!

Su lengua era mágica, aunque apenas la estaba moviendo suavemente sobre ella.

Los músculos de sus hombros se flexionaron bajo la fuerte sujección de sus manos y lo único que haría falta sería otro lametazo de su lengua y estaría en caída libre sobre un precipicio que nunca le había parecido tan profundo.

Pero en vez de eso, lo siguiente que pasó es que en vez arrancarle del todo la ropa interior y probar más de ella, él se puso en pie y la estaba cogiendo en brazos.

—¿Por qué te has parado?

—¿Ha cambiado algo desde esta mañana?

Ella nunca había visto sus ojos tan oscuros. Tan intensos. Tan hambrientos. Tan desesperados por oírla decir lo que él necesitaba escuchar.

Ella sabía que la respuesta correcta conseguiría que ella lo obtuviese todo de él, pero no podía mentirle sin más.

—Te has vuelto importante para mí, Ford. Muy, muy importante. Eso lo sé.

La decepción recorrió rápidamente sus ojos antes de que lo aceptara del todo.

—Vamos a meternos en la ducha para un lavadito rápido, y luego te voy a meter en la cama para rodearte con mis brazos y escucharlo todo sobre la parte de tu día que me he perdido entre esta mañana y ahora.

—Yo quiero oírlo todo sobre tu día también —le dijo ella.

Y era verdad, anhelaba esos pedazos de él tanto como anhelaba su cuerpo.

Incluso, cuando estuvieron juntos hacía cinco años, había anhelado esas partes de su corazón más que otro asombrosamente estupendo clímax.

Pero ahora, ¡maldita sea, lo quería todo!

Especialmente cuando estaba a punto de llegar a un orgasmo tan dulce que casi podía notar el sabor a azúcar en su lengua.

—Pero también quiero esto. Tu boca, tus manos sobre mí y las mías sobre ti, sin que haga falta parar por ningún motivo.

—Pronto —dijo él, y su palabra vibró con auténtica esperanza. Una esperanza que ella también sentía, y no solo porque estaba así de desesperada porque él la poseyera—. Pero por esta noche, tu piel desnuda y enjabonada contra mis manos tendrá que bastar.