Los Sullivan de Seattle, Libros 1-3 (Colección Los Sullivan nº 4) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Apenas se acordó de coger su bolso del despacho antes de salir corriendo hacia su coche.

El viaje por carretera del centro de Seattle a Eugene, Oregón, le costaría cuatro horas y media, siempre que no se encontrara con ninguna retención de tráfico de hora punta.

El concierto de Ford empezaba a las ocho, pero si los teloneros tocaban una hora, él no saldría a escena hasta cerca de las nueve.

Eran las cuatro en punto así que si todo iba como tenía que ir, llegaría allí justo antes de que él empezase a cantar.

Al principio, las cosas pintaban bien. Mientras salía de Seattle, la carretera estaba más vacía de lo normal, siendo entre semana y una hora antes de la de salida de las oficinas.

Más relajada y esperanzada de lo que había estado en mucho tiempo, encendió la radio, y cuando pusieron una de las canciones de Ford, bajó las ventanillas, abrió el techo solar y subió el volumen al máximo para que todos pudiesen oírla.

Otro conductor le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba, y ella se echó a reír a carcajadas, con el pelo al viento.

Tal vez, se encontró pensando, esta fuese una señal de que todo iba a salir bien, después de todo.

Cuatro horas más tarde, Mia estaba a puntito de ponerse en pie y gritarles unas palabrotas al equipo de limpieza de la autopista por lo lento que estaban encargándose de despejar el enorme montón de verduras que había perdido un camión a las afueras de Portland.

Había estado tan segura de que llegaría a su concierto que casi había llamado a Ford para decirle que la buscase entre el público. Sobre todo porque ella sabía cuánto había deseado él que fuese esta noche, aunque había intentado parecer despreocupado a la hora de darle la entrada y el pase.

Por supuesto, cuando todo parecía que iba a ir bien para ellos, se topó con el aparentemente interminable muro de coches y camiones.

¿Por qué no se había cogido un día libre y se había subido con él al autobús esta mañana? Sí, a ella le encantaba lo que hacía para ganarse la vida, y sus clientes eran importantes para ella… Pero también, lo estaba empezando a aceptar, lo era Ford.

Y sin embargo, había tomado la misma decisión esta mañana que cinco años atrás.

Lo que era peor, allí sentada en medio del enorme atasco, sus dudas tuvieron todo el tiempo del mundo para volver a presentarse. Particularmente, en forma de flashbacks de la última vez que ella había corrido a sorprenderle en uno de sus espectáculos.

Miami.

Le había perdonado por sus errores, igual que sabía que él la había perdonado por los suyos. Pero eso no quería decir que sus temores acerca de lo que estaban empezando no sobrevolaran su mente, diciéndole que tuviese cuidado, advirtiéndola de que nunca estaba de más ser precavida.

¿Era este atasco la auténtica señal? ¿Y debería hacerle caso dándose la vuelta y regresando a Seattle? ¿O para cuando por fin llegase a Eugene, se toparía con otra sorpresa desagradable como la de Miami?

Al final, el tráfico empezó a moverse, lentamente al principio y luego más y más deprisa según todos iban saliendo en dirección a sus diferentes destinos. Y Mia tenía una decisión que tomar.

Solo que, al pisar fuerte el acelerador y volar por el carril rápido, sabía que no era así.

Porque creía que él anoche hablaba en serio cuando dijo que era la única mujer a la que deseaba… Y aunque solo llegase a la última canción de Ford, este viaje infernal habría valido la pena.

Eran las once y media para cuando Mia llegó al abarrotado parking del estadio, y la gente ya estaba saliendo y dirigiéndose a sus coches. Había llamado al móvil de Ford varias veces en los últimos treinta minutos, pero cuando él no lo cogió, se imaginó que seguía en el escenario.

¡Maldita sea, no era posible que se lo hubiese perdido! Condujo lo más cerca que pudo de la entrada del estadio, dejó su coche en una zona roja y se echó a correr, sin preocuparse de llamarle otra vez. Su mejor opción de encontrarle ahora sería yendo a pie.

—¡Señora, no puede dejar el coche aquí!

Pero ella no tenía tiempo de preocuparse por su coche no cuando se imaginaba que tenía el cincuenta por ciento de posibilidades de alcanzar a Ford antes de que su autobús se marchara.

Atravesó corriendo las puertas principales, que ahora estaban abiertas mientras la gente empezaba a salir. Miró a su alrededor enloquecida hasta encontrar a una mujer con uniforme de seguridad.

—Tengo que llegar al backstage ahora mismo. Por favor, ¿puedes ayudarme?

La mujer cogió el pase plastificado que sostenía Mia, y vio que tenía impreso VIP ACCESO COMPLETO pero algo le dijo a Mia que fue más su mirada de desesperación lo que le hizo asentir.

—Claro. Sígueme.

Mia y la guardia de seguridad zigzaguearon entre la multitud que salía y que parecía ser mayor a cada segundo. Aunque llena de pánico por si se le escapaba, Mia estaba muy contenta por Ford. Debía de haber dado un gran concierto, dado lo felices que parecían todos de camino a casa.

Por fin, empujaron una gruesa puerta metálica y Mia casi se echa a llorar al ver a su guardaespaldas.

—¡Billy! —le llamó.

Aunque ella asumía que parecer serio y amenazador formaba parte del código del guardaespaldas, el rostro de Billy dibujó una enorme sonrisa al verla. Habló por un pinganillo en su oreja izquierda y un instante después, Ford salió de golpe por unas puertas dobles de color rojo.

Todavía chorreaba de sudor por su paso por el escenario…

Y al pronunciar su nombre en voz alta, a ella le pareció imposiblemente hermoso.

Parecía como si no se creyera que ella estaba ahí…

Y como atraídos por la fuerza de la gravedad, ambos se acercaron al otro.

Pero justo cuando estaba tan cerca como para poder haber estirado fácilmente el brazo y haberla arrastrado hacia él, él se detuvo.

Ella titubeó unos horribles instantes, mirando sus ojos oscuros. ¿Por qué no la tocaba? ¿Por qué no la había besado aún?

Pero entonces, de repente, ella cayó en el por qué.

Porque, igual que en su despacho esta mañana, él no estaba seguro de si ella quería que todo el mundo supiese que estaban juntos.

Estaba esperando a que ella tomase la decisión de salir del armario con lo suyo.

Doce horas antes, ella había tomado una decisión.

Esa noche, tomó otra.

La correcta.

Un instante después, se lanzó a sus brazos y le besó sin reprimirse.